Mons. Agrelo y el discernimiento que no discierne
Hacía mucho tiempo que no se hablaba tanto del discernimiento como ahora. Y es bueno que así sea, porque el discernimiento es fundamental para un cristiano. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno, aconsejaba San Pablo. Discernir viene de cernir o cerner, una palabra que muchos ya no conocen y que significa separar con el cedazo la harina del salvado. Es decir, quedarse con lo sustancial, lo que vale, lo que alimenta; con el grano y no con la paja. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan, y vuestro salario en lo que no sacia?, clamaba Isaías. Escuchadme con atención, comed lo que es bueno, y vuestra alma disfrutará en la abundancia.
¿Y cómo se hace eso? Como siempre lo ha hecho la Iglesia: de acuerdo con la Palabra de Dios, la Tradición de la Iglesia, el Magisterio perenne y, por supuesto, la razón que Dios nos ha dado. Para que algo sea acción del Espíritu, tiene que concordar con lo que siempre ha hecho el Espíritu. Si no solo no concuerda sino que es lo contrario, lo normal es suponer que, lejos de venir de Él, provenga de otras fuentes mucho menos recomendables. Así lo enseña también San Pablo cuando critica durísimamente a los que se mueven por el afán de novedades o se dejan llevar de un lado a otro por todo viento de doctrina.


Quizá sorprenda a mis lectores si digo que una de las cosas que más me gustan de este Papa es su insistencia en ir “a las fronteras”. Tiene un cierto aire de la noble virtud de la magnanimidad (de la que también ha hablado el Papa en varias ocasiones), del magis de San Ignacio, el “siempre más” que ardía en su corazón y que llevó a los jesuitas a ir literalmente al fin del mundo para anunciar a Jesucristo. También me hace pensar en el plus ultra o “más allá” de la monarquía española, que llevó el Evangelio a un nuevo continente.



