20.08.18

Oración por los que van a morir

Hace tiempo, un lector, Juan Pablo, me pidió algo escandaloso: que escribiera una oración por los que van a morir.

“Una oración por aquellos, que por los motivos que sean van a fallecer, y no saben, no ven, no quieren ver, etc. Tal vez una oración nuestra pueda servir de intercesión para que su alma se pueda salvar”.

Digo escandaloso, en primer lugar, por atreverse a mencionar la muerte. No hay asunto del que sea más políticamente incorrecto hablar, a pesar de que está claro que es la cuestión más importante para cada uno de nosotros, porque todos nos vamos a morir. Todos. En segundo lugar, y de forma más escandalosa todavía, porque una oración así da por supuesto que, de nuestras oraciones, nuestras pobres e inconstantes oraciones de seres limitados y pecadores, puede depender la salvación eterna de otra persona. No solo la nuestra, la de otro también.

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16.08.18

La Croix, otra vez

Hace mes y medio, tras el referéndum irlandés favorable al aborto, informamos de que el famoso periódico católico francés La Croix había publicado un editorial elogiando la decisión de los irlandeses. En él se repetían prácticamente todos los argumentos en pro del aborto: la “urgencia de salud pública” producida por las mujeres que morían al acudir al aborto clandestino, lo “digno y pluralista” que había sido el diálogo sobre un tema que debería ser innegociable, el “respeto” por su resultado y la distinción entre una “vida que ya existe” y otra que solo está “en desarrollo”.

Quizá lo más significativo fue el silencio de la Conferencia Episcopal Francesa (excepto algún obispo individual) y el de la orden religiosa a la que pertenece el diario, los agustinos de la Asunción. ¿Les pilló desprevenidos y no supieron cómo reaccionar? ¿Fue un error puntual que ya se ha corregido y no se volverá a repetir? Parece que no, porque, después de la votación en la Argentina, La Croix volvió a publicar un artículo favorable al aborto. De nuevo, con la queja solitaria del mismo obispo, Mons. Bernard Guinoux, en su cuenta de Twitter.

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14.08.18

Mons. Agrelo y el discernimiento que no discierne

Hacía mucho tiempo que no se hablaba tanto del discernimiento como ahora. Y es bueno que así sea, porque el discernimiento es fundamental para un cristiano. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno, aconsejaba San Pablo. Discernir viene de cernir o cerner, una palabra que muchos ya no conocen y que significa separar con el cedazo la harina del salvado. Es decir, quedarse con lo sustancial, lo que vale, lo que alimenta; con el grano y no con la paja. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan, y vuestro salario en lo que no sacia?, clamaba Isaías. Escuchadme con atención, comed lo que es bueno, y vuestra alma disfrutará en la abundancia.

¿Y cómo se hace eso? Como siempre lo ha hecho la Iglesia: de acuerdo con la Palabra de Dios, la Tradición de la Iglesia, el Magisterio perenne y, por supuesto, la razón que Dios nos ha dado. Para que algo sea acción del Espíritu, tiene que concordar con lo que siempre ha hecho el Espíritu. Si no solo no concuerda sino que es lo contrario, lo normal es suponer que, lejos de venir de Él, provenga de otras fuentes mucho menos recomendables. Así lo enseña también San Pablo cuando critica durísimamente a los que se mueven por el afán de novedades o se dejan llevar de un lado a otro por todo viento de doctrina.

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10.08.18

Donde no hay odio a la herejía, no hay santidad

El colmo de la deslealtad para con Dios es la herejía. Es el pecado de los pecados, lo más odioso de las cosas que Dios contempla desde el cielo en este mundo malvado. Apenas entendemos, sin embargo, lo detestable que resulta. Es la contaminación de la verdad de Dios, la peor de las impurezas.

Aun así, no le damos importancia. Contemplamos la herejía y permanecemos tranquilos. La tocamos y no nos estremecemos. Nos mezclamos con ella y no sentimos temor. Vemos cómo afecta a cosas sagradas y no tenemos sensación de sacrilegio. Aspiramos su olor y no mostramos ninguna señal de rechazo o asco. Algunos buscamos su amistad e incluso atenuamos su culpa. No amamos lo suficiente a Dios como para airarnos por causa de su gloria. No amamos lo suficiente a los hombres como para tener con ellos la caridad de decirles la verdad que necesitan sus almas.

Habiendo perdido el tacto, el gusto, la vista y todos los sentidos celestiales, podemos habitar en medio de esta plaga odiosa, con tranquilidad imperturbable, acostumbrados a su vileza, presumiendo de lo liberales que somos, incluso con cierta diligente ostentación de simpatía y tolerancia.

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4.08.18

Los desarrollos de la doctrina y el magisterio confuso

Si hay algo que se puede decir del Papa Francisco es que nunca es aburrido. De forma permanente, tiene a toda la Iglesia en vilo, esperando la próxima sorpresa. La última, ciertamente, ha sido sonada: nada más y nada menos que un cambio de lo que dice el Catecismo sobre la pena de muerte. En la redacción anterior del Catecismo, se decía, en línea con la doctrina de dos milenios, que la “enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye […] el recurso a la pena de muerte”. Ahora, en cambio, pasará a decir que “Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona»”.

Como es lógico, se pueden decir (y sin duda se dirán) muchas cosas sobre este tema (de hecho, yo ya escribí hace tiempo sobre el asunto, aquí  y aquí), así que solo me voy a fijar en un aspecto del mismo que me parece particularmente interesante. Como ya sabrán los lectores, el cambio en el Catecismo viene acompañado de una carta de Mons. Ladaria, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que afirma que el cambio realizado por “el Papa Francisco, se sitúa en continuidad con el Magisterio precedente, llevando adelante un desarrollo coherente de la doctrina católica”.

Esto me ha llevado a pensar en lo que es (y no es) un “desarrollo coherente” de la doctrina católica. Vamos a empezar recordando algo que, en otras épocas, habría sido innecesario, pero que hoy no se puede dar por supuesto: la Revelación terminó con la muerte del último Apóstol. No hay “nuevas revelaciones”. Dios dijo al mundo todo lo que tenía que decir en su Hijo encarnado y ya no puede añadir nada nuevo.

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