Signos de la fe (III): creo por los pecados de la Iglesia
Cuando se habla de la fe, siempre se encuentra uno con alguien que cuenta una mala experiencia con los religiosos o las monjas de su colegio o que habla de la inquisición, de las cruzadas o de lo que hizo el cura de su parroquia hace veinte años. Es decir, se suelen percibir como un gran obstáculo para la fe los pecados de la Iglesia o, mejor dicho, los pecados de los miembros de la Iglesia.
Por supuesto, muchísimas veces lo que se atribuye a la Iglesia son falsedades o leyendas negras, inventadas por ignorancia o por malicia. Aun así, si eliminásemos todos los infundios, calumnias, falsedades históricas, tergiversaciones y leyendas negras (y probablemente se tardarían varias vidas humanas en hacerlo), aún nos quedarían innumerables pecados cometidos por los cristianos a lo largo de los siglos.

Estos últimos días se ha hablado mucho de la persecución a los cristianos, al hilo de los diversos artículos sobre el día del Orgullo Gay o sobre la Educación para la Ciudadanía. Uno de estos días, intentaré, si Dios quiere, tratar algunas de las persecuciones concretas que los cristianos viven actualmente.
Esta semana, el texto que vamos a ver es de otro Padre Apostólico, es decir, de un santo que conoció personalmente a los Apóstoles y recibió de ellos el Evangelio. Se trata de San Clemente de Roma, el tercer papa, que fue obispo de la comunidad de roma desde el año 89 hasta el 97. Murió mártir, como sus modelos Pedro y Pablo y como todos los papas de aquella época.
Como el último artículo sobre este tema fue, más bien, de tipo filosófico-teológico, hoy quiero darle un enfoque más personal y experiencial. Llevo casado algo más de dos años y medio. Tengo dos hijos pequeños. Cecilia tiene un año y ocho meses y Esteban tres semanas.
Constantemente se afirma, estas últimas semanas, que la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía no tiene una carga moral y no es contradictoria con lo enseñado por la Iglesia.









