Un sello para volver a casa
Juan Carlos, lector de este blog, relató su conversión hace unos días en un comentario. Como su relato es largo y sustancioso, he creído oportuno convertirlo en un artículo independiente y publicarlo hoy.
Me gusta especialmente su historia porque podría ser común a millones de españoles, que también han sido bautizados y han recibido la primera comunión, pero no han llegado a tener fe adulta. Sin embargo, ha quedado en ellos un “sello de la presencia de Dios” que los preserva de algún modo para el momento de volver a la Iglesia.
De nuevo se revela, en este caso concreto de Juan Carlos, otro fruto de los últimos años de sufrimiento, debilidad y aparente impotencia de Juan Pablo II. Cada vez estoy más convencido de, a pesar de todas las cosas que hizo ese Papa, lo más importante fue el testimonio del valor infinito que tiene la vida humana a los ojos de Dios, también en la enfermedad, en la vejez y en la cercanía de la muerte.
Finalmente, me han encantado los últimos párrafos, que hablan del poder de la oración para ayudar a encontrar la fe a los que no creen. Hablamos muchas veces de los millones de personas que no conocen a Dios y de que España se está descristianizando, pero ¿cuánto rezamos por esas personas, especialmente por las que conocemos? ¿Ofrecemos a Dios por ellas nuestros sufrimientos y dificultades, como Juan Pablo II?

Natalia, lectora de este blog, me ha enviado el relato de su conversión. Como verán, es una conversión más gradual que otras que se han publicado en este blog, pero no por ello es menos estupenda la actuación de Dios en su vida.
En el artículo anterior, hablábamos de Internet como un nuevo camino de evangelización, según ha dicho Benedicto XVI a los jóvenes. Una lectora, Yolanda, planteó una interesante cuestión:
Cuando los romanos construían sus calzadas por todo el mundo conocido, no eran conscientes de ello, pero estaban preparando el camino para los Apóstoles. Su propósito era facilitar las comunicaciones militares, comerciales y administrativas que les permitieran gobernar su extensísimo imperio, pero Dios tenía otros planes. Las calzadas romanas unieron puntos lejanos de Europa, Asia y África, entre los que anteriormente era muy complicado viajar, y los primeros misioneros cristianos aprovecharon esas vías de comunicación para anunciar el Evangelio hasta el último rincón del mundo grecorromano. Las águilas imperiales, sin saberlo, se convirtieron en heraldos de la Cruz.
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