6.08.20

Hagamos una tienda junto a Cristo Transfigurado

Teófanes el Griego (+1410), La Transfiguración

De los sermones de San Agustín, obispo, sobre los Evangelios Sinópticos

Hermanos amadísimos, debemos contemplar y comentar esta visión que el Señor hizo manifiesta en la montaña. En efecto,a ella se refería al decir: En verdad os digo que hay aquí algunos de los presentes que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino. Con estas palabras comenzó la lectura que ha sido proclamada. Después de seis días, mientras decía esto, tomó a tres discípulos, Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña. Estos tres eran de los que había dicho hay aquí algunos que no gustarán la muerte hasta que no vean al Hijo del hombre en su reino.

El mismo Señor Jesús resplandeció como el sol; sus vestidos se volvieron blancos como la nieve y hablaban con él Moisés y Elías. El mismo Jesús resplandeció como el sol, para significar que él es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Lo que es este sol para los ojos de la carne, es aquél para los del corazón. Sus vestidos, en cambio, son su Iglesia. Los vestidos, si no tienen dentro a quienes los llevan, caen. ¿Qué tiene de extraño señalar a la Iglesia en los vestidos blancos, oyendo al profeta Isaías que dice: Y si vuestros pecados fueran como escarlata, los blanquearé como nieve? ¿Qué valen Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, si no hablan con el Señor? Si no da testimonio del Señor, ¿quién leerá la ley? ¿Quién los profetas? Ved cuan brevemente dice el Apóstol: Por la ley, pues, el conocimiento del pecado; pero ahora sin la ley se manifestó la justicia de Dios: he aquí el sol. Atestiguada por la ley y los profetas: he aquí su resplandor.

Ve esto Pedro y, juzgando de lo humano a lo humano, dice: Señor, es bueno estarnos aquí. Sufría el tedio de la turba, había encontrado la soledad de la montaña. Allí tenía a Cristo, pan del alma. ¿Para qué salir de allí hacia las fatigas y los dolores, teniendo los santos amores de Dios y, por tanto, las buenas costumbres? Quería que le fuera bien, por lo que añadió: Si quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Nada respondió a esto el Señor, pero Pedro recibió, sí, una respuesta. Pues mientras decía esto, vino una nube refulgente y los cubrió. El buscaba tres tiendas. La respuesta del cielo manifestó que para nosotros es una sola cosa lo que el sentido humano quería dividir. Cristo es el Verbo de Dios, Verbo de Dios en la ley, Verbo de Dios en los profetas. ¿Por qué quieres dividir, Pedro? Más te conviene unir. Busca tres, pero comprende también la unidad.

Al cubrirlos a todos la nube y hacer en cierto modo una sola tienda, sonó desde ella una voz que decía: Este es mi Hijo amado. Allí estaba Moisés, allí Elías. No se dijo: «Estos son mis hijos amados». Una cosa es, en efecto, el Único, y otra los adoptados. Se recomendaba a Aquél de donde procedía la gloria a la ley y los profetas. Este es, dice, mi Hijo amado, en quien me he complacido; escuchadle, puesto que en los profetas a Él escuchasteis y lo mismo en la ley. Oído esto, cayeron a tierra. Ya se nos manifiesta en la Iglesia el reino de Dios. En ella está el Señor, la ley y los profetas; pero el Señor como Señor; la ley en Moisés, la profecía en Elías, en condición de servidores, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de Él lo tomaban.

El Señor extendió su mano y levantó a los caídos. A continuación no vieron a nadie más que a Jesús solo. ¿Qué significa esto? Oísteis, cuando se leía al Apóstol, que ahora vemos en un espejo, en misterio, pero entonces veremos cara a cara. Hasta las lenguas desaparecerán cuando venga lo que ahora esperamos y creemos. En el caer a tierra simbolizaron la mortalidad, puesto que se dijo a la carne: Eres tierra y a la tierra irás. Y cuando el Señor los levantó, indicaba la resurrección. Después de ésta, ¿para qué la ley, para qué la profecía? Por esto no aparecen ya ni Elías ni Moisés. Queda el que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Queda Dios que es todo en todo. Allí estará Moisés, pero no ya la ley. Veremos allí a Elías, pero no ya al profeta. La ley y los profetas dieron testimonio de Cristo, de que convenía que padeciese, resucitase al tercer día de entre los muertos y entrase en su gloria. Allí se realiza lo que Dios prometió a los que lo aman: El que me ama será amado por mí Padre y yo también lo amaré. Y como si le preguntase: «Dado que le amas, ¿qué le vas a dar?» Y me mostraré a él. ¡Gran don y gran promesa! El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino El mismo. ¿Por qué no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo prometió? Te crees rico; pero si no tienes a Dios, ¿qué tienes? Otro puede ser pobre, pero si tiene a Dios, ¿qué no tiene?

SAN AGUSTÍN, Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 78, 1-6, BAC Madrid 1983, 430-435

21.07.20

Santa María Magdalena y el deseo de Dios: fundamento de la vocación monástica

Saint Mary Magdalene. Domenico Puligo (1492-1527)

“Ardens est cor meum: desidero videre Dominum meum…”


“Todo cuerpo, por su propio peso, tiende al lugar que le es propio. El peso no impulsa únicamente hacia abajo, sino hacia el lugar propio. El fuego tiende hacia arriba, la piedra hacia abajo. Movidos por su propio peso, buscan su lugar propio. El aceite, echado debajo del agua, se coloca sobre ella. El agua, derramada sobre el aceite, se coloca debajo de él. Movidos por sus propios pesos, buscan el lugar que les es propio. Las cosas que no están ordenadas se hallan inquietas: al ordenarse, encuentran su descanso. Mi amor es mi peso: por él soy llevado adondequiera que me dirijo” (San Agustín de Hipona, Confesiones, XIII, IX, 10).


“Mi corazón está ardiendo, deseo ver a mi Señor…”.

En estas palabras de la antífona del oficio de Santa María está toda la vida monástica… Ya lo decía el papa Pío XII: “No son ni el temor, ni el arrepentimiento, ni la sola prudencia quienes pueblan las soledades de los monasterios. Es el amor de Dios…” (S. S. Pío XII, Alocución a los miembros del Congreso de estudios sobre el monacato oriental, Roma (11 de abril de 1958). AAS 25 (1958), 285).

Solo el amor explica nuestra vida, solo el amor la justifica… Y solo el amor de un corazón inflamado, que arde en deseos de ver a su Señor, explica nuestros votos. Pues es solo por su amor por lo que lo hemos dejado y sacrificado todo, considerándolo como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unidos a Él (cf. Fil 3, 8-9): por amor a Cristo, por seguirlo solo a Él, a cuyo amor, como nos dice Nuestro Padre san Benito, nada, absolutamente nada, debemos anteponer: “Nihil amori Christi praeponere” (RB, IV, 21). Y, como queriéndonos dejar una especie de testamento espiritual, nos lo vuelve a recalcar con más fuerza hacia el final de la Santa Regla: “Christo omnino nihil praeponant” (RB, LXXII, 11): “Nada absolutamente antepongan a Cristo”. Jesucristo ha de ser toda nuestra “filosofía”: no hemos de querer saber nada fuera de Él (cf. 1 Cor 2, 2).

Decíamos que es el amor el que explica y justifica los votos que profesamos: votos de estabilidad, conversión de costumbres y obediencia.

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19.06.20

Despertar del engaño del mundo moderno mediante el culto al Corazón de Cristo

Homilía Sagrado Corazón de Jesús -2020

Queridos Hermanos,

El Corazón de Jesús es misterio reservado para los últimos tiempos. Aunque lo esencial del culto al Sagrado Corazón de Jesús ha estado siempre presente en el núcleo mismo de la fe y tiene su fundamento en la Sagrada Escritura, por divina providencia, éste se ha ido explicitando en los últimos siglos hasta formularse en el Catecismo actual. Las primeras revelaciones, no obstante, se dieron en un contexto monástico, a fines del S. XIII, dentro de la espiritualidad benedictina, que como sabemos es litúrgica y doxológica, con Santa Gertrudis y Santa Matilde en el famoso monasterio de Helfta. Sin embargo, su desarrollo más explícito lo tendrá luego con Santa Margarita María en el s. XVII, el P. Hoyos en el s. XVIII, y posteriormente, bajo otra modalidad, con Santa Faustina. Hay un fragmento del libro de las revelaciones de Santa Gertrudis que es muy iluminador y desconocido. En una visión que la santa tuvo del apóstol San Juan, ella le preguntó porqué, habiendo reposado su cabeza en el pecho de Jesús durante la Última Cena, no había escrito nada para nuestra instrucción, sobre las profundidades y misterios del Sagrado Corazón de Jesús. San Juan le respondió:

«Mi ministerio, en ese tiempo en que la Iglesia se formaba, consistía en hablar únicamente sobre la Palabra del Verbo Encarnado…… pero, a los últimos tiempos, les está reservado la gracia de oír la voz elocuente del Corazón de Jesús. A esta voz, el mundo, debilitado en el amor a Dios, se renovará, se levantará de su letargo y una vez más, será inflamado en la llama del amor divino».

En este pasaje se ve como, dentro del plan providente de Dios, el mensaje del amor misericordioso del corazón de Cristo está puesto como remedio a los males de los tiempos últimos. En él está la total epifanía o manifestación del amor divino que arde en deseo de atraer hacia Sí a todos los hombres, también a los que reniegan de Él.

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28.04.20

La oración contemplativa, alma del camino de santidad

Kyrie Iesu, eleison me!

Señor Jesús, ten piedad de mi

La oración es para el hombre el más grande de los bienes, decía Dom Prospero Gueranger, fundador y Abad de Solesmes. Todos aquellos que buscamos la unión con Dios como fin único de nuestra vida, estamos implicados en este camino grandioso y por momentos, terrible. En cierto sentido, la oración es el alma de nuestra vida, de nuestra existencia. Si el Vat. II en SC define la Sagrada Liturgia como la cima y la fuente de toda la vida de la Iglesia…, la Santa Misa, la renovación incruenta del único Sacrificio de Cristo en el Calvario, el memorial de su Pasión, muerte y resurrección, debe ser vivido en un clima de oración contemplativa que nace y conduce a la unión con Dios.

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14.04.20

Nada detiene el avance de la Luz de Cristo victoriosa

Icono de la Resurrección de Cristo, detalle

Homilía de nuestro amigo, el Padre Sergio Ortega, en la Vigilia Pascual de este año 2020.


Queridos hermanos, 

Celebramos la gran noche de la Resurrección. La noche que se convierte en día, el día de la gran luz, porque Cristo, el Cordero inocente, inmolado por nosotros, atravesando la horrenda y dolorosa noche del pecado y de la muerte, resucita glorioso, destruyendo esas tinieblas del mal que oscurecían toda la vida humana y del mundo, y proyectando así la luz de su gloria sobre la historia y sobre el universo entero e introduciendo a toda la creación en esa luz victoriosa. San Pablo nos dice al respecto: “Pues el mismo Dios que dijo: - De las tinieblas brille la luz,- ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo”

Esta noche convertida en día, se ha convertido así, de modo definitivo y único, en fuente y origen de la renovación del mundo, con ella la vieja creación, corrompida y caduca a causa del pecado, ha pasado, y ahora comienza una nueva creación en Cristo. Lo había anunciado Isaias cerca de unos ocho siglos atrás: “Lo de antes ya ha llegado, y anuncio cosas nuevas; antes que se produzcan os las hago saber". (Is. 42,9). Es lo que San Pablo a la vez declara cumplido, diciendo:“Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo”. (2Cor.5,17-18). Y es la misma realidad que expresa San Juan en el Apocalipsis cuando señala, refiriéndose a Cristo:“He aquí que hago nuevas todas las cosas". (Ap. 21,5).

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