De anglicanos y jesuitas, valga la redundancia
La verdad es que, si no fuera por la gravedad del cisma, la herejía y todo eso, daría gracias a Dios todas las semanas por el anglicanismo. Yo diría que, entre los innumerables grupos engendrados por las obsesiones de Lutero, es la confesión más curiosa y que mayor entretenimiento me ha proporcionado durante años.
En el anglicanismo cabe absolutamente todo. Hagan la prueba: piensen lo más absurdo que se les ocurra y seguro que hay un pastor u obispo anglicano, en algún lugar del mundo, que lo considera lícito, evangélico y (probablemente) obligatorio. Desde dar la comunión a un perro a quitar las cruces para no asustar a nadie, pasando por la inter-fe, los chakras y la sexualidad sagrada, la idea de que la posesión diabólica es un “don de conciencia espiritual”, las bendiciones de clínicas abortistas o el budismo cristiano. En cierto modo, estas cosas son normales, porque la herejía no es más que una imitación deformada de la fe, igual que el demonio es el mono de imitación de Dios, y de premisas erróneas se siguen todo tipo de comportamientos más o menos disparatados.
¿Por qué hablo de esto hoy? Porque los herederos de Enrique VIII me han vuelto a soprender. A través del comentario de una lectora, me enteré el otro día de que los anglicanos “canonizaron” en los años ochenta a Tomás Moro. Sí, han leído bien, el calendario litúrgico anglicano conmemora cada 6 de julio a Santo Tomás Moro y a San Juan Fisher, es decir, precisamente los mártires católicos que dieron su vida por oponerse a la formación del anglicanismo. Santo Tomás, que había sido Lord Canciller de Inglaterra, y San Juan Fisher, obispo de Rochester, fueron decapitados como traidores al mantenerse fieles al Papa, a la doctrina católica y a la verdad, rechazando los errores anglicanos.

Hoy se celebra la memoria litúrgica de
El ecumenismo es una de esas buenas ideas cristianas que, como diría Chesterton, en ocasiones se vuelven locas y arrollan todo lo que encuentran a su paso. Conviene comenzar diciendo que, en sí, se trata de algo bueno, santo y necesario. A fin de cuentas, no es algo nuevo, ni una simple moda actual. La Iglesia siempre ha querido la unidad de todos los cristianos, siguiendo el ejemplo de Cristo, que oró por esa unidad durante la Última Cena: Padre, que todos sean uno, como Tú y Yo somos uno (Jn 17,21).
Hay ciertas noticias que no salen en la prensa habitual, pero cuyas consecuencias a largo plazo son mucho más importantes que las de unas elecciones presidenciales o las de una cumbre internacional de tipo ecológico-forense. Me alegra traer hoy al blog en exclusiva una de esas noticias que probablemente haya pasado inadvertida para los lectores, porque no todos los días se produce un descubrimiento arqueológico (¡y teológico!) de estas proporciones.
Magnífica la homilía del Papa ayer, en la celebración de vísperas en la Catedral de La Habana, con obispos, sacerdotes y religiosos de Cuba. Aconsejo vivamente a los lectores que la lean (se puede encontrar









