Destructora de todas las herejías

De Maria nunquam satis, decía San Bernardo. Sobre nuestra Señora, todo lo que se diga es poco. Así lo ha entendido siempre la Iglesia, que ha multiplicado hasta el infinito los títulos, elogios o piropos a la Virgen: Trono de la Sabiduría, Causa de nuestra alegría, Nueva Eva, Hija de Sión, Doncella de Israel, Reina de los Ángeles, Rosa de Jericó, Llave del Paraíso, Panhagia, Abogada nuestra, Turris eburnea, Foederis Arca, Medianera de todas las gracias, Madre de la Iglesia, Reina y Señora de cielos y tierra, Theotokos, Speculum iustitiae, Stella maris…
No podría decir cuál de todos esos títulos de Nuestra Señora me gusta más, pero hoy voy a hablar de uno que siempre me ha parecido delicioso por lo políticamente incorrecto, el de Destructora de todas las herejías. Como dice el oficio parvo de la Virgen, Gaude Maria virgo, cunctas haereses sola interemisti in universo mundo. Es decir, alégrate, Virgen María, tú que eres la única que has destruido todas las herejías del mundo.

La verdad es que, si no fuera por la gravedad del cisma, la herejía y todo eso, daría gracias a Dios todas las semanas por el anglicanismo. Yo diría que, entre los innumerables grupos engendrados por las obsesiones de Lutero, es la confesión más curiosa y que mayor entretenimiento me ha proporcionado durante años.
El domingo pasado, después de la misa, mientras explicaba a mis hijos el significado de las curiosas bolitas colocadas en forma de cruz en el cirio pascual (que, en otros países, tienen forma de clavos), yo mismo me quedé asombrado de lo que les estaba contando. Como sabrán los lectores, las bolitas son una mezcla de cera y de incienso y, cuando el sacerdote las clava en el cirio, al comienzo de la Vigilia Pascual, dice: Por sus santas llagas gloriosas, nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Hace muchos años, viajé a Loretto con ocasión de un encuentro de jóvenes con el Papa Juan Pablo II que se celebró allí. Al visitar la basílica, me impresionó mucho un mosaico con una escena de la vida de Cristo que nunca había visto antes: la aparición de Cristo resucitado a Nuestra Señora, en la mañana de Pascua.
Una de las cosas que más me fascinan de la Sagrada Familia de Barcelona es el profundo simbolismo de cada detalle del templo expiatorio. Cada pequeño adorno parece estar pensado y tener su sentido especial.









