Defectos de la edición de la Liturgia de las Horas
Soy un gran defensor de la Liturgia de las Horas. En este blog, he recomendado multitud de veces a los lectores que la recen. Y hoy vuelvo a hacerlo, sabiendo que pocas cosas ayudarán más a la oración personal de cada uno que unirse a la oración que la Iglesia eleva al Padre en todos los lugares de la tierra.
Además, como decíamos ayer, la reforma de la Liturgia de las Horas fue, quizás, una de las más logradas de toda la reforma litúrgica tras el Concilio Vaticano II. Las lecturas del Oficio de Lecturas son estupendas en su práctica totalidad, los cánticos del Antiguo y Nuevo Testamento constituyen una gran riqueza, se anima a los laicos a participar en esta oración, los horarios a los que corresponden las horas se han hecho más acordes con el sentido de las mismas, la estructura se ha simplificado y resulta fácilmente accesible a los laicos… Por otra parte, la traducción española del original latino, por razones obvias, es mucho mejor y más fiel que la realizada en otras lenguas como el inglés.
Me atrevo, sin embargo, a sugerir algunas cosas que no han quedado muy bien. Como toda obra humana, la reforma del Oficio Divino tiene sus carencias y es mejorable. Por falta de capacidad y competencia, no voy a hacer una crítica profunda, de estructuras fundamentales o principios teológicos. Me voy a limitar a una crítica sencilla, desde el sentido común, de algunos aspectos esencialmente prácticos (por si nos lee algún Monseñor que pueda hacer algo para cambiarlos):

El interesantísimo blog
Por una gripe inoportuna y especialmente virulenta, me ha resultado difícil escribir en los últimos días. Sin embargo, no quiero dejar pasar la ocasión de comentar una noticia de esta semana pasada: Roma ha aprobado la apertura del proceso de beatificación de Don Francisco Pérez y Fernández-Golfín, primer obispo de Getafe. Es decir, el primer paso oficial para una futura canonización, si Dios quiere.
Hace unos días, se aprobó definitivamente en el Senado la nueva ley del aborto, que no hace sino empeorar aún más, si cabe, la repugnante ley anterior sobre esa misma materia. Después de haber hablado tanto contra la barbarie del aborto, casi no me quedan ya indignación ni epítetos para calificar este despropósito.
Los cristianos sabemos que Cristo nos ha liberado. Sin embargo, es una de esas cosas que, de tan sabidas, a veces se olvidan. Por eso es una alegría cuando ocurre algo que nos recuerda que, sin mérito alguno por nuestra parte, Cristo nos ha liberado de los ídolos, los pecados, los vicios, la desesperanza y la muerte.









