¿Dónde está, prisa, tu aguijón?

El otro día, iba por la mañana en el coche y, como es habitual en las ciudades, tenía prisa. No sé si los lectores habrán experimentado el mismo fenómeno paranormal, pero, por alguna razón, en cuanto uno tiene prisa, los demás conductores se transforman por arte de magia en caracoles reumáticos o tortugas bamboleantes, según su sexo. Nadie conduce ágilmente. Se pone en verde el semáforo y hay que esperar media hora a que arranquen. Parecen dedicados a contemplar el paisaje con toda la calma del mundo, parándose a cada instante para oler una flor o meditar sobre la relación entre el sentido de la vida y el chocolate con churros.
Como imaginarán, mi impaciencia iba aumentando sicut volcanus immensus, apretaba con fuerza el volante y mis pensamientos sobre los demás conductores estaban lejos de ser caritativos. Por fortuna, vino en mi ayuda (no por primera vez), la costumbre automática de recitar el ángelus por la mañana.
Repetí aquellas viejas palabras que en tantos miles de ocasiones había dicho antes y, por unos instantes, me quedé mudo como Zacarías: Verbum caro factum est. ¡El Verbo se hizo carne! Eso lo cambia todo.
¿Por qué hay que tener prisa, si el Verbo se hizo carne? Lo importante, lo que merece la pena de verdad, lo que mi corazón deseaba más que ninguna otra cosa ya ha sucedido. Dios se ha acordado de mí y me ha dado un Salvador. Me ha abierto las puertas del cielo que el pecado había cerrado. Cristo sabe lo que hace y tanto el mundo como mi propia vida están en sus manos. ¿Por qué agobiarse? Andas inquieto y preocupado con muchas cosas, pero solo una es necesaria.
Por supuesto, persisten las necesidades humanas que a menudo hay que apresurarse a aliviar. Dios mismo nos urge también. La caridad de Cristo nos apremia, dice San Pablo, y ay de mí si no evangelizare. La pereza es un vicio y, contra ella, se nos aconseja la diligencia, que viene de diligere, amar.
La prisa, sin embargo, ha perdido su aguijón. El aguijón de la prisa es el pecado de impaciencia, de avaricia y de soberbia, pero nosotros vencemos en Cristo encarnado, muerto y resucitado. El impulso de agobiarse y angustiarse, que parece dominar el mundo moderno, ya no tiene poder sobre nosotros. ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? Todo cuando Dios quiera y para su gloria.
17 comentarios
Tienes toda la razón.
Ficho lo cual...¿Porque "los demás" son tan lentos si van más despacio que nosotros y son tan imprudentes si van más rápidos? Solo nosotros marchamos en su justa velocidad (Animus iocandi)
San Cristobal, ruega por nosotros. Y que nos comportemos como cristianos y buenos ciudadanos en el tráfico. Y que mejoren las carreteras y señalizaciones.
"me descepcione un poco al leer el titular, yo creí que se trataba del Grupo Prisa..."
Vaya, me cuesta creer que a alguien le interese más el politiquerío que las cosas verdaderamente importantes.
Mi lentitud ha sido un problema en la convivencia con mi hermano, que es proactivo, hasta que hace unos días, cuando volvió de un viaje con sus hijas y nietas, empezó a decirme que parecía el Correcaminos y que no me fuera a estrellar por exceso de velocidad. Enseguida me di cuenta por qué me lo decía, puedo ser lenta, pero no me entretengo, ni me paro mirando escaparates, ni cambio continuamente de planes, y sus nietas lo debieron de aburrir a fuerza de no poderlas sacar de la playa, parándose en todos los lugares donde se vendían camisetas y patinetes y atrasando la hora de la comida dos horas. Para un proactivo planificador eso debió ser un tormento teniendo en cuenta que sus padres las han educado así. Así que, cuando llegó, había salido muy beneficiada en la comparación. Comparar a unas niñas con una persona mayor no parece correcto, pero es mi hermano y sabe muy bien que a la edad de sus nietas ni me negaba con rabietas a dejar la playa, ni me paraba en los comercios reclamando chucherias, ni mucho menos tenía peso alguno en los horarios de comida familiares. Entonces mandaban los adultos y los niños nos adaptábamos, ahora mandan los niños y los adultos se adaptan. La paciencia era una virtud que aprendias de pequeña, para algunos niños probablemente sería un tormento, pero yo disponía de una imaginación que rellenaba los tiempos de espera,
Mi hermano es el que sufre episodios como éste narrado y yo no hago más que decirle que carecen de importancia sin conseguir calmarlo y, sí, el resto de los conductores cometen faltas y los semáforos no colaboran esto ya entraba en el cálculo de posibilidades, pero es inútil hacerle ver
que vamos con tiempo,porque eso no le consuela nada y aumenta más su irritación.
La solemnidad de San Pedro y San Pablo, con el incienso y la Comunión bajo las dos especies, la calmada homilía... me he negado ha vivir la Misa con prisa...
Una hora y cinco minutos después, ha terminado.
He salido corriendo y, para adelantar, me he pasado del metro al cercanías... sin saber que allí había trampa por avería en una vía.
Sólo han sido 20 minutos pero suficientes para comprobar que el mundo, puede esperar, que si yo voy tarde, no pasa absolutamente nada. Dios no da puntada sin hilo. Leyendo tu blog, hoy me he reido.
siempre consigues sorprenderme para mal
Mira que cortarle el rollo así a los ligones de misa dominical.
Te están tirado los tejos y tu les contestas así
A este paso no te casamos
Yo el Ángelus lo rezo a las 12 p.m. como el Opus Dei, hago bastantes cosas como el Opus Dei, entre ellas la práctica diaria de la Misa diaria. Anímense.
Pues allí, hombre, en Econ,
donde un par de malandrines
recitando sus latines,
reclaman los excusados
porque están necesitados.
¡Deles purgas Don León!
así se ven liberados
y vuelven a estos Confines.
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