Oh feliz culpa

Cuando era niño, me fascinaba escuchar a mis abuelos hablar de mártires que ellos habían conocido.  No en el tiempo de los romanos ni en tierras exóticas de misión, sino ¡en tiempos de mis abuelos y en España! Incluso tenemos en la familia una reliquia de uno de aquellos mártires: un trocito de hueso de un sacerdote ejemplar, que fue a la muerte mansamente, como cordero llevado al matadero.

Eran historias de combate abierto entre la luz y las tinieblas, entre la fe y el mundo, entre la esperanza y la desesperación. Casi como un apocalipsis antes de tiempo. Tiempos de horror y muerte, pero también de fidelidad, heroísmo y gloria.

No me entiendan mal. Soy muy consciente de que el campo de la luz y el de las tinieblas no pueden identificarse por completo con ningún bando en guerra en ningún conflicto humano. Uno de los bandos puede ser muy preferible a otro, como en este caso, pero, aun así, las trincheras de la lucha espiritual recorren el corazón de cada ser humano, sea cual sea su bandera. Hasta el último aliento, la salvación (o la condenación) no están aseguradas para nadie.

A menudo, el combate interior es mucho más fiero y dramático que el exterior. Especialmente en aquella guerra en que casi todos los combatientes enfrentados eran bautizados y habían aprendido a rezar de niños las mismas oraciones. Cuánto trabajarían los ángeles aquellos días y qué furiosos y desatados debían de estar los demonios, intentando unos y otros conducir a cada alma por el camino de la vida o de la muerte eterna. Qué odios, qué sacrificios, qué fe hasta la muerte; cuántos remordimientos, cuanta desesperación y cuanta angustia.

Dando vueltas a todo esto, escribí hace tiempo una obra de teatro ambientada en la guerra civil, que acaba de publicarse. La trama trata sobre carmelitas ocultas en Madrid durante la persecución religiosa, un seminarista que ha perdido la fe por la muerte de su padre y se ha hecho anarquista, su novia ingenua y enamorada, milicianos comunistas, curas perseguidos, católicos que hacen lo que pueden en tiempos difíciles, la inocencia de algunos y el rencor de otros, la valentía, el fariseísmo, los fusilamientos, el miedo constante, el amor humano y el amor sobrenatural, las pequeñas tragedias en el escenario de la gran tragedia nacional…

El contexto de las persecuciones y el enfrentamiento de la guerra civil es tan dramático y variado que resulta abrumador a la hora de escribir. La idea central de la obra, sin embargo, da unidad a todo lo demás: la sangre de los mártires, como la de Cristo, habla mejor que la de Abel, porque, en lugar de pedir venganza contra los asesinos, pide misericordia, perdón y la gracia de la conversión.

¿Cómo no recordar las notas dejadas por los seminaristas mártires de Barbastro, en las que decían que iban a dedicarse en el cielo a rezar por los que les asesinaban? Es la paradoja de las paradojas: el “oh feliz culpa” del pregón pascual. Sin el pecado de Adán, Cristo no nos habría rescatado y, sin la sangre de los mártires, a menudo no se habría conseguido la conversión de los perseguidores.

Ese es, precisamente, el título de la obra: Oh feliz culpa. Disfruté mucho escribiéndola y me resultó extrañamente actual. No vivimos ya en aquellos tiempos (aunque no sería extraño que volvieran), pero, en cualquier caso, la lucha entre la luz y las tinieblas arrecia en cada uno de nosotros. Todos, de alguna forma, estamos llamados al martirio.

Ya sé que a muchos lectores les echará un poco para atrás que se trate de teatro. ¿Qué le vamos a hacer? En épocas pasadas y quizá más felices, era habitual leer obras de teatro como quien lee una novela. Cuántas veces he disfrutado leyendo una obra de teatro de Calderón, Zorrilla, Lope, Jardiel Poncela, Muñoz Seca, Anouillh, Bernanos, Corneille, Rostand, Ionesco, los viejos griegos, Bolt y tantos otros. El teatro es el drama por excelencia, en el que las luchas interiores de los personajes quedan a la vista y tienen siempre el papel principal. En cierto modo, una obra de teatro es como una novela, pero despojada de lo accesorio y reducida al drama esencial.

Me temo que hoy casi se ha olvidado este placer de leer teatro y no creo que nuestra vida sea mejor por ello. En cualquier caso, les animo a probar y leer esta obrita de teatro: Oh feliz culpa. Confío en que no les defraudara y espero que disfruten tanto leyéndola como yo disfruté escribiéndola.

………….

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2 comentarios

  
Alejandra
Gracias, Bruno, por dedicar los dones con los que Dios te ha colmado a tan variada actividad literaria.
Yo he leído mucho teatro porque siempre me ha proporcionado un gran placer.
Viendo la portada del libro he recordado los "Diálogos de Carmelitas".
Y también me parece muy oportuno el momento en el que se publica, cuando se acaba de anunciar la beatificación de ochenta mártires de la Guerra Civil de la Diócesis de Santander.
Corro a comprarlo y a disfrutarlo.
25/05/26 12:45 PM
  
Carsten
Este año leí "los ruiseñores cantan al ponerse el sol", obra de teatro del mismo autor, y es excelente. Así que, en cuanto pueda, voy a comprar esta también.
25/05/26 12:49 PM

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