La anorexia y los milagros

Ayer estuve en la primera misa de uno de los 16 sacerdotes diocesanos que fueron ordenados el sábado en Madrid. Disfruté enormemente de una eucaristía preciosa. El nuevo sacerdote, alegre y con ganas, presidió la celebración, pronunció la homilía y cantó el prefacio y la plegaria eucarística entera.

Esto de que el sacerdote cante las oraciones de la liturgia no se ve ya a menudo. Los curas suelen dejar los cantos al coro, cuando lo hay. Es una pena. Antiguamente, a celebrar la primera misa se le solía llamar “cantar misa”, porque los nuevos ordenados siempre cantaban esa primera misa solemne. No es éste un tema tan baladí como parece. El hecho de que la liturgia se pueda cantar es una muestra de lo que es en realidad: una oración y una celebración. Los discursos políticos, por ejemplo, no se cantan… y cuántas veces nuestras misas parecen más una reunión política que una celebración de los misterios de la muerte y resurrección de Cristo.

La homilía me gustó mucho, sobre todo por su tema fundamental: “soy un milagro”. El nuevo presbítero habló de las grandes obras que Dios había hecho en su vida y de cómo hacía 10 años, cuando estaba en medio de una crisis existencial sin encontrar ningún sentido a la vida, nadie habría podido imaginar que él iba a estar un día allí representando a Jesucristo. Por pura misericordia y sin que lo mereciera en absoluto, Dios le había elegido y lo había transformado para que pudiera hacer presente a Cristo entre los hombres, así que podía decir con fundamento que su vida era un milagro.

Tengo que confesar que, al escuchar esto, me distraje y empecé a pensar en los modelos que nos presenta el mundo, sobre todo a través de la televisión. Generalmente se trata de figuras inalcanzables: modelos escuálidas al borde de la lipotimia y con piel imposiblemente perfecta que debe más al Photoshop que a la naturaleza, cantantes con estilos de vida totalmente fuera del alcance de la gente normal, famosos dedicados únicamente a “famosear” o protagonistas de anuncios que son felices porque siempre disfrutan de lo mejor y más caro.

Intentar imitar estos modelos lleva forzosamente a la frustración. Por mucho que uno se compre el mejor coche, siempre saldrá otro aún mejor y más caro al mes siguiente. En nuestros hospitales ingresan a menudo chicas anoréxicas que oscilan entre la vida y la muerte para parecerse a la última supermodelo de las pasarelas europeas.

En este contexto, no pude por menos de sorprenderme antes las palabras del nuevo sacerdote. El modelo que ha escogido es, sin duda, el más difícil de imitar: Jesucristo es el “único santo”, el “más hermoso de los hijos de los hombres”, el “Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”, el “manso y humilde de corazón” que “todo lo hace nuevo”.

¿Cómo puede alguien atreverse a intentar ser así? En buena lógica, si imitar a modelos que sólo nos superan por razones accidentales como el peso, el dinero, la fama, etc. puede llevarnos a la insatisfacción, cuánto más no destruirá a una persona el intentar algo imposible como es parecerse a Jesucristo. Sin embargo, esa lógica es puramente humana y no tiene en cuenta la gracia de Dios. Lo que es imposible para los hombres no lo es para Dios. Hoy, en la Iglesia, Dios sigue actuando, sigue haciendo milagros y no es el menor de ellos que un chico como todos los demás pueda representar a Jesucristo en medio de una comunidad de hombres tan limitados como él y sea feliz haciéndolo.

He hablado del contraste entre la vocación en la Iglesia y los intentos imposibles y frustrantes de estar a la altura de los modelos que propone la publicidad, pero también nuestras parroquias caen, a veces, en el mismo engaño. Cuando lo principal en una parroquia es el compromiso, la acción social, la solidaridad o el ser coherentes, la frustración está siempre a la vuelta de la esquina. Hay que reconocerlo, nos cansamos enseguida de ser coherentes, la solidaridad está muy bien siempre que no nos toquen aquello a lo que de verdad se ha apegado nuestro corazón y la acción social es muy satisfactoria… hasta que nos damos cuenta de que somos los únicos que se comprometen y terminamos quemándonos. El “cristianismo” basado únicamente en el esfuerzo humano, en la buena voluntad y en los sentimientos de fraternidad produce en los que lo sufren una anorexia espiritual que termina por dejarlos exangües y sin fuerzas.

Quizá a algunos les parezca egoísta, pero en la Iglesia estamos, ante todo y en primer lugar, para recibir. Para que Dios haga milagros en nuestras vidas. Para recibir la gracia, la misericordia, la luz de Dios. Sólo esa gracia de Dios recibida permitirá que sirvamos a todos los hombres, especialmente a los más pobres, que vayamos a todas las naciones a anunciar el evangelio, que transformemos el mundo de raíz y que podamos dar la vida por los demás porque hemos recibido la Vida que no se acaba.

No es casualidad que el lema sacerdotal de este nuevo sacerdote sea 2Co 12, 9: Pero Él me dijo: “Mi gracia te basta, porque mi fuerza se realiza en la debilidad”. Por lo tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome ante todo de mi debilidad, para que así habite en mí la fuerza de Cristo.

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