Sobre el adulterio
Cristhian me enviado estas reflexiones suyas sobre el adulterio y los cristianos y me ha parecido interesante reproducirlas.
Curiosamente, apenas se habla del adulterio, es un tema tabú. En las iglesias no se oye nunca esa palabra, excepto en boca de Cristo en el Evangelio. Yo creo que se debe a dos razones. En primer lugar, a un (equivocado) sentido de la buena educación. Resulta de mal gusto meterse en la vida de las parejas, parece una grosería y los sacerdotes lo evitan en sus homilías y catequesis. En segundo lugar, muchos católicos, incluyendo algunos sacerdotes, han perdido el sentido de la indisolubilidad del matrimonio cristiano y creen que es algo imposible en la práctica.
El cristiano tiene que tener claro, en mi opinión, que toda vocación cristiana, incluido el matrimonio, es un combate. Vivir como Dios quiere no es fácil. Estamos llamados a dar la vida, como Cristo, y a ser para el mundo un signo que les permita creer.


Casi siempre que he seguido un consejo sobre ir al cine a ver una película, me he arrepentido. En gran medida, los gustos son personales e intransferibles, así que es fácil no coincidir en ellos. Sin embargo, como ayer recibí un consejo de este tipo y me alegré de haberlo seguido, se lo transmito: si no lo han hecho ya, vayan a ver El Gran Torino, de Clint Eastwood.
Me encanta, a la vez que me estremece, el refrán español que compara algo con “poner una vela a Dios y otra al diablo”. El refranero tiene una capacidad sorprendente de trasladar ideas abstractas y doctrinas a imágenes sencillas y de fácil comprensión. En vez de hablar de la coherencia de vida, el compromiso o el discernimiento, habla de poner velas, algo que todos hemos hecho o hemos visto alguna vez. En este caso, la imagen es durísima, porque poner una vela al diablo es algo que una persona normal no puede imaginar sin estremecerse.
No debería sorprenderme, porque todos los años sucede, pero aun así lo voy a contar: este año volví a coger la gripe. Todos los años me digo que tengo que vacunarme y todos los años lo voy dejando hasta que es demasiado tarde. En cambio, mi mujer, que es profesora y, como tal, tiene que vacunarse, suele estar fresca como una rosa los días de frío. Como comprenderán, eso aumenta bastante mi irritación por mi propia estupidez al no vacunarme.









