Dos calles de Sevilla
El otro día, escribí sobre el P. Berríos, jesuita chileno, y sus artículos más o menos contrarios a la doctrina de la Iglesia en varios puntos importantes. Me parecieron muy interesantes algunos comentarios que venían a decir, en mi opinión, que todos esos temas de moral no son importantes, que hay diversas opiniones sobre ellos y que no hay que ser rigoristas. Es decir, que no merece la pena discutir por cosas de tan poca importancia.
Todo esto me recordó a dos calles en Sevilla que resultan muy curiosas. Hay muchísimas calles en Sevilla que resultan curiosas, interesantes y muy bonitas, pero me refiero a dos en particular que despertaron mi atención la última vez que fui por allá. Son dos calles estrechas, muy cortas y paralelas. Ambas salen de la misma placita, una de esas preciosas plazas sevillanas, llenas de luz, azulejos y naranjos. Lo curioso de estas calles prácticamente gemelas es su nombre, que muestra el sentido del humor propio de los sevillanos: una se llama la calle de la Vida y otra la calle de la Muerte. No tengo datos, pero imagino que el precio del metro cuadrado debe de ser muy diferente en una calle y en la otra.

Un lector me pide que comente el siguiente
Bono no es precisamente una autoridad en materia teológica (me refiero al cantante de U2, no al político español, aunque la frase serviría igualmente para ambos). Como hijo de una madre protestante y un padre católico y estudiante de un colegio “ecuménico", no es extraño que este irlandés tenga las ideas bastante confusas en ese aspecto. He leído, sin embargo, unas declaraciones suyas que me han gustado bastante, porque muestran que ha comprendido dos aspectos fundamentales del cristianismo que mucha gente no tiene claros.
El Domingo de Ramos siempre me ha parecido una solemnidad muy curiosa. Casi parece que “no pega” con el resto de la Semana Santa. Llevamos cinco semanas de cuaresma, de penitencia, ayuno, oración, limosna, ausencia de aleluyas y glorias… y de pronto llega esta fiesta con una entrada triunfal en Jerusalén, con palmas y ramos de olivo, cantando hosannas y bendiciones al Hijo de David, es decir, al Rey y Mesías esperado.
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