Para que te vuelvas a quejar
Me encantan las vidas de los santos. Creo que, fuera de los sacramentos y la oración, pocas cosas hay que despierten más el deseo de vivir cristianamente, de entregar la vida a Dios, de ir al cielo y amar a los enemigos. En la vida de los santos se puede ver, de forma concreta y real, en personas concretas y reales, que el seguimiento de Cristo es posible y merece la pena, que no hace falta conformarse con medianías y que Dios está deseando hacer maravillas con nosotros.
Antiguamente, los cristianos leían continuamente vidas de santos y el Año Cristiano, incluso se leían en familia. Hoy, en cambio, parece que a muchos les parece una beatería… y así nos va. Yo, siempre que puedo, regalo buenas vidas de santos a todo el mundo.
Como no puedo traer al blog la vida entera de un santo, hoy traigo sólo una frase, brevísima pero sustanciosa, de un santo que, hasta ayer, desconocía: San Lorenzo Giustiniani, obispo y Patriarca de Venecia del siglo XV.

Leído en el blog
Participante invitado: El P. Robert Longshanks es un antiguo anglo-católico que cruzó el Tíber hace cincuenta años. Conocido (a sus espaldas) por sus compañeros sacerdotes como Father “Battleaxe” Bob, se comenta que su propio obispo le tiene algo de miedo desde que le dijo que “el problema de Inglaterra ha sido siempre que sus obispos no están dispuestos a morir mártires”. Actualmente ejerce la cura de almas en una pequeña parroquia de Sussex.
Este verano, se lanzó en España una película de Noruega con el peculiar título de “Zombis Nazis". Lo cierto es que ya el título lo dice todo. El típico grupito de jóvenes, refugiado en una cabaña en medio de la nieve, es atacado por los malvados zombis nazis que, volviendo de la muerte, intentan recuperar el oro que ya robaron a los pobres aldeanos noruegos durante la ocupación alemana, hace casi setenta años.
Como ya sabrán los lectores, al igual que el color propio de los obispos es el morado, desde el siglo XV los cardenales se caracterizan, en la iconografía y en la práctica, por las vestiduras de color rojo o púrpura. Este color rojo no es casual. Significa su disponibilidad para dar la vida en el servicio del Papa y de la Iglesia. De hecho, así lo dicen en su juramento solemne: usque ad effusionem sanguinis, hasta el derramamiento de sangre.



