InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: General

13.09.25

¿Para qué queremos ir al cielo?

Hablamos poco del cielo. ¿Cómo vamos a desearlo si no hablamos de él? ¿Y cómo vamos a llegar allí, si no lo deseamos con todas nuestras fuerzas? San Agustín y Santa Mónica, cuando estaban en Ostia en el viaje de vuelta a África, no dejaban de hablar del cielo. “Conversábamos dulcísimamente”, cuenta San Agustín, mientras se preguntaban “cómo sería la vida eterna de los santos”.

Lo mismo deberíamos hacer nosotros frecuentemente, para aumentar así nuestro deseo del cielo. Es una cuestión que nos supera por completo, claro, porque el cielo excederá nuestras expectativas. Tus promesas han superado tu fama, canta el salmista. Aun así, en Cristo se nos ha revelado lo suficiente para que podamos meditar sobre ello durante toda nuestra vida, sin cansarnos, pregustando así un poquito lo que será el cielo y encontrando siempre nuevas cuestiones sobre las que reflexionar.

Por ejemplo, hay una cuestión que suele aparecer al hablar del cielo: ¿lo deseamos porque allí seremos felices o eso es egoísta y solo debemos desearlo porque veremos a Dios y podremos darle gloria? Es una pregunta sutil, pero a la vez muy profunda e interesante, así que aprovecharé que tengo un santo estupendo, cuya fiesta se celebrará dentro de poco, para pensar un poco sobre ella.

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11.09.25

La mejor definición de hereje

Hay diversas formas de definir la herejía y a los herejes, como corresponde a un concepto tan importante para la Iglesia. El Código de Derecho Canónico define jurídicamente la herejía como “la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma” (c. 751) y la castiga con la excomunión latae sententiae (c. 1364).

Santo Tomás de Aquino decía que la herejía es “una especie de infidelidad, propia de quienes profesan la fe de Cristo, pero corrompiendo sus dogmas” y, muy perspicazmente, explica su etimología siguiendo a San Jerónimo: “herejía, vocablo griego, significa elección; es decir, que cada uno elige la disciplina que considera mejor”.

Se podrían citar muchas más, pero, a mi juicio, la mejor definición de hereje (¡y la más divertida!) la dio un español hace algo más de siete siglos.

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5.09.25

Aprendamos del cardenal Cupich

A los católicos, a menudo la fe católica nos salva de decir tonterías. Cuando no es así, porque no se trata de temas de fe, la prudencia es una virtud muy útil en el mismo sentido. Si somos poco virtuosos, aún podemos acudir al sentido común para no decir muchas tonterías. En última instancia, si nuestra fe está en horas bajas, nuestra virtud es más bien tibia y nuestro sentido común no aventaja al de un pepino de mar poco brillante, el deseo instintivo de no ser el hazmerreír de los hombres y los coros angélicos también puede ayudarnos a no meter innecesariamente la pata.

Veamos un ejemplo. El cardenal Cupich, arzobispo de Chicago es, indiscutiblemente, uno de los peores obispos de los Estados Unidos. A fin de cuentas, es pupilo del tristemente famoso cardenal McCarrick y ha destacado por ser el mayor opositor de la excomunión de los políticos “católicos” abortistas, prohibir a sus sacerdotes rezar ante las clínicas abortistas, promover la adopción por las parejas del mismo sexo y la aprobación de estas por la Iglesia, defender la ordenación de mujeres, destruir su propio seminario, desear el cambio “radical de la enseñanza de la Iglesia” y el “abandono de las creencias más preciadas”, apoyar al gran partido abortista estadounidense y tener la dudosa distinción de ser el único obispo que ha sido abucheado en una marcha por la vida, entre otras cosas. A pesar de todo esto, o quizá por ello, el Papa Francisco le nombró primero arzobispo y después cardenal.

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27.08.25

Cuando ya no quede nada por salvar

“Mis amigos, mientras quede algo por salvar; con calma, con paz, con prudencia, con reflexión, con firmeza, con imploración de la luz divina, hay que hacer lo que se pueda por salvarlo. Cuando ya no quede nada por salvar, siempre y todavía hay que salvar el alma […].

Es muy posible que bajo la presión de las plagas que están cayendo sobre el mundo, y de esa nueva falsificación del catolicismo que aludí arriba, la contextura de la cristiandad occidental se siga deshaciendo en tal forma que dentro de poco no haya nada que hacer, para un verdadero cristiano, en el orden de la cosa pública.

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21.08.25

Decimatio sistemática

Desde niño me fascinó todo lo relacionado con el imperio romano, como le sucede a gran parte de los varones: desde el esclavo del memento mori imperial hasta la décima legión, Julio César, la guerra de las Galias, las guerras púnicas, el muro de Adriano, la lengua latina, la incomparable ciudad de Roma y su SPQR, los privilegios de los ciudadanos romanos, los mártires, las naumaquias, la ley de las doce tablas, Horacio en el puente, el ab urbe condita y tantas otras cosas.

Los romanos, sin embargo, también tenían costumbres estremecedoras. Recuerdo la impresión que me causó leer sobre la decimatio, el más duro castigo militar romano, que se aplicaba a las legiones que habían mostrado cobardía ante el enemigo. Las unidades castigadas se dividían en grupos de diez soldados y, en cada grupo, se echaba a suertes sobre quién debía recaer el castigo. A continuación, el pobre soldado elegido era ejecutado en presencia de toda la legión a golpes de vara por los demás y lo mismo sucedía con los demás grupos, hasta que la unidad entera quedaba diezmada.

Quizá lo que más me impresionaba era el hecho de que el castigo se ejecutase públicamente de forma tan brutal y de que fueran los mismos compañeros de los ejecutados los encargados de aplicar la sentencia, en una mezcla de férrea disciplina militar y crueldad inusitada. Tan terrible (y a menudo contraproducente) era el castigo que apenas se utilizó un puñado de veces en la historia de la república y el imperio.

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