El sofisma de Martin

En la historia hay personajes que, más que por su categoría o valía intrínseca, se hacen famosos por el mero hecho de representar muy bien una época. Quizá uno de estos personajes de pocos vuelos, pero característicos de nuestro tiempo, sea el P. James Martin SJ, un jesuita norteamericano conocido por su defensa de la ideología LGBT. Desgraciadamente, por ello ha sido recompensado por los jesuitas con la dirección de su principal revista en los Estados Unidos, la revista América.
Durante años, el P. Martin ha socavado sin cesar la doctrina de la Iglesia sobre las relaciones entre personas del mismo sexo, pero, en vez hablar abiertamente, se ha asegurado de hacerlo siempre de forma ambigua, dando a entender más que diciendo. Así consigue lo que los norteamericanos llaman plausible deniability, es decir, el suficiente grado de ambigüedad para poder evitar sanciones asegurando que en realidad no decía lo que parecía decir.
Por ejemplo, para ir destruyendo la doctrina moral católica que condena las relaciones entre personas del mismo sexo, ataca lo que enseña el Catecismo al calificar de «desordenadas» las tendencias homosexuales. Sin embargo, no lo hace diciendo que la enseñanza sea errónea, sino «hiriente» y «cruel». «La frase [del Catecismo] se refiere a la orientación, no a la persona, pero aun así es innecesariamente hiriente», afirma el jesuita en uno de sus libros. «Decir que una de las partes más profundas de una persona, la parte que da y recibe amor, es ‘desordenada’ en sí misma es innecesariamente cruel».
De esta forma, traslada la cuestión de la verdad, que es algo claro, concreto, que se puede argumentar racionalmente y que forma parte de la Revelación, a los sentimientos, que no son discutibles sino personalísimos y no se pueden discutir. Es la típica forma de actuar de los sofistas, que prefieren lo confuso a lo claro y el sentimiento a la realidad.
Sería muy largo recopilar todos los ejemplos de sofismas del jesuita, siempre en el mismo sentido de dar a entender que la Iglesia y la Palabra de Dios se equivocan y las relaciones entre personas del mismo sexo son algo estupendo y querido por Dios. Recientemente, sin embargo, el P. Martin SJ ha formulado un sofisma nada original, pero especialmente característico de él, que podríamos llamar el sofisma de Martin en su honor.
El sofisma de Martin es un intento de atrapar en un dilema a sus enemigos basándose única y exclusivamente en que el propio P. Martin los conoce mejor que ellos mismos y tenemos que creerle porque, a fin de cuentas, es el famoso P. James Martin SJ, editor de la revista América y tiene setecientos mil seguidores en Internet.
En efecto, el martes pasado el jesuita explicó en redes sociales que, cada vez más a menudo, personas que antiguamente le criticaban le escribían para disculparse, lo que demostraba que siempre había tenido razón.
Es más, continuó el P. Martin, esos que le criticaban «a menudo son precisamente aquellos que luchan con su propia sexualidad» y, por lo tanto, «sienten más ira». Por lo visto, «antes protestaban por mi trabajo con personas LGBTQ y ahora están saliendo del armario». Uno de ellos, según el propio Martin, le escribió diciendo que, si le había atacado era «por miedo a mi propia queeridad».
Casi se puede oír el grito de victoria del jesuita: ¡yo tenía razón y ellos no! ¡Todo el mundo es gay, los que me apoyan porque me apoyan y los que no me apoyan porque no me apoyan! ¡Jaque mate! Cualquiera que pretenda razonar contra mí, en realidad, lo hace porque es gay.
Significativamente, el P. Martin no nos habla de las personas incomparablemente más numerosas que siguen criticando sus errores con argumentos, con doctrina y racionalmente. A fin de cuentas, hablar de ellas (y sobre todo de sus razones) sería estropear el sofisma.
Como buen prestidigitador de la moral, intenta que no nos demos cuenta de que su sofisma descansa únicamente en su propia afirmación, sin ningún argumento: quienes me critican son homosexuales reprimidos, porque sí, porque lo digo yo, que estoy muy seguro de ello y siento que es así, aunque no tenga absolutamente ningún argumento de peso para afirmarlo más que un caso particular incomprobable. Una vez más, se pasa de la razón al sentimiento, de la realidad a la anécdota y del argumento a la descalificación.
Lo absurdo de su forma de pensar se descubre enseguida en cuento lo aplicamos a cualquier otro pecado que no esté de moda. Por ejemplo, igualmente podría decir el jesuita que, cuando alguien habla contra la envidia, lo hace porque en realidad es un envidioso reprimido y, por lo tanto, eso de alguna forma demuestra que la envidia es buena, sana y maravillosa. Un completo despropósito.
El sofisma de Martin es irrefutable en el sentido de que no tiene ninguna sustancia racional y, por lo tanto, no se puede argumentar en contra ni a favor de él, igual que no se puede decir que el ruido de un motor sea verdadero o falso, simplemente es ruido. Su fuerza está únicamente en que lo dice el P. Martin SJ, que es más listo y más moderno que todos esos retrógrados que no están en línea con los tiempos posmodernos.
Aun así, por desgracia, en una época tan poco racional como la nuestra, sus sofismas pueden hacer mucho daño. Claramente las autoridades eclesiales tienen el grave deber de actuar para evitar que el P. Martin siga extendiendo la confusión y socavando la doctrina. Sin embargo, vivimos en tiempos recios y, como veíamos, esas autoridades hacen todo lo contrario. Los superiores jesuitas le dan puestos de responsabilidad y con toda la exposición mediática posible. Los dos últimos Papas le han recibido privadamente en varias ocasiones. Incluso ha sido nombrado delegado para el sínodo de la sinodalidad y, horresco referens, se le invitó a hablar en el sínodo de la juventud. Todo ello con grave daño para la Iglesia y para el propio P. Martin, que necesita desesperadamente que alguien le corrija y le reconduzca a la fe y la moral de la Iglesia.
A los demás solo nos queda reírnos de los sofismas y tonterías varias del jesuita, porque, como decía Castellani, hay posturas tan absurdas que lo único que se puede hacer es reírse de ellas, ya que no tienen la base racional mínima para un debate. Bueno, también podemos y debemos rezar por él y por los que han sido confundidos por sus despropósitos, claro.
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