Yo quiero ser así de mayor
Creo que ya he dicho otras veces que es una pena que no nos fijemos más en las lecturas de la Escritura que se proclaman en Misa. Si lo hiciéramos, enseguida nos saltarían a la vista multitud de extrañezas que nos ayudarían a comprender mejor lo que realmente se está diciendo en la lectura.
Voy a dar un ejemplo. En la segunda lectura de hoy, San Pablo dice que Jesucristo “hizo de los judíos y de los gentiles un solo pueblo; Él destruyó, en su propio cuerpo, la barrera que los separaba: el odio”. ¿Por qué habla de una barrera? ¿Era simplemente una forma de hablar? Parece ser que, al decir eso, estaba pensando en el Templo de Jerusalén, que, para cualquier judío, era el símbolo y el paradigma de la relación con el Señor. La parte importante del Templo, es decir, donde se rendía culto a Dios, estaba prohibida para los que no eran judíos. Los gentiles sólo podían pasar a aquellas zonas en las que se cambiaba dinero, se vendían animales, etc. Había un muro que no podían traspasar, bajo pena de muerte. Es decir, ese muro o barrera del que habla San Pablo en su carta era un muro material, que se podía tocar y que a San Pablo le recordaba algo mucho más importante: la separación entre judíos y no judíos en la Historia de la Salvación, que los gentiles estaban separados de Dios y sometidos a la muerte por el pecado, hasta que llegó Cristo.

Recojo hoy en el blog este texto que me ha enviado Cristhian y en el que nos cuenta algo de su boda y de su peculiar triángulo amoroso. Que lo disfruten.
No, no voy a hablar de los casos de pederastia. Son algo inexpresablemente horrible pero, al menos, son poquísimos en comparación con el número total de sacerdotes. Voy a hablar de algo mucho más extendido, que me resulta más cercano y cuyas consecuencias he sufrido en multitud de ocasiones.
Ayer decía Luis en el blog que “en el Cielo, nos alegraremos no sólo del Amor con que [Dios] nos ama, sino que nos alegraremos de que ame más a otros. Ciertamente esa será la prueba de que estemos en el Cielo, la alegría porque los demás reciban más que nosotros”. Ese rápido vistazo a algo de lo que disfrutaremos en el cielo, me recordó una oración del Cardenal español Merry del Val, las letanías de la humildad, que piden la gracia para ir practicando ya aquí en la tierra lo que decía Luis (quien espero que no me reproche el inequívoco aire jesuítico que tienen).
El sábado estuve en el funeral y entierro del padre de un amigo mío, en el cementerio de Pozuelo. Es un cementerio municipal, como casi todos. En España, desde finales del s. XVIII, con Carlos III, José Bonaparte y la revolución “Gloriosa” de 1868, los cementerios se fueron separando de las iglesias y quedando, poco a poco, bajo control municipal.



