InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: Moral

25.01.17

La destrucción de la moral: divorcio > suicidio > apostasía

Durante los últimos tres años, he escrito un gran número de artículos en los que advertía que la negación de la doctrina constante de la Iglesia sobre los actos intrínsecamente malos iba a tener consecuencias desastrosas. Por desgracia, numerosos teólogos, moralistas e incluso obispos y cardenales han rechazado en la práctica esa doctrina con la excusa de un vago “discernimiento” que nunca se define, comenzando por diversos participantes de los dos Sínodos de la Familia y siguiendo por diversas declaraciones y cartas pastorales posteriores a los mismos.

El primer desastre causado por esta negación de un principio moral fundamental de la moral católica fue la asombrosa práctica “pastoral” de permitir que los adúlteros no arrepentidos comulguen, proclamada a los cuatro vientos por los obispos argentinos de la región de Buenos Aires, por los obispos de Malta y por la mismísima diócesis de Roma. Es evidente que esta forma de actuar, en la práctica, equivale a aceptar en la Iglesia el divorcio y un nuevo “matrimonio”, con lo que de hecho se abandonan tanto la indisolubilidad matrimonial como el sexto mandamiento y el propio sacramento del Matrimonio, que se equipara a cualquier unión adulterina. Asimismo, se destruye el sacramento de la Penitencia, porque se acepta la práctica de la confesión sin propósito de la enmienda, lo cual no es más que una forma de decir que el pecado no existe.

No hace mucho, pudimos observar cómo el daño se extendía a la prohibición del suicidio, que también es una doctrina perenne de la Iglesia. Los obispos canadienses de la región de la región del Atlántico escribieron una carta pastoral en la que indicaban que alguien que tomase la decisión de suicidarse podría recibir la comunión y la confesión y sería acompañado por un sacerdote en el proceso. De nuevo, asoma la cabeza la confesión sin propósito de la enmienda y la comunión sacrílega, además del acompañamiento del pecado por parte de la Iglesia y el olvido del quinto mandamiento.

¿Se quedarán ahí las cosas? Evidentemente no, porque, una vez que se ha destruido el principio moral de que hay acciones que siempre son malas (es decir, de que los mandamientos siempre son válidos), es inevitable que haya quien saque las consecuencias para absolutamente todos los pecados. La semana pasada, el P. James Martin, SJ, director de la prestigiosa revista América de los jesuitas norteamericanos, aplicó los mismos criterios “morales” a la apostasía.

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19.01.17

Novela para "moralistas"

Estoy leyendo estos días una novelita postapocalíptica de S. M. Stirling, titulada The Sunrise Lands y parte de una larga serie en ese mismo escenario. No es gran cosa, pero resulta entretenida e imaginativa, una especie de mezcla de Battlefield Earth de Hubbard y de la serie The Guardians of the Flame de Joel Rosenberg, con guiños al Señor de los Anillos (de hecho, uno de los grupos políticos de la novela ha tomado como lenguaje propio el sindarin inventado por Tolkien).

No se trata de una novela teológica ni mucho menos, sino de una simple historia de aventuras y, hasta donde yo sé, no se ha traducido al español. En cualquier caso, no es de la novela en sí de lo que quiero hablar, sino de la frase que dice uno de los personajes y que ha llamado mi atención (el personaje en cuestión es un monje guerrero de una orden de caballería benedictina postapocalíptica):

El pecado no es malo porque te haga sentir mal (aunque debería hacerte sentir mal) sino porque es malo“.

Es una frase sencillísima, muy cercana a una tautología, pero ya me gustaría que tantos “grandes” moralistas y teólogos encumbrados que asolan estos días la Iglesia supieran al menos eso. La moral de la Iglesia no es cuestión de sentimientos sino de verdades, no se basa en sensaciones sino en la realidad del hombre creado por Dios y llamado por Él a ser santo.

En cambio, esos moralistas y teólogos de pacotilla parecen pensar que lo que importan son sus sentimientos sobre cada pecado, es decir, si a ellos les parece grave o no, si sienten alguna repugnancia al pensar en ese pecado en concreto o no. Sin darse cuenta de que, casualmente, siempre les parecen graves los pecados que no están de moda y leves o inexistentes los que sí están de moda. Dicho de otra forma, esa sensación en la que basan su comprensión de la moral no es más que una traducción inconsciente de lo políticamente correcto, de manera que una y otra vez trivializan los pecados que el Mundo postcristiano ya ha aceptado, en su aparentemente invencible y arrolladora retirada del combate moral.

No es extraño que pretendan convertir el sentimiento subjetivo en el fundamento de toda la vida moral, como ya están haciendo los obispos de Malta y de la región pastoral de Buenos Aires. Para ese viaje, no hacen falta alforjas. Si al final vas a tener exactamente la misma moral del Mundo, es más fácil no ser cristiano y se ahorra uno un montón de molestias.

Y digo yo: ya que es evidente que no leen a Santo Tomás ni a San Alfonso ni la Veritatis Splendor, ¿no podrían al menos leer novelas? Quizás aprenderían algo.

30.12.16

Las influencias de Leonardo Boff

Confieso que no suelo leer a Leonardo Boff, porque no me sobra el tiempo como para perderlo con seudomisticismos más bien superficiales. El día de Navidad, sin embargo, aparecieron unas declaraciones suyas especialmente interesantes, en una entrevista concedida al periódico alemán Kölner Stadt Anzeiger.

Antes de continuar, me gustaría advertir a los lectores que probablemente no convenga dar una fiabilidad absoluta a las palabras de don Leonardo, ya que es muy posible que, como se dice en España, esté llevando el agua a su molino. Es decir, que exagere o incluso deforme las cosas pro bono suo.

Aunque la entrevista tiene más cosas interesantes de las que quizás podamos hablar otro día, creo que lo más llamativo es que el Sr. Boff afirma que el Papa pidió su colaboración cuando estaba escribiendo la encíclica Laudato Si sobre la ecología y que lo cita en ella:

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17.12.16

El cilicio de Tomás Moro

Los partidarios de Trump pueden enorgullecerse, con cierta razón, de que su candidato haya ganado las elecciones ante una fortísima oposición y haciendo gala de su postura transgresora contra el establishment y lo políticamente correcto. No conviene olvidar, sin embargo, que se trata de una “revolución” dentro de unos mismos presupuestos suicidas. Como mucho, un retraso en el camino hacia el abismo.

Si alguien quiere saber cómo es de verdad un político políticamente incorrecto, que no mire a Trump. Vaya, en su lugar, a la abadía de Buckfast, en el suroeste de Inglaterra. Este precioso monasterio benedictino fue reconstruido a finales del siglo XIX por un grupo de monjes franceses, después de haber sido destruido en el XVI por la reforma protestante.

Allí podrá contemplar el lector algo estupendo. En un altar de la abadía, desde el pasado mes de octubre se muestra a la veneración de los fieles el cilicio de Sir Tomás Moro, canciller de Inglaterra, mártir y santo. Eso sí que es algo verdaderamente diferente, a lo que no estamos acostumbrados.

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14.12.16

Del adulterio al suicidio... y lo que vendrá

Desgraciadamente, no ha tardado mucho en llegar: ya tenemos aquí la aplicación a otros campos de los errores relativos a la recepción de la Eucaristía por los divorciados en una nueva unión. Recuerdo que el cardenal Kasper nos aseguraba que lo de los divorciados no iba a ser algo masivo y frecuente, sino únicamente para algunos casos aislados. Pues bien, no sólo es evidente que la idea (y la realidad ya hoy en algunas diócesis) es legitimar el divorcio y las nuevas uniones de forma generalizada (y por lo tanto el adulterio), sino que esta forma de actuar ha empezado a aplicarse también a otro gran pecado (que ya no lo es tanto): el suicidio.

Después de que, en junio, se aprobara una nueva ley en el Canadá que legalizaba el suicidio asistido por profesionales “médicos”, los obispos canadienses de la región del Atlántico pensaron que había llegado el momento de trasladar la “revolución de la misericordia” a los futuros suicidas. El mes pasado, estos obispos escribieron una carta pastoral conjunta en la que se permite dar la Comunión y la Unción de Enfermos, además de confesar y absolver ¡a los que van a suicidarse! Parece una broma, pero no lo es.

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