InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: Signos de la fe

29.04.10

Bono, el karma y la gracia

Bono no es precisamente una autoridad en materia teológica (me refiero al cantante de U2, no al político español, aunque la frase serviría igualmente para ambos). Como hijo de una madre protestante y un padre católico y estudiante de un colegio “ecuménico", no es extraño que este irlandés tenga las ideas bastante confusas en ese aspecto. He leído, sin embargo, unas declaraciones suyas que me han gustado bastante, porque muestran que ha comprendido dos aspectos fundamentales del cristianismo que mucha gente no tiene claros.

Se trata de parte de una larga entrevista que fue publicada hace tiempo en forma de libro. El lenguaje es coloquial pero trata un asunto fundamental. Especialmente ahora que mucha gente usa palabras como “karma” (en la televisión se escucha constantemente) sin saber realmente lo que significan, más por la sensación de ser modernos y sofisticados que por otra cosa, creo yo. Y, lo que es peor, ahora que mucha gente considera que palabras como la “gracia” son algo anticuado, pasado de moda y sin ningún valor.

Como ya he dicho, Bono no es un teólogo. De hecho, en los párrafos que recojo aquí mete un par de veces la pata y, en los anteriores, se quejaba de la moral de la Iglesia con respecto a los anticonceptivos (aunque también hablaba con mucho cariño y respeto del papa Juan Pablo II y de la Iglesia Católica). Sin embargo, en estas líneas, es capaz de ir al centro de dos cuestiones que están constantemente flotando en las ideas que la gente de hoy en día tiene de la religión y del cristianismo. Y, por ello, quizá el mismo lenguaje coloquial que utiliza resulta especialmente potente.

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11.02.10

Paseando al perro

Hoy me ha enviado este correo una amiga, que ha empezado a trabajar hace muy poco tras un tiempo en el paro, contándome las cosas que se le ocurrían al pasear a su perro. Son unas líneas muy sencillas, sin sucesos extraordinarios ni grandes argumentos metafísicos.

Me han gustado porque, para el cristiano, todo habla de Dios, desde la liturgia hasta lo que vemos al pasear el perro. Si no vemos a Dios en las pequeñas cosas es muy poco probable que lo veamos en las grandes y, en ese caso, es de temer que algo no vaya bien en nuestra vida de fe. Y tiene la ventaja de que es un indicio muy sencillo: ¿Ves a Dios en lo que sucede a tu alrededor?

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19.09.09

Vive peligrosamente

Me ha encantado leer que el Cardenal Pell, de Sydney, va a participar en el Primer Festival de Ideas Peligrosas en Australia. Me ha parecido extrañamente apropiado, porque no hay nada más peligroso que el cristianismo. La fe católica puede ser odiada, despreciada, rechazada, amada o admirada, pero quien la considere algo aburrido, intrascendente o rutinario no tiene ni la más mínima idea de lo que es el cristianismo o sólo se ha encontrado con cristianos de pega. Será como el que dice que una víbora es muy mona o que un león es hogareño: o habla por hablar o lo que él llama víbora y león son, en realidad, muñecos de peluche.

No hay idea más peligrosa que la Encarnación, porque coloca al mundo cabeza abajo. En lugar de un Dios o, más bien, una Fuerza absoluta e impersonal en lo alto, que lo fundamenta todo pero a la que no le importa nada, y unos insignificantes seres humanos en la tierra, que hoy están vivos y mañana vuelven al polvo, en lugar de un universo que evoluciona sin saber muy bien hacia dónde o de un eterno retorno por el que todo es siempre lo mismo, los cristianos nos encontramos con un universo trastocado. Dios se hace pequeño, lo inmortal se hace mortal, lo Abstracto resulta ser Alguien. Y, de la misma forma, los insignificantes seres humanos están llamados a ser hijos de Dios, los mortales reciben la inmortalidad, los hombres falibles se atreven a decir que conocen la Verdad y el sinsentido de la vida se desvela como parte del Plan de Dios. Hasta el más mínimo aspecto de la vida queda transformado.

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24.08.09

Otra de arena francesa

Como el otro día hablé, con tristeza, de la descristianización de Francia, hoy me alegro de poder decir algo bueno de nuestros vecinos del norte. Y, además, también con respecto a la evangelización, aunque sólo sea un pequeño detalle. Una de cal y otra de arena no es una máxima evangélica, pero servirá, en este caso, para no dejar un regusto amargo al tema de Francia.

Esta semana, pude visitar la magnífica catedral de Metz. No voy a cansar a los lectores ensalzándola, por falta de tiempo y porque, además, como buena catedral, toda la gloria se la remitiría a Dios. Pero sí voy a contar una buena idea de sus responsables. Con ocasión del año de San Pablo, que terminó hace poco, han aprovechado algunos de los mejores tesoros que tiene la catedral. Me refiero a sus maravillosas vidrieras, que, al tratarse de una gigantesca catedral gótica, deben de medirse por kilómetros cuadrados.

El obispo, algún canónigo o quienquiera que fuera tuvo la buena idea de ir recogiendo las veinte o treinta veces que aparecían en las vidrieras escenas de la vida de San Pablo. Cogió estas fotos, las amplió a tamaño natural y, poniendo debajo de cada imagen una frase de las cartas de San Pablo, las fue colocando por las paredes de parte trasera del templo. Así, todo el que pasaba podía ir recorriendo la vida de San Pablo, desde su participación en la lapidación de San Esteban hasta su decapitación en Roma, con estupendas imágenes que quedarían grabadas en su retina para siempre. Es decir, se usaban las vidrieras para evangelizar a los turistas no cristianos y catequizar a los que ya lo fueran.

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14.08.09

Creo por la oficina de correos

Al ser traductor, tengo que ir frecuentemente a la oficina de correos de mi barrio, para enviar traducciones juradas a mis clientes. No hace mucho, fui a enviar una de estas traducciones y, como suele suceder, la oficina estaba abarrotada. Hacía calor y, como había pocos funcionarios y no se daban mucha prisa, los ánimos se habían caldeado bastante.

El calor favorecía que la tensión fuese aumentando cada vez más y el propio ambiente de tensión, en un círculo vicioso, ponía nerviosa a la gente, lo cual, a su vez, hacía que aumentara la tensión del ambiente. La gente se quejaba, unos en voz baja y otros de forma más que audible. Algunos discutían entre sí, por el puesto en la cola, por el uso de un bolígrafo o simplemente porque sí.

Como la impaciencia es de las enfermedades más contagiosas que existen, rápidamente me impacienté y empecé a quejarme yo también por lo bajo, refunfuñando por todo. Analicé la lentitud de cada funcionario en particular, las razones por las que deberían despedirle y las mil y una formas en que la oficina podría organizarse de forma más eficiente. Yo, que nunca miro la hora y ni siquiera llevo reloj, sentí la necesidad de saber qué hora era cada dos minutos.

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