Una mirada cristiana sobre la segunda vuelta de la elección nacional en Uruguay

El próximo 24 de noviembre se enfrentarán dos proyectos políticos muy diferentes entre sí.
Daniel Iglesias Grèzes
El domingo 24 de noviembre de 2024 tendrá lugar en Uruguay la segunda vuelta de la elección nacional. En esta ocasión los uruguayos tendremos que optar entre la fórmula presidencial del Partido Nacional (PN), con Álvaro Delgado y Valeria Ripoll como candidatos a Presidente de la República y Vicepresidente de la República respectivamente, y la fórmula presidencial del Frente Amplio (FA), con Yamandú Orsi y Carolina Cosse como respectivos candidatos a esos mismos cargos. El PN, un partido de centro, lidera el actual gobierno de coalición, mientras que el FA, una coalición de izquierda, es el principal partido de la oposición. A continuación expondré tres razones por las que creo que los cristianos uruguayos deberíamos votar por la fórmula Delgado-Ripoll y no por la fórmula Orsi-Cosse.
1. La primera y principal razón es que el FA es desde hace décadas el mayor impulsor en Uruguay de la revolución social y política anticristiana que está en curso en gran parte del mundo, y especialmente en Occidente, mientras que el PN es la mayor fuerza política contraria a esa corriente. Durante los tres gobiernos del FA (2005-2020), con el apoyo casi unánime de esa fuerza política, se legalizaron en Uruguay el aborto, el matrimonio homosexual, la reproducción humana artificial, la producción y venta de marihuana, y otras cosas similares. Por cierto, el FA mantiene esa misma tesitura, como se demostró en 2022, cuando todos sus Diputados votaron a favor de la legalización de la eutanasia.


Esta obra reúne un conjunto de escritos sobre mi país, el Uruguay. Dentro de ese marco general, trato temas políticos, económicos, históricos y religiosos, pero en todos ellos trato de traslucir de algún modo mi cosmovisión cristiana. Por supuesto, no todo lo que escribo aquí es doctrina cristiana, sino que incluyo muchas cosas opinables entre cristianos. Obviamente, la voz que habla aquí no es la voz oficial de la Iglesia, sino la voz de un católico; empero, salvo prueba en contrario, creo que nada de lo escrito aquí va en contra de la doctrina católica.








