La primera vez
La primera vez que vemos o hacemos algo tiene siempre una fuerza especial para impresionarnos. La novedad llama nuestra atención y hace que nos fijemos en todo, que estemos alerta ante los más pequeños detalles y que grabemos la ocasión en nuestra memoria.
Luego, por desgracia, esa fuerza va siendo combatida por el efecto de la costumbre, que nos va insensibilizando ante lo que vemos. Como es lógico, esas “primeras veces” son especialmente frecuentes de niños: los primeros pasos, el primer día de colegio, la primera vez que se ve el mar… A medida que pasan los años, la frecuencia de esas primeras veces disminuye y, quizás por eso, las apreciamos de una forma especial. Hoy ha sido para mí una de esas ocasiones de “primera vez” para mí en la liturgia.

El otro día tuve que ir a la oficina de Correos del centro de Alcobendas a enviar una traducción jurada. Como es mi costumbre, en lugar de ir y volver por el mismo camino, a la vuelta me perdí un poco por calles secundarias. Cuando tengo tiempo, varío así de ruta porque siempre se ven cosas interesantes. Esta vez, encontré un precioso escudo en una casa antigua, con el apellido Corte Gómez, que debió de pertenecer a una familia de hidalgos.
Hay cosas que no entiendo. Por suerte, como cuento con un grupo de lectores inteligentes, cultos y enterados (y que no se dejan influir por la adulación), puedo acudir a ellos para ver si me explican algunas de esas cosas.
Por fin, parece ser que los años de callada y constante labor de la diplomacia española están dando sus frutos. Otros países, o al menos algunos grupos dentro de ellos, empiezan a reconocer el papel de nuestro país en la escena internacional. En particular, lo que se reconoce es la inmensa labor de nuestro Presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, autor de iniciativas de tanto calado mundial como la Alianza de Civilizaciones, que la Historia sin duda recordará como uno de los grandes logros del s.XXI, fundamento de una paz y un entendimiento al menos tan duraderos como los de Versalles.









