La Santa Misa, celebrada como Dios manda y según el Misal del Vaticano II
Como muchos de uds. saben, hace más de un año el Cardenal Burke me ha nombrado, con permiso del obispo local, capellán para el pueblo hispano en el Santuario Nuestra Señora de Guadalupe, en La Crosse, Wisconsin, USA.
Allí voy cada mes o mes y medio desde San Francisco para grabar vídeos, dar conferencias y celebrar la Santa Misa.
Ayer 3 de Mayo celebré, como de costumbre, el Santo Sacrificio, según el misal en español, siguiendo las rúbricas, mirando hacia el sagrario, como lo sugiere el mismo libro litúrgico. Sin embargo, un comentarista en Youtube puso lo siguiente:
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Le escribo con respeto y sincero interés por una cuestión que, aunque pueda parecer disciplinar o práctica, considero que toca también aspectos teológicos de fondo.
Desde hace aproximadamente seis décadas, tras la renovación litúrgica, la Iglesia permite celebrar la Eucaristía tanto “cara al pueblo” como “ad orientem”. Sin embargo, la realidad observable en los cinco continentes es que una inmensa mayoría del clero —podríamos hablar, sin exagerar demasiado, de un 99,9 % de los cerca de 400.000 sacerdotes— celebra habitualmente de cara al pueblo, aun sabiendo que ambas opciones son legítimas.
Esto me lleva a plantearme una reflexión: si en la doctrina católica existe el sensus fidelium como criterio que, en determinados contextos, manifiesta la adhesión del Pueblo de Dios a una verdad de fe, ¿no cabría, al menos por analogía, considerar que una práctica tan universal y espontáneamente asumida por el clero tiene también un cierto peso eclesial? No en el sentido de definir doctrina, por supuesto, pero sí como indicio significativo de recepción viva dentro de la Iglesia.
Me llama la atención que exista un pequeño porcentaje de sacerdotes que, con notable insistencia, sostienen que la celebración “ad orientem” no solo es preferible, sino que consideran un error generalizado la práctica mayoritaria. Ante esto, me surge una inquietud: cuando una inmensa mayoría, extendida en culturas, sensibilidades y contextos tan diversos, converge de forma tan clara en una praxis común, ¿no debería al menos invitar a la prudencia antes de descalificarla?
Incluso desde una perspectiva espiritual, me pregunto si no convendría examinar el riesgo de caer en lo que la tradición monástica describía como “singularidad”, ese afán de distinguirse del común como signo de una posible desviación interior, más que de una mayor fidelidad.
No pretendo afirmar que la mayoría determine la verdad en cuestiones litúrgicas, ni mucho menos reducir la riqueza de la tradición a una cuestión estadística. Pero sí me parece razonable preguntarse si una convergencia tan amplia y sostenida en el tiempo no expresa, de algún modo, una comprensión eclesial compartida que merece ser escuchada con atención.
Le agradecería mucho su reflexión sobre este punto.
La situación cambia radicalmente en el momento en que la Iglesia permite ambas formas. Es entonces —y solo entonces— cuando aparece un dato nuevo, que me parece teológicamente mucho más elocuente: la elección libre, consciente y prácticamente unánime de cientos de miles de sacerdotes en contextos culturales, históricos y sociales enormemente diversos.
Y aquí surge la pregunta clave: ¿qué pesa más como indicio eclesial? ¿Una práctica única mantenida cuando no existía alternativa real, o una convergencia casi universal cuando sí la hay? Porque, si hablamos con rigor, lo segundo tiene un valor cualitativamente distinto: ya no es mera inercia histórica, sino recepción activa.
Y es precisamente en este punto donde me parece legítimo hablar —al menos por analogía— de un cierto sensus fidei. No en el sentido técnico y estricto con el que la teología lo aplica a las verdades de fe, pero sí como expresión de una sintonía eclesial amplia, transversal y persistente. Cuando una práctica es libre y, aun así, asumida de manera prácticamente unánime en toda la Iglesia, algo está diciendo sobre cómo ese mismo Cuerpo eclesial percibe, celebra y comprende el misterio.
Por eso, con todo respeto, me cuesta aceptar que se pueda invocar el peso de cinco siglos como argumento “tumbativo” frente a una praxis que, precisamente por ser libre, resulta mucho más significativa. Dicho con una pizca de ironía: no es lo mismo hacer siempre lo único que se puede hacer… que poder elegir y, aun así, coincidir casi todos en lo mismo.
Desde ahí, me parece que la celebración cara al pueblo no solo es una opción legítima, sino que expresa con especial claridad una comprensión eclesial de la liturgia como encuentro visible, como acción compartida, como misterio que se da en la comunión concreta del pueblo reunido.
Y si a eso añadimos que esta forma ha sido asumida pacíficamente, sin corrección magisterial y con una universalidad difícil de ignorar, quizá no estemos ante un mero hábito práctico, sino ante un signo elocuente —casi un reflejo de ese sensus fidei— de cómo la Iglesia hoy entiende y vive la Eucaristía.
Hasta ahora he aludido a lo que podríamos llamar, por analogía, un cierto sensus fidei en el clero: una convergencia prácticamente universal en una práctica libremente elegida. Pero creo que el cuadro queda incompleto si no se considera también al otro gran sujeto eclesial: los fieles.
Porque, siendo realistas, no estamos hablando solo de unos cientos de miles de sacerdotes, sino de una comunidad de aproximadamente 1.400 millones de católicos en todo el mundo. Y el dato que salta a la vista es este: la inmensa mayoría de los fieles no solo no muestra rechazo hacia la celebración cara al pueblo, sino que la vive con normalidad, con paz y, en muchos casos, con evidente provecho espiritual.
Esto introduce un elemento adicional nada menor. El sensus fidei fidelium —en su sentido propio— implica precisamente esa capacidad del conjunto del Pueblo de Dios de reconocer, acoger y vivir lo que es conforme a la fe. Y, sin forzar las categorías, resulta difícil ignorar que una recepción tan amplia, pacífica y prolongada en el tiempo dice algo significativo.
Cuando se da una doble convergencia, la del clero que celebra y la del pueblo que recibe, en una práctica libre, universal y sostenida, estamos ante algo más que una simple costumbre funcional. Estamos, al menos, ante un signo eclesial de gran peso.
Por eso, con una pizca de ironía, me pregunto: si cientos de miles de sacerdotes celebran así, y cientos de millones de fieles lo acogen sin conflicto, ¿no será que el “problema” es, en realidad, bastante más reducido de lo que a veces parece? ¿No convendría, quizá, leer esta situación no como una desviación masiva, sino como una forma concreta —y profundamente asumida— de vivir el misterio?
En definitiva, sin necesidad de forzar la categoría de infalibilidad, sí me parece razonable afirmar que la conjunción de ambos niveles de recepción —clero y fieles— configura un indicio eclesial difícil de ignorar, y que invita, al menos, a una cierta prudencia antes de presentar otras opciones como teológicamente superiores.
Sinceramente, hay en tu planteamiento algo que me resulta bastante difícil de aceptar, no tanto por la tesis en sí como por el tono con el que se presenta.
Decir que “los fieles eran muy sumisos y callaron” cuando hablamos de generaciones enteras de católicos en todo el mundo —y de hecho del clero entero actuando en comunión con la Iglesia— es, como mínimo, una simplificación injusta. Y no es menor: estamos hablando de millones de personas y de cientos de miles de sacerdotes, no de una minoría silenciosa sin criterio ni fe. Reducir esa realidad eclesial a “sumisión” es, en el fondo, una forma de desprecio retrospectivo que no hace justicia a la complejidad de la vida de la Iglesia.
Además, hoy la situación es completamente distinta a la que describes. No estamos en un contexto donde haya una única forma posible de celebrar. Existen ambas formas reconocidas en el rito romano, y eso cambia radicalmente el argumento: ahora hay libertad real de elección.
Y aquí viene el punto que creo más relevante: si realmente la cuestión fuera una imposición injusta o una desviación masiva, lo lógico sería esperar una reacción proporcional de los fieles en cuanto tuvieron alternativa. Sin embargo, lo que se observa en la práctica —en ciudades de todo el mundo donde se celebra el vetus ordo de forma regular— es que la asistencia suele ser muy muy reducida en comparación con la misa ordinaria. Y eso ocurre precisamente en un contexto en el que nadie está obligado a una u otra forma.
Es decir: hoy los fieles no solo pueden elegir, sino que de hecho eligen libremente. Y la mayoría no se desplaza al vetus ordo cuando tiene ambas opciones disponibles. Ese relevante dato, te guste más o menos, forma parte de la realidad eclesial contemporánea.
Por eso, más que hablar de “imposición” o de “sumisión”, quizá sea más honesto reconocer que estamos ante una recepción viva, compleja y libre de la liturgia. Y esa recepción —con todas sus matizaciones— no puede despacharse como si fuera simplemente el resultado de un silencio forzado.
En definitiva, atribuir a la Iglesia universal durante décadas una especie de incapacidad crítica colectiva no ayuda mucho al discernimiento. La realidad es bastante más rica que esa caricatura que planteas.
Que el celebrante dé la espalda a la comunidad congregada, coloca a los participantes en el espíritu de algo radicalmente distinto a lo que se podría vivir en cualquier otra congregación o reunión del tipo que sea.
Lo anterior es lo que más percibo y aprecio de este modo de celebrar. De hecho creo que, aún cambiando el rito y la lengua, la orientación del celebrante se debió mantener como se daba en el V.O., para conservar el rasgo más distintivo de la Celebración Eucarística.
Pero, a la vez, soy consciente de que ese modo de celebrar ya es totalmente ajeno al contexto eclesial en que la mayoría vivimos la Santísima Eucaristía. Actualmente, todo, en la Iglesia, apunta hacia una celebración tipo N.O. en todos sus términos.
ZARA tiene mucho de razón en lo que comenta.
Por otro lado, no deja de ser innegable que nuestras celebraciones N.O. se han convertido en un laboratorio de experimentos, donde son pocos los que respetan las normas litúrgicas.
Del mismo modo, quitar el sagrario del centro se hizo para centrarnos en nosotros mismos.
Sé que estas cosas no se entienden fácil, pero significa pasar del teocentrismo al antropocentrismo, de glorificar a Dios pasamos a glorificar al hombre.
Algunos ni sospechan ni quieren sospechar que la misa nueva se construyó con Bugnini (la zarpa masónica del demonio) a la cabeza.
Es siempre más cómodo no pensar, porque así nos mantenemos en nuestra zona de confort. Pero la verdad ha de ser defendida, si somos cristianos de verdad, aunque escandalice.
La mejor y más fructífera forma de unirse al Sacerdote-Cristo es la Misa Ad Orientem.
La mejor y más fructífera forma de unirse al Sacerdote-hombre es la Misa Coram Populo.
Por eso yo lo tengo muy claro.
Hay algo que he constatado, asistiendo tanto a Misas Tradicionales (siempre ad Orientem) y como Novus Ordo (siempre coram Populo).
La mejor y más fructífera forma de unirse al Sacerdote-Cristo es la Misa Ad Orientem.
La mejor y más fructífera forma de unirse al Sacerdote-hombre es la Misa Coram Populo.
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Uno de los frutos más visibles —y difícilmente discutibles— de una vivencia que prolonga el amor a Cristo Sacramentado más allá de la Santa Misa es precisamente el fenómeno de las capillas de adoración perpetua. Y aquí los hechos tienen la incómoda costumbre de ser bastante concretos.
Este carisma, tal como hoy lo conocemos y florece, ha surgido de manera prácticamente exclusiva en ambientes de fieles que viven ordinariamente el novus ordo, en parroquias y comunidades donde el vetus ordo no se celebra. Si lo que dice Luis fuera cierto, en 500 años de vetus ordo debería haber surgido por la Gracia de Dios este Carisma tan especial.
Y el contraste histórico resulta, cuanto menos, llamativo. Durante más de 500 años de predominio absoluto del vetus ordo y su orientacion ad orientem en España no apareció nada semejante con esta fuerza, estabilidad y expansión. Ni una red creciente de adoración perpetua, ni este impulso organizado y constante de laicos dispuestos a cubrir turnos de madrugada para acompañar al Santísimo.
En cambio, desde la apertura de la primera capilla en 2004, ahí al ladito de Marbella, España cuenta ya con 77 capillas… y creciendo. Todo ello, además, en la época quizá más hostil al silencio, la permanencia y la contemplación que ha conocido Occidente.
Resulta, por tanto, bastante curioso sostener lo que sostienes Luis!
Trae a esta zona de comentarios algún ejemplo claro de grupos de laicos habitual y principalmente asistentes al vetus ordo que se hayan organizado de forma estable, reconocida y aprobada por la Iglesia para sostener adoración perpetua las 24 horas ante el Santísimo Sacramento. Es más, sólo me basta un ejemplo de Iglesia donde se celebre vetus ordo que tenga capilla de adoracion perpetua y la mayoria de los fieles que se organizan sean asistentes a vetus ordo. No una hora santa ocasional, no una devoción privada, no “sensibilidad eucarística” en términos genéricos, sino exactamente este carisma concreto: turnos permanentes, estructura organizada, compromiso continuado día y noche.
Porque hasta ahora, y esto es lo llamativo, el fenómeno visible y verificable aparece abrumadoramente ligado a parroquias y fieles del novus ordo. Ahí están las capillas, los turnos, las listas de adoradores, las diócesis aprobándolas y multiplicándose desde 2004.
Y resulta un poco paradójico sostener simultáneamente que el vetus ordo “probablemente promueve más” la adoración eucarística… mientras el fenómeno histórico concreto de adoración eucaristica perpetua organizada florece precisamente en el otro ámbito. Es como defender que cierto árbol da mejores frutos… aunque el huerto donde aparecen los frutos sea siempre el del vecino.
Así que adelante: un ejemplo claro bastaría para enriquecer mucho el debate. Pero si cuesta encontrarlo tras décadas —o incluso siglos— quizá el dato merezca, al menos, una reflexión menos apresurada.
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