El socialismo según el juicio de la Iglesia

Otra condena reiterada y coherente

En el Capítulo 5 vimos que la Iglesia Católica mantiene desde hace casi dos siglos una postura de firme rechazo del liberalismo político y económico por considerarlo falso e incompatible con la fe cristiana. En el presente capítulo veremos que durante un período casi igualmente prolongado, ella ha condenado claramente al socialismo y el comunismo, por razones similares.

En 1846 el Papa Pío IX (1846-1878), en su encíclica Qui Pluribus1, calificó al comunismo de doctrina nefanda contraria al derecho natural, advirtiendo que su adopción causaría la ruina de “los derechos de todos, la propiedad y la misma sociedad humana” (n. 9).

En 1864 el mismo Pío IX, en su encíclica Quanta Cura2, calificó al comunismo y el socialismo como un error funestísimo, criticándolos con referencia a su negación de los derechos de los padres acerca de la educación de sus hijos, a fin de poder adoctrinarlos en diversos errores y vicios (cf. n. 5). Además, en el Syllabus3, que figura como anexo de dicha encíclica, incluyó al socialismo y al comunismo entre los errores modernos de su época condenados por la Iglesia (cf. sección IV).

En 1878 el Papa León XIII (1878-1903), en su encíclica Quod Apostolici Muneris4, calificó a la acción de los socialistas, los comunistas y los nihilistas como una enfermedad mortal que procura trastornar los fundamentos de toda sociedad civil (cf. nn. 1-5).

En 1891 el mismo León XIII, en su encíclica Rerum Novarum5, hito fundacional la moderna Doctrina Social de la Iglesia, rechazó la solución socialista frente al problema de la pobreza y la injusticia social, argumentan-do que la abolición de la propiedad privada es injusta, lesiona los derechos legítimos de las familias y perjudica a los propios obreros.

“Para solucionar este mal [la opresión de una muchedumbre de proletarios por parte de una pequeña minoría de opulentos], los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes y administrados por las personas que rigen el municipio o gobiernan la nación. Creen que con este traslado de los bienes de los particulares a la comunidad, distribuyendo por igual las riquezas y el bienestar entre todos los ciudadanos, se podría curar el mal presente. Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones” (n. 2).

En 1931 el Papa Pío XI (1922-1939), en su encíclica Quadragesimo Anno6, determinó que el socialismo moderado o democrático sigue siendo incompatible con el catolicismo. Allí sostuvo lo siguiente:

“Aun cuando el socialismo, como todos los errores, tiene en sí algo de verdadero (cosa que jamás han negado los Sumos Pontífices), se funda sobre una doctrina de la sociedad humana propia suya, opuesta al verdadero cristianismo. Socialismo religioso, socialismo cristiano, implican términos contradictorios: nadie puede ser a la vez buen católico y verdadero socialista” (n. 120).

En 1937 el mismo Pío XI publicó su encíclica Divini Redemptoris7, dedicada íntegramente a combatir el comunismo ateo. Allí declaró de forma categórica que el comunismo es intrínsecamente malo y que no se puede admitir ninguna colaboración con él en ningún terreno:

“Procurad, venerables hermanos [obispos], con sumo cuidado que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente malo, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana. Y si algunos, inducidos al error, cooperasen al establecimiento del comunismo en sus propios países, serán los primeros en pagar el castigo de su error; y cuanto más antigua y luminosa es la civilización creada por el cristianismo en las naciones en que el comunismo logre penetrar, tanto mayor será la devastación que en ellas ejercerá el odio del ateísmo comunista” (n. 60).

En 1949 el Papa Pío XII (1939-1958), a través del Santo Oficio, emitió un decreto contra el comunismo8 que dictaminó lo siguiente:

1) no es lícito inscribirse en partidos comunistas ni prestarles apoyo;

2) no es lícito publicar, difundir o leer libros, periódicos, diarios u hojas volantes que sostienen la doctrina o la práctica del comunismo, ni colaborar en ellos con escritos;

3) los fieles que realizan, sabiéndolo y libremente, actos a los que se refieren los números 1 y 2, no pueden ser admitidos a los sacramentos;

4) los fieles que profesan la doctrina del comunismo materialista y anticristiano, y sobre todo los que la defienden o de ella se hacen propagandistas, incurren, ipso facto, como apóstatas de la fe católica, en la excomunión reservada en especial modo a la Sede Apostólica.

En 1965 el Concilio Vaticano II aprobó la constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual9, que condenó el ateísmo sistemático de forma tal que incluye una condena implícita pero suficientemente clara al marxismo:

“Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.

Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance el poder público.

La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana universal y privan al hombre de su innata grandeza” (nn. 20-21).

En 1984, durante el pontificado de Juan Pablo II (1978-2005), la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el Cardenal Joseph Ratzinger (más tarde Papa Benedicto XVI) publicó la instrucción Libertatis Nuntius sobre algunos aspectos de la “teología de la liberación10”. Dicha instrucción rechazó netamente la adopción del análisis marxista de la realidad y de conceptos marxistas como la lucha de clases por parte de teólogos católicos y, más aún, el intento de crear una especie de catolicismo marxista.

“La presente Instrucción tiene un fin más preciso y limitado: atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista” (Introducción).

“El presente documento sólo tratará de las producciones de la corriente del pensamiento que, bajo el nombre de «teología de la liberación» proponen una interpretación innovadora del contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta gravemente de la fe de la Iglesia, aún más, que constituye la negación práctica de la misma.

Préstamos no criticados de la ideología marxista y el recurso a las tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo son la raíz de la nueva interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el generoso compromiso inicial en favor de los pobres” (VI, 9-10).

“En el caso del marxismo, tal como se intenta utilizar, la crítica previa se impone tanto más cuanto que el pensamiento de Marx constituye una concepción totalizante del mundo en la cual numerosos datos de observación y de análisis descriptivo son integrados en una estructura filosófico-ideológica, que impone la significación y la importancia relativa que se les reconoce. Los a priori ideológicos son presupuestos para la lectura de la realidad social. Así, la disociación de los elementos heterogéneos que componen esta amalgama epistemológicamente híbrida llega a ser imposible, de tal modo que creyendo aceptar solamente lo que se presenta como un análisis, resulta obligado aceptar al mismo tiempo la ideología. Así no es raro que sean los aspectos ideológicos los que predominan en los préstamos que muchos de los «teólogos de la liberación» toman de los autores marxistas” (VII, 6).

“La ley fundamental de la lucha de clases tiene un carácter de globalidad y de universalidad. Se refleja en todos los campos de la existencia, religiosos, éticos, culturales e institucionales. Con relación a esta ley, ninguno de estos campos es autónomo. Esta ley constituye el elemento determinante en cada uno.

Por concesión hecha a las tesis de origen marxista, se pone radicalmente en duda la naturaleza misma de la ética. De hecho, el carácter trascendente de la distinción entre el bien y el mal, principio de la moralidad, se encuentra implícitamente negado en la óptica de la lucha de clases” (VIII, 8-9).

En 1991 el Papa Juan Pablo II, en su encíclica Centesimus Annus11, publicada en el centenario de la encíclica Rerum Novarum, tras la caída del Muro de Berlín, reiteró la condena del socialismo y analizó el fracaso del socialismo real.

“El error fundamental del socialismo es de carácter antropológico. Efectivamente, considera a todo hombre como un simple elemento y una molécula del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo económico-social. Por otra parte, considera que este mismo bien puede ser alcanzado al margen de su opción autónoma, de su responsabilidad asumida, única y exclusiva, ante el bien o el mal. El hombre queda reducido así a una serie de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral, que es quien edifica el orden social, mediante tal decisión. De esta errónea concepción de la persona provienen la distorsión del derecho, que define el ámbito del ejercicio de la libertad, y la oposición a la propiedad privada. El hombre, en efecto, cuando carece de algo que pueda llamar «suyo» y no tiene posibilidad de ganar para vivir por su propia iniciativa, pasa a depender de la máquina social y de quienes la controlan, lo cual le crea dificultades mayores para reconocer su dignidad de persona y entorpece su camino para la constitución de una auténtica comunidad humana.

Por el contrario, de la concepción cristiana de la persona se sigue necesariamente una justa visión de la sociedad. Según la Rerum novarum y la doctrina social de la Iglesia, la socialidad del hombre no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común. Es a esto a lo que he llamado «subjetividad de la sociedad» la cual, junto con la subjetividad del individuo, ha sido anulada por el socialismo real.

Si luego nos preguntamos dónde nace esa errónea concepción de la naturaleza de la persona y de la «subjetividad» de la sociedad, hay que responder que su causa principal es el ateísmo. Precisamente en la respuesta a la llamada de Dios, implícita en el ser de las cosas, es donde el hombre se hace consciente de su trascendente dignidad. Todo hombre ha de dar esta respuesta, en la que consiste el culmen de su humanidad y que ningún mecanismo social o sujeto colectivo puede sustituir. La negación de Dios priva de su fundamento a la persona y, consiguientemente, la induce a organizar el orden social prescindiendo de la dignidad y responsabilidad de la persona.

El ateísmo del que aquí se habla tiene estrecha relación con el racionalismo iluminista, que concibe la realidad humana y social del hombre de manera mecanicista. Se niega de este modo la intuición última acerca de la verdadera grandeza del hombre, su trascendencia respecto al mundo material, la contradicción que él siente en su corazón entre el deseo de una plenitud de bien y la propia incapacidad para conseguirlo y, sobre todo, la necesidad de salvación que de ahí se deriva.

De la misma raíz atea brota también la elección de los medios de acción propia del socialismo, condenado en la Rerum novarum. Se trata de la lucha de clases. El Papa, ciertamente, no pretende condenar todas y cada una de las formas de conflictividad social. La Iglesia sabe muy bien que, a lo largo de la historia, surgen inevitablemente los conflictos de intereses entre diversos grupos sociales y que frente a ellos el cristiano no pocas veces debe pronunciarse con coherencia y decisión. Por lo demás, la encíclica Laborem exercens ha reconocido claramente el papel positivo del conflicto cuando se configura como «lucha por la justicia social». Ya en la Quadragesimo anno se decía: «En efecto, cuando la lucha de clases se abstiene de los actos de violencia y del odio recíproco, se transforma poco a poco en una discusión honesta, fundada en la búsqueda de la justicia».

Lo que se condena en la lucha de clases es la idea de un conflicto que no está limitado por consideraciones de carácter ético o jurídico, que se niega a respetar la dignidad de la persona en el otro y por tanto en sí mismo, que excluye, en definitiva, un acuerdo razonable y persigue no ya el bien general de la sociedad, sino más bien un interés de parte que suplanta al bien común y aspira a destruir lo que se le opone. Se trata, en una palabra, de presentar de nuevo —en el terreno de la confrontación interna entre los grupos sociales— la doctrina de la «guerra total», que el militarismo y el imperialismo de aquella época imponían en el ámbito de las relaciones internacionales. Tal doctrina, que buscaba el justo equilibrio entre los intereses de las diversas naciones, sustituía a la del absoluto predominio de la propia parte, mediante la destrucción del poder de resistencia del adversario, llevada a cabo por todos los medios, sin excluir el uso de la mentira, el terror contra las personas civiles, las armas destructivas de masa, que precisamente en aquellos años comenzaban a proyectarse. La lucha de clases en sentido marxista y el militarismo tienen, pues, las mismas raíces: el ateísmo y el desprecio de la persona humana, que hacen prevalecer el principio de la fuerza sobre el de la razón y del derecho” (nn. 13-14).

En síntesis, las principales razones de las condenas papales del socialismo son las siguientes:

a) el socialismo promueve un ateísmo militante que niega el alma espiritual del hombre, es contrario a la religión católica y llega incluso a perseguir a la Iglesia;

b) adopta una filosofía materialista que tiende a reducir la existencia humana a su dimensión económica;

c) divide a la sociedad incentivando la lucha de clases en lugar de la caridad fraterna y la amistad social; y

d) atenta contra el derecho natural de la propiedad privada, que es una de las dimensiones básicas de la libertad de la persona humana y de la familia.

Daniel Iglesias Grèzes

Notas

1) https://mercaba.org/MAGISTERIO/qui_pluribus.htm

2) https://www.clerus.org/clerus/dati/2004-06/24-15/mpquancu.html

3) https://www.mercaba.org/MAGISTERIO/syllabus.htm

4) https://www.mercaba.org/LEON%20XIII/leo13-09.htm

5) https://www.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum.html

6) https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310515_quadragesimo-anno.html

7) https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19370319_divini-redemptoris.html

8) https://www.filosofia.org/aut/005/cpfs_a.htm

9) https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html

10) https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19840806_theology-liberation_sp.html

11) https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html


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