El postsocialismo

Es tan necesario superar el socialismo como el liberalismo
Introducción
En el capítulo 6, titulado “El posliberalismo” presenté un conjunto de reflexiones acerca de la necesidad de superar el liberalismo y las formas en que ello podría empezar a lograrse. En el presente capítulo presentaré algunas reflexiones similares en torno a la necesidad de superar el socialismo y los medios requeridos para ello.
Ahora bien, lo primero que conviene volver a subrayar aquí es que las filosofías políticas liberal y socialista no son totalmente disjuntas. De hecho dentro del socialismo hay dos grandes vertientes: por un lado el marxismo y por otro lado el socialismo democrático y la socialdemocracia, dos corrientes que hoy son casi indistinguibles en la práctica. Pues bien, actualmente esta última vertiente tiende cada vez más a identificarse con el liberalismo progresista, por lo que casi todo lo dicho en el capítulo 6 sobre el posliberalismo se aplica también al postsocialismo. No repetiré aquí esas consideraciones. Por lo tanto, lo que nos falta ahora es completar esas reflexiones considerando la vertiente marxista del socialismo. Es decir, nos falta tratar el aspecto poscomunista del postsocialismo.
El año 1989
En esta sección resumiré el capítulo III de la encíclica Centesimus annus de San Juan Pablo II, de 1991. Ese capítulo (nn. 22-29) se titula El año 1989, es decir el año de la caída del muro de Berlín y de la “cortina de hierro”.
A lo largo de los años ochenta ocurrieron muchos acontecimientos inesperados y prometedores. Cayeron en países de América Latina, África y Asia ciertos regímenes dictatoriales y opresores. En 1989 comenzaron a desaparecer todos los regímenes totalitarios de Europa central y oriental. Una ayuda importante e incluso decisiva la dio la Iglesia, con su compromiso a favor de la defensa y promoción de los derechos del hombre.
¿Cuáles fueron los factores principales de la caída de los regímenes comunistas?
El factor decisivo, que puso en marcha los cambios, fue la violación de los derechos del trabajador. Fueron las muchedumbres de los trabajadores las que desautorizaron la ideología que pretendía ser su voz.
El segundo factor de crisis fue la ineficiencia del sistema económico socialista. Además, se manifestó que no es posible comprender al hombre considerándolo unilateralmente a partir del sector de la economía.
La verdadera causa de las “novedades”, sin embargo, fue el vacío espiritual provocado por el ateísmo. El marxismo había prometido desenraizar del corazón humano la necesidad de Dios; pero los resultados mostraron que no es posible lograrlo sin trastrocar ese mismo corazón.
Se debe buscar un modo de coordinación fructuosa entre el interés del individuo y el de la sociedad en su conjunto. Donde el interés individual es suprimido violentamente, queda sustituido por un oneroso y opresivo sistema de control burocrático que esteriliza toda iniciativa y creatividad.
Cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social perfecta, que haga imposible el mal, la política se convierte en una “religión secular” (mesianista), que cree ilusoriamente que puede construir el paraíso en este mundo.
En algunos países se produjo un encuentro entre la Iglesia y el movimiento obrero, nacido como una reacción de orden ético contra una vasta situación de injusticia.
En el pasado, el deseo sincero de ponerse de parte de los oprimidos había inducido a muchos cristianos a buscar por diversos caminos un compromiso imposible entre marxismo y cristianismo. Los acontecimientos de los años 1989 y siguientes, a la vez que superaron lo que había de caduco en esos intentos, llevaron a reafirmar la positividad de una auténtica teología de la liberación humana integral.
Para algunos países de Europa comenzó entonces, en cierto sentido, la verdadera posguerra. Es justo que en las dificultades del postsocialismo los países ex comunistas de Europa sean ayudados por el esfuerzo solidario de otras naciones. Esta exigencia, sin embargo, no debe inducir a frenar los esfuerzos para prestar ayuda a los países menos desarrollados, que sufren a veces condiciones de pobreza bastante más graves. Podrían hacerse disponibles ingentes recursos con el desarme de los enormes aparatos militares creados para el conflicto entre Este y Oeste [lamentablemente esto no se hizo, y seguramente tampoco se hará en el futuro próximo, debido a la actual guerra entre Rusia y Ucrania].
El desarrollo no debe ser entendido de manera exclusivamente económica, sino bajo una dimensión humana integral. Es importante reafirmar el principio de los derechos de la conciencia humana, por varios motivos: las antiguas formas de totalitarismo y de autoritarismo todavía no han sido superadas totalmente; en los países desarrollados se hace a veces excesiva propaganda de los valores puramente utilitarios; además, en algunos países surgen nuevas formas de fundamentalismo religioso.
El dilema principal del postsocialismo
Para los países que se liberan del sistema socialista, el dilema principal es optar por el liberalismo o por el socialcristianismo. De hecho varios países de Europa Oriental (como Polonia o Hungría) se enfrentan hoy a esas dos alternativas y debaten cuál es el mejor camino a seguir: plegarse a la filosofía política liberal que predomina en la Unión Europea o intentar un camino nuevo, marcado por un socialcristianismo renovado y fortalecido.
Por supuesto, las tres filosofías políticas tratadas en este libro (liberalismo, socialismo y socialcristianismo), aunque son hoy día las principales, no son las únicas. Por ejemplo, el régimen de Putin en Rusia no encaja bien en ninguna de las tres. Aunque tenga algunos aspectos propios de cada una de ellas, se trata más bien de un autoritarismo marcado por altos niveles de corrupción y un nacionalismo imperialista.
El caso de China tiene aspectos especialmente preocupantes, tanto por la aparente fortaleza de su régimen totalitario comunista, basada en una vigilancia masiva y orwelliana de sus propios ciudadanos, como por la relativa debilidad cuantitativa de la tradición cristiana en ese país. Sin embargo, se dice que, pese a la intensa persecución del régimen contra los cristianos, estos son cada vez más numerosos en China. Esto da pie a la esperanza de que, cuando finalmente caiga la dictadura comunista china, el liberalismo no será la única alternativa realista, sino que también el socialcristianismo tendrá una oportunidad.
En cambio en países de tradición católica oprimidos hoy por dictaduras marxistas o filomarxistas (como Cuba, Venezuela y Nicaragua), es más fácil prever que el socialcristianismo tendrá de entrada un porcentaje mayor de partidarios cuando llegue el momento, probablemente inevitable, del colapso de esas dictaduras.
El último gran bastión comunista: China
La República Popular China (RPC) es gobernada desde 1949 por una dictadura del Partido Comunista Chino (PCC), el único partido político admitido en ese país.
El PCC sigue venerando a su primer líder, Mao Zedong, quien gobernó China como un autócrata desde 1949 hasta su muerte en 1976. Es razonable considerar a Mao como el mayor homicida de la historia, aunque en su caso no es fácil separar las muertes debidas al aparato represivo del régimen comunista de las muertes debidas a su manejo incompetente de la economía. Sumando todas las víctimas, el gobierno de Mao causó unas 70 millones de muertes, sin contar los abortos.
El Gran Salto Adelante (1958-1962), un plan de rápida industrialización y colectivización de la economía china, fue un intento de llegar inmediatamente a la fase comunista. Produjo una gran hambruna y causó unas 40 millones de muertes, incluyendo a quienes murieron de hambre y a quienes fueron ejecutados por criticar el plan.
Sin duda deben imputarse a Mao los millones de víctimas de la Revolución Cultural (1966-1976), un movimiento popular radical y caótico lanzado por Mao contra las élites chinas.
Aunque hoy el PCC admite que Mao cometió “errores teóricos y prácticos” en el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, sigue valorando su “línea marxista correcta".
Después de la muerte de Mao, otro líder de la RPC, Deng Xiaoping, realizó grandes reformas económicas, favoreciendo la economía de mercado, pero manteniendo la férrea dictadura del PCC. El gobierno del actual líder Xi Jinping, iniciado en 2012, mantiene esa combinación de economía capitalista y política totalitaria. Busca mantener las reformas de Deng pero fortaleciendo el dominio del PCC en todos los ámbitos.
Deng, con sus reformas y aperturas, no repudió el marxismo, sino que pretendió defenderlo. Eso explica que en 1989 Deng haya aplastado al movimiento democrático de Tienanmen, para evitar que el régimen comunista chino corriera la misma suerte que los regímenes comunistas de la Unión Soviética y de Europa Oriental, disueltos muy poco después.
El PCC utiliza la noción hegeliana de que la historia avanza a través de tres etapas sucesivas: tesis, antítesis y síntesis. La síntesis preserva y combina los aspectos válidos de la tesis y la antítesis. Actualmente el PCC presenta a Mao como la tesis, a Deng como la antítesis que reaccionó contra ciertos excesos de Mao, y a Xi como la síntesis que incorporó lo mejor de Mao y de Deng.
El PCC asume que, debido a la lógica del materialismo dialéctico, el Camarada Xi no comete errores. Lo considera como el líder único y vitalicio de China desde 2018, le ha otorgado un status sólo comparable al de Mao ("el Gran Timonel") y desarrolla un culto a su personalidad.
Uno de los principales objetivos de Xi es afirmar el liderazgo del PCC en todos los sectores de la sociedad china (la economía, la ley, la cultura, los medios de comunicación, las fuerzas armadas, la diplomacia, etc.), combatiendo a todas las fuerzas que se oponen al comunismo en China.
El PCC procura que cada ciudadano chino y especialmente cada miembro del Partido defienda y apoye al marxismo, al propio Partido, a su Comité Central y a Xi Jinping.
En 2023 el PCC se convirtió en el Partido Comunista que gobernó más tiempo, superando el récord del Partido Comunista de la Unión Soviética.
El PCC dice haber alcanzado grandes éxitos bajo Xi Jinping: la eliminación de la pobreza (una reivindicación que no es cierta), la forja de una mayoría de países prontos para votar a favor de China en las Naciones Unidas, y el haber controlado el covid-19 mejor que cualquier otro país del mundo, probando así que su sistema comunista es mejor que la democracia occidental. En realidad, la forma violenta e inescrupulosa en que el PCC trató a su propio pueblo (que es en gran medida una víctima inocente de su tiranía) en relación con esa enfermedad nos lleva naturalmente a preguntarnos lo siguiente: si trata así a su propio pueblo, ¿cómo trataría a los demás pueblos en un eventual mundo futuro en el que la RPC fuera la potencia hegemónica?
Antes de que el gobierno británico le entregara Hong Kong en 1997, China se comprometió a respetar durante 50 años la autonomía política de Hong Kong bajo el principio de “un país, dos sistemas". Hong Kong sería parte de China, pero con un sistema diferente al del resto de China, manteniendo su democracia y sus libertades. Sin embargo, en 2020 el PCC violó ese compromiso al imponer una ley de seguridad nacional que dio amplios poderes a Beijing para castigar a los críticos y silenciar a los disidentes. Desde entonces básicamente el PCC tomó el control de Hong Kong y está imponiendo progresivamente su sistema a los habitantes de esa isla. La cortina de bambú china está encerrando ahora a Hong Kong, que hasta hace muy poco fue un relativo oasis de libertad.
Hay muchas razones para temer que, después de haber “restaurado el orden” en Hong Kong (o sea, tras haberlo sometido a la tiranía del PCC), Xi se aboque a lograr la “reunificación nacional", invadiendo Taiwán, lo que sería una gravísima amenaza a la paz mundial. Varios gobernantes chinos han proferido amenazas en ese sentido. Vale la pena agregar que Taiwán produce más de la mitad de los semiconductores (o chips) del mundo, y que éstos son necesarios para producir equipos electrónicos.
El régimen comunista chino tiene grandes ambiciones geopolíticas. En ese sentido su objetivo principal es construir un nuevo orden mundial en el que China sea la potencia hegemónica, reemplazando a los Estados Unidos. Para ello el PCC procura, entre otras cosas, lograr una posición hegemónica en Eurasia, en vistas de lo cual se está asociando informalmente con varios países de tendencia antioccidental: Rusia y algunos países islámicos (Pakistán, Irán, Turquía).
El Presidente Xi lanzó en 2013 una ambiciosa iniciativa política y económica llamada One Belt One Road (Una Franja y Una Ruta), que consiste en la reconstrucción de la antigua Ruta de la Seda y la construcción de una ruta marítima paralela. Esta especie de “Plan Marshall chino” busca formar una megazona de intercambio comercial, dominada por China. Varios países africanos ya están sufriendo las consecuencias de su participación en ese proyecto. Habiéndose endeudado fuertemente con China para llevar adelante proyectos de infraestructura y siendo incapaces de pagar sus deudas, corren ahora un serio riesgo de que China se adueñe de la nueva infraestructura (puertos, etc.).
En 2015 el gobierno chino anunció su plan Made in China 2025, que apunta a convertir a mediano plazo a China en la principal superpotencia industrial, por medio del desarrollo acelerado de la innovación tecnológica en sectores prioritarios: tecnologías de la información (incluyendo fabricación de chips, redes 5G e inteligencia artificial), robótica, industria aeroespacial, nuevos materiales, biomedicina, etc. China inició el despliegue masivo de sus redes 5G en 2019, antes que la mayoría de los países desarrollados.
La ley obliga a todos los ciudadanos y empresas de China a colaborar con los organismos chinos de inteligencia, especialmente fuera de China. La RPC practica en gran escala el espionaje industrial. Los Institutos Confucio (que difunden el idioma y la cultura china en otros países) son instrumentos de propaganda del PCC.
La RPC es el país donde más se violan los derechos humanos:
A) El régimen del PCC impuso en China la política del hijo único por pareja de 1979 a 2015. De 2015 a 2021 permitió hasta dos hijos por pareja; y desde 2021 permite tener más hijos pero promueve un máximo de tres hijos por pareja. Durante mucho tiempo el régimen utilizó el aborto forzado para impedir que las parejas tuvieran más hijos de los permitidos. Hubo una cantidad enorme de abortos forzados. Las políticas antinatalistas del PCC contribuyeron mucho a causar el enorme problema demográfico que China sufre actualmente.
B) Si bien oficialmente los campos de concentración chinos (los laogai y los laojiao) fueron abolidos hace algunos años, en los hechos en todas las prisiones chinas se sigue aplicando el trabajo forzado y el adoctrinamiento comunista. En este momento hay al menos un millón de uigures (musulmanes) en campos de concentración del PCC. Cabe añadir que China ejecuta a miles de personas por año, más que todo el resto del mundo combinado. Además, el régimen practica las detenciones secretas y las desapariciones forzadas como herramientas de control político y represión.
C) Hay evidencias suficientes para sostener que el régimen chino practica o permite un terrible tráfico de órganos humanos, basado en el asesinato de prisioneros jóvenes y sanos para extraerles órganos.
D) En China no hay libertad política, ni libertad de expresión, ni libertad de asociación, ni libertad de educación, ni libertad religiosa, etc.
Como todos los regímenes comunistas, el gobierno chino es ateo, materialista y hostil a las religiones. El Presidente Xi impulsa abiertamente la “sinización” de las religiones, presionándolas para que conformen sus doctrinas y tradiciones a los objetivos del PCC y a la cultura china. El régimen comunista de China busca primero el sometimiento y luego la destrucción de todos los cultos religiosos, y muy especialmente del cristianismo.
En China, la Iglesia católica fiel a Roma está prohibida y subsiste en la clandestinidad. El Gobierno permite una Iglesia católica oficial guiada por la Asociación Patriótica Católica, una institución totalmente sometida a la dictadura comunista. Miles de obispos, sacerdotes y fieles de la Iglesia clandestina han sufrido la muerte, la desaparición, la cárcel o torturas. La persecución del régimen no abarca sólo a los católicos ("clandestinos” y, en menor medida, “oficiales"), sino a todos los cristianos (protestantes de diversas denominaciones, etc.) e incluso a las demás religiones: musulmanes, budistas, nuevos movimientos religiosos como Falun Gong, etc.
La persecución anticristiana prosigue a toda máquina en China: se quitan las cruces de los templos, se colocan dentro de ellos carteles con frases de Xi Jinping, se difunden versiones de la Biblia “adaptadas” a la ideología comunista, etc. En 2017 el régimen prohibió a los menores de edad entrar a las iglesias, asistir a servicios religiosos y unirse a grupos cristianos, incluso en compañía de sus padres.
La persecución antirreligiosa cuenta hoy con el apoyo de un sistema de vigilancia electrónica: el “sistema de crédito social” chino, que controla continuamente las palabras y acciones de la mayoría de los habitantes del país, sumándoles o restándoles puntos en función de su conformidad o no-conformidad con la ideología y los objetivos del régimen, y premiándolos o castigándolos en función de sus puntajes.
La reacción predominante en Occidente frente a estos y otros abusos del PCC es el silencio, la indiferencia o la pasividad, en parte debido a que muchos políticos, empresarios y periodistas prefieren mantener buenas relaciones con el poderoso régimen chino.
Ordenando los países del mundo según su PIB de 2025, se ve que hoy las superpotencias son sólo dos: Estados Unidos (US$ 30,7 billones) y China (US$ 19,6 billones). Alemania (US$ 5,0 billones) ocupa un distante tercer puesto, mientras que Rusia (US$ 2,6 billones) ocupa el octavo puesto. Se ha estimado que el PIB de China podría superar al de Estados Unidos en la década de 2030, pero esto podría no suceder debido a varios problemas recientes de la economía china: la crisis demográfica, la desaceleración del crecimiento económico y las tarifas comerciales impuestas por Estados Unidos.
El Presidente Trump reaccionó a los grandes planes geopolíticos, las prácticas de espionaje industrial y de transferencia tecnológica forzada, los subsidios a las empresas estatales y el enorme superávit comercial de China por medio de la aplicación de grandes aranceles a varios productos chinos de exportación. Sin embargo, hasta ahora esto no condujo a una moderación de las ambiciones del régimen chino.
Hoy estamos de nuevo en una situación llamada “la trampa de Tucídides”, que se ha repetido muchas veces en la historia universal: el enfrentamiento entre una potencia dominante (actualmente Estados Unidos) y una potencia ascendente (actualmente la China comunista). ¿Se llegará a una guerra entre estas dos superpotencias? No es muy arriesgado suponer que, al igual que el difunto régimen soviético, el actual régimen chino aspira a extender la revolución comunista al mundo entero. El internacionalismo clasista está en el ADN del comunismo y sólo desaparecerá cuando caiga el régimen comunista.
Sea como sea, hoy hay un conflicto entre las ambiciones hegemónicas de Xi y los intereses de las naciones occidentales. El resultado del conflicto dependerá de la actitud que asuman las naciones occidentales, y particularmente los Estados Unidos, ante esta amenaza existencial. En este peligroso conflicto, el pueblo chino no es nuestro enemigo, sino la primera y mayor víctima de la terrible opresión del régimen totalitario más poderoso del mundo y de la historia: un régimen totalitario que controla continuamente a la mayoría de los habitantes del país.
El libro de estrategia militar Unrestricted Warfare (Guerra Irrestricta), publicado en 1999 por dos coroneles del Ejército chino y recientemente filtrado a Occidente y traducido del chino al inglés, sugiere que el PCC sigue una estrategia de guerra económica, comercial, cibernética, legal y diplomática contra los Estados Unidos, buscando derrotarlo en lo posible sin recurrir a la guerra militar directa, terreno en el que los Estados Unidos aún son más poderosos que China. Como parte de esa estrategia, China apoya a los movimientos de extrema izquierda en los Estados Unidos.
Durante mucho tiempo la política occidental hacia la RPC se centró en colaborar con el desarrollo económico de China. Se creía que ese desarrollo impulsaría automáticamente a China a convertirse en una potencia democrática y pacífica sin ambiciones de dominio regional o incluso global. Retrospectivamente, se constata que esa suposición fue muy ingenua.
En síntesis, como dice el proverbio latino, nullum violentum durabile (nada violento es durable). Pese a su apariencia de extrema fortaleza, la dictadura comunista china caerá tarde o temprano, y el pueblo chino se verá enfrentado a un futuro postsocialista.
Daniel Iglesias Grèzes
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