El liberalismo en el marco de la Ilustración

El liberalismo es una rama del árbol de la Ilustración.
El liberalismo y la Reforma protestante
Para comprender más a fondo el liberalismo, conviene situarlo en el marco de la profunda revolución metafísica, política y social de la Ilustración. Sin embargo, antes de eso conviene examinar el influjo indirecto de la Reforma protestante en el surgimiento y auge del liberalismo.
Aunque la Reforma protestante no buscó crear un mundo secular (por el contrario, fue un movimiento profundamente religioso), tuvo ese efecto secundario inesperado, entre otros. El principio luterano de la “sola Escritura” (la Biblia como única autoridad en materia religiosa, sin la Tradición ni el Magisterio de la Iglesia), condujo directamente al “libre examen”: cada cristiano podía leer e interpretar la Biblia por sí mismo.
Este individualismo teológico engendró muy pronto un individualismo filosófico, político y económico. Si el individuo es autónomo para interpretar la verdad divina y decidir sobre temas relativos a su salvación eterna, es natural que reclame una autonomía análoga en la política y la economía. Esta “libertad de conciencia” es la semilla de la concepción moderna de los derechos individuales. Con el tiempo, el individuo pasó de ser libre para seguir a Cristo a ser libre de cualquier autoridad externa, convirtiendo el deseo personal en la norma suprema. Al final, si cada cristiano (y no la Iglesia) es en la práctica su propia autoridad teológica, ¿por qué no deducir de ahí que también cada persona es su propia autoridad moral y política (lo que es la esencia del liberalismo)?
En resumen, los reformadores no buscaban la autonomía total del hombre, sino su teonomía: vivir bajo la ley de Dios sin intermediarios humanos. Sin embargo, al quitar la mediación de la Iglesia, dejaron abierta la puerta que permitió que el ser humano terminara ocupando el trono de Dios.
Este efecto se vio muy potenciado por el hecho de que el libre examen protestante condujo rápidamente a una gran fragmentación religiosa. En pocos siglos surgieron cientos de comunidades eclesiales protestantes separadas entre sí tanto en la doctrina como en el culto. Este fenómeno nuevo de amplio pluralismo religioso dentro de las sociedades de Europa Occidental se vio acompañado a menudo por enfrentamientos sangrientos, sobre todo entre católicos y protestantes, pero también entre diversas corrientes protestantes. En los siglos XVI y XVII se produjeron muchos de esos enfrentamientos, llamados colectivamente “las guerras de religión”, aunque también tuvieron causas ajenas a la religión. Al final la paz se logró apelando al principio de que cada príncipe tenía el derecho de elegir la religión de su propio Estado. Este proceso consolidó el absolutismo monárquico, contra el cual reaccionó luego el liberalismo, que extendió la libertad religiosa de los príncipes a todos los individuos.
Con el tiempo se extendió cada vez más la opinión de que la religión es una creencia subjetiva que divide a los hombres, y que para alcanzar la paz es necesario dejar de lado la religión oficial, separando la Iglesia y el Estado. La religión pasó de ser un asunto público oficial a una elección individual privada. El Estado se volvió secular, es decir neutral en materia religiosa. Ésta parece ser una consecuencia lógica de la ruptura de la unidad religiosa y la privatización de la fe traídas por el libre examen.
Además, al reducirse el poder político de la Iglesia, aumentó el poder estatal, incluso en las naciones católicas, lo que sentó las bases de la política moderna.
Por último, el hecho de que muchas naciones o regiones de Europa se enriquecieron mucho impulsó a muchos cristianos a poner su confianza en el progreso económico, científico o técnico, más que en Dios, lo que fortaleció la tendencia a idolatrar la libertad humana. Este doble fenómeno de enriquecimiento y secularización se dio, en promedio, con más fuerza en los países protestantes que en los católicos.
Por supuesto, no todos los protestantes cayeron en esta deriva hacia el liberalismo. Entre los que reaccionaron con fuerza contra ella cabe mencionar a grupos como los puritanos y a pensadores como Soren Kierkegaard y Karl Barth.
El liberalismo, una rama de la Ilustración
En los últimos cuatro siglos surgió dentro de la civilización occidental una nueva forma de pensar y de actuar que poco a poco fue desplazando a la cultura cristiana y se volvió predominante en nuestra cultura contemporánea. Siguiendo al escritor católico inglés Philip Trower, podemos identificar los siguientes componentes fundamentales de esa nueva mentalidad:
a) la razón humana natural es capaz de resolver todos los problemas;
b) la historia humana es un proceso de progreso continuo que desembocará en un estado final de felicidad perfecta para todos;
c) los valores éticos principales son la libertad, la igualdad, la fraternidad y los derechos humanos;
d) la ciencia, la educación y la democracia son los medios principales que hacen avanzar a la humanidad hacia el progreso1.
Esta forma de pensar está tan difundida hoy que no nos es fácil cuestionarla, ni darnos cuenta de cuánto influye en nosotros. Es relativamente nueva: aunque tiene raíces anteriores, floreció fundamentalmente a partir de la Ilustración del siglo XVIII.
Al igual que la revolución científica que la precedió, la revolución política, social y metafísica de la Ilustración se originó dentro de la civilización cristiana. Sólo en la Cristiandad, con su fe en la creación y el diseño inteligente del mundo por parte de un acto libre de Dios y en la racionalidad del ser humano, pudo darse y se dio la revolución científica; y sólo en la Cristiandad, con su fe en el libre albedrío humano y en la igual dignidad ontológica de todos los seres humanos, creados por Dios a su imagen y semejanza, pudo darse y se dio el desarrollo de la democracia moderna y su concepción inicial de los derechos humanos como dones inalienables de Dios, inherentes a la naturaleza humana.
La Ilustración es un fenómeno muy complejo, una gran mezcla de verdades y errores. Es difícil hacerse una idea exacta de ella y adoptar ante ella una actitud adecuada.
“El mundo moderno está poblado por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas de sentirse aisladas y de verse vagando a solas2”.
Los valores modernos son ideas cristianas desvirtuadas. Por ejemplo: la libertad desconectada de la verdad alimenta un individualismo egoísta; la igualdad absolutizada conduce a un colectivismo despótico; y la fraternidad sin la redención es una utopía inalcanzable.
Aunque tuvo raíces cristianas, muy pronto la Ilustración se separó de ellas, dando lugar a una civilización cada vez más descristianizada. Aquí me bastará evocar el carácter anticristiano de la Revolución Francesa y el carácter antirreligioso de la Revolución Rusa.
Sólo comienza a entenderse la Ilustración cuando se la reconoce como una herejía cristiana, es decir una forma de cristianismo que ha repudiado su matriz y se ha extraviado. En el fondo la Ilustración es una nueva religión que, como el islam, nació del cristianismo, pero se convirtió en su adversario. Frente a la religión del Dios que se hizo hombre se alza hoy desafiante la “religión” del hombre que quiere hacerse Dios a sí mismo por medio de sus solas fuerzas3.
Dentro del cristianismo hay diversas “denominaciones": catolicismo, ortodoxia, anglicanismo, luteranismo, calvinismo, etc. Análogamente, la religión humanista, que en verdad es una antirreligión, también tiene muchas denominaciones, aunque a menudo se combinan entre sí: liberalismo, masonería, socialismo, positivismo, darwinismo, marxismo, freudismo, fascismo, nazismo, postmodernismo, etc.
A pesar de que dentro del pensamiento moderno derivado de la Ilustración se entrecruzan muchas doctrinas distintas, a veces incompatibles entre sí, se puede decir que la mentalidad más típica de la Ilustración incluye los siguientes componentes: una gnoseología racionalista, una metafísica naturalista, una antropología individualista, una moral relativista, una política liberal y una teología secularista. En las siguientes secciones de este capítulo examinaré dos de esos componentes: el secularismo y el individualismo.
Así como casi todos los primeros científicos modernos fueron cristianos, también lo fueron varios de los primeros pensadores ilustrados; pero dentro de la Ilustración fueron tomando fuerza primero el deísmo, más tarde el panteísmo y el agnosticismo, y finalmente el ateísmo. La mayoría de los ateos se adhiere acríticamente a los siguientes postulados indemostrables, que dan forma a toda una cosmovisión falsa y dañina: el ser material, el ser vivo y el ser racional surgieron espontáneamente; su evolución y su orden son sólo productos del azar y la necesidad; el ser humano es sólo un animal más y, como todos los animales, cesa de existir totalmente en la muerte; el ser humano y el mundo carecen de un propósito.
La cosmovisión atea se desarrolló e impuso gradualmente a lo largo de los últimos cuatro siglos, llegando a ser hoy la parte dominante de la cultura contemporánea en el nivel de las élites científicas, intelectuales y tecnocráticas. La mayoría de los miembros de esas élites creen en ella, o bien actúan como si fuera verdadera, dejándose llevar por la corriente principal. La hegemonía atea dentro de la “religión” del Progreso hace que la civilización occidental moderna esté dando frutos cada vez más amargos.
Liberalismo y secularismo
La relación entre liberalismo y secularismo es fácil de comprender. La pretensión de autonomía moral del ser humano con respecto a la ley de Dios conduce directamente a la idea de que el Estado debe ser neutral en materia religiosa e incluso en materia moral. De ahí que el proyecto político de la Ilustración racionalista pueda describirse como un intento de construir una sociedad humana ideal prescindiendo de Dios: se trata de organizar la sociedad para que funcione “aunque Dios no existiera4“.
¿Qué es el secularismo? Curiosamente, el DRAE no registra esa palabra. Empero, dado que el secularismo también es llamado “humanismo secular", puede sernos útil la quinta acepción de la palabra “humanismo” según el DRAE:
“Sistema de creencias centrado en el principio de que las necesidades de la sensibilidad y de la inteligencia pueden satisfacerse sin tener que aceptar la existencia de Dios y la predicación de las religiones5“.
Por lo tanto, asumiré la siguiente definición: el secularismo es el humanismo ateo o irreligioso aplicado en el nivel social; es el intento de construir un orden social que funcione como si Dios no existiera.
La doctrina católica reconoce la justa autonomía de la comunidad política, pero rechaza el secularismo, que transforma esa autonomía en independencia respecto de Dios. En los países de tradición cristiana, la cosmovisión secularista se enfrenta principalmente a la cosmovisión cristiana. No se trata de una discusión bizantina. Los dos sistemas en pugna tienen visiones muy antagónicas sobre el ser humano, sobre el matrimonio, sobre la sociedad, sobre los derechos humanos, sobre la laicidad, etc. El siguiente texto expresa de un modo elocuente la enorme diferencia entre las consecuencias prácticas respectivas de esas dos teorías.
“[El Comité Internacional sobre la Dignidad Humana] Reconoce fuertemente que una sociedad que guarda dentro de la bóveda más profunda de su cultura una creencia en que la revelación más completa de Dios a la humanidad ocurrió en la persona de Jesucristo; que Él creó a todos los hombres iguales; que Su mandamiento central a Su pueblo fue que se amaran los unos a los otros; y que el hombre es una creación intencional de un Dios benevolente; tal sociedad tendrá una praxis política muy diferente de una que cree que el hombre es un producto accidental y sin sentido de la supervivencia del más apto; en la exaltación de los fuertes y la eliminación de los débiles; y en la Naturaleza violenta e inmisericorde6."
Dentro del secularismo o laicismo hay corrientes más moderadas y corrientes más radicales. El secularismo radical se caracteriza por una convivencia entre creyentes y no creyentes en la que los no creyentes toleran a los creyentes en los espacios públicos sólo en la medida en que no se expresen ni se manifiesten como creyentes. Es como si los no creyentes dijeran a los creyentes: “No tenemos ningún problema en jugar con ustedes, siempre y cuando el juego proceda siempre según nuestras reglas". No es extraño que los creyentes consideren injusto ese arreglo, puesto que tienen derecho a manifestar sus creencias tanto en público como en privado, y a realizar sus propios aportes a la vida política sin necesidad de negar, ocultar o disfrazar sus creencias religiosas. Si cristianos y no cristianos, o creyentes y no creyentes, debemos tener a menudo una voz común, ¿por qué esa voz ha de ser siempre la de los no cristianos o los no creyentes? ¿No sería más justo que, siempre que no haya acuerdo, se dé lugar a las dos voces?
Una apuesta social contra la existencia de Dios
Blaise Pascal (1623-1662), gran matemático y físico francés que sentó las bases del cálculo de probabilidades, fue también un destacado filósofo católico. Su obra más famosa –Pensamientos– es una publicación póstuma de cientos de anotaciones fragmentarias destinadas a formar parte de una apología de la religión cristiana. Dicha obra contiene la célebre “apuesta de Pascal”. Cito una parte de ese pensamiento:
“Dios existe o no existe. ¿De qué lado nos inclinamos? (…) Se juega una partida (…) donde resultará cara o cruz. ¿Quién ganará? (…) Es preciso apostar. (…) Pesemos la ganancia y la pérdida, apostando a cruz a que Dios existe. Tengamos en cuenta estos dos casos: si ganáis, ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Apostad, pues, porque Dios existe, sin vacilar7.”
Pascal da por sentado que el apostador hace esta apuesta no sólo con su inteligencia, sino con su vida entera. Para él, “apostar por Dios” implica no sólo creer en Dios, sino también vivir según la Ley de Dios, la ley moral; e inversamente, “apostar contra Dios” implica no sólo no creer en Dios, sino también no respetar la Ley de Dios.
Utilizaré la apuesta de Pascal como punto de partida para una reflexión de índole social: no sólo cada persona sino también, en cierto modo, cada sociedad tiene que “apostar” por Dios o contra Dios; y la decisión de aceptar o rechazar a Dios es de una importancia crucial, porque con Dios o sin Dios todo cambia.
Cambia, por ejemplo, la idea del amor. Los creyentes tienden a pensar que el amor es, en esencia, algo espiritual: la voluntad firme de hacer el bien al otro. En cambio, los no creyentes tienden a negar la existencia del amor desinteresado (altruista) y a concebir el amor como algo material o carnal: un mero fenómeno hormonal o bioquímico. Eso da pie a una antropología egocéntrica, triste y rastrera.
Esas distintas visiones del amor inciden enormemente en las distintas visiones de la sociedad. Los creyentes tienden a ver la vida social como un combate moral personal y comunitario para construir una civilización basada en el amor verdadero (espiritual). En cambio, los no creyentes tienden fácilmente a ver la vida social como una lucha darwinista por la supervivencia del más apto o como una búsqueda del mayor placer para el mayor número.
Los primeros liberales todavía afirmaron que Dios es el fundamento del orden social. Véase, por ejemplo, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, de 1776:
“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad8“.
Sin embargo, los liberales actuales tienden cada vez más hacia un secularismo radical.
El secularista, en cuanto individuo, puede ser creyente o no creyente, pero cree que, en el nivel social, lo mejor es “apostar contra Dios", procediendo como si Él y su Ley no existieran. Esta apuesta lleva a varios callejones sin salida. Intentaré presentar uno de ellos.
El secularismo occidental tiene como uno de sus pilares fundamentales la democracia liberal. Ésta busca maximizar la libertad de los miembros de la sociedad, considerando legítimo cualquier acto humano que no menoscabe los derechos de los demás (se parte de la falsa premisa individualista de que existen actos humanos buenos o malos que no repercuten en los demás). La libertad humana supone la existencia del espíritu; pero el secularismo favorece el crecimiento de la increencia, y los no creyentes tienden a negar el libre albedrío. Si el hombre, como piensan tantos materialistas, fuera sólo un animal más evolucionado o un mero conjunto de átomos, ¿cómo podría ser libre?
Algunos filósofos materialistas reconocen la existencia de este problema. Escuchemos a Yuval Noah Harari, un representante de esa corriente:
“Durante 300 años, los ideales liberales inspiraron un proyecto político que pretendía dar al mayor número posible de gente la capacidad de perseguir sus sueños y de hacer realidad sus deseos. Estamos cada vez más cerca de alcanzar ese objetivo, pero también de darnos cuenta de que, en realidad, es un engaño9.”
Pese a sostener que el proyecto liberal es un engaño porque el libre albedrío es un mito de la teología cristiana, Harari pretende salvar ese proyecto sin resolver la gruesa contradicción que está en su misma base.
Sin libertad no hay responsabilidad y por ende tampoco deberes morales; y sin deberes no puede haber derechos ni justicia. En esa perspectiva, para hacer funcionar la sociedad sólo queda la obligación jurídica de la ley positiva, fundada sobre las arenas movedizas de las mayorías parlamentarias circunstanciales y sobre el miedo a las penas que el Estado puede imponer a quienes violan esa ley. Que eso es muy insuficiente para lograr una sociedad sana está a la vista de todos, aunque, como en el cuento de Andersen sobre el rey que desfiló desnudo ante la multitud, tantos finjan ignorarlo.
Liberalismo e individualismo
La idea liberal de la autonomía moral del individuo conduce muy fácilmente a la idea de que el objetivo supremo de éste es su autorrealización, obtenida de un modo subjetivista. Esta segunda idea es el núcleo esencial del individualismo. El liberal individualista piensa de la siguiente manera: “mi vida, mi libertad y mi propiedad son mías y hago con ellas lo que se me antoje; nadie tiene derecho a decirme qué hacer con mi vida, libertad o propiedad”.
El individualismo puede ser definido como la corriente filosófica que ve al ser humano como un individuo que existe básicamente para sí mismo, no como un ser social por naturaleza. La sociedad en sí misma no sería un bien para el hombre, sino más bien un mal necesario. El individualista concibe su libertad como un ámbito dentro del cual puede hacer lo que se le antoje, mientras no afecte la libertad de los demás, concebida del mismo modo individualista. Como se suele decir (erróneamente): “mi libertad termina donde empieza la libertad de los otros". Esto hace de los otros adversarios de mi libertad, y por lo tanto en el fondo los convierte en mis enemigos.
Si lleva sus principios hasta sus consecuencias más extremas, el individualista llegará a afirmar el derecho al suicidio. Su individualismo le impide admitir que cualquier suicidio daña a todos los demás injustamente y que todos tenemos derecho a que nadie se quite la vida.
En definitiva, según el individualista no existe el amor entendido como búsqueda desinteresada del bien del otro. El individuo buscaría siempre y en todo lugar su propio interés y esto sería lo bueno para él.
El individualismo es una racionalización del egoísmo, pero no la única. Mencionaré dos ideas análogas:
a) la concepción de la empresa que atribuye a ésta como único fin supremo la maximización de los dividendos de sus accionistas;
b) el maquiavelismo político, que inspiró un famoso lema de Lord Palmerston, que suele resumirse así:
“Inglaterra no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes, sino sólo intereses permanentes".
A la inversa, el individualismo es una traducción del maquiavelismo a la esfera de las relaciones interpersonales.
El individualismo es una de las causas principales de la decadencia moral de nuestra cultura. El cristiano debe afanarse en la lucha contra la cultura individualista y a favor de la construcción de una “civilización del amor".
Daniel Iglesias Grèzes
Notas
1) Cf. Philip Trower, La Iglesia Católica y la contra-fe: Un estudio de las raíces del secularismo, el relativismo y la descristianización modernos, Cap. 1.
2) G. K. Chesterton, Ortodoxia, 1908, Cap. 3.
3) Cf. Papa Pablo VI, Discurso en la última sesión pública del Concilio Vaticano II, 07/12/1965.
4) Este principio, expresado por el jurista holandés Hugo Grocio (1583-1645) en su obra De iure belli ac pacis (de 1625), es considerado el acta de nacimiento del secularismo jurídico y de la autonomía de la razón moderna.
5) https://dle.rae.es/humanismo?m=form
6) Benjamin Harnwell, Declaración Universal sobre la Dignidad Humana, n. 2; traducido del inglés por mí.
7) Blaise Pascal, Pensamientos, n. 451, Ediciones Orbis, Barcelona, 1984, pp. 154-155.
9) Yuval Noah Harari, Los cerebros ‘hackeados’ votan; en: El País, Montevideo, 06/01/2019.
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