Origen y desarrollo histórico del liberalismo

El auge gradual del individualismo en la política

De Hobbes a Rousseau, pasando por Locke

Thomas Hobbes (1588-1679) fue un filósofo y teórico político inglés. En su libro Leviatán (de 1651), justificó por primera vez el sistema político absolutista de un modo puramente racional y laico, sin recurrir al derecho divino de los reyes. Sin embargo, pese a ser absolutista, Hobbes puso los cimientos sobre los que más tarde se edificó la filosofía política liberal.

Hobbes partió de una antropología radicalmente individualista, aplicada en el nivel social. Según él, los seres humanos somos por naturaleza enemigos los unos de los otros, lo que expresó mediante una frase célebre: “Homo homini lupus (El hombre es el lobo del hombre)”. Por lo tanto, en el estado de naturaleza (el estado primigenio) los hombres se dañaban y mataban los unos a los otros con frecuencia. Para poner fin a ese peligroso estado de anarquía, los hombres realizaron el contrato social, renunciando a sus libertades individuales a favor del monarca absoluto, en busca de seguridad.

El filósofo inglés John Locke (1632-1704) es considerado el padre del liberalismo clásico. Sus obras principales de filosofía política (Dos tratados sobre el gobierno civil y Carta sobre la tolerancia) fueron publicadas en 1689, poco después del regreso de Locke a Inglaterra, tras la llamada “Revolución Gloriosa” de 1688. También en 1689 se emitió en Inglaterra la Carta de Derechos (Bill of Rights), que limitó el poder real, fortaleció al Parlamento, separó el poder ejecutivo del legislativo y creó la figura del primer ministro, elegido por el Parlamento.

Locke, como Hobbes, quien influyó en su pensamiento político, es contractualista; es decir, se adhiere a la teoría del contrato social. Empero, el contractualismo de Locke difiere bastante del de Hobbes. Locke concibe el estado de naturaleza como un estado de relativa paz y libertad, en el cual los hombres gozaban de derechos naturales a la vida, la libertad y la propiedad privada. De todos modos, los hombres realizaron el contrato social para proteger sus derechos naturales, especialmente la propiedad privada. En el contrato social, los hombres cedieron el poder de hacer justicia por sí mismos, pero conservaron sus derechos naturales. El gobierno liberal, según Locke, tiene un poder limitado, que reside sobre todo en el Parlamento, expresión de la soberanía popular. El objetivo del gobierno es la protección de los derechos humanos naturales; y el pueblo puede rebelarse contra el gobierno si éste vulnera sus derechos.

Locke fue uno de los primeros pensadores en proponer la separación entre la Iglesia y el Estado. Además, abogó por una tolerancia religiosa, que, sin embargo, excluía al catolicismo y al ateísmo.

Subrayo que Locke era partidario de la esclavitud y contrario a la educación superior para los pobres. Locke propuso separar a los hijos de los pobres de sus padres a los tres años para enseñarles hasta los catorce años un oficio sencillo.

El filósofo ginebrino Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), en su libro El contrato social (de 1762), expuso un contractualismo diferente. Es considerado uno de los mayores filósofos de la democracia moderna, la soberanía popular y el republicanismo.

A diferencia de Hobbes, Rousseau partió de una antropología optimista. Según Rousseau, el ser humano era naturalmente bueno, libre y feliz en el estado de naturaleza (el mito del buen salvaje). Lo que corrompe al hombre es la civilización y, sobre todo, la propiedad privada, que introduce la desigualdad, la envidia y la guerra. Por ende, según Rousseau, la sociedad corrompe y esclaviza al hombre. La famosa frase inicial de El contrato social ("El hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado") denuncia la opresión de la libertad natural del hombre por parte de las sociedades de la época, en general absolutistas.

Según Rousseau, en el contrato social el individuo cede sus derechos a la voluntad general, que es una ley infalible, y así alcanza la verdadera libertad. La voluntad general no es la simple suma de los deseos egoístas de cada persona, sino el interés común enfocado en el bien colectivo. El ciudadano, al obedecer a la voluntad general, se obedece a sí mismo, porque él es parte creadora de esa ley.

En la visión de Rousseau, la soberanía absoluta, que según Hobbes correspondía al monarca absoluto, pasa a pertenecer al pueblo como cuerpo colectivo. La soberanía popular es inalienable (no se puede ceder ni vender) e indivisible. Rousseau defendía la democracia directa en lugar de la democracia representativa. Así pues, Rousseau y la Revolución Francesa (de la que fue uno de sus principales inspiradores) sembraron la semilla de los totalitarismos colectivistas modernos.

En la perspectiva individualista de muchos pensadores liberales, la sociedad es un mal necesario y el contrato social es un intento de balancear la libertad y la seguridad de los individuos. La libertad y la seguridad se conciben como dos valores en conflicto.

El estado de naturaleza imaginado por los padres del contractualismo (Hobbes, Locke y Rousseau) brindaba máxima libertad y mínima seguridad. Según ellos, por medio del contrato social (una realidad mítica, no histórica) los individuos renunciaron, en todo o en parte, a su libertad a favor del Estado, a cambio de un incremento de su seguridad.

Una gran parte de las fuerzas políticas contemporáneas comparten este diagnóstico: es necesario buscar un equilibrio óptimo entre libertad y seguridad, consideradas como valores contrapuestos. Sin embargo, difieren en la terapia. Acerca de ese equilibrio pretendido existe una amplia gama de posturas. En general, la derecha tiende a privilegiar la libertad en detrimento de la seguridad, mientras que la izquierda tiende a privilegiar la seguridad en detrimento de la libertad. Es verdad que la izquierda puede caracterizarse también por la búsqueda de otros valores, como la igualdad o la justicia, pero éstos son de algún modo correlativos a la seguridad. Aquí analizo el eje libertad-seguridad porque es el más simple, pero se podría decir algo análogo de los ejes libertad-igualdad y libertad-justicia.

En otras palabras, a diferencia del cristiano, el liberal no busca transformar la sociedad en una “civilización del amor”, puesto que concibe a ésta como una trama trabajosa e incluso, en cierto modo, contra natura, que procura un equilibrio de los intereses de los individuos, enfrentados entre sí.

Liberalismo clásico y liberalismo progresista

Siguiendo a Patrick Deneen, distinguiré dos etapas principales en la historia del liberalismo, que se corresponden con las dos tendencias principales del liberalismo actual.

En el período 1650-1850 floreció el liberalismo clásico, que abarca el liberalismo político de Locke y Rousseau y el liberalismo económico de Adam Smith. Hoy en día el liberalismo clásico suele ser denominado “liberalismo conservador”. Como ya vimos, el liberalismo clásico afirma que el Estado ha de ser neutral en las materias religiosas y morales.

En materia económica, este liberalismo se caracteriza por su visión minimalista del rol del Estado y su defensa sistemática del libre mercado y el libre comercio. Los liberales clásicos expresaron esas posiciones mediante dos lemas muy conocidos: “el Estado juez y gendarme", que se limita a sus funciones primarias de administración de justicia y mantenimiento del orden público; y “laissez faire, laissez passer (dejad hacer, dejad pasar)”: libertad de producción y de trabajo, sin regulaciones del Estado, y libre circulación de mercancías, sin aduanas ni aranceles.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX surgió el liberalismo progresista o moderno. Éste agregó al liberalismo clásico la idea, en ese entonces en boga, de la evolución. Así pues, actualmente la revolución liberal no busca liberar al hombre sólo de sus obligaciones no elegidas provenientes de normas religiosas, morales, sociales o culturales, sino incluso de las provenientes de su propia naturaleza, concebida ahora como sujeta a cambio. Por eso el liberalismo progresista busca hoy la liberación del hombre especialmente en el terreno de la sexualidad, abogando por sus “derechos sexuales”, que incluyen las distintas orientaciones sexuales, y sus “derechos reproductivos”, que son en realidad antirreproductivos (anticoncepción, esterilización, aborto), etc.

En las últimas décadas esa corriente se ha radicalizado aún más, en dos direcciones distintas, aunque relacionadas entre sí. Hoy muchos liberales progresistas pretenden liberar al ser humano incluso de su propio sexo (transgenerismo) y hasta de su propia especie (transhumanismo).

¿Hacia un liberalismo integral?

Opino que estamos en los comienzos de una nueva etapa (la tercera) de la historia del liberalismo. Hoy parece estar generándose una convergencia del liberalismo clásico y el liberalismo progresista en una suerte de liberalismo integral. Todos los liberales se han adherido siempre al liberalismo filosófico y político, pero hasta no hace mucho tiempo los liberales de derecha proponían también el liberalismo económico y rechazaban el liberalismo social; y, a la inversa, los liberales de izquierda proponían también el liberalismo social y rechazaban el liberalismo económico.

Los liberales de derecha solían propugnar una libertad económica desvinculada de la moral, que daba pie a un capitalismo salvaje, obsesionado por la maximización del lucro aún a costa de la explotación de los trabajadores o de la degradación del medio ambiente. Sin embargo, en las cuestiones sociales candentes de la política actual (aborto, homosexualidad, drogas, etc.) solían mantenerse apegados a posiciones conservadoras, o sea afines al orden moral objetivo.

Por su parte, los liberales de izquierda solían ser los grandes impulsores del progresismo en lo social, luchando para implantar la legalización del aborto, el matrimonio homosexual, etc. En cambio, en el terreno económico defendían un fuerte y creciente intervencionismo del Estado, o incluso la colectivización total de la economía.

La convergencia mencionada se debe a dos desarrollos recientes.

En primer lugar, el fracaso completo del “socialismo real” en la Unión Soviética y sus satélites de Europa Oriental llevó a gran parte de la izquierda no sólo a abandonar la meta final del colectivismo sino también a reconocer la invalidez de muchas recetas izquierdistas clásicas en materia económica. De ahí que hoy las propuestas económicas de los partidos tradicionales de derecha o de izquierda difieran relativamente poco entre sí.

En segundo lugar, a raíz de la incoherencia básica entre su filosofía liberal y su conservadorismo social, en las últimas décadas casi todos los partidos políticos de derecha han tendido a ceder cada vez más ante los embates de la revolución social anticristiana impulsada por la izquierda. La derecha, en vez de resistir firmemente esa revolución, tiende a secundarla desde posiciones más “moderadas” que sólo retrasan un poco la marcha hacia el falso progreso. Instalada en una pendiente deslizante y sin puntos de apoyo firmes, la derecha tiende a caer en el mismo abismo que la izquierda.

Deneen sostiene que, después de la Segunda Guerra Mundial, el conservadorismo en Estados Unidos se convirtió en una forma de liberalismo que proponía un ritmo más lento de cambios en el orden social. Debido a esto, los conservadores tienden a abandonar su oposición a las nuevas normas liberales (por ejemplo, el “divorcio sin culpa” o el matrimonio homosexual) una vez que éstas alcanzan una amplia aceptación social1.

De este modo está surgiendo ante nuestros ojos un liberalismo integral, que combina la amoralidad económica del capitalismo liberal de derecha y la amoralidad social de la revolución cultural de izquierda. Este liberalismo integral, un nuevo monstruo que en nuestros tiempos está dando apenas sus primeros pasos, pronto revelará su carácter inhumano incluso a quienes hoy se obstinan en no verlo.

Además, Deneen observa que la “tolerancia liberal” en materia religiosa ha conducido inevitablemente al surgimiento de un nuevo orden con características religiosas: el “liberalismo iliberal” o wokismo.

Otro aspecto de este nuevo liberalismo es que está dejando de lado gradualmente el compromiso de liberales anteriores con la defensa de las soberanías nacionales, y se está volcando cada vez más a favor de un internacionalismo o globalismo cuyo ideal es un mundo sin fronteras nacionales significativas, regido por un único gobierno mundial, inspirado en el liberalismo integral.

Deneen recuerda que el auge del nacionalismo formó parte de la transformación causada por el liberalismo. Éste pretendió primero superar las estructuras imperiales de la cristiandad de Europa Occidental mediante las soberanías nacionales y más tarde sustituir la influencia sociopolítica de la religión por la devoción a la nación. Por ejemplo, el Juramento de Lealtad a la nación estadounidense compuesto en 1892 por el cristiano socialista Francis Bellamy, y adoptado oficialmente por el Congreso en 1942, es una especie de credo de una nueva religión laica y nacional. No obstante, el impulso desintegrador del liberalismo ha terminado por conducir también a una sustitución del nacionalismo por el globalismo.

Aunque Deneen rechaza el globalismo, lo que propone no es un regreso a la concepción liberal anterior de la nación, sino una nueva forma de integración de lo local, lo nacional y lo internacional, que recuerda al principio de subsidiariedad de la doctrina social cristiana.

¿Una reacción populista contra el liberalismo?

Deneen afirma que los primeros liberales (los liberales clásicos) impulsaron un mercado cada vez más libre a fin de lograr, a través de un proceso continuo de destrucción creativa, un progreso económico que compensara las desigualdades con prosperidad para todos; y más tarde otros liberales (los progresistas), además de reclamar una mayor igualdad económica, buscaron la liberación de la humanidad principalmente por medio de transformaciones sociales tales como el desplazamiento del matrimonio, la familia y la identidad sexual naturales. Lo que está ocurriendo ahora es que las élites gobernantes están apostando a una aceleración del liberalismo económico y social, mientras gran parte del pueblo se opone a ello cada vez más, debido a las consecuencias negativas del “progreso” económico y social irrestricto2.

“Ya sean liberales ‘clásicos’ o ‘progresistas’, su temor y desconfianza inherentes hacia el demos [pueblo] se manifestaron y siguen manifestándose en un pánico compartido ante el auge del populismo. Hoy se realizan intensos esfuerzos para evitar una reconfiguración política que dé lugar a un partido popular opuesto al proyecto liberal progresista3”.

Un esquema de los tres liberalismos y el posliberalismo

En un artículo de 2022 titulado Why They Hate Us [Por qué nos odian], Patrick Deneen utiliza un esquema con dos ejes y cuatro cuadrantes para representar gráficamente sobre un plano los tres tipos de liberalismo considerados y una filosofía política no liberal, basándose implícitamente en dos preguntas que admiten sólo dos respuestas posibles: sí o no.

El eje horizontal (X) corresponde a esta pregunta: ¿El Estado debe intervenir en la vida económica con base en criterios morales? Por otra parte, el eje vertical (Y) corresponde a esta pregunta: ¿El Estado debe intervenir en la vida social con base en criterios morales? Combinando las dos preguntas, resulta que hay cuatro pares de respuestas posibles, que definen los cuatro cuadrantes.

El primer cuadrante (superior derecho) corresponde a las respuestas X-No e Y-Sí. Este cuadrante representa al liberalismo conservador: liberal en lo económico y conservador en lo social.

El segundo cuadrante (superior izquierdo) corresponde a las respuestas X-Sí e Y-Sí. En este cuadrante, así definido, se inscribe la doctrina social cristiana, puesto que, según esta doctrina, el fin del Estado es la búsqueda del bien común, y éste sólo puede lograrse por medio de la defensa y promoción del orden moral objetivo, tanto en la vida económica como en la vida social. Sin embargo, Deneen asigna este cuadrante a una filosofía política más genérica, a la que en una obra posterior llama “conservado-rismo del bien común”.

El tercer cuadrante (inferior izquierdo) corresponde a las respuestas X-Sí e Y-No. Este cuadrante representa al liberalismo progresista: intervencionista o incluso socialista en lo económico, y progresista y relativista en lo social.

El cuarto cuadrante (inferior derecho) corresponde a las respuestas X-No e Y-No. Este cuadrante representa al liberalismo integral o libertarianismo, que de momento es una ideología defendida por una minoría de intelectuales4 y de ciudadanos influidos por ellos.

Probablemente a más de un lector le choque que este análisis ubique a la doctrina social cristiana del lado izquierdo en el eje referido al rol del Estado en la economía. La explicación de esto es muy simple: izquierda y derecha son términos relativos, y, como la cuestión aquí considerada (¿El Estado debe intervenir en la vida económica con base en criterios morales?) admite sólo dos respuestas, inevitablemente la posición cristiana coincide con la de la mayoría de la izquierda, que procura la justicia social por medio de una fuerte intervención del Estado en la economía.

Si, en cambio, la cuestión considerada fuera “¿Cuál debe ser el grado de intervención del Estado en la vida económica?”, entonces la posición cristiana debería ser de algún modo de “centro”, en el sentido de no estar ubicada en la extrema izquierda colectivista ni en la extrema derecha individualista. Según la terminología habitual, serían lícitas para los cristianos posturas de centroderecha o de centroizquierda, sin caer en ninguno de los dos extremos incompatibles con la doctrina cristiana.

Como Deneen, pienso que estamos presenciando el surgimiento, en Estados Unidos y en buena parte del mundo, de un sistema de ideas políticas nuevo o renovado (el del segundo cuadrante, posliberal), que, en lo fundamental, es la antítesis perfecta del libertarianismo, al que en cierto modo tienden las formas conservadora y progresista (ambas incoherentes, en el fondo) del liberalismo.

Otro esquema con las principales filosofías políticas

A continuación, presentaré otro esquema que Deneen utiliza para representar gráficamente las cuatro filosofías políticas principales de nuestra era: el liberalismo clásico, el liberalismo progresista, el marxismo y el conservadorismo del bien común5.

 

El pueblo como revolucionario

El pueblo como conservador

Favorece a la élite (liberal)

Liberalismo clásico

(John Locke)

Liberalismo progresista

(John Stuart Mill)

Favorece al pueblo (no liberal)

Marxismo

(Karl Marx)

Conservadorismo

(Burke, Disraeli)

En este capítulo comentaré principalmente lo referente al liberalismo clásico y el liberalismo progresista, dejando mayormente para más adelante lo referente al marxismo y al conservadorismo del bien común.

En cuanto a la clasificación de ambos liberalismos como sistemas que favorecen a la élite, concuerda con la habitual visión de las revoluciones liberales (inglesa, norteamericana, francesa e hispanoamericana) como revoluciones burguesas. Para sostener esta clasificación no es necesario atribuir a los liberales una intención consciente o explícita de favorecer a la élite. Basta constatar que el liberalismo, pese a defender la igualdad, genera de hecho no pocas desigualdades grandes e injustas que favorecen a la élite contra el pueblo. Lo que sí cabría objetar es que con el marxismo ocurre lo contrario. Pese a que el marxismo se propone favorecer al pueblo, de hecho, mediante la dictadura comunista, favorece a una nueva élite (los dirigentes del partido comunista en el poder) contra el pueblo. 

“El liberalismo clásico, el liberalismo progresista y el marxismo, que en la era moderna han estado enfrentados entre sí de diversas maneras, comparten, sin embargo, la característica fundamental de promover formas de progreso transformador. Ellos no difieren sobre el objetivo de la política, sino sobre los medios, lo que inevitablemente ha implicado tomar partido entre ‘los muchos’ [el pueblo] y ‘los pocos’ [la élite]. El orden liberal parte de una preferencia por ‘los pocos’ contra ‘los muchos’, ya que sostiene que ‘los muchos’ constituirán el mayor obstáculo para el progreso económico o el progreso social (según las visiones del liberalismo clásico y el liberalismo progresista, respectivamente). Así pues, el ascenso de la ‘élite del poder’ no es un defecto accidental del auge del orden liberal, sino su característica inevitable. Si bien el marxismo surgió como rechazo de la preferencia liberal por el gobierno de la ‘élite’, conservó el compromiso del liberalismo con el progreso transformador —en verdad, revolucionario—, que, según creía, era impulsado principalmente por el pueblo contra la élite. Estas tres versiones del progresismo moderno fomentaron la división de la sociedad —los muchos contra los pocos, las élites contra el pueblo— que la tradición clásica había buscado reconciliar6”.

“La primera categoría es el ‘liberalismo clásico’, que se distingue como una filosofía liberal que teme a ‘los muchos’ como una fuerza potencialmente desestabilizadora y ‘revolucionaria’, y por ende busca idear maneras de asegurar el ascenso de una élite política y económica7”.

El objetivo principal del liberalismo clásico es el progreso económico.

“Por una casualidad histórica, los ‘liberales clásicos’ afirmaron ser (y fueron descritos sistemáticamente como) ‘conservadores’, pero (…) lo que los liberales clásicos esperan ‘conservar’ es una doctrina revolucionaria que apunta a la transformación constante de todos los aspectos de la organización social humana8”.

“La segunda categoría de ‘liberalismo’ comparte con su antecesora la aceptación de un proyecto progresista promovido por ‘élites’ pero difiere de ella en cuanto busca la transformación moral de la humanidad. Por lo tanto, el liberalismo progresista considera al ‘pueblo’ como una fuerza conservadora en vez de revolucionaria, que necesita ser guiada e incluso dominada políticamente —a menudo contra su voluntad— por una élite revolucionaria, más visionaria, aunque más pequeña (…) El padre intelectual del liberalismo progresista fue John Stuart Mill, una figura a menudo considerada erróneamente como un ‘liberal clásico’9”.

Mill pensó que las libertades políticas alcanzadas por el liberalismo clásico eran insuficientes para contrarrestar la mayor amenaza a la libertad individual planteada por el pueblo: el despotismo de las costumbres arraigadas en las visiones conservadoras y tradicionalistas de la mayoría. El objetivo principal del liberalismo progresista, el progreso [o la liberación] moral, sería alcanzado sólo por una sociedad guiada por una pequeña minoría de no conformistas creativos10.

Daniel Iglesias Grèzes

Notas

1) Cf. DENEEN 2023, pp. 65-67.

2) Cf. Ibídem, pp. x-xi.

3) Ibídem, p. xi.

4) Aunque Ayn Rand (1905-1982) rechazó la etiqueta de “libertaria”, se la puede contar entre esos intelectuales por su defensa de un liberalismo integral (económico y social). Su sistema filosófico (el “objetivismo”) es un individualismo radical basado en un “egoísmo racional” opuesto al altruismo.

5) Cf. DENEEN 2023, cap. 3.

6) Ibídem, pp. 69-70.

7) Ibídem, p. 74.

8) Ibídem, p. 75.

9) Ibídem, p. 79.

10) Cf. Ibídem, pp. 79-80.


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