Consecuencias del liberalismo

Un ácido que disuelve lentamente las sociedades
Por qué ha fracasado el liberalismo
En esta sección compartiré los rasgos principales del análisis de Patrick Deneen sobre las consecuencias del liberalismo en su obra Por qué ha fracasado el liberalismo. El título de esa obra resulta chocante para quienes siguen pensando que la caída del comunismo en Europa Oriental en 1989 representó el triunfo total y definitivo de la democracia liberal e incluso, como sostuvo Francis Fukuyama, “el fin de la historia” de las ideologías políticas. Veamos cómo Deneen justifica ese título.
La nueva visión de la libertad propia del liberalismo condujo a la adopción de criterios y conductas individualistas en los ámbitos religioso, económico, político, cultural, social y educativo. A medida que el ideal liberal se fue cumpliendo progresivamente, se fueron debilitando cada vez más los vínculos que unían al individuo con su familia, su comunidad local, su gremio, su nación, su iglesia, su cultura, sus tradiciones, etc.
Esto debilitó cada vez más a los individuos, de modo que la consecuencia inexorable del liberalismo ha sido el aumento gradual del poder de las empresas y, sobre todo, del Estado. Paradójicamente, pese al antiestatismo teórico de los liberales de derecha, el liberalismo ha engendrado el estatismo, puesto que el Estado ha sido llamado a resolver los problemas causados por la debilidad creciente de los individuos progresivamente desvinculados. El Estado liberal se expande cada vez más y tiende a regular y controlar cada aspecto de la vida; practica cada vez más la vigilancia y la censura.
Deneen insiste en que el individualismo y el estatismo son las dos caras de una misma moneda, puesto que ambos se habilitan y exigen mutuamente y crecen juntos de modo constante y necesario. En un movimiento de pinza, la derecha y la izquierda liberales nos atrapan dentro de un marco en el que sólo podemos elegir en cada circunstancia entre dos mecanismos igualmente despersonalizantes y amorales: el mercado liberal (privilegiado por la derecha) y el estado liberal (privilegiado por la izquierda). Pero se trata de una moneda falsa, porque está fundada sobre una visión errónea del hombre.
Deneen sostiene que el liberalismo no fracasó por no haber sido implementado de forma plena y coherente sino, al contrario, precisamente porque fue implementado de forma cada vez más plena y coherente. Al estar basado en una antropología falsa, el liberalismo es autocontradictorio y por ende insostenible.
Los resultados de la revolución liberal han defraudado las expectativas más profundas de sus impulsores. Por eso hoy tantas personas tienden a sentirse insatisfachas con (o defraudadas por) la democracia liberal. Pese a los enormes avances de la ciencia y al gran desarrollo económico que ha generado, el liberalismo no ha cumplido sus promesas: hoy no nos sentimos cada vez más libres, sino cada vez más impotentes frente al poder enorme y creciente del Estado liberal y de las grandes empresas, especialmente las tecnológicas. Nos hemos liberado de la vieja aristocracia para caer en las manos de una nueva oligarquía tecnocrática y empresarial.
Dice Deneen: “Casi todas las promesas hechas por los creadores y arquitectos del liberalismo han sido destrozadas. El estado liberal se expande para controlar casi cada aspecto de la vida mientras los ciudadanos ven al gobierno como un poder distante e incontrolable, que agranda su sentimiento de impotencia impulsando implacablemente el proyecto de la ‘globalización’. Los únicos derechos que parecen seguros hoy pertenecen a aquellos con riqueza y posición suficientes para protegerlos (…) La economía favorece una nueva ‘meritocracia’ que perpetúa sus ventajas a través de la sucesión de las generaciones, apuntalada por un sistema educativo que separa incesantemente a los ganadores de los perdedores1.”
Agrega el autor: “A medida que su lógica interna se ha vuelto más evidente y se manifiestan sus autocontradicciones, [el liberalismo] ha generado patologías que son a la vez deformaciones de sus afirmaciones y realizaciones de la ideología liberal. Una filosofía política lanzada para fomentar una mayor equidad, defender un tapiz pluralista de culturas y creencias diferentes, proteger la dignidad humana y, por supuesto, expandir la libertad, en la práctica genera una desigualdad titánica, impone uniformidad y homogeneidad, estimula la degradación material y espiritual, y socava la libertad. (…) Pedir que los males del liberalismo se curen aplicando más medidas liberales equivale a arrojar gasolina sobre un fuego voraz. [Eso] sólo profundizará nuestra crisis política, social, económica y moral2.”
Deneen analiza cuatro áreas (la política, la economía, la educación y la ciencia y tecnología) transformadas por el liberalismo para aumentar nuestra libertad y muestra que: “en cada caso, un enojo generalizado y un descontento creciente han surgido de la difusión de la toma de conciencia de que los vehículos de nuestra liberación se han vuelto jaulas de hierro de nuestro cautiverio3.”
En cuanto al ámbito político, el autor observa que gran parte de la ciudadanía de las principales democracias liberales está casi en rebelión contra sus propios gobiernos y contra “el sistema” (el establishment). Dice Deneen: “El liberalismo se basó en la limitación del gobierno y la liberación del individuo del control político arbitrario. Pero (…) el ‘gobierno limitado’ del liberalismo actual provocaría celos y asombro en los tiranos de antaño, que sólo podían soñar con capacidades tan extensas para la vigilancia y el control de los movimientos, las finanzas e incluso los actos y los pensamientos. Las libertades que el liberalismo fue creado para proteger (…) están muy comprometidas por la expansión de la actividad del gobierno en cada área de la vida4.”
En cuanto al ámbito económico, el autor destaca que, en vez de una libertad económica cada vez mayor, prevalecen la inseguridad y una desigualdad enorme y creciente, producidas en gran parte por una globalización que, paradójicamente, se presenta (en el reinado de la libertad, por así decir) como inevitable.
En cuanto al ámbito educativo, el autor comenta que los jóvenes son estimulados para abrazar un sistema en el que no creen y en el que se sienten atrapados sin salida. Dice Deneen, citando a uno de sus estudiantes universitarios: “Dado que vemos a la humanidad, y por ende a sus instituciones, como corrupta y egoísta, la única persona en la que podemos confiar es uno mismo. La única forma en que podemos evitar el fracaso y la decepción es tener los medios (la seguridad financiera) para depender sólo de uno mismo5.”
Además, Deneen subraya la paradoja de que el liberalismo avanzado está eliminando o marginando la educación liberal, que durante siglos fue considerada como el apoyo fundamental para el cultivo de una persona libre.
En cuanto al ámbito de la ciencia y la tecnología, el autor destaca las consecuencias negativas del nuevo enfoque utilitarista, e insinúa que estamos perdiendo la guerra contra la Naturaleza que hemos emprendido. A mi juicio exagera las amenazas referidas al clima y al medio ambiente. Dice Deneen: “Nuestro mundo saturado de carbono es la resaca de una fiesta de 150 años en la que, hasta el final, creímos que habíamos alcanzado el sueño de la liberación de las restricciones de la naturaleza6.”
Más acertados me parecen los comentarios de Deneen sobre algunos efectos negativos de la tecnología, especialmente sobre la paradoja de que los avances de las telecomunicaciones parecen estar volviéndonos más solitarios y más apartados de los demás. Irónicamente, el proyecto liberal parece estar asemejándonos cada vez más a las criaturas del imaginario estado de naturaleza que postularon los primeros pensadores liberales como preámbulo del mítico contrato social.
Hasta ahora las sociedades liberales han podido funcionar más o menos con base en los valores residuales de la civilización cristiana que aún subsisten. Empero, el liberalismo sigue disolviendo esos valores y es incapaz de sustituirlos con nada duradero. De ahí la crisis actual.
El humanismo ateo no colma las aspiraciones profundas del hombre
Entre los principales deseos o necesidades humanas destaco los siguientes tres: el deseo de conocimiento, el deseo de sentido y el deseo de felicidad.
“Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber7.”
Además, todos necesitamos encontrar un sentido a la vida, el amor, el trabajo y el sufrimiento. El ser humano es un ser en busca de sentido, mucho más que un ser en busca de placer o de poder8. No desea sólo el conocimiento en general, sino que está muy interesado en conocer lo más esencial sobre sí mismo: ¿Cuáles son su origen y su destino? ¿Y cómo alcanzar su destino?
Por último, hay en el hombre un deseo innato e irreprimible de felicidad. “Todos desean la felicidad unánimemente9.”
¿El humanismo ateo puede satisfacer los anhelos de conocimiento, sentido y felicidad que anidan en lo más profundo del ser humano? Hay muchas buenas razones para negarlo. Veamos algunas.
El cientificismo ateo nos ofrece sólo un conocimiento de causas segundas, incapaz de colmar la aspiración humana de una explicación última de las cosas. En cambio, el monoteísmo satisface esa aspiración a través del conocimiento de Dios, Causa Primera. Aunque algunos no lo crean, la ciencia ofrece un fuerte testimonio contra el ateísmo, pues nos muestra un mundo regido por leyes naturales expresables en términos matemáticos. Ahora bien, los entes matemáticos no son entes reales sino entes ideales. Podemos ver dos postes o dos tomates, pero nadie ha visto jamás al número dos en sí, más allá de los símbolos que lo representan. La matemática parece ser una obra de la mente. Sin embargo, la matemática, aplicada a la física, nos permite conocer los planetas, estrellas y galaxias y llevar a cabo con precisión viajes espaciales. ¡El universo tiene una estructura matemática! Pero ¿cómo sería eso posible si la matemática fuera sólo una construcción subjetiva? Sólo es posible porque el universo proviene de una mente mucho más poderosa que la mente humana, la Mente de un Creador que, entre otras muchas cosas, es un matemático sublime.
En cuanto al deseo humano de sentido, lo que ofrece el humanismo ateo es muy insatisfactorio y hasta patético: nuestra existencia no tendría ningún sentido objetivo. El hombre debería abandonar la búsqueda de sentido e intentar dar un sentido arbitrario a su vida y sus acciones. Este nihilismo de fondo intenta encubrirse a veces con el entusiasmo de las utopías políticas. Frente a la perspectiva cierta de la muerte se revela la inconsistencia de los sentidos artificiales (arbitrarios o ideológicos) de la existencia humana.
Las precedentes reflexiones desembocan en esta conclusión: ninguna de las dos grandes corrientes del humanismo ateo (individualismo y colectivismo) permite colmar el deseo humano de felicidad.
El individualismo afirma que cada individuo humano existe o debe existir para sí mismo, buscando exclusiva o primordialmente su propia felicidad. Empero, la doctrina individualista contraría una experiencia humana universal: el disfrute egoísta del placer, la riqueza, el poder o incluso el saber no da la felicidad. Todo eso es “vanidad de vanidades”, como dijo el Eclesiastés siglos antes de Cristo. La felicidad no está en el egoísmo.
Por su parte, el colectivismo afirma que el individuo humano existe o debe existir para la sociedad humana, como la hormiga para el hormiguero. Sin embargo, en el fondo todos sabemos que eso no es verdad. El colectivismo puede ser planteado en forma teórica, pero es invivible y muy insatisfactorio en la práctica. La historia de los totalitarismos del siglo XX lo demuestra ampliamente.
El humanismo ateo, incapaz de responder adecuadamente a las aspiraciones más profundas del hombre, tampoco puede dar un fundamento firme al orden social. Esto se puede apreciar de varias maneras, de las que mencionaré tres.
1) El humanismo ateo pretende defender la libertad del hombre, pero en última instancia la niega. Si sólo existe la materia, el hombre no es más que un conjunto de átomos; y los átomos no son libres, sino que se mueven según las leyes naturales. La libertad humana individual y las libertades políticas serían meras ilusiones.
2) El humanismo ateo pretende defender la dignidad del hombre, pero en realidad la niega. Si el hombre es sólo un animal algo más evolucionado, entonces no hay ninguna diferencia sustancial entre un hombre y un gusano. El pretendido humanismo ateo ha dado lugar al inquietante movimiento animalista actual.
3) El humanismo ateo pretende defender los derechos humanos, pero niega su fundamento. Si Dios no existe, no hay deberes absolutos; y, dado que mis derechos no son más que los deberes de los demás para conmigo, tampoco hay derechos absolutos, naturales e inalienables, sino sólo derechos concedidos o negados por mayorías circunstanciales.
Por todo esto y más, es necesario y urgente superar el humanismo ateo.
Secularismo y desintegración social
Imagina que puedes robar cien millones de dólares con la seguridad plena de que no dejarás ningún rastro. Sinceramente, ¿te abstendrías de robar? ¿Por qué razón? Los cristianos y otros creyentes tenemos al menos dos excelentes razones para no cometer ese crimen (ni ningún otro): la primera es que la conciencia moral nos dice que no debemos hacerlo, porque está mal; la segunda es que, aunque nadie descubriera el delito y aunque todos, incluso el mismo delincuente, lo olvidaran, Dios lo ve y lo recuerda; el mismo Dios que, después de nuestra vida terrena, nos juzgará y retribuirá a cada uno según sus obras buenas o malas.
Pero, ¿qué pasa con los ateos, cada vez más numerosos? ¿Cuáles serían sus razones para no robar esa fortuna impunemente? Muchos ateos se abstendrían de robar, pero no podrían justificar racionalmente su conducta de un modo satisfactorio a partir de su filosofía atea. Si Dios no existe, no hay un orden moral objetivo, el fin justifica los medios y no hay ningún acto humano que sea intrínsecamente malo. En esa hipótesis, la moral sólo puede ser concebida en clave relativista o utilitarista: no existe la verdad en materia moral; la ética está basada en los sentimientos, experiencias o proyectos de cada persona; cada uno elige sus convicciones éticas más o menos como elige ser hincha de un club de fútbol en lugar de otro; es una mera cuestión de gustos, y “sobre gustos no hay nada escrito".
Más aún, si, como piensan tantos ateos, fuéramos sólo animales algo más evolucionados, venidos al mundo sin ningún propósito y destinados a la aniquilación total en la muerte, no habría manera de fundamentar sólidamente una condena moral de quienes dedican sus vidas a gozar del mayor placer, riqueza y poder posible, sin preocuparse por los demás. Ahora bien, una sociedad en la que la mayoría de la gente pensara y viviera así no podría funcionar. El temor al castigo de la justicia terrena no sería suficiente para evitar que la sociedad cayera gradualmente en el caos, excepto quizás recurriendo a una dictadura sanguinaria, otra perspectiva indeseable.
La vida social requiere la práctica de las virtudes. Daré tres ejemplos.
A) Ninguna sociedad subsistiría mucho si la mayoría de sus miembros no tuviera hijos o no los mantuviera y educara. Tener hijos, mantenerlos y educarlos implica muchos sacrificios y renuncias, porque absorbe gran parte del trabajo, energía y dinero de los padres. La paternidad bien ejercida exige abnegación y altruismo. De allí se deduce que el bien social es incompatible con la proliferación de mentalidades y estilos de vida egoístas. Demostración por el absurdo: si hoy todos los seres humanos comenzaran a vivir con el objetivo supremo de obtener el mayor placer posible para sí mismos como individuos, muchísimos optarían por no tener hijos; y así la humanidad dejaría de existir al cabo de pocas generaciones. De forma más lenta pero no menos dramática, algo así está ocurriendo ya debido a la crisis demográfica de muchas naciones.
B) La vida económica requiere un mínimo de confianza entre las partes que celebran un contrato. La falta absoluta de confianza extingue los intercambios comerciales. ¿Quién entregaría un producto a un cliente si estuvie-ra casi seguro de que no le va a pagar? ¿Quién pagaría por adelantado a un proveedor si tuviera muy buenas razones para sospechar que no le va a entregar el producto comprado? Además, la desconfianza encarece las transacciones y puede volverlas inviables. ¿Cómo podría haber un comercio fluido si, debido a la abundancia de fraudes de todo tipo, hubiera que comprobar exhaustivamente la calidad de cada unidad comprada, en lugar de limitarse a contar las unidades recibidas y hacer pruebas a una muestra? ¿Cómo podrían subsistir las empresas sin un mínimo de confianza entre los socios capitalistas, o entre los accionistas y los gerentes? La desconfianza engendra desconfianza; y esa espiral, a la corta o a la larga, tiende a producir una separación, tanto en los matrimonios como en los negocios. Pero no puede haber confianza mutua entre personas que están decididas a utilizar cualquier medio, aunque sea inmoral o ilícito, si les conviene para enriquecerse, y que creen que todos están dominados por el mismo afán desmedido de lucro. La confianza mutua requiere de ambas partes virtudes como la honestidad, la laboriosidad, el servicio, la justicia, etc.
C) La democracia exige un mínimo de confianza entre los ciudadanos y sus representantes. ¿Por qué votaríamos a un político si tuviéramos buenos motivos para pensar que éste, una vez instalado en su cargo de gobierno, no defenderá con empeño nuestros derechos e intereses legítimos? La democracia no puede subsistir si la mayoría de los ciudadanos y los gobernantes buscan sólo o principalmente su propio interés personal, no el bien común.
El secularismo busca organizar la sociedad como si Dios no existiera; es pues un ateísmo práctico. Ahora bien, si uno no vive como piensa, probablemente terminará pensando como vive. Por eso el ateísmo práctico tiende al ateísmo a secas. Pese a que existen ateos de buena voluntad, de por sí el ateísmo fomenta una cosmovisión amoral, que estimula el individualismo y desestimula la práctica de las virtudes morales. Los últimos dos o tres siglos de historia de la civilización occidental demuestran esta dinámica funesta. A medida que nuestra civilización se aleja de Dios, por medio de la descristianización y la secularización, se autodestruye, deslizándose hacia su fin, que puede tener diversas formas: desintegración total (caos anárquico), dictadura comunista, islamización, etc. Ojalá muchos, cristianos o no cristianos, comprendamos que la única esperanza de sobrevivencia de Occidente es el regreso a la valoración y la vivencia de sus raíces y tradiciones cristianas.
El sombrío pronóstico de Belloc
El escritor católico franco-británico Hilaire Belloc, en su libro El Estado Servil (de 1912) sostuvo que la sociedad industrial capitalista tendía al restablecimiento de la esclavitud. La nueva esclavitud, según Belloc, estaría determinada por el trabajo legalmente obligatorio: un proletario sería un esclavo si la ley positiva lo obligara a trabajar como asalariado de un capitalista.
Según Belloc, el capitalismo tiende a generar una excesiva concentración del capital en una minoría de capitalistas, lo que produce una situación de inestabilidad e inseguridad que afecta tanto a los poseedores como a los desposeídos del capital. Esto produce un impulso reformista.
Según el mismo Belloc, hay sólo dos vías posibles para tratar de reformar el capitalismo. Se trata de dos vías contrarias entre sí. Él las llama “la solución distributiva” y “la solución colectivista". Yo prefiero llamarlas la vía conservadora y la vía socialista.
Los conservadores quieren que la mayor cantidad posible de ciudadanos llegue a poseer medios de producción. Los socialistas, en cambio, tienden a despojar a todos los ciudadanos de sus medios de producción para ponerlos en manos del Estado, es decir de los gobernantes, a fin de que éstos los administren en beneficio de todos10.
El capitalismo y el socialismo no están tan distantes entre sí como se suele creer. El ideal conservador (que coincide con el del sentido común de la gente corriente no ideologizada) es una sociedad en la que el 100% de los ciudadanos son propietarios de medios de producción. En cambio, el ideal socialista es que no haya ningún capitalista y el Estado monopolice la producción. El socialismo es un capitalismo de Estado. En la realidad de las sociedades capitalistas el porcentaje de capitalistas es quizás del orden del 10%. Desde esta perspectiva se ve que la realidad del capitalismo está mucho más cerca del ideal socialista que del ideal conservador.
Por eso, sostuvo Belloc, el capitalismo tiende más fácilmente al colectivismo que al distributismo. Sin embargo, como la colectivización total es difícil de lograr, los socialistas tenderían a cambiar de estrategia, optando por limitar gradualmente la libertad económica en lugar de eliminarla. Así, el proyecto colectivista estaría condenado al fracaso y a engendrar el Estado servil.
En realidad, las reformas del sistema capitalista no trajeron directamente el Estado servil, sino el moderno Estado de Bienestar. Actualmente éste incluye lo que podríamos llamar el “socialismo corporativo". Utilizo esa expresión como equivalente a la expresión inglesa corporate welfare, traducible como “beneficencia social para las empresas". La idea básica de esta expresión es que en el Occidente actual el Estado de Bienestar no funciona sólo como una especie de socialismo para los muy pobres, sino también (aunque parezca increíble) como una especie de socialismo para los muy ricos, por medio de mecanismos que privatizan las ganancias de las grandes empresas y socializan sus pérdidas. Esos mecanismos son muchos: subsidios, exoneraciones impositivas, uso de paraísos fiscales, zonas francas, etc.
En mi opinión, en su afán de construir una sociedad basada en el principio de solidaridad, el Estado de Bienestar a menudo descuida o rechaza otro gran principio de la doctrina social cristiana: la subsidiariedad. En otras palabras, el Estado tiende a convertirse en un gigante hipertrofiado que, con su conjunto siempre creciente de poderes y regulaciones, atenta contra la libertad y la iniciativa de los ciudadanos, las familias, las empresas (sobre todo las pequeñas), las asociaciones civiles, etc. Y si, como está ocurriendo ahora, ese Leviatán estatal se alía con las grandes empresas para conformar una suerte de “socialismo corporativo", cabe sospechar que el sombrío pronóstico de Belloc no está tan alejado de la realidad como podría parecer.
Daniel Iglesias Grèzes
Notas
1) DENEEN 2018, pp. 2-3.
2) Ibídem, p. 3.
3) Ibídem, p. 6.
4) Ibídem, pp. 6-7.
5) Ibídem, p. 12.
6) Ibídem, p. 14.
7) Aristóteles, Metafísica 1,1.
8) Cf. Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido.
9) San Agustín, De Trinitate, XIII.
10) Cf. BELLOC 1912, Secciones VI-VII.
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