San José, un hombre de silencio interior

San José-Murillo

HOMILÍA

Padre Pedro Pablo Silva, SV

SAN JOSÉ - 1 mayo 2021

San José, un hombre de silencio interior

Una de las cosas interesantes que nos esperan, cuando hayamos muerto, en el Cielo, será juntarnos con nuestros seres más queridos, nuestros padres, hermanos…, los cuales esperamos encontrar en la eternidad junto a Dios.

Pero mucho más que eso, que los lazos de la carne, va a ser encontrarse con la gente que ha estado más cerca de Dios, con la gente más santa, la gente más santa es la gente más amable, es la gente más grande, es la gente que más tiene para darnos. Y ese encuentro con la gente más santa, aquella a la cual nos vamos a ver movidos a amar más profundamente, ese encuentro puede darse ya aquí en la tierra.

Hoy celebramos a San José, que es el santo más grande después de la Santísima Virgen María. Procuremos hacer un esbozo de su persona. ¿Cómo sería San José, del cual hay tan poco escrito y, sin embargo, a través de los siglos los teólogos y los santos van diciendo cada vez más cosas de él?

Si yo en este momento me encontrara ante San José, ¿ante quién estaría? Se me ocurren algunas cosas; por supuesto, nada exhaustivo. Lo primero: ante un hombre sereno, un hombre enteramente pacificado por la gracia; sin sobresaltos, sin gestos duros, sin nada no redimido, sin tensiones, sin conflictos internos. Un hombre santo y, por lo tanto también, un hombre silencioso, con el cual si yo hablo…, me escucha; y yo veo que él me escucha realmente, porque mientras yo voy hablando, él no está discurriendo, como si pensara: “Aquí le voy a responder que esto me gusta, que esto no me gusta, que aquí que allá…, que por qué me dice eso…”. No, no. Él escucha en paz. Dicen de Karol Wojtyla, cuando era obispo de Cracovia, que tenía una gran capacidad de escucha. ¡Qué importante es escuchar! Pero no se puede escuchar si no hay silencio interior, si las pasiones no han sido redimidas por la gracia de Dios.

Después que uno ha hablado y le ha dicho: “San José… esto… y esto…”, San José me da una palabra que nace de su silencio interior, una palabra cargada de gracia, portadora de vida, que realmente me llega, que lo que yo buscaba él me lo dice, y que eso que él me dice desde fuera yo veo interiormente que sí, que realmente me toca (como lo que dice San Agustín en De Magistro, en plan platónico: “conocer es recordar”). Como es santo, me dice lo que está en mí no explícito, lo que mi alma busca sin saberlo. Dicen que San Juan de Ávila cuando predicaba tocaba a la gente de tal manera que algunos salían gritando. Les llegaba al interior porque rezaba, porque ayunaba y porque era un hombre santo y, por eso mismo, la palabra de verdad del Espíritu Santo le era conocida.

Por lo tanto, San José es un hombre silencioso, un hombre capaz de escuchar, un hombre capaz de decir una palabra que nace del silencio interior. Y también un hombre redimido, fuerte, que es capaz de pensar…, que se atreve a pensar y que se atreve a decir algo verdadero más allá de lo que al otro le guste o no, y decirlo por y con amor de caridad. Dice el padre José Rivera algo muy divertido: “¡Qué difícil es vivir con un santo! ¡Terrible!”. Dice que puede llegar a ser insoportable porque esa persona me va a decir, por su palabra o por su vida, un conjunto de cosas que a mí no me van a gustar nada. ¿Por qué? Porque el santo va a tocar la herida de mi mundanidad e imperfección. Por esto dice el padre Rivera que es muy pesado vivir con un santo.

San José es un hombre fuerte, libre de los condicionamientos mentales y conductuales del mundo para decir algo desde Dios. Y un hombre que es así, es alguien en quien uno se puede apoyar. Dios, en su Providencia, ha querido que la Virgen María tuviera un amparo bajo el cual cobijarse. La Virgen María no era independiente, no era autónoma. La mujer necesita descansar en un varón: eso está puesto por Dios. ¿Cómo la pobre Virgen María, mujer como ninguna, teniendo a Herodes encima persiguiendo al Niño para matarlo, va a irse sola diciéndose: “Yo soy mujer, yo me las arreglo sola…”? No. San José está ahí para que vaya y la lleve de Belén a Egipto, para que la traiga de Egipto a Nazareth, y para que en Nazareth la cuide, para que trabaje y le dé lo que ella necesita. La mujer necesita apoyarse en el varón, y el hombre también necesita el complemento de la mujer. Así se entiende mejor el misterio de la entrega de la Santísima Virgen como madre a San Juan y cómo este la acogió como todo lo suyo.

San José es un hombre fuerte, libre, y también, sobre todo, padre: un hombre que es padre. Eso lo experimentó muy vivamente Santa Teresa. ¿Y qué es un padre? Un padre es alguien que acoge, y cuando acoge lo hace por completo, no se da a medias (“aquí me voy a dar un poco solamente…, no me pidan más que estoy ocupado…”). No: se da entero y toma los problemas del otro como si fuesen suyos propios.

La Iglesia ha declarado a San José Patrón de la misma Iglesia, y al ser Patrón es Padre de la Iglesia; y si es Padre de la Iglesia, como yo soy miembro de la Iglesia entonces es Padre mío. Entonces, como San José es mi Padre yo puedo apoyarme en él. Por el misterio de la Comunión de los Santos está vivo y actuante en favor mío. ¡Qué maravilla!

Por último, San José es modelo de un monje contemplativo.Estaba desposado, sí, pero al igual que la Virgen María, estaba dotado por Dios de multitud de vocaciones en su propia persona: María Santísima es madre, esposa, modelo de contemplativa, de virgen, de consagrada… San José es modelo de un hombre que está capturado por la luz de Dios, por el misterio de la Sagrada Familia, de la Trinidad, de vivir con el Verbo de Dios hecho hombre en su propia casa y, por lo tanto, es un hombre pleno de gracia, desbordante de gracia. Y esa plenitud de gracia de San José desborda a todos los que se acercan a él.

Lo tenemos en nuestra Comunidad de Schola Veritatis: es nuestro Patrón, tenemos que acudir a él. ¿Por qué no apoyarse en él? ¡Tanto nos ha ayudado! Nos puede ayudar mucho más todavía. Se lo vamos a pedir en esta Santa Misa y, sobre todo, yo quiero agradecerle, en nombre de todos y desde el reconocimiento de nuestra propia indignidad, que él haya querido ser nuestro Patrón, Patrón de nuestra Comunidad. Que así sea.

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