InfoCatólica / Schola Veritatis / Categoría: María Santísima

21.11.20

Ser todo de María Santísima-2

Aparición de la Virgen a San Bernardo, Bartolomé Esteban Murillo

Los monjes han amado mucho a la Santísima Virgen María. Como la vida de ellos está escondida con Cristo en Dios, no suelen decirlo. Saben por la fe el papel que Dios ha querido dar a la Santísima Virgen María en el designio de salvación, adhieren a ello, y de este acto de fe surge la caridad sobrenatural por la cual aman a su Madre con tierna devoción. La fe opera por la caridad. Se ama aquello en lo que se cree y que por tanto, se conoce. No hay contradicción alguna entre verdad y amor. Es un absurdo afirmarlo. Es la plenitud vivir tal armonía, la cual encuentra su fundamento en la vida intratrinitaria.

En la Regla de San Benito está dicho que «Nada debe anteponerse a la Obra de Dios». Claro está, Obra de Dios es toda la vida del monje, pero en un sentido más específico, «Opus Dei» designa al Oficio divino, al cual el monje se entrega de por vida. De esta manera, la alabanza divina está en el núcleo de una espiritualidad monástica centrada en la Sagrada Liturgia ─como la de Cluny y la de Dom Guéranger en Solesmes. En ella se actualiza el misterio por el cual somos salvados, o dicho con el feliz lenguaje del gran Concilio de Trento, somos justificados.

El Oficio divino es alabanza y es también preparación y prolongación del Santo Sacrificio del Altar. Está de continuo «interrumpiendo» el día del monje para decirle que el mundo, su vida, su trabajo debe estar consagrado al Dios Uno y Trino. Es la llamada «consecratio mundi», la apertura del orden natural al sobrenatural, en el cual encuentra su plenitud. Lo que ocurre con el hombre, sucede también con el mundo: debido al pecado original, existe una necesidad moral de la gracia para que el mundo en cuanto tal pueda alcanzar su plenitud, su paz, su felicidad también en el orden natural. Por eso, una sociedad gobernada por políticos que no reconocen la soberanía social de Cristo Rey, está, por principio, destinada al fracaso. Por eso, una sociedad que no reconozca el papel único y necesario de la verdadera Iglesia, la fundada por Cristo, nunca podrá alcanzar la paz y la felicidad social, por muchos intentos bien intencionados que se hagan de fraternidad universal.

Pues bien, en esta centralidad doxológica del Oficio divino en la vida del monje, no podía estar ausente Aquella que fue Aurora de la salvación. Dios ha querido que el Salvador del mundo viniera por María, que el Verbo de Dios por quien y para quien fue creado el mundo, asumiera una naturaleza humana de Aquella que es tres veces Virgen. María nos precede y antecede a todos los redimidos en el misterio de la salvación, de la justificación. Por tanto, era necesario que, para respetar esa precedencia y supremacía, los monjes inventaran una forma de vivirla también en su forma de orar, en su Oficio divino, pues eso es parte de su propia vida.

Así nació el llamado Oficio de Beata. Lo he conocido en la Orden Cisterciense y lo he rezado durante años en la Orden Cartujana. Cada Hora del Oficio divino va precedida por una de la Santísima Virgen menos Completas que termina con el canto de la Salve. Es bastante extenso y sumado al Oficio propiamente tal, siguiendo el llamado cursus de San Benito (el orden que estableció San Benito en la Regla que suman más de 200 salmos por semana), se cae, con frecuencia, en la tentación de despacharlo mediante un rezo rápido, apresurado, no exento de superficialidad, como a mí me sucedía, tal vez por la mediocridad espiritual de quien escribe esto ─que otros sabrán hacerlo mejor.

Dado que Dios ha querido asociar a su plan de salvación a María Santísima, Madre de su Hijo y Esposa del Espíritu Santo, en Schola Veritatis, por nuestro carácter profundamente mariano, hemos elaborado un Oficio de Beata propio, simplificado y muy hermoso. Esta tomado de las sublimes antífonas del día 1º de enero, cuando se celebra la Solemnidad de la Maternidad divina de la Santísima Virgen María.

Queremos compartir con los lectores de nuestro blog tal Oficio, para que puedan rezarlo en comunión con nuestra comunidad contemplativa. Es muy sencillo y a la vez profundo. Con ello queremos ayudar a propagar la verdadera devoción a Aquella que es nuestra Madre y Medianera de todas las gracias y sin ayuda de la cual, en esta hora de tinieblas y permisión divina de la acción del Malo, no podemos.

En el siguiente en enlace pueden descargar el Oficio.

Laus Dei virginique Matri!

In Corde Mariae, in Monte.

P. Petrus Paulus Mariae, SV

12.11.20

Ser todo de María Santísima-1

Santa Madre María y el Niño por Bill McAllen

 

La esclavitud mariana es un camino espiritual al cual, por don de Dios algunos hemos sido llamados. Es una vocación propia y específica en la Iglesia ─que va más allá del culto que todo cristiano debe a la Madre de Dios. Esta esclavitud la conocemos sobre todo por el gran libro de San Luis María Grignon de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. No obstante, el sentido formal que comporta tal consagración ─y entrega total a Cristo por María─ es anterior en el tiempo al gran santo vandeano.

En la Abadia de San Pedro y San Pablo de Cluny se practicaban ese camino espiritual. Concretamente San Odilón fue curado milagrosamente a temprana edad por la Santísima Virgen María y desde aquella edad profesó un amor entrañable por ella. Su piedad y entrega a la Madre de Dios lo convierten en el precursor del camino espiritual trazado por San Luis María.

Se cuenta que estando San Odilón un día cantando en el coro de Cluny el Te Deum, al oir las palabras «Non horruisti Virginis uterum», no pudo con ellas… y cayó postrado al suelo en éxtasis. Desde aquella época, los monjes solemos, al recitar dicha parte del Te Deum, inclinarnos profundamente.

Es verdad que el misterio de la Encarnación supone un abajamiento, un anonadamiento, abismal del Verbo de Dios al tomar una naturaleza humana. También es verdad que el seno purísimo de nuestra amada Madre no conocía el pecado. Fue preparado por el mismo Dios en sus designios divinos para que el Verbo tomara de él una naturaleza humana.

La expresión « Non horruisti Virginis uterum» la traduce la Sagrada Liturgia por «No desdeñaste el seno de la Virgen». Aunque el misterio de la Encarnación supone un abajamiento infinito, lo único proporcionado, si es posible alguna proporción, es el seno de la Virgen María.

Siguiendo el ejemplo de San Odilón, hago una invitación, a ejemplo de los monjes ─que solemos orar con el alma y el cuerpo─ a inclinarnos profundamente cada vez que cantemos o recemos en el Te Deum dichas palabras.

Al Corazón Inmaculado de nuestra Madre María Santísima, estamos llamados a penetrar y permanecer, porque los que nos hemos consagrado a Ella, somos ¡todo de María!

In Corde Mariae, in Monte.

P. Petrus Paulus Mariae, SV

12.09.20

María nos funda en la paz, al cambiar el nombre de Eva

La Anunciación, Fra Angelico (1425)

En el precioso Himno “Ave maris stella”, la estrofa segunda, dice así (traducción literal):

Sumens illud “Ave": Asumiendo aquel “Ave” (aceptando el anuncio),

Gabrielis ore: por boca de Gabriel (pronunciado por Gabriel),

funda nos in pace: fúndanos en la paz (obtennos la paz, pero permaneciendo firmes, fundados en ella),

mutans Evae nomen: mutando el nombre de Eva.

Detrás de estos versos está la relación tipológica bíblica y patrística: Eva (tipo), María (antitipo). Dos vírgenes desposadas, dos ángeles, dos anuncios angélicos a las vírgenes, dos madres… Pero el primer plan, frustrado (por el hombre instigado por el demonio), se recuperó en el segundo.

En realidad toda la Mariología es un capítulo, importantísimo, de la Cristología... Por eso el P. Cuervo, OP, decía con profundidad y genialidad, que el mejor tratado de Mariología es el Tratado del Verbo Encarnado de la admirable Summa (III, qq. 1-59). Pues esta relación tipológica es la cara “femenina” de la que existe entre Adán y Cristo, claramente expresada por San Pablo. Eva, “madre de todos los vivientes", llegó a ser causa de la muerte (si bien stricto sensu, el pecado original es el de Adán, no el de Eva). María asume la vocación de Eva (ya expresado en el protoevangelio del Génesis), e incluso mucho más, pues llega a ser Madre de la Vida (el Verbo), y consecuentemente, Madre de la vida espiritual de todos los que se unen por la gracia al verbo Encarnado. Por eso dicen los teólogos que pertenece al plano u orden hipostático relativo, que es superior al sobrenatural de la gracia.

La Santísima Virgen “asume” con su “fiat” el saludo, es decir, el anuncio de San Gabriel respecto de la Encarnación redentora del Verbo, condensado o sintetizado en el “Ave", “Salve", con que el santo Arcángel inicia la “buena noticia". Ergo, asume el “Ave", pronunciado por boca de Gabriel. El himno va a ir al tema de Eva, por eso se queda con el Ave, que contiene las mismas letras…

La paz, que es el gran bien mesiánico ya en los antiguos profetas (especialmente Isaías), es fruto de la caridad, como dice Santo Tomás; por tanto, de la unión sobrenatural con Dios. De algún modo, la paz sintetiza la salvación, la redención , la vida eterna, la gloria… Que nos viene por la Encarnación redentora, y al mismo tiempo, nos viene por María. La paz es el descanso en la posesión del bien amado. El Bien por excelencia es Dios. Es poseído por la gracia, pero de modo inamisible sólo por la gloria.

Y así María “muta” o cambia el nombre de Eva. No sólo porque asume e incluso lleva al infinito (Santo Tomás llega a decir que la Virgen tiene una dignidad cuasi infinita) su vocación maternal, sino porque cambia lo que ocurrió en Eva. No porque cambie el pasado, pues ni Dios puede hacer que lo pasado no haya sido (porque es de suyo imposible), sino porque en ella ni el demonio tuvo parte, ni el pecado más leve la manchó, ni la mera conscupiscencia desordenada la inficionó…

Es por esto que María nos funda en la paz, y es para nosotros “feliz puerta del cielo” (como dice la primera estrofa del mismo Himno), en la medida en que “muta el nombre de Eva". Eva pecó. Y pasó a ser madre de la muerte del pecado. María, en la medida en que asume o acepta el “Ave” (i.e., la Encarnación), cambia o genera un cambio radical de las cosas…, pues engendra al mismo Dios en su humanidad y el orden sobrenatural irrumpe en el mundo.

Y así, según la economía elegida por la divina Providencia, la paz (la salvación, la gracia, la gloria) sólo se obtiene por Jesucristo. Y Jesucristo sólo nos llega por María. Y Jesucristo y María suponen el pecado original (en el orden de la causalidad material), y por eso suponen a Adán y a Eva. Y cambian o mutan lo que en ellos ocurrió, en la medida en que Jesucristo redime, y María co-redime… El pecado es borrado por la gracia: la vida vence a la muerte. María cambia a Eva.

“Ave” supone a “Eva". “Eva” leído desde atrás (a los medievales les gustaban los juegos de palabras) da “Ave". Luego de Eva, en el tiempo u orden cronológico, vino el Ave (es decir, vino la Encarnación). Y el Ave revierte lo que ocurrió en Eva, pero no lo niega… Según una antigua tradición, Adán se salvó, y es de suponer que Eva también (como se lee en una preciosa homilía sobre el Sábado Santo, del Oficio Divino). Pero gracias a María, la cual es la puerta de ingreso al único camino: Jesucristo.

28.03.20

Súplica a la Estrella del cielo contra la peste: un antiguo canto gregoriano

Los versos de esta hermosa oración del Siglo XIV para tiempos de epidemia están tomados de una homilía de la Natividad, de san Pedro Damasceno, obispo de Damasco en el siglo VIII. Según la tradición, este texto fue entregado por san Bartolomé, que se apareció a las Clarisas de Coimbra, Portugal, cuando la ciudad era arrasada por la peste en 1317, para que fuera recitado por ellas. Así, el convento fue salvado. Este monasterio había sido refundado en 1314 por la reina Isabel de Aragón (1217-1336), esposa de Dionisio Iº, rey de Portugal. Allí, ella recibió el hábito y murió, siendo más conocida por su nombre de religión, Isabel de Portugal. En este lugar es venerada desde su canonización en 1625, por el Papa Urbano VIII.

Desde Coimbra, la prosa se expandió ampliamente por todo el Occidente (por ejemplo, los Canónigos de la Colegiata Santa Cruz de Poligny deciden en 1575 cantar esta oración a perpetuidad todos los días antes de la Misa, las Ursulinas de Nîmes la cantan todos los días después de la Misa, con ocasión de la peste de 1640).

Normalmente era cantada con su versículo y su oración, seguida de antífonas, versos y oraciones a san Roque y san Sebastián, los dos principales santos intercesores en tiempos de contagio.

En el Monasterio Nuestra Señora de Aysén, desde el confín austral de la tierra, estamos cantando esta oración cada día al terminar la Santa Misa, pidiendo especialmente la misericordia de Dios y el consuelo del Corazón de María para todos los que sufren.

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21.12.19

Alégrate, Santa Madre de la Luz, y alegrémonos nosotros contigo

Imagen Notre Dame du Salut, Francia

“Gaude Dei genetrix, Virgo immaculata; gaude, quae gaudium ab Angelo suscepisti; gaude, quae genuisti aeterni luminis claritatem; gaude mater, gaude sancta Dei genetrix virgo: tu sola mater innupta; te laudat omnis factura Genetricem Lucis: sis pro nobis, quaesumus, perpetua interventrix”.

Canto gregoriano antiguo del tiempo de Adviento.

Traducción:

Alégrate, Madre de Dios, Virgen Inmaculada; alégrate, la que recibiste el gozo del Angel; alégrate, la que engendraste la claridad de la eterna Luz; alégrate Madre, alégrate Virgen Santa Madre de Dios: tú la única madre incorrupta; toda la creación te alaba, Madre de la Luz: te pedimos que seas para nosotros intercesora por siempre.

Los miembros de la comunidad de Schola Veritatis invitan a todos los lectores de este portal a participar del gozo de la Santísima Virgen, tan bellamente plasmado en este canto y en las palabras del Magníficat. Este gozo, una vez que ha entrado en el corazón Inmaculado de María, no la abandonará jamás: es la alegría por la salvación del género humano, por la venida de Dios a nuestra tierra, por la misericordia divina derramada sobre el mundo. Tampoco a nosotros, hijos de esta Madre bendita, debe abandonarnos nunca este gozo, pues creemos en Aquél que vence el pecado, que vence la oscuridad y la mentira, vence al mundo, al demonio y a la carne, que vence a todos nuestros enemigos: Jesucristo, Señor Nuestro. Sabemos que las cosas van mal; pero sabemos por sobre todo que la victoria eterna es de Jesús y de María.

Ven, Señor Jesús, ven a reinar sobre nosotros con tu Madre a quien amamos.

Santa Navidad para todos y la promesa de nuestras oraciones.