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19.06.20

Despertar del engaño del mundo moderno mediante el culto al Corazón de Cristo

Homilía Sagrado Corazón de Jesús -2020

Queridos Hermanos,

El Corazón de Jesús es misterio reservado para los últimos tiempos. Aunque lo esencial del culto al Sagrado Corazón de Jesús ha estado siempre presente en el núcleo mismo de la fe y tiene su fundamento en la Sagrada Escritura, por divina providencia, éste se ha ido explicitando en los últimos siglos hasta formularse en el Catecismo actual. Las primeras revelaciones, no obstante, se dieron en un contexto monástico, a fines del S. XIII, dentro de la espiritualidad benedictina, que como sabemos es litúrgica y doxológica, con Santa Gertrudis y Santa Matilde en el famoso monasterio de Helfta. Sin embargo, su desarrollo más explícito lo tendrá luego con Santa Margarita María en el s. XVII, el P. Hoyos en el s. XVIII, y posteriormente, bajo otra modalidad, con Santa Faustina. Hay un fragmento del libro de las revelaciones de Santa Gertrudis que es muy iluminador y desconocido. En una visión que la santa tuvo del apóstol San Juan, ella le preguntó porqué, habiendo reposado su cabeza en el pecho de Jesús durante la Última Cena, no había escrito nada para nuestra instrucción, sobre las profundidades y misterios del Sagrado Corazón de Jesús. San Juan le respondió:

«Mi ministerio, en ese tiempo en que la Iglesia se formaba, consistía en hablar únicamente sobre la Palabra del Verbo Encarnado…… pero, a los últimos tiempos, les está reservado la gracia de oír la voz elocuente del Corazón de Jesús. A esta voz, el mundo, debilitado en el amor a Dios, se renovará, se levantará de su letargo y una vez más, será inflamado en la llama del amor divino».

En este pasaje se ve como, dentro del plan providente de Dios, el mensaje del amor misericordioso del corazón de Cristo está puesto como remedio a los males de los tiempos últimos. En él está la total epifanía o manifestación del amor divino que arde en deseo de atraer hacia Sí a todos los hombres, también a los que reniegan de Él.

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3.12.19

El arte de mantenerse en la verdad durante la tentación

San Antonio Abad, Diego Velazquez

La vida monástica, desde sus mismos orígenes, ha colocado en el centro de su itinerario espiritual el combate contra los pensamientos o logismoi. La renuncia a los pensamientos malignos es la renuncia monástica por excelencia, incluso por sobre la ascetismo físico de los ayunos y las vigilias. A veces este combate constituye un auténtico martirio espiritual, el cual es propio de aquellos que siguen una vocación solitaria. Como se lee en uno de los Apotegmas: “también los filósofos ayunan y viven en castidad; solo los monjes vigilan sus pensamientos”.

En efecto, el paso desde el hombre carnal al estado del cristiano espiritual perfecto, implica un combate en un doble frente, los cuales están unidos entre sí: el de las pasiones desordenadas arraigadas en el fondo del corazón humano, y el de los demonios. La guerra que los monjes deben sostener es una guerra interior, espiritual, inmaterial, una guerra invisible, que por lo mismo que combate a enemigos que no se dejan ver, es la más ruda y peligrosa de todas las guerras. Esto, y no otra cosa, es lo que se vive en la soledad de los monasterios.

El arma que habitualmente usan los demonios son los “pensamientos”, a veces buenos en sí, pero en general malos y perversos. El demonio no da la cara sino que se esconde detrás de los malos impulsos que están dentro del hombre -y aun detrás de los buenos- y se sirve de ellos insidiosamente para llevarlo a su ruina. Así, apenas San Antonio Abad deja el mundo y marcha al desierto, el Enemigo busca apartarlo de su propósito recordándole los bienes que ha dejado, el cuidado que debe tener de su hermana, sus afectos familiares, los placeres de la vida y la dificultad de la virtud. Al no ser pensamientos objetivamente malos, resultan más peligrosos. En el caso de los principiantes y aquellos que tienen menos purificadas sus pasiones, se sirven los demonios de otras tentaciones más manifiestas, contenidas en los ocho logismoi o vicios capitales, como los llamará Juan Casiano.

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31.10.19

Acerca de la humildad personal y corporativa (de las Instituciones)

La Transfiguración, Teófanes el Griego, 1403

La sagrada Escritura nos enseña que «Dios resiste a los soberbios» (1P, 5,5). Y esta resistencia de parte de Dios es la peor desgracia que pueda ocurrir a una criatura. Siendo Dios el único principio de nuestra santidad y de todos nuestros bienes, ¿qué podemos esperar de Dios si, además de no darse a nosotros, nos resiste y nos rechaza?

Pero, ¿qué hay de malo y de contrario a Dios en el orgullo, para que Dios lo aparte de sí con tal energía?

Dice Columba Marmión que la razón de este antagonismo proviene de la misma naturaleza de la santidad divina:

Dios es el principio y el fin: el alfa y la omega de todas las cosas; la causa primera de todas las criaturas, y el origen de toda perfección. Todo ser viene de Él, todo bien de Él se deriva; pero, en reciprocidad, toda criatura debe volver a Él rindiéndole gloria, porque Dios «lo ha creado todo por su gloria» (Prov 16,4). Tal proceder, en nosotros, sería egoísmo y desorden; en Dios, por el contrario, al cual no puede aplicarse la palabra egoísmo por ningún concepto, es necesidad fundada en su misma naturaleza. Es esencial a la santidad divina referirlo todo a su propia gloria, pues, de otro modo, no sería Dios, ya que estaría subordinado a otro fin distinto de sí mismo. Por esto dice Dios por Isaías: «No daré a otro mi gloria» (Is 42,8). En la contemplación de sí mismo se ve digno de gloria infinita, por la plenitud de su ser y el océano de sus perfecciones; y no puede tolerar sin dejar de ser Dios, santidad por esencia, que se atribuya a otro la gloria que le es debida. Nos concede muchas gracias; nos da a su mismo Hijo amado; nos lo da enteramente, para siempre, si nosotros lo queremos; nos da la felicidad eterna y sin fin, nuestro bien supremo, y nos franquea la entrada a la intimidad de la Trinidad bienaventurada. Una sola cosa no quiere ni puede damos: su gloria. «Yo, el Señor, no daré a otro mi gloria.»

(Jesucristo ideal del monje, Cap. XI, La Humildad).

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16.10.19

La guerra del demonio contra la belleza sacral del canto litúrgico según Santa Hildegarda

Icono de Santa Hildegarda, Abadía de Beuron 1930

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) fue una abadesa benedictina, compositora, escritora, filósofa, mística,fundadora, médica y profetiza alemana. Considerada una de las personalidades más influyentes, polifacéticas y fascinantes de la Baja Edad Media y de la historia de Occidente, es también de las figuras más ilustres del monacato femenino de los mejores ejemplos del ideal benedictino,al estar dotada de una inteligencia y cultura fuera de lo común, comprometida con la reforma gregoriana y al ser una de las escritoras más fecundas de su tiempo. Además es considerada por muchos expertos como madre de la historia natural.

Le medievalista Régine Pernoud, en su obra biográfica “Hildegarde de Bingen, conscience inspirée du XII siècle” (Editada en francés por Editions du Rocher, 1994) cita una carta dirigida a los Prelados de Maguncia, la cual hemos querido traducir y transcribir en este post para nuestros lectores. Los destacados y la misma traducción son nuestros.

El contexto de la presente epístola es la sentencia de interdicción que el Monasterio fundado por Santa Hildegarda había sufrido por parte del Obispo de Maguncia, al negarse la Abadesa a obedecerle en el mandato de desenterrar un muerto enterrado en el cementerio de la Abadía. Este había sido un pecador público, pero que había fallecido reconciliado con la Iglesia según las mismas monjas pudieron constatar en sus últimos momentos. La sentencia de interdicción prohibía la celebración de la Santa Misa y la celebración solemne del Oficio Divino dentro de la Iglesia abacial.

He aquí la carta, luminosa y profética como toda la obra de esta gran mística.

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30.08.19

Jesús, la soledad y el Sagrado Corazón

Cristo de Rublev (+1430)

A modo de brevísimo post, compartimos con nuestros lectores ´dos bellas oraciones antiguas a Jesucristo, Esposo de la Iglesia y de las almas. La primera oración es de un autor anónimo, y la segunda es atribuida a San Agustín:

Jesús,
mi soledad,
mi deseo y mi sed,
mi sólo silencio,
la aurora de mi canto. 

Tú me vuelves a mi mismo,
y me alimentas de tu Faz.

Y tiernamente, por la apertura de tu Corazón,
las olas de tu voz se expanden
tejiendo el pan de mi morada. 

Y otra oración:

“Tú eres, Cristo, mi Padre santo, mi Dios piadoso, mi Rey grande, mi pastor bueno, mi maestro único, mi ayuda óptima, mi hermosísimo amado, mi pan vivo, mi sacerdote para la eternidad, mi guía para la patria, mi luz verdadera, mi dulzura santa, mi camino recto, mi sabiduría preclara, mi simplicidad pura, mi concordia pacífica, mi custodia completa, mi porción preciosa, mi salvación eterna. Amén".