La tradición oral de los Evangelios

Un aporte de la Escuela Escandinava

Daniel Iglesias Grèzes

El propósito de este artículo es ofrecer una breve reseña de un libro de Birger Gerhardsson: Prehistoria de los Evangelios: Los orígenes de las tradiciones evangélicas (Editorial Sal Terrae, Santander, 1980).

El biblista luterano sueco Birger Gerhardsson (1926-2013) fue el representante principal de la Escuela Escandinava, que revolucionó el estudio histórico-crítico del Nuevo Testamento (NT) al revalorizar las tradiciones orales que precedieron a la redacción de los Evangelios. Gerhardsson fue discípulo del biblista luterano sueco Harald Riesenfeld (1913-2008), quien inició la referida Escuela.

Dentro del estudio histórico-crítico del NT, hasta mediados del siglo XX predominó la corriente llamada “historia de las formas”, originada por los exégetas luteranos alemanes Martin Dibelius (1883-1947) y Rudolf Bultmann (1884-1976). La historia de las formas afirmó que los Evangelios nacieron de las necesidades de predicación de las comunidades primitivas. La Escuela Escandinava, en cambio, afirmó que el origen de la tradición de los Evangelios es el mismo Jesús, que las palabras de Jesús fueron tratadas como palabras sagradas y que su transmisión no quedó librada al azar de comunidades anónimas, sino que fue confiada a los Apóstoles como un depósito desde el principio.

El libro que pretendo reseñar tiene sólo 96 páginas. Reúne una serie de conferencias que el autor pronunció en 1976 en Holzhausen (Alemania) ante los estudiantes de teología protestante de la Universidad de Marburgo. Tiene 13 capítulos y una bibliografía.

En el capítulo 1 (“Tradicionalismo judío”), el autor, citando a William Farmer, subraya que al comienzo de nuestra era “el judaísmo se había vuelto torah-céntrico” (p. 12). La Torah funcionaba como tradición verbal, como tradición práctica y como tradición institucional. Gerhardsson sostiene que el tradicionalismo judío proviene del concepto mismo de alianza. Los israelitas debían transmitir “a sus hijos y nietos todo lo que la alianza comporta… Durante el exilio, la singularidad religiosa y nacional de los judíos se ve amenazada. Dicha amenaza sirvió para valorar aún más la herencia nacional… Este fenómeno alcanzó su cenit un par de siglos más tarde [debido al choque contra el proceso de helenización impulsado por los reyes seléucidas]” (p. 13). “Algunos judíos acudieron a las armas para proteger su herencia sagrada. Otros se empeñaron en una guerra espiritual… En ambos casos se luchaba por el Dios de los padres y su Torah; el ‘celo’ que los animaba era el mismo, aunque bajo diferentes formas” (p. 14).

En el capítulo 2 (“Maestro y discípulos”), el autor sostiene que el antiguo sistema judío de enseñanza, de marcado carácter patriarcal, tomó forma en ese contexto de combate cultural. “Para aprender la Torah hay que acudir a un maestro… El maestro es el padre espiritual, y los estudiantes sus hijos espirituales. Éstos emplean su tiempo con aquél, lo siguen… y lo sirven” (pp. 16-17). Los discípulos aprenden en gran parte escuchando y observando a su maestro. Por eso “las tradiciones recogidas por los rabinos no sólo incluyen sentencias, sino también relatos” (p. 18).

En el capítulo 3 (“Transmisión oral”), el autor destaca el rol fundamental de la memorización en la tradición oral de la Torah. Esta técnica pedagógica, pese a su carácter antiguo y popular, “demostró ser muy consistente. Entre los maestros judíos de la antigüedad… la práctica totalidad de los acontecimientos importantes se aprendía en forma de dichos o de textos que se imprimían en la memoria” (p. 19). Para facilitar este proceso, los maestros hablaban de un modo conciso e incisivo y usaban diversos recursos mnemotécnicos, poéticos y didácticos, especialmente la repetición, los recitados y los apuntes privados escritos. Además, los rabinos “libraban una enérgica batalla contra el conocimiento sin vida… Un discípulo no debería ser un receptor inanimado de tradición, sino que debería penetrar dicha tradición, de modo que pudiera entenderla e identificarse con ella… Un portador vivo de la tradición debía ser como una antorcha encendida por otra antorcha y que, a su vez, pueda encender otras sucesivas antorchas” (p. 24).

En el capítulo 4 (“Alusiones a la tradición de la Torah en el Nuevo Testamento”), el autor subraya las numerosas referencias de San Pablo y de los evangelistas a las tradiciones de los padres o de los mayores y que muchas de esas referencias incluyen términos técnicos de la tradición judía: “recibir”, “conservar”, “sostener”, “transgredir” o “transmitir” la tradición, “aferrarse” a ella, “andar conforme” a ella, etc.

En el capítulo 5 (“La tradición en el cristianismo primitivo”), el autor muestra que “en la época de Pablo, el cristianismo primitivo es consciente del hecho de que posee una tradición propia (que incluye muchas tradiciones) que los dirigentes de la Iglesia transmiten a las comunidades; las comunidades reciben dichas tradiciones, y éstas deben ser observadas y han de regir la vida cristiana” (p. 28).

En el capítulo 6 (“Pablo, portador de tradición”), el autor muestra que “el carácter pneumático y carismático del cristianismo primitivo no excluye la existencia de una tradición autorizada y una transmisión consciente” (p. 31). Las tradiciones pertenecen a la vida común de las primeras comunidades cristianas. En la tradición transmitida por Pablo se puede observar la dimensión verbal (oral y escrita), la dimensión práctica (una forma de vida modelo) y la dimensión institucional: formas de organización de la comunidad.

En el capítulo 7 (“Pablo y la tradición de Jesús”), el autor habla de cuatro pasajes en los que Pablo invoca claramente la tradición de Jesús (1 Corintios 7:10.12.25; 9:14) y de dos pasajes en los que cita directamente esa tradición: 1 Corintios 11:23ss (el relato de la Última Cena) y 1 Corintios 15:3ss (un breve resumen de los hechos que rodean a la muerte y la resurrección de Jesús). Concluye que “Pablo nos ha proporcionado un indicio seguro al citar dos textos [los recién indicados] que él designa expresamente como tradición verbal. Ahí nos parece percibir el Sitz im Leben [contexto específico] originario de la primera transmisión cristiana de la tradición de Jesús; y es ésta… auténtica transmisión, transmisión como un arte consciente y técnico de enseñanza” (pp. 38-39).

En el capítulo 8 (“El cristianismo primitivo y el pasado”), el autor sostiene que, aunque los evangelistas querían dirigirse a las personas de su tiempo y estaban orientados hacia el futuro, también experimentaban un verdadero interés por el pasado. “La intención general de los evangelistas consiste en describir el ministerio de Jesús en Israel, incluidas su muerte y su resurrección en Jerusalén. Es un ministerio que conduce directamente a Jesús hacia la exaltación de que goza en el presente, pero esta meta no se alcanza hasta el último capítulo” (p. 42). “Esta mirada retrospectiva al ministerio terreno de Jesús es un factor esencial que determinó desde el principio la formación de la primitiva tradición cristiana” (p. 44).

En el capítulo 9 (“La concentración en ‘el único Maestro’”), el autor sostiene que la principal característica del NT, y especialmente de los Evangelios, es el protagonismo central de Jesucristo. “La finalidad de los Evangelios es describir a Jesús, y a nadie más” (p. 45). “La extraordinaria concentración del interés en la figura de Jesús se hace especialmente evidente si se compara a los Evangelios con la literatura de la tradición judía… El Talmud menciona por su nombre a cerca de dos mil rabinos, todos los cuales gozan de gran prestigio… Pero el interés se centra en la Torah, y no en un determinado rabino… Pero no éste el caso de los Evangelios, en los que una sola figura -Jesús- goza de una neta superioridad y de una autoridad única” (p. 46).

En el capítulo 10 (“Continuidad en la concepción sobre Jesús”), el autor, tras criticar la posición contraria de Bultmann, sostiene que los Evangelios evidencian “una obvia continuidad en la tradición de Jesús,… que se manifiesta especialmente en el corazón mismo de esa tradición: la concepción sobre Jesús” (p. 51). Gerhardsson subraya que Jesús aparece siempre dotado de una irresistible autoridad, que los títulos cristológicos principales (Señor, Hijo de Dios y Mesías-Cristo) aparecen incluso en los estratos más antiguos de la tradición evangélica y que hay una continuidad en la dimensión ética de la interpretación de la figura de Jesús por parte de la Iglesia primitiva.

En el capítulo 11 (“Continuidad personal en el cristianismo primitivo”), el autor critica la idea fundamental de Dibelius y Bultmann de que la tradición sinóptica tuvo un origen anónimo en las primeras comunidades cristianas y cita una respuesta tan certera como humorística de Vincent Taylor: “Si los partidarios de la historia de las formas tienen razón, entonces los discípulos de Jesús debieron de ser transportados al cielo inmediatamente después de la resurrección” (p. 57). Gerhardsson destaca que los Evangelios presentan a los Doce como discípulos inmaduros y faltos de comprensión, lo que sería inverosímil si el colegio de los Doce fuera sólo una proyección retrospectiva del cristianismo primitivo. En el prólogo de su Evangelio, Lucas, refiriéndose a los Doce, “afirma que las tradiciones de Jesús que él ha agrupado en su obra se remontan a aquellos ‘que fueron testigos oculares desde el principio y luego se hicieron predicadores del mensaje’ (Lucas 1:2)” (p. 60). “Afirmo, pues, que tenemos todos los motivos para suponer que los discípulos más íntimos de Jesús gozaron de una posición de autoridad en el cristianismo primitivo en su calidad de testigos y portadores de las tradiciones de lo que Jesús había dicho y hecho” (p. 62).

En el capítulo 12 (“De Jesús a los Evangelios”), el autor subraya el aislamiento de la tradición de Jesús con respecto al resto de la tradición cristiana primitiva: fuera de los Evangelios, el NT proporciona pocos datos explícitos sobre los dichos y hechos de Jesús. Además, Gerhardsson destaca la forma artística de las palabras de Jesús en los sinópticos. “Esto puede observarse con claridad meridiana si se traducen estos textos al arameo. Entonces se descubren en los dichos de Jesús las características del ritmo, la asonancia y la aliteración. Es evidente que nos hallamos ante unos enunciados cuidadosamente estudiados e intencionadamente formulados” (p. 67). “Jesús era… un moshel, un ‘parabolista’, alguien que hablaba en parábolas y en dichos sentenciosos” (p. 68). “A la luz de los antiguos métodos judíos de enseñanza, me parece totalmente evidente que Jesús proponía el texto dos o más veces, con objeto de grabarlo en las mentes… de sus oyentes” (p. 69). El autor subraya que Jesús tuvo que dar instrucciones a sus discípulos sobre lo que debían predicar antes de las misiones de los Doce y de los 72. Gerhardsson concluye: “Hay una línea ininterrumpida que empalma la enseñanza de Jesús por medio de meshalim [parábolas o proverbios] con la tradición metódica de los textos de Jesús en la Iglesia primitiva, una transmisión llevada a cabo por el interés que en sí misma tenía” (p. 75).

Finalmente, en el capítulo 13 (“ ‘La verdad toda’ ”), el autor, refiriéndose a Juan 16:13-14, sostiene que los discípulos de Jesús se esforzaron por entender mejor la tradición de Jesús y las Sagradas Escrituras (del Antiguo Testamento). Así pues, sintiéndose guiados por el Espíritu Santo, realizaron algunos cambios a los textos transmitidos a fin de aclarar su significado, pero sin alterar su fundamento histórico. “Los elementos de la tradición parecen haber tenido un estilo formal extraordinariamente fijo. Por lo general, las variaciones tienen el carácter de adiciones, omisiones, trasposiciones o alteraciones de simples detalles en un texto que, por lo demás, permanece inalterado. (No sé de ningún caso en que el evangelista haya reestructurado un texto entero)… El cristianismo primitivo tenía motivos tanto para conservar fielmente la tradición de Jesús como para interpretarla con lucidez” (p. 84). “Una cosa es tomar con seriedad estos cambios acaecidos en el material primitivo, y otra muy distinta suponer [como la “historia de las formas”] que la Iglesia primitiva elaboró libremente las tradiciones de Jesús, puso en boca de éste lo que no eran sino palabras de los profetas y maestros del cristianismo primitivo, y cosas por el estilo” (p. 87).

Mis conclusiones personales son las siguientes:

1) Gerhardsson y la Escuela Escandinava hicieron aportes muy valiosos en lo que respecta a la constatación de la historicidad de los Evangelios.

2) Mi principal objeción a la obra de Gerhardsson es que, pese a su la revalorización de la tradición oral de los Evangelios, no fue suficientemente crítico con respecto a la teoría de las dos fuentes, quizás porque no quiso romper del todo con la corriente académica mayoritaria.

3) Tengo la impresión de que, a pesar de que ya tienen más de medio siglo, hasta el momento los importantes aportes de la Escuela Escandinava sobre la tradición oral de los Evangelios no han recibido toda la atención que merecen en los ámbitos académicos católicos, especialmente en Iberoamérica. Espero que la debida consideración de los aportes de Gerhardsson y de otros autores similares ayude a despejar la espesa bruma con que la teoría de la prioridad de Marcos y la datación media del NT han oscurecido el brillo de la historicidad de los Evangelios.


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2 comentarios

  
Norberto
Daniel, muchas gracias, de nuevo, por tu labor investigadora contracorriente del "consenso académico mayoritario", tan pagado de sí mismo como estancado en sus posiciones exegéticas.
28/08/26 9:42 AM
  
Emilio
Aunque en otro contexto, creo que también se puede aplicar aquí la sentencia del Maestro: "cielo y tierra pasarán pero mis palabras no pasarán"... Los evangelistas lo escucharon y lo pusieron en práctica.
28/08/26 10:39 AM

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