La colaboración política entre cristianos y liberales
Existen algunas posibilidades, pero son limitadas.
Derecha e izquierda en política
Desde la Revolución Francesa los términos derecha e izquierda son utilizados para catalogar las distintas posiciones políticas. Su sentido suele ser ambiguo: generalmente se los usa sin definirlos con precisión. Esto se nota más en la derecha que en la izquierda. Casi todos convendrán en ubicar a la socialdemocracia, el socialismo y el comunismo en la izquierda del espectro político, e incluso en ese orden, yendo desde la centroizquierda hacia la extrema izquierda. Sin embargo, no ocurre lo mismo en la derecha. ¿Cuáles serían las ubicaciones relativas, por ejemplo, del liberalismo, el conservadorismo, el nacionalismo, el populismo de derecha, la democracia cristiana, el fascismo, etc.? El eje izquierda-derecha se revela demasiado simple para catalogar ideas tan distintas entre sí.
Para representar gráficamente, incluso de forma esquemática, a las distintas filosofías políticas se necesita un espacio de al menos cuatro dimensiones. Las llamaré x, y, z, t. El primer eje (x) considera la cuestión de la mayor o menor intervención del Estado en la vida económica de un país. El segundo eje (y) considera la cuestión de la mayor o menor intervención de los organismos internacionales en todo el mundo. El tercer eje (z) considera la forma de gobierno: el gobierno de (o para) uno, algunos o todos. El cuarto eje (t) considera la cuestión de la actitud (negativa, neutral o positiva) del Estado hacia la religión cristiana y la ley moral natural.
Comparación entre el liberalismo y el socialcristianismo
Consideremos primero el liberalismo.
En el eje x, el liberalismo clásico se ubica en la derecha, por su visión minimalista del rol del Estado y su defensa sistemática del libre mercado y el libre comercio. En cambio, el liberalismo progresista tiende a sostener posiciones más estatistas (de centro o de izquierda).
En el eje y, aunque algunos liberales defienden las soberanías nacionales, hoy la mayoría de ellos se inclina a favor del internacionalismo o globalismo (izquierda): un mundo sin fronteras significativas, en el cual las personas, el dinero, la información, los bienes y los servicios fluyen libremente entre los países y dentro de ellos.
En el eje z la doctrina liberal se ubica claramente a favor de la democracia y el Estado de derecho (llamemos “derecha” a esta postura), aunque en la práctica el libre mercado sin el contrapeso de una regulación estatal adecuada puede conducir a la formación de oligarquías.
En el eje t la doctrina liberal, por definición, declara que el Estado ha de ser neutro en las materias religiosas y morales (centro). Sin embargo, en la práctica muchos liberales, sobre todo progresistas, adoptan una actitud negativa y hostil hacia la religión cristiana y la ley moral natural, promoviendo incluso una ideología anticristiana (llamada a menudo wokismo) que es el equivalente funcional de una religión.
Consideremos ahora el socialcristianismo.
En el eje x la doctrina social cristiana se ubica en el centro, porque procura una combinación adecuada de justicia social y libertad individual: destino universal de los bienes y propiedad privada; solidaridad y subsidiariedad; etc.
En el eje y el socialcristianismo tiende al centro, porque su defensa del patriotismo y de la subsidiariedad en el nivel internacional justifica la defensa de las soberanías nacionales en un marco de cooperación libre y pacífica entre las naciones.
En el eje z dicha doctrina, aunque no asume un compromiso absoluto con una determinada forma de gobierno, en la práctica, por su principio de participación, se inclina hacia la democracia (“derecha”).
En el eje t el socialcristianismo se ubica firmemente en la derecha, al sostener que el Estado, por su compromiso con el bien común, ha de velar por la conservación y promoción de la herencia cultural, moral y espiritual cristiana de Occidente, sin que ello implique la adopción de una religión oficial, ni mucho menos suprimir o disminuir la libertad religiosa.
Según este análisis, el socialcristianismo y el liberalismo son incompatibles entre sí en el eje t y pueden o no ser compatibles en los otros tres ejes analizados (x, y, z). Sin embargo, parece haber margen para la colaboración política entre los socialcristianos y algunos liberales: los más conservadores en materia social y menos “dogmáticos” en materia económica
A modo de ejemplo, se podría citar la coalición republicana que llevó a Donald Trump a la victoria en 2016 y 2024. Cabe describirla como una alianza entre tres grandes grupos: populistas de derecha más o menos afines a lo que Patrick Deneen llama “conservadorismo del bien común” (que incluye al socialcristianismo), liberales conservadores y libertarios. El primer grupo constituye el movimiento MAGA y el segundo corresponde a los republicanos del establishment. Esa alianza explica a la vez la fuerza electoral y la inestabilidad ideológica de los gobiernos de Trump. Por ejemplo, los libertarios no tienen mucho en común con el movimiento MAGA, exceptuando la oposición a las guerras innecesarias y el apoyo a algunas desregulaciones.
El gran dilema de la “derecha”
Puse el término derecha entre comillas para llamar la atención sobre las profundas ambigüedades que lo rodean. Aquí lo uso en un sentido que suelen darle los izquierdistas, cuando califican como “derecha” a todas las posiciones políticas que no son de “izquierda". Intentaré presentar el dilema principal al que se enfrenta hoy la derecha entendida en ese sentido amplísimo. A continuación, volveré a considerar las cuatro cuestiones políticas fundamentales indicadas más arriba, formuladas ahora de la siguiente manera:
1) ¿Hasta dónde ha de llegar la intervención del Estado en la vida económica y social de cada país?
2) ¿Es conveniente hoy impulsar la formación de un gobierno mundial? Y en caso afirmativo, ¿cuál ha de ser la relación entre ese gobierno y las soberanías nacionales?
3) ¿Cuál es hoy la mejor forma de gobierno?
4) ¿Cuál ha de ser la actitud del Estado hacia la religión y la ley moral natural?
Trataré de mostrar que hoy las muchas corrientes políticas de “derecha” en el sentido indicado tienden a agruparse en dos bloques principales en relación con las cuatro grandes cuestiones que acabo de plantear.
En cuanto a la primera cuestión, puede parecer que toda la derecha está unida, pero pienso que esa impresión es un espejismo. Es cierto que probablemente toda la derecha de un país se una para privatizar una empresa pública en particular, o para desregular un aspecto particular de cierta actividad económica; pero si se mira el panorama desde más lejos aparecen diferencias importantes. Muchos partidos o sectores de derecha parecen sentirse bastante a gusto con la tendencia histórica que, durante los últimos cien años, ha producido un aumento cada vez mayor del gasto público y la deuda pública en relación con el Producto Interno Bruto (PIB) de cada país. Más aún, esos partidos o sectores suelen apoyar la concesión de nuevos y amplísimos poderes al Estado para imponer cosas como la descarbonización total de la economía, la vacunación contra el COVID-19 de casi toda la población, la igualdad de resultados (más que de oportunidades) entre los sexos o los “géneros” (sea lo que sea que esto signifique), etc. En cambio, otros partidos o sectores de derecha procuran la “deconstrucción del Estado administrativo” (contra la tecnocracia) y se oponen a esas nuevas imposiciones estatales, y a otras más antiguas.
En cuanto a la segunda cuestión, muchos partidos o sectores de derecha apoyan los actuales procesos de globalización política, que tienden a diluir gradualmente las soberanías nacionales y a construir a largo plazo un gobierno mundial, representado hoy en estado embrionario por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En cambio, otros partidos o sectores de derecha (nacionalistas) defienden las soberanías nacionales y se oponen a la extensión del poder de la ONU, a la que ven como una institución en buena medida incompetente y corrupta.
En cuanto a la tercera cuestión, muchos partidos o sectores de derecha tienden a esforzarse para conservar el sistema democrático en su forma actual, sin grandes cambios, pese a los serios males (demagogia, cortoplacismo, corrupción, etc.) que sufre dicho sistema en cada país. En cambio, otros partidos o sectores de derecha (populistas) procuran una participación mucho mayor de la ciudadanía en la vida política y social, para tratar de asegurar que las políticas públicas generen resultados que realmente sirvan a toda la ciudadanía, y especialmente a las grandes mayorías.
En cuanto a la cuarta y última cuestión, muchos partidos o sectores políticos de derecha parecen sentirse cómodos en un sistema político secularista que no sólo tiende a excluir rigurosamente a la religión del ámbito público, sino que también se inclina cada vez más a combatir contra la ley moral natural, considerándola como un obstáculo inadmisible para el progreso humano. En cambio, otros partidos o sectores de derecha (conservadores) defienden firmemente el valor de la religión en el ámbito público y la vigencia de la ley moral natural, es decir de la ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, la ley intrínseca que rige nuestro verdadero desarrollo interior en cuanto seres humanos.
En síntesis, muchos partidos o sectores políticos de derecha se comportan hoy como progresistas moderados. Pese a las apariencias superficiales, en el fondo esta “derecha", consciente o inconscientemente, y por medio de otras estrategias, colabora en la búsqueda de los mismos fines principales que los progresistas radicales (es decir, la “izquierda"):
1) un sistema económico que, en la práctica, tiende al “capitalismo inclusivo” o el “socialismo corporativo", ambos caracterizados por la tecnocracia y por una alianza estrecha entre los gobiernos y las grandes empresas;
2) la práctica desaparición de las naciones;
3) una democracia en la que los partidos políticos desempeñan el rol estelar (partidocracia); y
4) una sociedad sin Dios y sin religión.
En cambio, otros partidos o sectores de derecha (conservadores, nacionalistas y populistas) trabajan a fin de encaminar a sus respectivos países en un sentido muy diferente e incluso contrario, en las cuatro dimensiones analizadas.
Descendiendo de la teoría a los casos reales (siempre imperfectos), al parecer la “derecha” debe elegir hoy uno de dos caminos: en Estados Unidos, el camino de los republicanos del establishment o el del movimiento MAGA; en España, el camino del PP o el de Vox; en Francia, el camino de LR o el de RN, etc.
Este análisis arroja además un resultado que puede sorprender a muchos: el actual movimiento conservador, nacionalista y populista de derecha en auge en buena parte del mundo parece ser, a grandes rasgos, compatible con el socialcristianismo en los cuatro ejes analizados, aunque obviamente podrían surgir conflictos en torno a cuestiones más detalladas.
¿Alianzas políticas entre socialcristianos y liberales?
La compatibilidad parcial de las posiciones respectivas de los socialcristianos y de algunos liberales conservadores no implica que haya un alineamiento automático entre ambos sectores. La doctrina social de la Iglesia ofrece un conjunto muy valioso de principios, valores y orientaciones generales, pero admite interpretaciones y aplicaciones diferentes en muchas cuestiones específicas. Por consiguiente, dentro de ella existe un pluralismo político legítimo que abarca un abanico bastante amplio de posiciones, que sólo excluye las posiciones extremas rechazadas por dicha doctrina.
Ahora bien, dentro de ese pluralismo político legítimo caben las opiniones que podríamos llamar de centroderecha según el eje x. Personalmente, junto con muchos otros socialcristianos, me ubico allí: creemos que el moderno Estado de bienestar ha ignorado o violado demasiado a menudo el principio de subsidiariedad, lo que ha terminado por perjudicar también a la solidaridad social que deseaba apuntalar. Por lo tanto, en cuanto a la política económica, hay un margen bastante amplio para la colaboración entre los socialcristianos de centroderecha, los populistas de derecha y los liberales clásicos.
Conviene tener siempre en cuenta que dos personas pueden apoyar una misma medida concreta como un medio para alcanzar dos fines distintos y hasta contrarios entre sí. En la medida en que los liberales actúen impulsados realmente por la filosofía liberal, sus fines últimos serán incompatibles con los de los socialcristianos, por lo que a mediano o largo plazo las alianzas entre ambos grupos tenderán a romperse. Otro tanto podría ocurrir con las alianzas entre socialcristianos y populistas de derecha que no estén realmente impulsados por un conservadorismo del bien común. Ahora bien, como la política es “el arte de lo posible” y en general los socialcristianos (y, a fortiori, los socialcristianos de centroderecha) por sí solos no tienen una fuerza política suficiente para lograr los cambios políticos que estiman convenientes o incluso necesarios y urgentes, nos es casi imprescindible alcanzar algún tipo de acuerdo o alianza con una o más corrientes políticas no socialcristianas a fin de evitar la irrelevancia política total o casi total y avanzar, aunque sea lentamente, en la dirección correcta. Por lo dicho antes, parece claro que, en ese sentido, el camino más prometedor es el de la alianza con algunos populistas de derecha y algunos liberales conservadores.
Pese a ser prometedor, dicho camino está lleno de peligros. Se ha de tener muy en cuenta que muchos liberales supuestamente “conservadores” no se comprometen firmemente a impulsar políticas públicas que favorezcan el aumento de los matrimonios y los nacimientos y la disminución de los divorcios y los abortos, ni a defender la patria potestad, ni a no promover la “diversidad sexual” desde las instituciones estatales, ni a promover la libertad de educación y el respeto pleno de los derechos de los padres como primeros responsables de la educación de sus hijos, etc.
Por todo lo expuesto, aunque no se excluye necesariamente toda posibilidad de una alianza política entre socialcristianos y liberales, más allá de acuerdos puntuales o coyunturales, dichas posibilidades tendrían que ser evaluadas oportunamente de modo muy estricto, según las circunstancias. La doctrina católica ofrece al respecto una enseñanza muy relevante que, aunque en su origen se refiere al caso particular de la defensa del derecho a la vida contra la legalización del aborto o la eutanasia, se puede generalizar para cualquier otro valor no negociable de los cristianos en la vida política. Me refiero al numeral 73 de la encíclica Evangelium Vitae de San Juan Pablo II, de 1995:
“Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. (…)
En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, «ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto».
Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. No son raros semejantes casos. En efecto, se constata el dato de que mientras en algunas partes del mundo continúan las campañas para la introducción de leyes a favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos internacionales, en otras Naciones —particular-mente aquellas que han tenido ya la experiencia amarga de tales legislaciones permisivas— van apareciendo señales de revisión. En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos.”
En otras palabras, cuando sea políticamente inviable la derogación total de una ley injusta, los cristianos pueden lícitamente aliarse con otros en pos de una derogación parcial que elimine al menos algunos aspectos injustos de esa ley, aunque esos aliados circunstanciales no apoyen la derogación total.
Generalizando esta doctrina, se podría decir que, para que una alianza del tipo aquí considerado sea lícita, debería basarse en los siguientes cuatro compromisos firmes de los socialcristianos y sus aliados:
a) no seguir “progresando” en la línea ruinosa de la revolución anticristiana;
b) derogar parcialmente, en la mayor medida posible (permitida por el consenso entre los aliados), las normas correspondientes a esa línea ruinosa;
c) aprovechar los aspectos positivos de esas normas, a fin de limitar en la mayor medida posible los daños causados por ellas;
d) admitir el derecho de los socialcristianos de seguir aspirando a la aplicación práctica, al menos a largo plazo, de todos sus ideales políticos, más allá del consenso parcial con sus aliados.
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