El posliberalismo

Hacia un futuro posliberal
Una nueva corriente de filosofía política
El posliberalismo es una nueva corriente de pensamiento político que busca una superación del liberalismo. Tiene cierta importancia en Norteamérica, donde está creciendo en influencia. El actual vicepresidente de los Estados Unidos (J. D. Vance) adhiere al posliberalismo. Algunos de los principales pensadores posliberales son: Sohrab Ahmari, Patrick Deneen, Rod Dreher, Gladden Pappin, Chad Pecknold y Adrian Vermeule. De las siete personas mencionadas, todas son católicas excepto Dreher, excatólico, hoy ortodoxo. Además, tres de los otros seis (Vance, Ahmari y Vermeule) son conversos más o menos recientes al catolicismo.
En este capítulo me centraré sobre todo en la obra de Patrick Deneen, un filósofo estadounidense nacido en 1964, profesor de ciencia política en la Universidad de Notre Dame. Deneen no se limita a una crítica del liberalismo, sino que propone una alternativa, que él llama “conservadorismo del bien común”. En mi opinión, esa alternativa es sustancialmente consistente con la visión cristiana del hombre y de la sociedad.
Aunque Deneen proviene de la izquierda política, considera que, aunque el posliberalismo atravesará los distintos partidos políticos existentes, hoy su mayor esperanza radica en una “nueva derecha”. El motivo es simple: es más fácil que un derechista renuncie al liberalismo económico que que un izquierdista renuncie al liberalismo social y al marxismo1.
Volvamos al segundo esquema de las filosofías políticas presentado en el capítulo 2 de este libro. Dice Deneen: “La última categoría marca una ruptura con las tres anteriores [liberalismo clásico, liberalismo progresista y marxismo]: es la única categoría no progresista, en la que se espera que la élite trabaje a favor de las preferencias conservadoras de los muchos. Por ello, el ‘conservadorismo’ representa la articulación moderna del antiguo ideal de la ‘constitución mixta2’.”
El fin del liberalismo
El diagnóstico de Deneen es contundente: “Lo que estamos presenciando en Estados Unidos es un régimen agotado. El liberalismo no sólo ha fracasado, como argumenté en mi libro anterior [¿Por qué ha fracasado el liberalismo?], sino que su doble compromiso con el ‘progreso’ económico y social ha generado una forma particularmente virulenta de esa antigua división que enfrenta a ‘los pocos’ [la élite] contra ‘los muchos’ [el pueblo3]”.
Deneen sostiene lo siguiente: “Tras varios siglos de este experimento [liberal], hemos presenciado de primera mano el surgimiento de una nueva clase dominante, una ‘meritocracia’ que ha prosperado bajo las condiciones establecidas y promovidas por el liberalismo. El liberalismo se encuentra hoy en crisis, no sólo por el mal comportamiento de la nueva élite, sino porque su ascenso ha coincidido con el desgaste de instituciones que beneficiaban a las clases bajas y, al mismo tiempo, limitaban a los ambiciosos que deseaban escapar de sus restricciones. El debilitamiento de la familia, el vecindario, la iglesia y la comunidad religiosa y otras asociaciones ha provocado la degradación de las condiciones sociales y económicas de ‘los muchos’, mientras que ‘los pocos’ han conseguido un monopolio tanto de las ventajas económicas como de las sociales4”.
Dicho debilitamiento se debió fundamentalmente al cambio de la noción antigua y cristiana de la libertad como liberación del mal moral por la noción moderna y subjetivista de la libertad como autodeterminación arbitraria.
La élite del poder
Deneen sostiene que la élite de hoy tiene cuatro características que la diferencian de todas las élites previas:
1) es una élite con habilidades gerenciales que valora sobre todo la productividad económica y la tecnocracia;
2) a pesar de su oposición teórica a los principios de jerarquía y de herencia del status, en la práctica se ha convertido en otra forma de jerarquía heredada;
3) a través de las políticas de identidad usa las presuntas ofensas como herramientas de control y dominación;
4) ejerce el poder sobre todo a través de entidades privadas o semiprivadas como universidades, empresas, medios de comunicación y centros artísticos5.
Otras características destacadas de la actual élite son su gran movilidad (relacionada con su antinacionalismo), su desprecio por las tradiciones y su separación educativa y geográfica de las clases bajas6.
La sabiduría del pueblo
Deneen argumenta en contra de un gobierno de los expertos y a favor de un gobierno del pueblo. Al igual que Edmund Burke, el autor expresa “confianza en la sabiduría de la gente común construida… en las prácticas, instituciones y tradiciones que ganaron popularidad gracias a la experiencia a lo largo del tiempo y en el lugar7”.
Deneen sostiene que la mayor desventaja del conocimiento de los expertos es su tendencia a la especialización excesiva, que a menudo conduce a una pérdida de visión del conjunto y a una declinación de la comprensión integral. El autor ejemplifica esto con la actual tendencia de los profesores universitarios a dialogar sólo con sus colegas de la misma disciplina o de la misma área especializada de esa disciplina, en contraste con la antigua práctica universitaria de un amplio y continuo intercambio de ideas entre profesores de las más diversas disciplinas.
Deneen afirma: “Una sociedad basada en la continuidad, por un lado, o en la transformación revolucionaria, por otro, necesariamente valorará y buscará cultivar un conjunto determinado de atributos en la ciudadanía. En el segundo caso beneficiará a un número relativamente pequeño de ‘progresistas’: los inconformistas, emprendedores y personas sin ataduras de Mill. Un orden social basado en la tradición y la continuidad, en cambio, busca fortalecer lo promedio y lo ‘ordinario’, y especialmente acentuar las virtudes más ‘domésticas’ que surgen de los ritmos cotidianos de un mundo predecible y son útiles para ellos8”.
La constitución mixta
Deneen constata que la filosofía política clásica, representada por pensadores tales como Aristóteles, Polibio, Cicerón y Tomás de Aquino, tuvo como una de sus preocupaciones centrales la conciliación de los intereses de las dos clases principales en las que en general se dividen las sociedades humanas: “los pocos” (la élite, típicamente más rica, poderosa y culta) y “los muchos” (el pueblo, típicamente más pobre y menos poderoso y educado). El medio principal para lograr esa conciliación era una “constitución mixta”, una forma de integración entre ambas clases en procura del bien común de toda la sociedad.
Deneen muestra cómo la constitución mixta fue defendida también en la era moderna (sobre todo por Burke y Disraeli). Nuestro autor sostiene lo siguiente: “Las conmociones políticas de los últimos años han representado, en gran medida, no sólo un rechazo esperado de los proyectos sociales revolucionarios del liberalismo progresista, sino también un rechazo desde las bases a un falso ‘conservadorismo’ financiado por oligarcas que, en realidad, siempre fue una forma de liberalismo. En cambio, en todo el mundo ha habido un auge de movimientos populares y populistas que buscan desechar las prioridades liberales de la clase dominante, tanto en su forma ‘conservadora’ como en la ‘progresista9’.”
Aristopopulismo
Deneen afirma que las dos clases principales deben forjar juntas un nuevo régimen orientado a la promoción del bien común. Refiriéndose al actual movimiento populista de derecha, el autor sostiene lo siguiente: “Este movimiento desde abajo es espontáneo y está mal dirigido. Su representante oficial en los Estados Unidos [Donald Trump] fue un narcisista profundamente defectuoso que apeló a las intuiciones del pueblo, pero sin ofrecer una articulación clara de sus quejas ni transformar sus resentimientos en políticas sostenidas y en el desarrollo de una clase dirigente capaz [esto fue escrito en 2023]. Si bien la movilización política de la clase trabajadora aún puede crecer o disminuir, para el avance genuino de la alternativa de una ‘constitución mixta’ se requiere el desarrollo consciente e intencional de una nueva élite. Cuando sea necesario, quienes actualmente ocupan posiciones de poder económico, cultural y político deben ser restringidos y disciplinados mediante la afirmación del poder popular. Sin embargo, limitar a la élite del poder es insuficiente. En cambio, la creación de una nueva élite es esencial —no sólo los «meritócratas» cuya pretensión de gobernar se basa en credenciales de instituciones que ocultan su estatus bajo el tenue velo del igualitarismo, sino aristoi [aristócratas] conscientes de sí mismos que comprenden que su principal rol y propósito en el orden social es asegurar los bienes fundamentales que posibilitan el florecimiento humano para la gente común: los bienes centrales de la familia, la comunidad, el trabajo digno, una red de seguridad social equitativa que respalde estos bienes, limitaciones al poder empresarial, una cultura que preserve y fomente el orden y la continuidad, y apoyo a las creencias e instituciones religiosas. Así pues, una nueva élite sólo puede surgir con el apoyo del insistente poder político ejercido por un partido de la clase trabajadora cada vez más multirracial y multiétnico. Sólo esta nueva élite, a su vez, puede comenzar a usar el poder político para alterar, transformar o erradicar una anticultura hostil que hoy está dominada por los progresistas tanto de derecha como de izquierda dentro del liberalismo moderno. Si bien el poder político es necesario para iniciar el proceso de transformación cultural, sólo mediante el pleno desarrollo de una élite nueva y distinta, en sintonía con las exigencias del bien común, se puede crear un círculo virtuoso que refuerce la relación de mejoramiento mutuo entre los muchos y los pocos. Se necesita una mezcla entre lo superior y lo inferior, entre los pocos y los muchos, en la que los pocos asuman conscientemente el rol de aristoi: una clase social que, apoyando y enalteciendo el bien común que sustenta el florecimiento humano, es digna de emulación y, a su vez, enaltece las vidas, las aspiraciones y la visión de la gente común. Lo que se necesita es una forma política que podría denominarse ‘aristopopulismo10’.”
Deneen piensa que, pese a haber sido distorsionado, el término “conservadorismo” sigue siendo apropiado para expresar una posición política que rechaza toda forma de liberalismo (incluyendo la de los liberales clásicos que hoy se presentan como conservadores) y busca retomar elementos centrales de la tradición política occidental preliberal basada en el bien común. Por eso él designa a su propuesta como “conservadorismo del bien común11”.
Este conservadorismo rechaza elementos centrales del liberalismo, tales como la primacía del individuo, el antitradicionalismo y la reducción de la libertad a la elección individual, y propone una revalorización de la familia, la comunidad y los bienes humanos alcanzables por medio de la comunidad política12.
Hacia la integración
En el capítulo final del libro que vengo comentando, el autor afirma lo siguiente: “Para superar la desintegración que es tan fundamental para el liberalismo, lo que se necesita es una forma generalizada de integración posliberal13”.
Deneen analiza el problema de la desintegración liberal siguiendo al filósofo político francés Pierre Manent: “[Manent] considera que tanto el éxito como los peligros de la democracia liberal surgen de su tendencia a generar un número creciente de ‘separaciones’ en todos los ámbitos de la vida. Entre las separaciones que enumera como más distintivas y generalizadas se encuentran estas seis:
1. Separación de profesiones; o división del trabajo
2. Separación de poderes
3. Separación de la Iglesia y el Estado
4. Separación de la sociedad civil y el Estado
5. Separación entre representados y representantes
6. Separación de hechos y valores, o de la ciencia y la vida14”.
Deneen analiza cómo contrarrestar los efectos negativos de la desintegración liberal: “En las páginas restantes, abordaré cómo la ‘integración’ potencial que combate ‘la organización de las separaciones’ comenzaría a movernos hacia una era ‘posterior al liberalismo’. En particular, esbozaré aspiraciones hacia la ‘integración’ en varias esferas críticas que actualmente reflejan la ‘desintegración’ social:
1. Superar la ‘meritocracia’
2. Combatir el racismo
3. Ir más allá del progreso
4. Situar la nación
5. Integrar la religión15”.
En cuanto a la superación de la meritocracia, Deneen propone sustituir el individualismo liberal por la solidaridad cristiana.
En cuanto al combate contra el racismo, Deneen propone sustituir la teoría crítica de la raza y la interseccionalidad por un “aristopopulismo” que trabaje a favor de los intereses de una clase trabajadora multirracial y multiétnica.
En cuanto a la superación del progreso, Deneen propone reemplazar la ideología del progreso, que genera necesariamente una división entre pasado, presente y futuro, por una política de continuidad, que entreteje pasado, presente y futuro en una relación de influencia y corrección mutuas.
En cuanto a la situación de la nación, aunque Deneen rechaza el globalismo, lo que propone no es un regreso a la concepción liberal anterior de la nación, sino una nueva forma de integración de lo local, lo nacional y lo internacional, que recuerda al principio de subsidiariedad de la doctrina social cristiana.
En cuanto a la integración de la religión, Deneen, siguiendo al teólogo católico francés Jean Daniélou, subraya que la búsqueda del bien común requiere un ordenamiento social que proteja y apoye la vida de oración entre la gente común.
Conclusiones
No hay forma de superar el wokismo volviendo al liberalismo clásico, que ha causado su aparición. Es necesario superar el liberalismo y volver a asumir que el orden político debe buscar el bien común. Este no debe ser visto como una abstracción abstrusa, sino como algo obviamente conectado a las vicisitudes de la gente común. Para el florecimiento de la gente común no basta la libre elección en un mundo que se asemeja al salvaje Oeste, sino que se requiere, entre otras cosas, superar el indiferentismo religioso liberal mediante la protección y el estímulo del espíritu religioso.
A continuación, citaré los dos párrafos finales del libro de Deneen que estamos considerando. “Estamos entrando inexorablemente en la era posterior al liberalismo. El liberalismo ha agotado la herencia material y moral que no podía crear y, a medida que se fue agotando, ofreció la apariencia de un orden ideológico sensato y permanente: el ‘fin de la historia’. Sin embargo, la historia ha recomenzado con ganas, impulsada ahora por una civilización occidental exhausta, una Rusia envalentonada y una China en ascenso. Muchos han invertido sumas titánicas en apuntalar el proyecto del liberalismo, redoblando sus apuestas por las reivindicaciones progresistas de las políticas de identidad o por las esperanzas liberales de derecha de un renovado ‘fusionismo’ del capitalismo y la moral cristiana privatizada.
En cambio, las profundidades de nuestra propia tradición y memoria viva nos ofrecen un recurso alternativo: la tradición conservadora del bien común, que se desarrolló en contraposición al liberalismo mismo, enfatizando el bien común y el sentido común, la cultura compartida y un ideal de gobierno de constitución mixta. Ya se está haciendo tarde, pero se puede vislumbrar un refugio iluminado en la penumbra. Es hora de abandonar las ruinas que hemos creado, tomar un descanso y luego reconstruir16”.
Por mi parte, agrego que el posliberalismo debe tender a conservar lo mejor de las llamadas “instituciones liberales” (estado de derecho, democracia, economía de mercado, etc.) desligándolas de la filosofía liberal. Pese a ser muy arduo y a que probablemente requiera mucho tiempo, este cambio profundo de mentalidad es posible, necesario y urgente.
El punto débil del humanismo secular
La civilización occidental está dividida en dos culturas enfrentadas entre sí en una gran lucha cultural y política: la cultura cristiana (que engendró esa civilización) y la cultura del humanismo secular o secularismo, que crece desde hace siglos y hoy es hegemónica.
El secularismo representa para la sociedad algo análogo a lo que el naturalismo metodológico representa para la ciencia. Así como este último consiste en que el científico prescinde de Dios y la religión en su actividad científica, aquél aspira a que los ciudadanos prescindan de Dios y la religión en su actividad política y en los espacios públicos de la sociedad. Podría decirse que el secularismo es el naturalismo metodológico (o ateísmo metodológico) de la vida política y social.
En un capítulo anterior intenté mostrar que el auge del secularismo está provocando la corrupción de Occidente17. Aquí procuraré mostrar que, aunque parece que el cristianismo lleva todas las de perder en la batalla cultural y política en curso, los cristianos tenemos buenos motivos para esperar un futuro mejor: no sólo por razones sobrenaturales (la confianza en la Providencia divina que guía la historia) sino también por una razón de orden natural. El historiador católico británico Christopher Dawson (1889-1970) la expuso más o menos de la siguiente manera: la cultura secularista, el gran adversario de la cultura cristiana, parece de momento un Leviatán inexpugnable, pero tiene un punto débil: es un monstruo grande con un cerebro pequeño18.
La cultura secularista está plagada de posturas inconsistentes y su defensa descansa a menudo sobre falacias lógicas más o menos evidentes. A continuación, indicaré algunos ejemplos.
A) Seguramente la libertad es el valor más apreciado por la cultura secularista. Sin embargo, según la corriente filosófica materialista, la más influyente dentro de esa cultura, la libertad humana no puede existir, porque el ser humano carece de libre albedrío.
B) La igualdad es otro valor muy apreciado por la cultura secularista. Sin embargo, según el darwinismo, principal sostén intelectual del “ateísmo científico", la selección natural genera desigualdad en la lucha por la supervivencia entre las distintas razas de una especie: razas favorecidas y razas desfavorecidas. Si los seres humanos no han sido creados a imagen y semejanza de Dios ni tienen un alma espiritual inteligente y libre, entonces la igualdad entre ellos no tiene más fundamento que la “igualdad” entre un lobo y una bacteria. Y no hablemos de la fraternidad…
C) Cuando se trata de defender su supuesto derecho al aborto, las feministas radicales emplean con frecuencia el eslogan: “Mi cuerpo, mi decisión". Pero cuando se trata de las vacunas contra el covid-19, las mismas personas olvidan u ocultan ese eslogan.
D) La ideología transgénero, tan en boga en el Occidente actual, implica que un ser humano puede ser hombre o mujer, independientemente de su sexo biológico, con base en sus meros pensamientos o deseos subjetivos. No es posible encuadrar esto en una visión científica, ni siquiera en clave materialista: si el ser humano no tiene un alma y se identifica con su cuerpo, no puede ser “una mujer encerrada en un cuerpo de varón", ni viceversa.
En estos asuntos y en muchos otros, la posición anticristiana es intelec-tualmente tan endeble que hoy su principal recurso es eludir el debate, ignorando, censurando o persiguiendo al adversario. De ahí que un aspecto fundamental de la actual lucha cultural y política sea la guerra del progresismo contra la libertad de expresión. Para vencer en esa lucha, en cierto sentido nos basta permanecer firmes en las verdades que conocemos. Si permanecemos en la verdad, ella nos hará libres19.
Daniel Iglesias Grèzes
Notas
1) Cf. DENEEN 2023, pp. xiv-xv.
2) Ibídem, p. 90.
3) Ibídem, pp. ix-x.
4) Ibídem, p. 3.
5) Cf. Ibídem, pp. 27-28.
6) Cf. Ibídem, pp. 34-36.
7) Ibídem, p. 111.
8) Ibídem, pp. 122-123.
9) Ibídem, pp. 146-147.
10) Ibídem, pp. 151-152.
11) Cf. Ibídem, pp. 67-69.
12) Cf. Ibídem, 90-96.
13) Ibídem, p. 187.
14) Ibídem, pp. 187-188.
15) Ibídem, p. 189.
16) Ibídem, pp. 236-237.
17) Véase el Capítulo 4 de este libro.
18) No pude reencontrar la fuente para citar a Dawson de modo exacto, pero esa idea suya, leída hace muchos años, quedó grabada en mi memoria.
19) Cf. Juan 8,32.
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