La concentración de la riqueza

Algunas ideas para contrarrestarla y difundir la propiedad privada
La pirámide de la riqueza mundial
¿La pobreza está disminuyendo en el mundo? Como suele ocurrir, la respuesta correcta depende de la definición de los términos. Si definimos como pobre a una persona con un ingreso mensual menor que un monto determinado, que marca la “línea de pobreza”, la respuesta es sin duda afirmativa. Muchos estudios demuestran de un modo concluyente que la pobreza, definida en función de los ingresos, está disminuyendo significativamente en el mundo. Cientos de millones de personas están saliendo de la pobreza así entendida. Sin embargo, la cuestión cambia mucho si se define la pobreza en función de la riqueza neta, en lugar de los ingresos. Así definida, la pobreza está aumentando.
En junio de 2025 UBS publicó el 16° Informe sobre la Riqueza Mundial (Global Wealth Report), anteriormente publicado por el Credit Suisse Research Institute (CSRI)1. Ese informe anual analiza con lujo de detalles la distribución de la riqueza neta en el mundo. Utiliza esta definición:
Riqueza neta = activos financieros + activos no financieros - deuda.
Cada Informe de esa serie contiene una gráfica llamada “pirámide de la riqueza mundial”, que divide a la población adulta del mundo en cuatro niveles en función de su riqueza neta en dólares estadounidenses:
1) mayor que 1.000.000 (los millonarios o ricos);
2) entre 100.000 y 1.000.000 (la clase media alta);
3) entre 10.000 y 100.000 (la clase media baja);
4) menor que 10.000 (los pobres).
El Informe de 2025 presenta la pirámide de la riqueza mundial del año 2024. En el nivel más alto había 60 millones de ricos (millonarios), que representaban el 1,6% de la población adulta y poseían un total de US$ 226,5 billones, el 48,1% de la riqueza mundial.
En el segundo nivel había 628 millones de personas de clase media alta, que representaban el 16,4% de la población adulta y poseían un total de US$ 184,5 billones, el 39,2% de la riqueza mundial.
En el tercer nivel había 1.570 millones de personas de clase media baja, que representaban el 41,3% de la población adulta y poseían un total de US$ 56,8 billones, el 12,1% de la riqueza mundial.
Y en el nivel más bajo había 1.550 millones de pobres, que representaban el 40,7% de la población adulta mundial y poseían un total de US$ 2,7 billones de dólares, el 0,6% de la riqueza mundial.
La riqueza promedio de cada uno de los cuatro niveles de la pirámide de 2024 en dólares corrientes fue respectivamente:
1) US$ 3.774.500; 2) US$ 293.806; 3) US$ 36.191; 4) US$ 1.748.
El Informe de 2025 contiene además un desglose parcial del nivel más alto de la pirámide de 2024, aportando los siguientes datos:
Había 31 personas con una riqueza neta individual mayor que US$ 50.000 millones. La riqueza neta total de ese grupo de personas era de unos US$ 3,5 billones, bastante más que la riqueza total de los pobres.
Además, había otras 2.860 personas con una riqueza neta individual comprendida entre US$ 1.000 millones y US$ 50.000 millones. La riqueza neta total de ese grupo de personas era de casi US$ 12,2 billones.
Por lo tanto, los dos grupos juntos (2.891 personas con fortunas mayores que US$ 1.000 millones) tenían una riqueza neta total de unos US$ 15,7 billones.
El Informe de 2018 había dicho lo siguiente, que sigue siendo mayormente válido:
“Las porciones de la pirámide de la riqueza de los millonarios y de la riqueza neta ultra-alta (UHNW [ultra-high net worth]) han cambiado más que cualquier otro segmento en este siglo. El número de millonarios se ha triplicado, mientras que el número de individuos UHNW (con riqueza neta mayor que US$ 50 millones) se ha cuadruplicado, convirtiéndolos en el grupo de titulares de riqueza de crecimiento más rápido. Esto se debe en parte al hecho de que las fronteras de los millonarios y la UHNW son estáticas y absolutas, mientras que toda la distribución de riqueza se está desplazando a medida que el mundo se vuelve un lugar más rico, bajando progresivamente la barrera para la membrecía a lo largo del tiempo. La desigualdad ascendente también puede impulsar la velocidad a la cual se crean los nuevos millona-rios2.”
Aunque los informes citados proveen muchísima información, hay algunos números importantes que aparentemente faltan. Tuve que calcular por mí mismo las variaciones de la riqueza promedio de cada nivel de la pirámide a lo largo del período 2010-2024. Para hacer esto correctamente se debe considerar la inflación en dólares. En mis cálculos, supuse que un dólar de 2010 equivale a 1,439 dólares de 20243.
Los resultados son muy paradójicos: aunque en ese período de 14 años la riqueza promedio aumentó un 93,8%, pasando de 54.831 a 106.260 dólares de 2021, la riqueza promedio disminuyó en los cuatro niveles de la pirámide.
Esto se explica debido a las distintas dinámicas demográficas y económicas de cada nivel. La cantidad de millonarios creció un 147,9% mientras que su riqueza total creció algo menos: un 124,8%. Por eso la variación de su riqueza promedio fue de -9,3%. También en los niveles segundo y tercero la población creció relativamente más que la riqueza, siendo ambos crecimientos positivos. De ahí que también en esos niveles la variación de la riqueza promedio haya sido negativa. En cambio en el nivel más pobre las dos variables (población y riqueza) descendieron, pero la riqueza cayó más que la población. Ese nivel perdió el 48,3% de su riqueza promedio, bajando de 3.379 a 1.748 dólares de 2021.
Los datos más interesantes que calculé son los siguientes. Si bien en 2010-2024 la riqueza mundial total aumentó en 161,1 billones de dólares de 2021, casi todo ese aumento de riqueza quedó en manos de los dos niveles más ricos. Concretamente, los cuatro niveles se repartieron ese aumento de riqueza así:
- 67,1% para el primer nivel;
- 32,4% para el segundo nivel;
- 5,4% para el tercer nivel; y
- -4,9% para el cuarto nivel.
Por supuesto, dado que se trata de promedios, esto no significa que todos los pobres se empobrecieron. Algunos aumentaron su riqueza neta, pero fueron más los que la disminuyeron.
El hallazgo principal es este:
- por un lado, los ricos se quedaron aproximadamente con dos tercios del aumento de la riqueza total en el período considerado, y la clase media alta recibió el tercio restante;
- por otro lado, la clase media baja y los pobres, considerados conjuntamente, quedaron como estaban, sin ganar ni perder riqueza.
En resumen, los millonarios no solo poseen un porcentaje muy alto de la riqueza mundial, sino que como grupo se están quedando con la mayor parte del aumento de la riqueza. En términos de riqueza neta, en general los ricos se están volviendo cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
¿Cómo puede ser esto verdad si, a la vez, como dije antes, la pobreza, medida en términos de ingresos, está disminuyendo claramente?
Hay una hipótesis muy simple capaz de explicar esa aparente contradicción: aunque en general los pobres tienen ingresos cada vez mayores, y tienden a superar la línea de pobreza, su riqueza neta disminuye porque sus gastos aumentan más que sus ingresos. Lo más probable es que se estén endeudando cada vez más. Esta hipótesis es consistente con la tendencia global al aumento de la deuda privada.
Obviamente, algo está funcionando muy mal en la economía mundial. Cabe suponer que, pese a que no se habla mucho del asunto, de a poco la gente está cayendo en la cuenta de esta situación tan insatisfactoria. Probablemente sea la creciente conciencia de esta gran inequidad lo que está alimentando el actual movimiento populista en gran parte del mundo. Frente al fracaso rotundo de las ideologías predominantes (liberalismo y socialismo) en cuanto a mejorar la distribución de la riqueza, el mundo parece disponerse hoy a probar otras alternativas. Convendría dar una oportunidad al socialcristianismo, especialmente en su configuración como un “populismo de derecha”.
¿Rumbo a la plutocracia?
Muchas políticas de izquierda no favorecen precisamente a los trabajado-res, sino la concentración de poder económico en los ultrarricos. Para demostrar esta tesis presentaré tres ejemplos de políticas típicas de la izquierda actual (hay muchos más).
a) Promoción de la inmigración masiva. La inmigración masiva presiona a la baja los salarios de los trabajadores, y por lo tanto tiende a aumentar las ganancias de las empresas y los dividendos de sus accionistas. En suma, daña a los trabajadores y aumenta la desigualdad.
b) Promoción de las energías renovables. Esta política ha producido en muchos países un notable encarecimiento de la energía eléctrica, causando un auge de la “pobreza de energía”. En Europa, en invierno, muchos pobres deben elegir entre gastar dinero en alimentos o en calefacción. Cada año mueren decenas de miles de europeos debido a las consecuencias de pasar el invierno sin calefacción. Por supuesto, otros, generalmente más ricos, ganan con las políticas energéticas verdes.
c) Promoción de largas cuarentenas generalizadas y otras restricciones inéditas con motivo de la pandemia de covid-19. Esas medidas hicieron de 2020-2021 un bienio muy duro desde el punto de vista económico para la mayoría de las familias, pero fueron muy beneficiosas para Amazon, Facebook y otras grandes compañías tecnológicas.
Muchos multimillonarios incrementaron en gran medida su fortuna en 2020. Al comenzar 2020 la riqueza de Jeff Bezos (el CEO de Amazon) era de US$ 115.000 millones y en agosto de ese año superó los US$ 200.000 millones4. La riqueza de Elon Musk (el CEO de Tesla) se multiplicó por más de cinco de marzo de 2020 a agosto de 2021, superando los US$ 186.000 millones5. En ese mismo período la fortuna de Mark Zuckerberg (el CEO de Facebook) casi se duplicó, alcanzando los US$ 97.000 millones.
En diciembre de 2020 las diez personas más ricas del mundo poseían una fortuna total combinada de US$ 1,1 billones; y en diciembre de 2025 las diez personas más ricas del mundo poseían en total US$ 2,4 billones6. Nótese además que la lista de 2025 abarca a nueve estadounidenses (ocho de ellos vinculados a grandes empresas tecnológicas) y un francés, todos hombres. Ocho de esas diez personas eran las mismas en 2020 y 2025: dos personas salieron de la lista (Bill Gates y Amancio Ortega) y dos entraron (Jensen Huang y Steve Ballmer).
Aún más preocupante que el aumento de las desigualdades económicas es el aumento de la enorme influencia política y cultural de los ultrarricos. Aunque algunos ultrarricos (como Elon Musk) apoyan algunas causas conservadoras, la mayoría de ellos se inclina hacia el progresismo, algunos de un modo muy militante (por ejemplo George Soros, Michael Bloomberg y Tom Steyer). Si, como suelen pensar los izquierdistas, en los Estados Unidos el Partido Demócrata fuera el partido que defiende a los trabajadores y el Partido Republicano el que defiende a las empresas, ¿por qué desde 2016 la enorme mayoría de los altos ejecutivos de grandes empresas apoya al Partido Demócrata? Sin duda esto no se debe a que ese grupo de personas sea especialmente altruista.
Esto es difícil de entender para quienes siguen apegados al esquema marxista clásico de la lucha de clases. Según ese esquema, la clase social de un capitalista determina sus intereses de clase, opuestos a los del proletariado. Entonces, ¿cómo existen tantos multimillonarios socialistas?
Hoy la izquierda desvía la atención de los ciudadanos de injusticias económicas grandes y evidentes apelando a la cortina de humo de las “políticas de identidad”, que dividen al pueblo en sexos, “géneros”, razas y culturas enfrentados entre sí. Como en los países desarrollados los trabajadores sienten poca atracción por la revolución socialista, los neomarxistas se esfuerzan por reclutar para su revolución a “clases oprimidas” nuevas y diversas: mujeres, personas de raza no blanca, homosexuales, musulmanes, e incluso animales y la misma Gaia, el mito del planeta Tierra personificado. El estereotipo de moda del opresor es el varón blanco heterosexual, occidental y cristiano, aunque esté desempleado y viva en una casa rodante, mientras que personas ricas que difieren de ese patrón se declaran víctimas del “sistema”.
Desechemos las anteojeras ideológicas de la izquierda y miremos la realidad sin prejuicios. Propongo dos aproximaciones para tratar de entender lo que está pasando.
A) La ideología progresista de la mayoría de los multimillonarios se refleja en las causas “filantrópicas” que apoyan con sus donaciones: maltusianismo (aborto, control de la población), ecologismo radical (lucha contra el cambio climático), políticas de identidad (feminismo radical, agenda LGBT, teoría crítica de la raza, etc.). En capítulos anteriores de la presente obra y en otros escritos he procurado mostrar que estas ideologías son nocivas. Aquí subrayo que perjudican especialmente al pueblo llano y a los países pobres.
B) Nos puede ser de ayuda un famoso dicho de Chesterton:
“No me importa si toda la tierra del condado pertenece al Estado o al Duque de Westminster. Lo importante es que no me pertenece a mí7.”
Es decir, tanto un monopolio estatal como un monopolio privado oprimen a la persona común. Y también la oprime una alianza de las dos grandes fuerzas (el Gran Gobierno y el Gran Capital) que tienden a esos monopolios teóricamente opuestos. Esa alianza, en una escala sin precedentes, es lo que estamos viendo hoy, y es lo que explica que en general los ultrarricos (secularistas y globalistas) sean más afines a Xi Jinping que a Donald Trump.
Dos caminos para la reforma del sistema capitalista
Como vimos, los informes anuales de UBS sobre la riqueza global muestran que la desigualdad económica tiende a aumentar en el mundo. En los últimos años los ricos, y especialmente los “súper-ricos”, han tendido a concentrar una porción cada vez mayor de la riqueza global. Su creciente poder económico va acompañado de un creciente poder cultural y político. Por otra parte la pobreza definida en términos de patrimonio neto ha tendido a aumentar en el mundo, al parecer principalmente por el aumento de las deudas. Todo parece indicar que estas tendencias se acentuaron en 2020-2021, debido a los efectos de las durísimas medidas tomadas por los gobiernos contra la pandemia de covid-19. A raíz de esto se fortalecieron las voces de quienes, como el Foro Económico Mundial, propugnan un “capitalismo inclusivo”. Esta es una meta muy loable, pero ¿cómo conseguirla?
En su libro de 1912 El Estado Servil el pensador británico Hilaire Belloc sostuvo que hay solo dos vías posibles para quienes pretenden reformar el capitalismo para evitar la excesiva concentración del capital en una minoría de capitalistas. Se trata de dos vías contrarias entre sí. Belloc las llama “la solución distributiva” y “la solución colectivista”. La primera tiende a distribuir lo más posible la propiedad privada y la segunda tiende a eliminarla.
Prefiero llamar a esas dos soluciones la vía conservadora y la vía socialista. Los conservadores quieren que la mayor cantidad posible de ciudadanos llegue a poseer medios de producción. Los socialistas, en cambio, tienden a despojar a todos los ciudadanos de sus medios de producción para ponerlos en manos del Estado, es decir de los gobernantes, a fin de que estos los administren en beneficio de todos8.
Belloc sostiene que el capitalismo tiende más fácilmente al colectivismo que al distributismo. El capitalismo y el socialismo no están tan distantes entre sí como se suele creer. El ideal conservador (que coincide con el del sentido común de la gente corriente no ideologizada) es una sociedad en la que el 100% de los ciudadanos son propietarios de medios de producción. En cambio, el ideal socialista es que el porcentaje de capitalistas sea del 0% y el Estado monopolice la producción. Pues bien, en la realidad de las sociedades capitalistas ese porcentaje es quizás del orden del 10%. En otras palabras, la realidad del capitalismo está mucho más cerca del ideal socialista que del ideal conservador. El socialismo es un capitalismo de Estado.
La vía socialista de reforma del capitalismo es impulsada por una alianza muy variada de fuerzas ideológicas y políticas. Las dos corrientes principales de esa alianza son el marxismo, radical y revolucionario, y la socialdemocracia, más moderada y gradualista.
La doctrina social cristiana siempre ha rechazado el socialismo y la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. No obstante, la corriente política llamada “democracia cristiana” se ha aliado a menudo con los socialdemócratas, los liberales progresistas e incluso los marxistas. En su afán de construir una sociedad basada en el principio de solidaridad, los demócrata-cristianos olvidaron con frecuencia otro componente fundamental de la doctrina social cristiana: el principio de subsidiariedad. En varios países los demócrata-cristianos contribuyeron a crear un Estado de Bienestar paternalista e hipertrofiado que asfixia a los ciudadanos, las familias, las empresas (sobre todo las pequeñas) y las asociaciones intermedias, quitándo-les libertad e iniciativa. La vía de reforma que llamo conservadora pretende volver a aplicar en la práctica el principio de subsidiariedad, sin disminuir la solidaridad social.
En el contexto actual se ve más claramente la divergencia de las dos vías de reforma aquí consideradas: muchos socialistas buscan aumentar aún más la dependencia de la ciudadanía con respecto al Estado, por medio de la propuesta (costosísima) de un Ingreso Básico Universal. A la inversa, los conservadores quieren que, en la medida de lo posible, los ciudadanos que hoy dependen de la ayuda estatal tiendan a liberarse de esa ayuda mediante una buena educación, buenos empleos, etc.
Esas dos vías de reforma discrepan entre sí también en un nivel más profundo. Los socialistas y la izquierda en general tienden a dejar de lado la cuestión (de capital importancia para cualquier reforma social) de la renovación espiritual y moral de cada persona, concentrándose en la reforma de las estructuras sociales. En cambio los reformadores conservadores, que muy a menudo son cristianos, saben que ninguna reforma social dará frutos buenos si no se basa en una transformación interior de los miembros individuales de la sociedad. Por eso ponen mucho énfasis en la creación de familias fuertes y en una educación que transmita los valores religiosos y morales que conforman el sustento y la belleza de nuestra civilización occidental. A diferencia de los progresistas, los cristianos conservadores sabemos que los seres humanos nunca lograremos establecer una sociedad humana perfecta en esta vida, pero también que, mediante la práctica de las virtudes humanas y cristianas, podemos construir entre todos una sociedad bastante mejor que la actual. Mientras la utopía socialista nos conduce al sombrío país de Mordor, los cristianos conservadores no aspiramos a recrear el Jardín del Edén, sino a construir algo parecido a la Comarca9.
Capitalismo inclusivo
El 08/12/2020, desde Roma, la agencia EFE anunció:
“El Papa y un grupo de directivos de grandes empresas se han unido en el Consejo para un Capitalismo Inclusivo con el Vaticano para responder al desafío de Francisco de unir los imperativos morales y el capitalismo y hacer un sistema económico más justo. ‘El Consejo invita a empresas de todos los tamaños a aprovechar el potencial del sector privado para construir una base económica más justa, inclusiva y sostenible para el mundo’, señaló hoy un comunicado de esta organización con ocasión de su lanzamiento. El Consejo está integrado por cerca de una treintena de altos ejecutivos, llamados los Guardianes del Capitalismo Inclusivo, que representan a empresas con más de 2.000 millones de dólares… de capitalización y que emplean a 200 millones de trabajadores en 163 países10.”
La fundadora y presidente de ese Consejo (o Coalición) es Lady Lynn Forester de Rothschild11.
La noción de capitalismo inclusivo está en sintonía con la noción de “capitalismo de partes interesadas” (stakeholder capitalism) propugnada por el Foro Económico Mundial (FEM), cuya Asamblea Anual reúne durante varios días en Davos (Suiza) a miles de los principales líderes empresariales, políticos e intelectuales del mundo. Esa forma de capitalismo se presenta en oposición al capitalismo de accionistas (shareholder capitalism), que considera que el objetivo principal o único de las empresas es maximizar los dividendos de sus accionistas. Las partes interesadas que la empresa debería contemplar son su personal, sus clientes, sus proveedores, sus accionistas, sus inversores y la comunidad en general. A su vez el capitalismo de partes interesadas parece ser una versión más avanzada de la noción, que tiene ya más de medio siglo, de responsabilidad social empresarial.
Pienso que en principio las ideas de responsabilidad social empresarial, capitalismo de partes interesadas y capitalismo inclusivo son positivas, en cuanto son expresiones del principio de solidaridad (dado que las tres ideas son semejantes, en adelante me referiré solo al capitalismo inclusivo). No obstante, conviene tener en cuenta que el humanismo secular y el relativismo moral que padece nuestra civilización se caracterizan por un divorcio entre la moral, por un lado, y la economía, la ciencia y la tecnología, por otro lado. La ciencia y la tecnología practicadas sin límites éticos se convierten en una grave amenaza contra el género humano. Incrementan cada vez más el poder del hombre, pero este parece desorientado acerca de la forma correcta de usar ese poder creciente. La economía tiende a sustentarse en una visión reduccionista del ser humano como simple productor o consumidor de bienes y servicios; y la empresa, motor de la economía, tiende a estar motivada principalmente por un afán desenfrenado de lucro. Por desgracia, muchas veces el capitalismo inclusivo, en sus diversas formas, encubre nuevas manifestaciones del viejo economicismo. Así, con frecuencia, aquel se convierte en una continuación del afán desmedido de lucro por otros medios: una herramienta más del marketing. Una expresión en inglés de invención reciente da justo en el blanco: virtue signalling (literalmente, señalización de virtud). El Diccionario de Inglés de Cambridge define esa expresión así:
“el hábito popular moderno de indicar que uno tiene virtud [moral] meramente mediante la expresión de disgusto o favor por ciertas ideas políticas o sucesos culturales”.
Entre la voluntad de parecer virtuosos y la verdadera virtud moral hay una gran distancia.
De hecho el capitalismo inclusivo, al igual que los criterios de inversión ESG12, está profundamente ligado a dos ideologías más que cuestionables:
a) el desarrollo sustentable, que por lo general se basa en el catastrofismo climático y el neomaltusianismo; y
b) la Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), muy comprometida con la perspectiva de género y las divisivas políticas de identidad (identity politics).
Además, el capitalismo inclusivo, tal como es propuesto y practicado por el FEM, incluye la idea de que los problemas sociales y políticos deben ser enfrentados de forma conjunta y coordinada por los gobiernos, las empresas, las organizaciones no gubernamentales (ONG) y las instituciones académicas. En la práctica, esto está dando lugar a una excesiva influencia de las élites tecnocráticas en los gobiernos, tanto por la vía de las grandes empresas como por la vía de las ONG controladas por esas élites. El FEM, siguiendo las ideas de su fundador y presidente casi vitalicio Klaus Schwab, parece tender a la formación de una tecnocracia global.
En resumen: sí, intentar crear algo así como un capitalismo con rostro humano parece ser uno de los principales imperativos morales de nuestra era; pero, sin embargo, debemos estar muy atentos y usar bien nuestro discernimiento. No nos dejemos engañar por cantos de sirenas. Esta invitación al discernimiento no tiene nada que ver con teorías conspirativas.
Ciertamente es absurdo creer (como lo hacen unos cuantos) que el FEM es una conspiración reptiliana para conquistar el mundo; pero no tiene nada de irracional afirmar que el FEM no es una convención de profetas, ángeles o santos que se esfuerzan de un modo puramente altruista para salvar a la humanidad o al planeta, y que, en cambio, es básicamente un lobby de las empresas más poderosas del mundo, que cuidan ante todo sus propios intereses, no siempre coincidentes con los de las grandes mayorías.
Socialismo corporativo
La expresión “socialismo corporativo” tiene varios sentidos incompatibles entre sí. Wikipedia define “socialismo corporativo” (o socialismo gremial) como un movimiento político que abogaba por el control obrero de las industrias a través de gremios. Este movimiento se originó en el Reino Unido y tuvo su momento de auge a principios del siglo XX. No es este el sentido de “socialismo corporativo” sobre el que quiero reflexionar aquí, sino otro sentido, equivalente a la expresión inglesa corporate welfare, traducible quizás como “beneficencia social para las empresas”.
La idea básica de esta expresión es que en el Occidente actual el Estado de Bienestar no funciona solo como una especie de socialismo para los muy pobres, sino también (aunque usted no lo crea) como una especie de socialismo para los muy ricos, por medio de mecanismos que privatizan las ganancias de las grandes empresas y socializan sus pérdidas. Esos mecanismos son muchos: subsidios, exoneraciones impositivas, uso de paraísos fiscales, etc.
Citaré tres ejemplos casi aleatorios tomados de un medio norteamericano13:
1) Yahoo recibe US$ 2 millones por cada empleo que crea en el área de Lockport, Nueva York, empleo por el que paga en promedio US$ 45.000 anuales.
2) Alcoa recibirá en 30 años US$ 5.600 millones en descuentos de las tarifas de electricidad del Estado de Nueva York, dinero que sería mejor invertido en disminuir las tarifas de los clientes residenciales de ese Estado.
3) Boeing recibió miles de millones de dólares en subsidios e incentivos para construir una planta en Carolina del Sur, mientras que la transparencia acerca del valor exacto de esos subsidios e incentivos es elusiva.
Otro ejemplo: Tras la gran crisis financiera de 2008, el Gobierno de los Estados Unidos realizó un rescate de los grandes bancos en problemas. Según fuentes oficiales, el costo de ese rescate ascenderá finalmente a US$ 16,8 billones14.
Por supuesto, estos ejemplos son solo una pequeña muestra de un conjunto muchísimo más amplio, que no se limita a los Estados Unidos. Los uruguayos recordarán, por ejemplo, el contrato de inversión de 2018 entre el Gobierno uruguayo y la empresa papelera UPM.
El actual socialismo corporativo, una alianza entre las grandes empresas y el Gran Gobierno, fue pronosticado hace más de un siglo por el historiador católico inglés Hilaire Belloc en un libro sorprendente: El Estado Servil, de 1912. La tesis de ese libro es que la sociedad industrial que conocemos tiende al restablecimiento de la esclavitud. La nueva esclavitud, según Belloc, estaría determinada por el trabajo legalmente obligatorio: un proletario sería un esclavo si la ley positiva lo obligara a trabajar como asalariado de un capitalista.
Belloc y su amigo G. K. Chesterton defendieron una doctrina política llamada “distributismo”, que procura una distribución lo más amplia posible de los medios de producción entre las familias. Según Belloc, en Inglaterra, hacia fines de la Edad Media, casi se había terminado de erigir un Estado distributivo, pero tras la Reforma protestante este se malogró, dando lugar al capitalismo, sistema en el que la propiedad de los medios de producción está concentrada en un número relativamente pequeño de personas.
Belloc aduce que la inestabilidad del capitalismo produce un impulso reformista para limitar la inseguridad de los poseedores y de los desposeídos del capital. Como ya vimos, los reformistas se dividen en dos tendencias contrarias:
a) los conservadores o distributistas quieren poner la propiedad de los medios de producción en manos de la mayoría de los ciudadanos;
b) los socialistas o colectivistas quieren poner esa propiedad en manos de los gobernantes, para que la administren en beneficio de todos.
Belloc sostuvo que el capitalismo tiende más fácilmente al colectivismo que al distributismo. Sin embargo, como la colectivización total es difícil de lograr, los socialistas tenderían a cambiar de estrategia, optando por limitar gradualmente la libertad económica en lugar de eliminarla. Así, el proyecto colectivista estaría condenado al fracaso y a engendrar el Estado servil. En realidad, la historia ha demostrado que las reformas del sistema capitalista no trajeron directamente el Estado servil, sino el moderno Estado de Bienestar y el actual “socialismo corporativo”.
¿Qué juicio merece el Estado de Bienestar, incluyendo el “bienestar corporativo”, desde el punto de vista de la doctrina social cristiana? En mi opinión, cabría responder que, en su afán de construir una sociedad basada en el principio de solidaridad, el Estado de Bienestar a menudo descuida o rechaza otro gran principio de la doctrina social cristiana: la subsidiariedad. En otras palabras, tiende a convertirse en un gigante hipertrofiado que, con su conjunto siempre creciente de poderes y regulaciones, atenta contra la libertad y la iniciativa de los ciudadanos, las familias, las empresas (sobre todo las pequeñas), las asociaciones civiles, etc. Y si, como está ocurriendo ahora, ese Leviatán estatal se alía con las grandes empresas para conformar una suerte de “socialismo corporativo”, cabe sospechar que el sombrío pronóstico de Belloc no está tan alejado de la realidad como podría parecer.
Distributismo
El distributismo es una tercera vía económica que surgió a finales del siglo XIX, inspirada por la encíclica social Rerum Novarum del Papa León XIII. Sus principales impulsores fueron los escritores católicos británicos G. K. Chesterton y H. Belloc.
A diferencia del socialismo (bajo el cual el Estado tiende a adueñarse de todo), el distributismo defiende la propiedad privada; sin embargo, aborrece su concentración. Según los distributistas, el problema del capitalismo no es que haya demasiados capitalistas, sino que hay muy pocos. El distributismo busca que la propiedad productiva (tierra, herramientas, talleres, etc.) esté repartida entre el mayor número posible de personas.
El distributismo asume el principio de subsidiariedad, según el cual las decisiones deben tomarse en el nivel más local posible. La unidad básica de la economía debe ser la familia, no el individuo ni la corporación.
Los distributistas fomentan los pequeños negocios familiares, las cooperativas de trabajadores y los gremios de artesanos en lugar de las grandes empresas multinacionales. Su objetivo es facilitar que el hombre sea dueño de su propio destino poseyendo sus propios medios de producción, y evitando ser un “siervo asalariado” en el sistema capitalista o un “siervo del Estado” en el sistema comunista. En suma, buscan restaurar una economía más humana, social y solidaria, centrada en la familia y la propiedad local; y tratan de ofrecer soluciones prácticas para la democratización de las empresas y la resiliencia de las comunidades locales.
Actualmente ningún gobierno se rige por los principios del distributismo y este no figura en los programas de los grandes partidos políticos. Sin embargo, esta corriente de pensamiento influye en distintos movimientos de reforma económica: cooperativismo, economía local, agricultura regenerativa, soberanía alimentaria, economía circular, etc. Además, tiene cierto peso como humanismo económico en la academia y el debate público, especialmente de cara a los actuales procesos de implantación de la inteligencia artificial y de concentración de riqueza, y como alternativa a la polarización, para quienes rechazan tanto el estatismo como el capitalismo centrado en las grandes corporaciones.
Capitalismo popular y distributismo
El capitalismo popular procura la democratización del capital a través de los mercados financieros. Su objetivo es convertir a los ciudadanos comunes en pequeños capitalistas, dueños de acciones de grandes empresas, a fin de que reciban una parte de sus ganancias. Fue popularizado por figuras como Margaret Thatcher. El capitalismo popular y el distributismo coinciden en la defensa de la propiedad privada frente a la estatización y los monopolios.
La mayoría de los distributistas rechaza el capitalismo popular porque este, de por sí, no busca la justicia social ni un cambio del sistema capitalista. Los distributistas prefieren lo pequeño y lo local: que seas dueño de tu propio taller, de tu tierra o de una cooperativa donde tienes voz y voto, en lugar de ser un accionista pasivo de una gran empresa. Tienden a ver el capitalismo popular como una especie de “premio consuelo”: te dan una acción para que te sientas dueño, pero el control real lo siguen teniendo los grandes fondos de inversión. Ser accionista de una multinacional seguiría siendo una forma de dependencia.
Tiendo a pensar que esto es una falsa oposición, y que es bastante miope rechazar herramientas que pueden ser muy útiles para avanzar en la dirección correcta, pese a que de por sí no busquen el objetivo último. También hacer buenas inversiones puede ayudar a los ciudadanos comunes a ser dueños de su propio medio de vida. Las grandes empresas no van a desaparecer en ningún escenario previsible y la democratización de sus beneficios es sin duda un elemento positivo.
Por lo tanto, pienso que ambas corrientes de pensamiento (distributismo y capitalismo popular) pueden ser complementarias si se utilizan con el objetivo final de la desconcentración de la riqueza. Además, el capital acumulado mediante inversiones de capitalismo popular se puede usar para financiar la compra de medios de producción propios, como un local o herramientas, según las aspiraciones del distributismo.
Dos medidas de capitalismo popular
Estas medidas contribuirían a lograr el fin procurado por el distributismo: que la propiedad no esté concentrada en el Estado ni en una élite.
La primera medida es la privatización por cupones (voucher privatization). Se trata de entregar a cada ciudadano una determinada cantidad de cupones, que pueden ser canjeados por acciones de empresas estatales que están siendo privatizadas. Los ciudadanos pueden usar sus acciones como opciones de ahorro o de inversión. Así se logran dos objetivos a la vez: achicar el tamaño del Estado y dar más poder a la ciudadanía. Todos los ciudadanos participarían equitativamente de las ganancias de esas empresas, lo que reduciría la desigualdad. El éxito de esta medida depende mucho de que existan mecanismos para evitar que los ciudadanos vendan sus acciones prematuramente (a precios bajos) por necesidad inmediata, lo que puede llevar a una rápida concentración de la propiedad en pocas manos.
Una versión reducida de esta primera medida sería transferir los dividendos de las empresas estatales directamente a cada ciudadano, en lugar de transferirlos a Rentas Generales.
La segunda medida es que el Estado reciba acciones de las empresas privadas a las que conceda beneficios especiales: subsidios, exoneraciones fiscales, rescates externos (recapitalizaciones de empresas en problemas), financiamiento de la innovación, etc. La idea es que, si el Estado otorga beneficios especiales a una empresa privada, debe actuar como un socio inversor, no como un mero benefactor. A cambio del beneficio especial, la empresa entrega una participación accionaria al Estado, proporcional a los beneficios recibidos. Parte de la riqueza generada con apoyo público regresa a manos del Estado y, por ende, directa o indirectamente, de los ciudadanos.
Para el éxito de esta segunda medida es fundamental asegurar que esa participación del Estado en empresas privadas no derive en una estatización progresiva o en interferencia política. Existen muchos mecanismos para lograr este objetivo. Mencionaré solo algunos de ellos.
- Que el Estado obtenga derechos económicos (cobro de dividendos) pero no pueda nombrar directores, ni votar en las juntas de accionistas, ni intervenir en la gestión del negocio.
- Que la empresa privada tenga el derecho preferente de recomprar sus acciones al Estado una vez que haya devuelto el valor del beneficio recibido.
- Que el Estado deba vender sus acciones en el mercado abierto después de cierto número de años, devolviendo la propiedad al sector privado.
- Que la participación del Estado nunca pueda superar un porcentaje minoritario (por ejemplo, el 25%), garantizando que el control mayoritario permanezca siempre en manos privadas.
Se puede combinar las dos medidas estableciendo un fideicomiso para gestionar las acciones correspondientes y dando la propiedad de este fideicomiso directamente a todos los ciudadanos.
1) https://www.ubs.com/global/en/wealthmanagement/insights/global-wealth-report.html
2) Credit Suisse Research Institute, Global Wealth Report 2018, p. 17; la traducción del inglés es mía.
3) Dato tomado de: https://www.usinflationcalculator.com/
4) Jonathan Ponciano, Jeff Bezos Becomes The First Person Ever Worth $200 Billion, en: Forbes, 26/08/2020.
5) Cf. Taylor Nicole Rogers, Elon Musk’s net worth has tripled during the pandemic as the superrich get richer, en: Business Insider, 18/08/2020.
6) https://forbes.es/listas/837172/lista-forbes-las-10-personas-mas-ricas-del-mundo-diciembre-de-2025/
7) G. K. Chesterton, What’s Wrong with the World [Lo que está mal en el mundo], 1910.
8) Cf. Hilaire Belloc, El Estado Servil, Secciones VI-VII.
9) Cf. J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos.
11) https://www.coalitionforinclusivecapitalism.com/
12) Environmental, Social and Governance: ambientales, sociales y de gobierno (corporativo).
13) Cf. Michael Sainato, A democracy lost to corporate socialism; en: The Hill, 02/10/2016.
14) Cf. Mike Collins, The Big Bank Bailout; en: Forbes, 14/07/2015.
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4 comentarios
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DIG: Tengo entendido que en una sociedad anónima los accionistas no pagan "dividendos negativos" cuando hay pérdidas. Simplemente ese año no se pagan dividendos. Por otra parte, no es necesario que los ciudadanos posean el 100% de una empresa pública. Puede ser por ejemplo el 49%.
En cuanto a los efectos de la inmigración masiva, dependen de muchos factores: qué tan masiva es, si es legal o ilegal (y en qué proporciones), si se asimila o no a la cultura del país, si los inmigrantes trabajan o dependen de la seguridad social (y en qué proporciones), etc.
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