Bendiciones Gays en la Iglesia de Alemania
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Más bien:
Bendiciones Gays en la Iglesia
Porque esas bendiciones se producen porque Roma lo promueve (Fiducia Supplicans) y lo permite.
Oh, ¡qué contundencia!, ¡qué firmeza!, ¡qué, qué?
Veamos, San Agapito I, Papa:
En la capital oriental halló la cuestión del patriarca Antimo de Constantinopla, promovido con el favor de la emperatriz Teodora y sospechoso de sostener posiciones contrarias a la fe calcedonense. Antimo había abandonado su sede anterior de Trebisonda y ocupaba la capital en circunstancias canónicamente discutibles. Agapito se negó a entrar en comunión con él mientras no profesara de manera inequívoca la fe ortodoxa y no se ajustara al orden de la Iglesia. Ante su negativa, lo depuso canónicamente.
La resistencia que encontró fue considerable. Según la tradición, Justiniano llegó a amenazarlo con el destierro. La respuesta de Agapito, transmitida por las fuentes, revela la entereza de su carácter: había venido esperando encontrar al emperador cristiano y se hallaba, en cambio, ante un poder que pretendía intimidarlo como en los tiempos de las persecuciones. Aquella firmeza impresionó profundamente. Finalmente, convencido el emperador de la falta de solidez doctrinal de Antimo, no se opuso a la actuación pontificia.
Agapito consagró entonces a Menas como nuevo patriarca de Constantinopla, en un gesto de enorme trascendencia simbólica e institucional, pues manifestaba de modo inequívoco la autoridad moral y doctrinal de la Sede romana incluso en el corazón del Imperio de Oriente. Justiniano, deseoso de apartar de sí toda sospecha de connivencia con la herejía, presentó al papa una confesión escrita de fe. Agapito la recibió con prudencia, aprobando el celo imperial en cuanto concordaba con la enseñanza de los Padres, pero dejando a salvo el principio de que un laico, por elevado que fuese su rango, no tiene autoridad para erigirse en maestro de la fe de la Iglesia.
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Se fue de Roma a la mismísima Constantinopla a poner orden. Ea, con un par. Y puso orden.
Las palabras se las lleva el viento. Me lo creeré de verdad el día que retire de circulación Fiducia supplicans siga vigente.
Dicho lo cual, mejor que haya dicho eso que nada.
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