Leído para Ud.: "La obediencia en Castellani", por el P. Jorge Hidalgo

Acerca del P. Castellani ya hemos publicado mucho en este sitio; desde conferencias hasta trabajos inéditos, pasando por entrevistas y ensayos.

Esta vez, dado que ya se ha convertido en un clásico de la literatura católica del siglo XX, presentamos aquí el prólogo al libro que acaba de publicarse y que hemos leído “de un tirón” (Jorge Hidalgo, La obediencia en Castellani, Amazon 2022, 137 pp.; por el momento sólo en Amazon, AQUÍ). El libro no tiene desperdicio para quien desee ubicar esta virtud en el ámbito de la espiritualidad tradicional (que no “tradicionalista", que son cosas distintas, claro está).

Prosit

Que no te la cuenten.

P. Javier Olivera Ravasi, SE


La obediencia en Castellani

Por el P. Jorge Hidalgo

Del prólogo

 

La figura de Castellani ocupa un lugar de privilegio en la cultura argentina, en la cultura de habla hispana y en la cultura católica universal. Todo acercamiento a su obra dará ocasión de ponerse en contacto con el pensamiento de uno de los argentinos más grandes –precisamente con un argentino cuya savia espiritual sólo puede dimensionarse si se la mide en términos de pensamiento encarnado (en una patria, la suya). No sólo: también se trata de un pensamiento encarnado en una época, en un momento de la historia de la Iglesia, aquél en el que eclosionaron los resultados de procesos de larga data, de cuyo acíbar Castellani resultó un intérprete genial –y crucificado. Porque esto hay que señalarlo sin titubeos: si Julio Meinvielle –decía Carlos Sacheri- ha sido el mayor teólogo católico del grandioso fenómeno político-religioso de la Cristiandad, Leonardo Castellani ha sido el mayor teólogo católico del fenómeno tumoral del fariseísmo religioso.

En segundo lugar, el presente constituye

el resultado de una investigación madurada en el seno de la Universidad. Se trata de un solvente, exhaustivo y profundo estudio filosófico y teológico, elaborado con el rigor propio de esos saberes en el transcurso de un seminario de Doctorado. Un trabajo académico serio que no desmerece la valía del autor estudiado. Lo cual representa un rotundo elogio de la labor del Pbro. Magister Jorge Luis Hidalgo.

Por último, se plantea la razón de celebrar la aparición de un estudio sobre el tema específico del que ahora presentamos. ¿Esa razón consistiría tal vez en reivindicar a Castellani, para exonerarlo del cargo de desobediente? Sería ése un objetivo de corto alcance y fácil respuesta. La pregunta es: ¿por qué detenerse en la aguda visión de Castellani sobre la cuestión de la obediencia? Pues precisamente porque en torno de la obediencia se ha operado dentro de la Iglesia un proceso histórico-espiritual deletéreo y sorprendente, que afecta no sólo la conciencia de los fieles sino hasta la misma incolumidad de la Fe católica.

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¿Qué ha ocurrido en el seno de la Iglesia católica? Para asomarnos al problema aludido supra escojamos dos ejemplos, uno teológico-espiritual y otro teológico-literario.

Un destacado autor espiritual, el abad benedictino Columba Marmion (1858-1923), beatificado en 2000, traza en uno de sus clásicos libros, Le Christ, idéal du moine, el lugar y la preeminencia de la obediencia en la vida monacal. Pero antes de establecer la centralidad de esa virtud para los monjes señala dicha centralidad para todo cristiano en tanto tal. Y es en ese momento, al aquilatar el papel de la obediencia dentro del organismo de la economía sobrenatural, cuando Columba Marmion avanza la siguiente proposición: la diferencia entre católicos y protestantes reside en que unos se someten a la autoridad de la Iglesia, mientras que los otros no lo hacen. Aclarando los términos, este aserto podría admitir una lectura aceptable. Pero el autor despeja enseguida la duda lanzando esta afirmación estupefaciente: un protestante puede creer prácticamente en los mismos dogmas que el católico; mas la divergencia, “profunda y radical” –subraya-, entre católicos y protestantes estriba en que los unos muestran sumisión y acatamiento a la autoridad de la Iglesia (vgr., al sumo pontífice), mientras que los otros no lo hacen. “La obediencia del entendimiento y de la voluntad [a la autoridad eclesiástica] es para el cristiano el camino de la salvación”, remata Columba Marmion[1].

Esta tesis sobre el lugar protagónico y axial de la obediencia (casi un síntoma histórico-espiritual), salida de la pluma del renombrado benedictino, se corresponde con un testimonio teológico (no formalmente científico, sino literario) sobre la hipervaloración del poder en las filas de la Iglesia –un correlato necesario del anterior síntoma. Testimonio que proviene de un espíritu extraordinario, el de un célebre filósofo y teólogo ruso converso al catolicismo. Nos referimos a Vladimir Soloviev (1853-1900). En su sobrecogedor apólogo Breve relato sobre el Anticristo, que forma parte de Tres conversaciones sobre la guerra, el progreso y el fin de la historia universal, publicado en 1900, Soloviev recrea los tiempos penúltimos de la Historia, antes de la Parusía, centrándose en la aparición de la figura del Anticristo y en las etapas de consolidación de su poder. Precisamente la postrera de tales etapas, en la que el sentido del imperio del mal se consuma, radica en la eliminación del Cristianismo. Todo el apólogo está tachonado de sugestiones sutiles y premonitorias sobre los tiempos futuros –que para nosotros tal vez ya sean los tiempos presentes-. Una de ellas es justamente que al Cristianismo no se lo enfrentará violentamente (por lo menos, al comienzo), sino que se buscará desfondarlo, tergiversarlo y ponerlo al servicio dócil del reino de este mundo y de su príncipe. Aunque tentados, no podemos extendernos aquí en más pormenores de esta obra pletórica de sabiduría escatológica; reportemos que en función de ese designio el Anticristo, secundado por el falso profeta religioso, convoca a un concilio ecuménico en un templo consagrado a la unión de todas las religiones. A él acuden católicos, ortodoxos y protestantes, respectivamente encabezados por el Papa Pedro II, el Staretz Juan y el Prof. Dr. Pauli. Pues bien, buscando seducirlos, el hijo de la perdición, con ironía feroz, le va señalando a cada confesión qué es lo que sobre todo la cautiva (para ofrecérselo, satánicamente trasmutado). Hemos llegado a lo que nos interesa. “¡Cristianos!”, exclama “¡Decidme lo que os es más caro en el cristianismo, para que pueda dirigir mis esfuerzos hacia ello”. Como no obtuviera respuesta de ninguno de los grupos de fieles, les espeta su propuesta, comenzando por los católicos. A éstos les dice saber cuánto valoran la autoridad. La autoridad, agrega el Anticristo, es para la grey a la que se dirige el fundamento del orden espiritual y de la disciplina moral. Él los comprende, y es esa autoridad y jerarquía la que su “autocrática voluntad” va a fortalecer y restaurar (en tanto, por supuesto, se subordine a sus fines). No es del caso extendernos sobre el eco que tales palabras causan en los católicos (la mayoría de los obispos y cardenales apostata; sólo quedan resistiendo al lado del anciano pontífice un puñado de monjes y de laicos). Lo relevante está en que la marca típica con la que, en su irónica caricatura, el fino (y no hostil) espíritu de Soloviev identifica el talante católico es la autoridad, como fundamento de la vida de la Fe. En otros términos, Soloviev ve a la Iglesia exaltando al poder de su jerarquía (y, resolutivamente, de su cabeza) como el primero de sus valores, “como lo que le es más caro”[2].

No hace falta insistir en que una concepción que subvierte la primacía de las virtudes fundamentales, tanto naturales cuanto sobrenaturales, para erigir a la obediencia en culmen de la vida de la Fe; esa concepción irá intrínsecamente unida a una exaltación del máximo poder eclesial, es decir, de la potestad papal. El obediencialismo se retroalimenta con la papolatría.

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Vale la pena consignar, en ese mismo sentido, que para la época en que escribían Columba Marmion y Soloviev ya había asomado en la eclesiología, como otra función de la potestad eclesiástica, una potestas docendi, al lado de las secularmente reconocidas potestas ordinis y potestas jurisdictionis[3]. Dicha facultad seguiría tomando cuerpo hasta llegar a constituir un tercer miembro de los munera de la jerarquía[4]. Con ello se consuma la aparición de una nueva “regla de la Fe”, el Magisterio[5]. No debe extrañar que éste, progresivamente, tienda a ingurgitarse a la Tradición y a la Escritura, por cuanto la expansión de tal oficio [6] se encabalga en –y, sin duda alguna, se explica por- la dinámica cratocéntrica que había comenzado a manifestarse, ya sin ambages, en el transcurso del s. XIX. Y cuyos efectos subversivos -litúrgicos y doctrinales- se harán sobre todo patentes a partir del progresismo rampante entronizado con el Concilio Vaticano II, hasta estallar en el marasmo actual. Pero se trata –cabe reiterarlo- de los resultados cada vez más ostensibles de un proceso que institucionalmente arranca, por lo menos, bajo Pio IX; proceso que a su vez se conecta con una crisis cosmovisional de larga data, de claro sesgo moderno –en sentido no epocal sino principial. Estableciendo una analogía con el derecho político[7], cabe sostener que una sociedad fundada en su tradición (en este particular caso, la Tradición), organizada como “Estado jurisdiccional” de estilo medieval, ha ido adquiriendo visos de sociedad centralizada more moderno, en la que la voluntad del príncipe no trepida en comprometer la integridad de lo recibido: las bases del culto y de la Fe. Y, consiguientemente, ese nudo poder -que así conviene llamarlo, y no “autoridad”- reclamará del fiel, ante todo, la obediencia ciega a sus dictados.

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El obediencialismo, llevado al extremo, implica, actual o potencialmente, el anonadamiento de la virtud de la fe: pues toda verdad, natural o sobrenatural, puede quedar sujeta a un ucase que la derogue -y esto debería ser aceptado en conciencia por el fiel.

¿Qué causas, remotas o próximas, sustentan este aciago fenómeno histórico-espiritual, auténtica caricatura de la virtud cristiana? Declaremos lealmente que semejante problema escapa a la posibilidad de ser abordado aquí. No obstante, y sin pretensión de ofrecer una respuesta completa, hay procesos y sucesos que ameritan ser señalados como algunos de sus posibles antecedentes.

En primer término, lo desarrollado por Beatriz Reyes Oribe, en su medular estudio sobre el obediencialismo, respecto del papel que en la conformación de éste ha desempeñado el voluntarismo occidental[8]. En segundo término –y estrechamente vinculado con lo anterior-, el radical cambio de paradigma sufrido por la moral cristiana desde fines de la Edad Media como consecuencia de la influencia nominalista: el pasaje de una moral del bien y de las virtudes (el modelo realista, clásico y tomista) a una moral de la obligación y del mandato normativo[9]. Ésta última reconoce un jalón decisivo en la teología y en la metafísica del venerabilis inceptor, el franciscano Guillermo de Ockham (1285-1347), para quien todo bien, incluso el supremo bien (Dios), sólo es amable en la medida en que Él previamente haya mandado amarlo. Pues un mandato contrario del libérrimo legislador todopoderoso haría meritorio odiarlo en la visión beatífica (sic) [10]. En tercer término, sospechamos que algunas posiciones de reputados autores contrarrevolucionarios católicos, como Joseph de Maistre (1753-1821) -por lo demás, agudo crítico de los errores de la Revolución-, pudieron prohijar una forma mentis kratocéntrica, en la estela del pensamiento moderno. Una influencia que era dable se produjera en un siglo como el XIX, en el que la tradición tomista permaneció opacada durante casi todo su transcurso. Para de Maistre, la infalibilidad es de la esencia del poder soberano (político y eclesiástico). Y tal infalibilidad estriba no en una disposición para acceder a la verdad; sino en la imposibilidad de que la decisión asumida reciba un reproche por una instancia superior (porque no la hay). “Infalible”, pues, significa para de Maistre “inapelable”; por ello él se desentiende de toda “metafísica divina” cuando perfila la infalibilidad papal. En efecto, tanto en el caso del pontífice cuanto en el del príncipe, la decisión soberana es infalible por ser inapelable e irreprensible por una esfera más alta. La infalibilidad papal, esencial a la potestad del pontífice, equivale entonces a ultimidad decisoria -y se concibe con prescindencia, descuajada, de la verdad[11]. Tenemos en posiciones como las mencionadas una muestra cabal de pensamiento contrarrevolucionario ajeno a la doctrina axial de la Tradición católica. Un pensamiento que, a lo largo de todo el s. XIX, conoció singular boga en el campo católico que resistía los embates revolucionarios. Por último, en cuarto término, nos atrevemos a señalar un suceso de la vida de la Iglesia que, a nuestro parecer, no ha dejado de contribuir –y decisivamente- al talante obediencialista del católico “ortodoxo” contemporáneo. Lo hacemos a nuestra cuenta y riesgo, sin que quepa imputar responsabilidad alguna sobre ello a nuestro autor prologado con estas líneas. Se trata de los efectos que produjo en la conciencia católica la Constitución dogmática Pastor Aeternus del 18 de julio de 1870, polémicamente aprobada durante el Concilio Vaticano de Pío IX. Con esto no sugerimos aquí un juicio negativo sobre el fondo de dicha Constitución. Tampoco desconocemos los intentos hechos para delimitar los alcances de la declaración de infalibilidad papal –y ya desde tiempos inmediatamente posteriores al Vaticano I[12]. Sólo estimamos que dicha Constitución contribuyó a generar en el seno de la Iglesia un aura de omnisciencia sobre la figura papal -incluso a nimbar a la persona del pontífice con ribetes por momentos rayanos en lo teándrico.

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Han quedado en claro la relevancia teórica y la urgencia práctica de enfocar el grave problema moral de la obediencia. Así como el acierto de hacerlo de la mano del gran teólogo Castellani, quien además sufrió existencialmente los excesos de su falseamiento.

He allí sintetizada la carta de presentación que pone de manifiesto el singular interés de esta obra, fruto de la investigación del Pbro. Magister Jorge Luis Hidalgo. Un joven estudioso cuya vocación, capacidad y tesón permiten augurar sobresalientes aportaciones próximas a la Teología y a la Filosofía.

(Del prólogo de Sergio Castaño)

 

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[1] Columba Marmion, Le Christ, idéal du Moine, 1922, p. 341 -pp. 306-308 de la edición castellana de D. Mauro Díaz Pérez: Editorial Litúrgica Española, Barcelona, 1956.  El trecho viene citado con encomio por Manuel Ma. Espinosa Polit, S. J., La obediencia perfecta. Comentario a la Carta de la Obediencia de San Ignacio de Loyola, Quito, Editorial Ecuatoriana, 1940, pp. 32-33.

[2] Vladimir Soloviev, Breve relato sobre el Anticristo, pról.. de Alfredo Sáenz, traducción del francés y del alemán Sergio R. Castaño, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 1995, esp. pp. 31-39.

[3] Es interesante la determinación doctrinal que al respecto hace el ilustre teólogo romano Louis Billot (1846-1931) en última instancia en pro de la tradicional distinción bipartita, en su Tractatus De Ecclesia Christi, sive continuatio theologiae de Verbo Incarnato, Roma, Prati, 1909, t. I, esp. pp. 335-338. Dígase, obiter dictum, que el gran cardenal, tan apreciado por Castellani y por Meinvielle, resultó víctima del despotismo papal, bajo Pío XI -responsable de políticas eclesiásticas de consecuencias trágicas para la Cristiandad.

[4] Cfr. Constitución Lumen Gentium, n° 25.

[5] Para una breve noticia histórica del nombre y de la respectiva noción cfr. José-Miguel Espinosa Sarmiento, “Potestad de magisterio. Evolución y actualidad de este concepto”, en Estudios Eclesiásticos, vol. 91 (2016), núm. 359, pp. 827-841.

[6] Constitución Dei Verbum, n° 10.

[7] Hacemos esta analogía en Sergio R. Castaño, “‘Los tipos de Estado’ y el ‘tipo’ de la Iglesia católica contemporánea. Una reflexión eclesiológica a partir de categorías de Carl Schmitt y de textos de Dalmacio Negro”, en Jerónimo Molina (editor), Pensar el Estado: Dalmacio Negro, Los Papeles del Sitio, Valencina de la Concepción (Sevilla), 2022, pp. 307-319.

[8] Cfr. Beatriz E. Reyes Oribe, “Benedicto XVI, defensor del Logos”, en Carlos Sierra Lechuga (ed.), Quid habemus? Estudios Pontificales, México, Castilibros, 2013, pp. 115-141.

[9] Para este problema crucial es clásica la obra maestra del extraordinario teólogo moral tomista Servais Pinckaers, OP (1925-2008), Las fuentes de la moral cristiana, trad. J. J. García Norro, Pamplona, EUNSA, 1988.

[10] Sobre la raíz ockhamista del desfondamiento ontológico de la teología moral y de la filosofía práctica sigue siendo imprescindible la investigación de la germano-mexicana Anita Garvens Núñez (1904-1973), “Die Grundlagen der Ethik Wilhelms von Ockham”, en Franziskanische Studien, 21. Jahrg., 3. Heft, (1934), trad. cast. parcial de Sergio R. Castaño, en Ius Publicum n° 34 (2015), pp. 11-22.

[11] Cfr. Joseph de Maistre, Du pape, París, Joseph Albanel, 1867, L. II, cap. X (pp. 206-207); L. I, cap. I (p. 19); L. I, cap. XIX (p. 123).

[12] Sobre el estudio aclaratorio del obispo Joseph Fessler, refrendado por Pío IX, cfr. Carlos A. Baliña, “Verdadera y falsa infalibilidad de los papas según Mons. Fessler”, en Carlos Sierra Lechuga (ed.), Quid habemus? …, pp. 41-65. El propio Castellani se ocupó de la indispensable discriminación: vide, por todos, “La infalibilidad”, en Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Buenos Aires, Dictio, 1976, pp. 112-118.

 

42 comentarios

  
Antonio Mª
¡Magnífico! ¡Muchas gracias!

30/06/22 2:28 PM
  
Urbel
Hace tiempo que se viene llamando la atención sobre un dato evidente y extraordinariamente significativo: el binomio clásico de Escritura y Tradición ha sido remplazado por la triada Escritura, Tradición y Magisterio.

Como un autor cuyo nombre no recuerdo resumió hace poco con una fórmula genial: la Tradición devorada por el Magisterio.

Lo cual ha impactado no sólo sobre las tradiciones apostólicas, sino también sobre las eclesiásticas. Respecto de estas segundas es muy significativo el cambio de orientación o acento entre la Profesión tridentina de fe, de un lado, y de otro lado la Profesión de fe hoy prescrita y el Catecismo de Juan Pablo II.

La Profesión tridentina de fe (1564, vigente hasta 1967) obligaba a admitir y abrazar "firmísimamente las tradiciones apostólicas y eclesiásticas".

En la nueva Profesión de fe (1967, modificada en 1988) no se hace mención de las tradiciones eclesiásticas.

Y en el nº 83 del Catecismo de Juan Pablo II se afirma que las "tradiciones eclesiales" pueden ser "mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio". De nuevo, predominancia del Magisterio sobre la veneración debida a las tradiciones eclesiásticas.

30/06/22 6:15 PM
  
Manuel Darío Ochoa de la Rosa
Qué gran noticia! Una obra sobre la obediencia!

Creo que actualmente los católicos estamos muy necesitados de comprender bien cuál es la enseñanza de la Iglesia al respecto, y si esto viene de la mano de Castellani y del Padre Jorge Hidalgo, pues tengo la tranquilidad de contar con doctrina segura!

Gracias por traer esta obra a conocimiento, Padre Javier. Dios los siga bendiciendo por tanto bien que hacen como sacerdotes fieles.
01/07/22 5:44 AM
  
Angeles Wernicke
Mil gracias, Padre Javier, por sus entrevistas en Youtube al Padre Christian Ferraro sobre Santo Tomàs de Aquino... màs valiosas que una mina de oro! Otra gran consecuencia de sus sitios y videos es presentarnos gente tan valiosa, que de no ser por ustedes los buenos sacerdotes catòlicos en las redes, no tendrìamos oportunidad de conocer. Dios los bendiga.
01/07/22 2:05 PM
  
Víctor
Quizás algunos sedicentes católicos no son del todo conscientes del espíritu protestante que en cierto sentido parece animarlos y andan así de caza de brujas. Porque el voluntarismo nominalista negó el verdadero fundamento de la obediencia y por eso terminó desembocando en la soberanía popular roussoniana.

El beato Dom Columba Marmion va en la línea de la tan antigua Regla de San Benito y sigue la tradición monástica. Y conocía a Santo Tomás, quien no es de otro parecer sobre el eminente valor de la virtud de la obediencia, como se puede apreciar en la Suma Teológica II-IIae, q. 104, a. 2, en donde después de aclarar que las mayores virtudes son las teologales dice:

Y, entre tales virtudes morales aquélla es más importante que desprecia un bien mayor para unirse a Dios. Y hay tres clases de bienes que el hombre puede despreciar por Dios: los ínfimos son los bienes exteriores; los medianos, los corporales, y los bienes supremos, los del alma; entre ellos, la voluntad es en cierto modo el principal, en cuanto que por ella el hombre se sirve de todos los demás. Según esto, hablando con propiedad, la virtud de la obediencia, que renuncia por Dios a la propia voluntad, es más importante que las otras virtudes morales, que renuncian por Dios a algunos otros bienes. Por esto dice San Gregorio, en últ. Moral., que con razón se antepone la obediencia a las víctimas: porque por éstas se sacrifica la carne ajena, mientras que por la obediencia se inmola la propia voluntad.

También se sigue de aquí que las demás obras, cualesquiera que sean, de las virtudes en tanto son meritorias ante Dios en cuanto van hechas con la intención de obedecer al Señor. Porque, aunque alguien sufriese el martirio o distribuyera todos sus bienes entre los pobres, tales actos no serían meritorios si no estuviesen ordenados al cumplimiento de la voluntad divina, y esto indudablemente pertenece a la obediencia. Como tampoco serían meritorios si se obra sin caridad, virtud que sin obediencia no puede darse. Y, en efecto, en 1 Jn 2,4-5 leemos que el que dice que conoce a Dios y no cumple sus mandamientos, es un mentiroso; mientras que quien guarda sus mandamientos, en ése verdaderamente la caridad de Dios es perfecta. Y esto es así porque la amistad produce un mismo querer y no querer. (Copiado de la página hjg.com.ar)
01/07/22 10:08 PM
  
Mamsrtron
Estimado Padre: Interesante artículo. Dígame, eso sí, cuál es la diferencia que usted ve entre católico tradicional y tradicionalista?
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Tradicional es a tradicionalista lo que natural a naturista o cabal a cabalista... Los sufijos denotan muchas veces partidismo y hasta adicciones. Y no me gustan ni los unos ni los otros. Católico tradicional, o más bien "católico" a secas, sería mejor.
Si quiere profundizar, le dejo un art. que ya tiene algunos años: https://www.quenotelacuenten.org/2016/10/22/la-devotio-moderna-caracteristicas-y-sintomas-de-un-catolico-tradicional/
01/07/22 10:17 PM
  
Feri del Carpio Marek
La diferencia crucial que me parece ver entre Columba Marmion y Tomas de Aquino es que para el doctor angélico esta virtud consiste en el sometimiento de la voluntad, en cambio para el benedictino implica también en el sometimiento de la inteligencia, lo que degeneraría en obedencialismo.

Me parece que la única virtud que exige el sometimiento de la inteligencia es la fe, y este sometimiento no se hace a un humano, sino a Dios que se revela.
02/07/22 12:31 PM
  
Feri del Carpio Marek
San Ignacio de Loyola, al parecer movido por la reacción al naciente protestantismo con su libre examen, también cae en el exceso marmioniano en su regla 13 para sentir con la Iglesia:

"Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas."

El padre Iraburu en un precioso artículo comenta: "La formulación de esta última regla hay que entenderla en sentido espiritual, pues en un estricto sentido literal no es apenas aceptable."

De hecho, en el mismo artículo, D. José María hace ver que san Ignacio era consciente de que muchos jerarcas eclesiásticos no traían recta doctrina:

"En una carta de Ignacio a Diego de Gouvea (23-11-1538), principal del Colegio parisino de Santa Bárbara, donde él ha residido años antes, le confiesa: «no faltan tampoco en Roma muchos a quienes es odiosa la luz eclesiástica de verdad y de vida». Dice muchos. Y atribuye estos errores a la mala vida: «de temer es que la causa principal de los errores de doctrina, provengan de errores de vida; y si éstos no son corregidos, no se quitarán aquellos de en medio»."

Coloco aquí el link a ese artículo iraburiano, oara el que esté interesado:

https://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/0909301023-31-san-ignacio-de-loyola-y-ii

Que entre otras cosas, nos regala esta perla:

"El Señor le dice a Santa Catalina de Siena: «Mira y fíjate cómo mi Esposa tiene sucia la cara. Cómo está leprosa por la inmundicia y el amor propio y entumecida por la soberbia y la avaricia» (Diálogo II, cp.XIV). Los pastores no corrigen «al que está en puesto elevado, por miedo de comprometer su propia situación. Reprenderán, sin embargo, al menor, porque ven que en nada los puede perjudicar… Por culpa de los pastores malos son malos los súbditos» (III, cp.CXXII). Y ella exclama: «¡Ay de mí! ¡Basta de callar! Gritad con cien millares de lenguas. Veo que, por callar, el mundo está podrido y la Esposa de Cristo ha perdido su color» (cta. 16, a un alto prelado)."
02/07/22 12:51 PM
  
Urbel
La obediencia propia de los religiosos, que es un consejo evangélico, no es exigible de los demás fieles, para quienes rigen los preceptos pero no los consejos.

Santo Tomás de Aquino distingue en la cuestión 104 de la II-II entre tres clases de obediencia:

- La obediencia suficiente, que se exige a todos, y obedece en lo mandado.

- La obediencia perfecta, propia de los religiosos, que obedece en todo lo lícito.

- Y la obediencia servil o indiscreta, que obedece incluso en las cosas ilícitas.
02/07/22 1:51 PM
  
Federico Ma.
Santo Tomás no dice que la obediencia perfecta, que obedece en todo lo lícito, "es propia de los religiosos": eso es un agregado que no parece correcto ni fundado (basta leer el cuerpo del artículo y toda esa respuesta para darse cuenta de ello).

El pasaje (al parecer tergiversado) dice, en cambio, así:

"Sic ergo potest triplex obedientia distingui, una sufficiens ad salutem, quae scilicet obedit in his ad quae obligatur; alia perfecta, quae obedit in omnibus licitis; alia indiscreta, quae etiam in illicitis obedit" (S. Th., II-II, q. 104, a. 5, ad 3).

Precisamente, los religiosos se caracterizan por sus votos: esto podría considerarse, en este punto, lo "propio" de ellos: el voto de obediencia. Ahora bien, el voto obliga...: entonces sería incomprensible si santo Tomás considerara como lo "propio" de los religiosos, merced al voto, lo que él mismo dice que pueden querer libremente: "si quisieran obedecer...": "Si autem etiam in aliis obedire voluerint...". Los religiosos, en cambio, están obligados a obedecer merced al voto: "tenentur". Lo cual, en realidad, vale para todo hombre respecto de sus superiores legítimos dentro de sus competencias (i.e., servatis servandis): por eso la doctrina del Angélico en este artículo se refiere a la virtud de la obediencia en general, válida para todos (y no se refiere directamente al voto). De allí que sostenga: "in his quae pertinent ad dispositionem actuum et rerum humanarum, tenetur subditus suo superiori obedire secundum rationem superioritatis": "...el súbdito [todo súbdito] debe obedecer a su superior según la razón (o el género) de su superioridad".

Si no se comprende que toda obediencia es de la misma especie ("obedientia omnis sit eadem specie" [S. Th., II-II, q. 104, a. 2, ad 4]), es probable que se establezcan consideraciones infundadas sobre el voto y la virtud, y que se diga que es "propio" de los religiosos lo que en verdad no lo es.

02/07/22 9:34 PM
  
Federico Ma.
Lo de Columba Marmion habría que verlo más en su contexto, dado que, aunque no infalible, es un autor en general muy bueno. (Por eso el prólogo parece un poco demasiado simplista). También lo de san Ignacio es susceptible de una interpretación correcta. Aquí hay otro artículo al respecto, del P. Francisco Delgado: infocatolica.com/?t=opinion&cod=28360.

En cuanto a la llamada "obediencia de juicio" y la "obediencia ciega", el P. Royo Marín trae un comentario muy bueno en "La vida religiosa", en el capítulo sobre la obediencia, compatibilizando estas nociones con santo Tomás, siguiendo al P. M. LLamera, tomista.

En cuanto a la virtud sobrenatural de la fe, claro que, siendo teológica, tiene como objeto formal la autoridad de Dios revelante, pero no hay que olvidar que está la proposición de la Iglesia. Como decía san Agustín (que de nominalista no tenía nada), "No creería en el Evangelio, si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica" (Contra epistulam Manichaei quam vocant fundamenti, 5, 6) (Cf. Humani generis, n. 12). Los Salmanticenses dicen que la proposición de la Iglesia es "condición necesaria" para nosotros. Pero, en todo caso, la fe (virtud intelectual) se refiere a algo doctrinal, mientras que la obediencia (virtud moral), en cambio, no se refiere a cuestiones doctrinales, sino al campo práctico. De allí que se hable de "obsequio religioso" del entendimiento (LG, n. 25).
02/07/22 10:30 PM
  
Urbel
Y en la cuestión 186 de la misma II-II se afirma por Santo Tomás que la obediencia del religioso es universal porque toca al estado de perfección, mientras que la de los demás es particular.
02/07/22 11:27 PM
  
Federico Ma.
En cuanto a la obediencia de los religiosos, se da “...in his quae pertinent ad religiosam vitam” (II-II, q. 186, a. 5, c.).

El voto de obediencia “amplía” así el campo de la virtud de la obediencia y la “incluye”, por así decir, en la virtud de la religión. Pero no es propio de los religiosos “obedecer en todo lo lícito”. Además de que todo cristiano debe tender a la perfección (LG, n. 11). No tiene sentido pretender que porque su campo de obediencia es más amplio (pues a ello se obligaron por un voto) pasa a ser por eso otra la virtud o se rige por otros principios. De allí que la obligación de obedecer se mantiene en ambos, tanto en el seglar como en el religioso, respecto de sus respectivos superiores en sus correspondientes ámbitos: y así para todos rigen en general los mismos principios que santo Tomás trata en las qq. 104 y 105 de la II-II, en donde considera la virtud en sí misma (que es la que deben tener tanto el seglar como el religioso).

Sin duda, “comparatur ista obedientia ad aliam sicut universale ad particulare” (ad 1); pero también “votum obedientiae habet quandam universalitatem, licet non se extendat ad omnes particulares actus” (ad 4). Pretender que la obediencia tiene por objeto, en el caso de los religiosos, “lo lícito” sin más, es absurdo, porque tendría otra naturaleza que la obediencia, cuyo objeto es el precepto del superior correspondiente: “praeceptum superioris cuiuscumque” (II-II, q. 104, a. 2, ad 2). Y el precepto del superior, en el caso del religioso, no se puede extender a todo: “Deo subiicitur homo simpliciter quantum ad omnia, et interiora et exteriora, et ideo in omnibus ei obedire tenetur. Subditi autem non subiiciuntur suis superioribus quantum ad omnia, sed quantum ad aliqua determinate” (II-II, q. 104, a. 5, ad 2). Y: “religiosi obedientiam profitentur quantum ad regularem conversationem, secundum quam suis praelatis subduntur. Et ideo quantum ad illa sola obedire tenentur quae possunt ad regularem conversationem pertinere” (ad 3). Si quieren obedecer en lo lícito, pues bienvenido: eso corresponde a la perfección, dice santo Tomás: pero esto también vale para el seglar respecto de su superior en lo lícito: no corresponde a lo necesario a la virtud, sino a la perfección.

También un militar, por ejemplo, tiene un campo más amplio de obediencia, en un sentido, que un simple ciudadano. Pues bien: el religioso se compromete para con Dios mediante un voto a obedecer al prelado en las cosas que conciernen a la perfección, según una Regla.
03/07/22 4:00 AM
  
Federico Ma.
Por lo demás, la fe sobrenatural no se refiere como a objeto a tradiciones eclesiásticas, so pena de dejar de ser virtud teológica (o teologal). Decir que “el Magisterio devora a la Tradición” y luego ejemplificarlo con las tradiciones eclesiásticas, es confundir “Tradición” con “tradiciones eclesiásticas” (como algunos lefebvrianos).

En cuanto a la relación, el Sacrosanto Concilio Vaticano II lo ha expresado bien:

La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia...

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” (DV, n. 10).

A los que no quieren reconocer el Magisterio, ciertamente que les cuadra bien el solo binomio… (también a algunos cismáticos). A los que, en cambio, creemos que la Santa Iglesia Católica es necesaria para la salvación, no.

“La raíz de este acto cismático se puede individuar en una imperfecta y contradictoria noción de Tradición” (Ecclesia Dei, n. 4).
03/07/22 4:03 AM
  
Feri del Carpio Marek
La obediencia ciega es una aberración, propia de un tradicionalismo que toma ciertos excesos de algunos santos autores eclesiásticos como doctrina revelada. San Ignacio de Loyola, el beato Columba Marmion, y cualquier otro que diga que se debe obedecer al superior sometiendo la inteligencia (y por tanto llegando a actuar aún en contra de la propia conciencia), simplemente se equivocan en ello. La doctrina católica de siempre es otra.

Lo católico siempre ha sido, y será: obedecer a Dios antes que a los hombres. Nunca se debe violentar la propia conciencia, que es donde Dios habla, para obedecer a un hombre, sea el que sea. Por supuesto que se puede ser culpable de no formar bien la conciencia, pero siempre se debe obedecer a la conciencia.
03/07/22 4:29 AM
  
Ireneo
"Escritura, Tradición y Magisterio"

Se supone que el Magisterio de la iglesia tiene en cuenta los dos anteriores.

El problema no viene por ahí. El problema desde hace mucho es que no se sabe lo que es Magisterio. El Vaticano I declaró el dogma de la infabilidad papal, y a día de hoy, sabemos que el Papa puede ser infalible, pero no sabemos con certeza qué expresiones son infalibles, qué documentos, de qué manera.

Hace apenas 20 años la inmensa mayoría afirmaba que las encíclicas las canonizaciones y el Catecismo eran infalibles. Hoy hemos llegado a un punto en el que no solo se pone en duda todo eso, sino que una gran cantidad de fieles niega que sea magisterio cambios doctrinales como la pena de muerte. Es más, ni siquiera se sabe si lo que vale es lo de ahora o lo anterior. Se supone que ciertas doctrinas eran inmutables y van cambiando una detrás de otra. Y no solo a partir de Francisco. Estamos en una situación parecida al cisma de occidente, en la que había tres Papas y cada uno elegía como verdadero el que consideraba oportuno. Hoy se presentan al fiel decenas de doctrinas y espiritualidades católicas incompatibles, y lo mismo, elija Vd. la que le venga mejor.

El problema es, sin duda, la doctrina de la Iglesia. Se "interpreta" como a cada uno le brota y eso afecta a todos, no es solo una cuestión de progres.

Obviamente la cuestión de la obediencia es clave. Es una herramienta fundamental tanto para manejar conciencias y personas como para hacer lo que me da la gana. La disparidad de pareceres es casi infinita.
03/07/22 1:28 PM
  
Urbel
No se pone en cuestión la autoridad del Magisterio en sus diversos grados. Se pone en cuestión el acierto de la innovación de haberlo elevado al nivel de la Escritura y la Tradición, binomio clásico o tradicional.

Hay magisterio infalible e irreformable, sea solemne u ordinario y universal. Hay magisterio meramente auténtico. Y desde el discurso Gaudet Mater Ecclesia de apertura del Vaticano II se habla de un nuevo género de magisterio meramente pastoral.

Tenemos, por ejemplo, el caso de Amoris laetitia, cuya interpretación por los obispos argentinos fue confirmada como magisterial mediante su publicación en las Actas de la Sede Apostólica.

Claro está que Iraburu resuelve la aporía afirmando que, en la medida en que existe contradicción con previas enseñanzas magisteriales, en esa medida las enseñanzas innovadoras no tienen carácter magisterial.

Lo cual es precisamente lo que llevan décadas afirmando quienes imputan errores en ciertos puntos a las enseñanzas del Vaticano II y posconciliares.

Sin ser por ello cismáticos ni herejes.
03/07/22 7:16 PM
  
Urbel
Bastante de acuerdo con Ireneo en cuanto a la descripción de la situación de la Iglesia desde el Vaticano II.

Pero no en que la confusión sea ajena a la innovadora triada de Escritura, Tradición y Magisterio. Me remito al comentario anterior.

La comparación con el cisma de Occidente es antigua y recurrente. Pero, como escribió Rafael Gambra en los años 70 del pasado siglo, entonces hubo dos y hasta tres papas a la vez, pero sin que sufriera la unidad de la Fe. En cambio en la crisis actual, decía Gambra, tenemos un solo papa pero algo semejante a dos iglesias.

O como escribió Meinvielle, un solo papa a la cabeza de la Iglesia de las promesas y de la Iglesia de la publicidad. Lo cual no es una verdad teológica, pero sí una metáfora o comparación muy iluminadora.
03/07/22 7:27 PM
  
Federico Ma.
Hablar de "innovadora tríada" a la luz del n. 10 de Dei Verbum no tiene sentido: allí se indica claramente el papel del Magisterio. Lo que allí se expone, por otra parte, es la doctrina que ya san Agustín expresaba en el pasaje citado y es lo que explica la teología: van siempre juntos. Lo cual se puede apreciar también en lo que ya decía el Concilio de Trento:

"Decreta además, con el fin de contener los ingenios insolentes, que ninguno fiado en su propia sabiduría, se atreva a interpretar la misma sagrada Escritura en cosas pertenecientes a la fe, y a las costumbres que miran a la propagación de la doctrina cristiana, violentando la sagrada Escritura para apoyar sus dictámenes, contra el sentido que le ha dado y da la santa madre Iglesia, a la que privativamente toca determinar el verdadero sentido, e interpretación de las sagradas letras..." (Sesión IV, Decreto sobre la edición y uso de la SE).
03/07/22 10:38 PM
  
Federico Ma.
"Sin ser por ello cismáticos...".

"El cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos. El que incurre en cisma no niega ninguna verdad de fe, pero rompe el vínculo que le une al Romano Pontífice y a los demás miembros de la Iglesia. Rompe uno de los tria vincula que nos une a los católicos, el vinculum regendi, al declararse no sometido a la autoridad del Papa. No incurre en cisma quien desobedece al Santo Padre. Este hecho, aunque puede ser muy grave, en sí no constituye un cisma. Lo que es esencial al cisma es negar al Papa su autoridad sobre la Iglesia.

Como dijo el Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos en la Nota Explicativa de 24 de agosto de 1996 sobre la excomunión en que incurren los seguidores de Lefebvre en su n. 5, el cisma (y la consecuente excomunión) afecta a aquellos que se adhieren formalmente a un movimiento cismático. Aunque sobre la cuestión del alcance exacto de la noción de ‘adhesión formal al cisma’ sería competente la Congregación para la Doctrina de la Fe, parece que tal adhesión debe implicar dos elementos complementarios:

a) uno de naturaleza interna, que consiste en participar libre y conscientemente en la sustancia del cisma, esto es, en el optar por los seguidores de Lefebvre en tal modo que se ponga tal opción por encima de la obediencia al Papa;

b) otro elemento de índole externa, consistente en la exteriorización de esta opción, cuyo signo más manifiesto sería la participación exclusiva en los actos lefebrianos, sin tomar parte en los actos de la Iglesia Católica. Se trataría, sin embargo, de un signo no unívoco, puesto que existe la posibilidad de que algún fiel tome parte en las funciones litúrgicas de los seguidores de Lefebvre sin participar en su espíritu cismático.

Naturalmente estas indicaciones se deberán aplicar en movimientos cismáticos análogos".

Fuente: iuscanonicum.org.
03/07/22 10:40 PM
  
Federico Ma.
La llamada "obediencia ciega" se puede entender rectamente: fíjese en la explicación que da el P. Royo Marín, que presenta como concorde con el tomismo.

"Por supuesto que se puede ser culpable de no formar bien la conciencia, pero siempre se debe obedecer a la conciencia".

Pues no, no siempre. Pues cuando es venciblemente errónea, NO se debe seguir (aunque no se debe obrar contra ella). Fíjese en los comentarios a un post anterior: "El que obedece nunca se equivoca". Y en lo que se relaciona con la obediencia, aquí hay algo de Billuart: academia.edu/78539298/Sobre_la_obediencia_en_caso_de_duda_de_la_licitud_de_lo_mandado_Charles_R_Billuart_O_P_
04/07/22 2:02 AM
  
Feri del Carpio Marek
Federico Ma, el articulo que traes de Billuart comienza precisamente confirmando lo que yo dije:

"El súbdito no puede obedecer a su superior contra el dictamen de su conciencia que le dicta serilícito aquí y ahora obedecer (cf. De ver., q. 17, a. 5, c.), porque nunca es lícito obrar contra laconciencia, y la misma obliga por la fuerza del precepto divino, que está sobre el precepto del hombre"

A continuación, se expresa mal el autor, como se puede ver por el contexto de lo que dice, planteando como excepción un caso de "conciencia venciblemente errónea", cuando en realidad no representa ninguna excepción, porque se refiere al caso de duda. Si se duda, significa que la conciencia no ha emitido un dictamen, entonces no se está obedeciendo en contra de la propia conciencia.
04/07/22 7:59 AM
  
Urbel
Muy ponderado el texto citado de iuscanonicum.org, sea quien sea su autor.

Cuando señala que desobedecer al Papa, por muy grave que pueda ser (y según los casos puede serlo o no serlo, es precisamente la cuestión debatida), "en sí no constituye un cisma", me recuerda el título de un antiguo y excelente artículo sobre el asunto: "¿Cuánta desobediencia constituye un cisma?". Y la respuesta del autor: de suyo, ninguna cantidad o repetición de desobediencias constituye un cisma.

Que es lo que había que demostrar.

Y sí, calificar como innovación la triada Escritura, Tradición y Magisterio sí tiene sentido, porque es, sin duda alguna, una expresión novedosa.

Trento se refiere varias veces a la Escritura y la Tradición, no a la Escritura, la Tradición y el Magisterio (palabra esta última de introducción posterior aunque el concepto, bien acotado, sea legítimo).

Cierto que en el lugar por usted citado recuerda contra los protestantes que debemos adherir al sentido que a la Escritura "ha dado y da" (muy interesante esta precisión temporal) la Iglesia, a la que toca privativamente hacerlo. Lo cual cabe aplicar igualmente al sentido que la Iglesia "ha dado y da" (muy interesante esta precisión temporal) a la Tradición.

Sin que ello eleve esa interpretación o determinación, que permanece sin admitir contradecirse ("ha dado y da"), al lugar eminente de la Escritura y la Tradición.
04/07/22 8:23 AM
  
Feri del Carpio Marek
Pero aún en el caso de duda, la obediencia no debe ser ciega, sino que se debe pedir aclaración de la duda al superior sobre la orden que está dando, como hizo a la Virgen María con el arcángel, y como manda san Benito en su regla.
04/07/22 4:50 PM
  
Federico Ma.
La distinción de Dei Verbum es evidente. Y la realidad que expresa sobre SE, Tradición y Magisterio, plenamente verdadera.

Si uno quiere llamarlo a eso "novedad", pues habría que decir lo mismo de la definición de la "inmaculada concepción" de la Santísima Virgen, dado que no está así dicha en la SE, y también de la definición de la "consubstancialidad" del Verbo, pues lo mismo. La novedad en la sola expresión no tiene nada de subversivo. De nominibus non est disputandum.

Seguir repitiendo que se trata de una "tríada novedosa" sin fundamentar la crítica más que en esa repetición, da a entender que la crítica es infundada, como no podría ser de otro modo.

El Magisterio infalible determina el verdadero sentido. Ergo, no es que se "eleve" su determinación al nivel de la SE y la Tradición, sino que siempre se mantiene en ese nivel, pues no propone lo que se le ocurre, sino lo que ha sido por Dios revelado: por eso lo propone para ser creído con fe sobrenatural. Eso en cuanto al Magisterio infalible. En cuanto al no infalible, se pide un "obsequio religioso", que es distinto y es más complejo.

Por cierto, hay que estar ciego para no ver que allí el Concilio de Trento habla de la Iglesia, y para no ver que el n. 10 de la Dei Verbum no hace sino explicitar esa idea.
04/07/22 7:01 PM
  
Federico Ma.
En cuanto a lo obediencia ciega, le copio otro comentario:

"Y por cierto que a eso apunta también la obediencia llamada "ciega", rectamente entendida: a que, tratándose del legítimo superior y dentro de su campo, siempre que no mande nada claramente pecaminoso, entonces hay que obedecer, sin tener en cuenta otras cosas, sin considerar otras cuestiones, "cerrando los ojos", cual ciego, a ellas".

De modo que no es "absolutamente ciega", lo cual sería un absurdo. Es una expresión algo hiperbólica, cuyo sentido hay que tratar de entender antes de rechazar.

Claro que si el mandato no está claro, ahí parece que no se puede obedecer, pues precisamente el mandato es el objeto de la obediencia. Esto lo trata el P. Delgado en el post referido.
04/07/22 7:05 PM
  
Federico Ma.
En cuanto a lo de la conciencia, el principio es que no es lícito seguir la conciencia venciblemente errónea (de nuevo lo remito a los comentarios del otro post, en donde expuse algo de lo que dice el P. Garrigou-Lagrange).

Lo de Billuart es correcto, pues en principio no es lícito proceder con duda sobre la licitud de lo agible (menos aún con probabilidad respecto de la ilicitud). En fin, es el principio anterior (puede verlo desarrollado en "De beatitudine, de actibus humanis et habitibus", de Garrigou, cuando trata de la conciencia). Claro que se trata, repito, de una conciencia errónea, y venciblemente: en cuyo caso hay antes que deponerla. Si no se hace esta aclaración se corre el riesgo de hacer de la conciencia como una especie de norma última y suprema de la moralidad y poder justificar así hasta el proceder de un Lutero.
04/07/22 7:20 PM
  
Urbel
Estoy tan ciego como Sergio Castaño en el prólogo al libro que ha dado pie a este debate.

Tan ciego como el autor cuando trata de la "aparición" del Magisterio, cita al respecto en una nota al cardenal Billot, defensor de otro binomio clásico (orden y jurisdicción), y afirma que el Magisterio tiende a "ingurgitarse a la Tradición y la Escritura".

Claro que usted empezó opinando que el prólogo de Castaño le parecía un poco demasiado simplista. Está usted en su derecho. Pero no escribió por ello que Castaño estuviese ciego, lo cual reserva para este servidor.

Yo no creo que usted esté ciego, me limito a comprobar que discrepamos. Sobre todo cuando usted compara la innovación del nombre del Magisterio y la exaltación y expansión de su uso no dogmático con definiciones dogmáticas como la consubstancialidad del Verbo o la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.
05/07/22 7:56 AM
  
Ireneo
Urbel:

Yo no creo que haya habido ninguna irrupción particular en el CVII, en todo caso una continuidad con los sucesos anteriores. Creo que los problemas de la Iglesia se han ido generando desde hace siglos. Así tiene que ser, como está profetizado. La apostasía no es un acontecimiento que solo afecte a dos generaciones.

Federico Ma.:

Me he leído sus comentarios. El problema de sus razonamientos es que se apoya en lo que se supone que debería ser, pero que luego no lo es.

Habla Vd. de magisterio infalible. ¿Qué es magisterio infalible?. Hay un magisterio teórico que queda muy bien en determinados contextos, pero que luego, en la práctica, queda totalmente difuminado. Esto no se quiere reconocer, se niega. Si las herejías durante muchos siglos se caracterizaban por un enfrentamiento directo con posturas doctrinales distintas, hoy, se dice que se acepta el magisterio, pero luego con los hechos, con los argumentos dialécticos, en el día a día, se mantienen acciones contradictorias, que sistemáticamente se defienden, retorciendo los argumentos que haya que retorcer, para seguir defendiendo que es la misma postura magisterial de siempre. Siempre hay 500 peros y 800 excepciones.

Ya he comentado la infabilidad Papal y la pena de muerte.

Me ha llamado la atención que recurra al argumento de que "no es lícito seguir la conciencia venciblemente errónea " para establecer cuando obedecer o no. Son los clásicos argumentos solemnes que pretender ser una guía moral de actuación, pero que no dicen absolutamente nada. Es más, imponen un fardo pesadísimo de ya no solo discernir si se debe obedecer o no, sino si la propia conciencia personal (falible por definición) está habilitada para hacerlo. Es como permitir a un cazador disparar solo en el caso de estar seguro de que no va a fallar el tiro.
Esas doctrinas, como muchas surgidas más o menos a partir del uso de la filosofía, están al servicio de intentar dar una apariencia de "redondez" doctrinal, donde se aparente la resolución de cabos sueltos. A nivel moral, es una herramienta poderosa para que el que quiera manipular pueda hacer palanca, y un serio problema para aquellos que queriendo hacer las cosas bien, se ven impuestos por una serie de cargas de conciencia que les lleva a un comportamiento pusilánime en diferentes grados.
05/07/22 11:35 AM
  
Oscar Alejandro Campillay Paz
Estimado Víctor:
totalmente de acuerdo con su impecable comentario!

Y si el prólogo del libro adelanta fielmente su orientación, este podría ser una triste apología a la (muy neoprotestantoide) libre interpretación del Magisterio.

Bendiciones.
05/07/22 3:14 PM
  
Federico Ma.
La Santa Iglesia Católica es indefectible.

De allí que hablar de Magisterio "devorándose a la Tradición" no tiene sentido. Luego, está claro, "queda espacio" para todos los desórdenes, heterodoxias y herejías que estamos desgraciadamente presenciando, in crescendo.

No dije directamente que Ud. estuviera ciego: dije que no ver la presencia del Magisterio en ese pasaje de Trento (y en el de san Agustín (y se podría seguir, claro está)) en la línea de la posterior explicitación de Dei Verbum, es estar ciego. Y si, de hecho, no se ve (y hasta se critica), pues la carga de la prueba está por parte del que lo critica. Y no vale limitarse a decir y repetir tan sólo que se trata de una "tríada novedosa": así no se demuestra nada.

Espero (y lo digo sinceramente) que no sea su caso el de algunos virulentos seguidores de M. Lefebvre, para quienes, por ejemplo, el Novus Ordo es inválido y hasta sacrílego: en ese supuesto se entendería, en cierto sentido, el rechazo del Magisterio (al menos el de los últimos años) para quedarse (supuestamente) con la Escritura y la Tradición. Pero volveríamos a lo que denunciaba Ecclesia Dei: una concepción errónea de la Tradición: "es sobre todo contradictoria una noción de Tradición que se oponga al Magisterio universal de la Iglesia, el cual corresponde al Obispo de Roma y al Colegio de los Obispos. Nadie pude permanecer fiel a la Tradición si rompe los lazos y vínculos con aquél a quien el mismo Cristo, en la persona del Apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia" (la referencia es al CVI).

Lo que comparé es la "innovación" (si así quiere llamársela) terminológica: fui bastante claro. Su lectura me induce a desconfiar de que esté leyendo como corresponde lo que he escrito. Si no se sale de acusar una determinada terminología, eso es dar golpes en el aire. Pues, como ya decía san Agustín a un obcecado arriano, de lo que en verdad se trata es de si la verdad expresada con el término nuevo es o no conforme a la fe católica. Y tampoco se puede achacar al Magisterio sin más lo que hacen determinados Pontífices.
07/07/22 3:52 AM
  
Federico Ma.
Ireneo:

Si no está claro "lo que debería ser", el deber ser, no se puede comprender correctamente el asunto como luego, de facto, es. Por ejemplo, lo que hace a las las nociones de Tradición, Magisterio, etc.

Con Magisterio infalible me refiero a lo que entiende cualquier católico, tal como lo expresa Lumen gentium en el n. 25. No niego lo que da a entender: con Ud., lo deploro. Pero eso, evidentemente, no afecta al Magisterio. Ud. mismo dice que se da en la práctica: precisamente; mientras que, en cambio, el Magisterio es doctrinal, teórico.

Lo de la pena de muerte, pues hay que tomarlo como únicamente parece que se puede tomar: como una determinación aparentemente prudencial (falible en cuanto tal) atendidas ciertas (no me parece que todas) circunstancias históricas (que es lo que valdría, mutatis mutandis, para interpretar auténticamente la Dignitatis humanae, como hacía el P. Meinvielle (sin necesidad de meterse ahora en este tema), aunque allí había un fundamento objetivo en los Estados pluri-confesionales: en todo caso, el Catecismo aclaró mejor la Declaración, con referencias a Pío IX; León XIII y Pío XI, en la línea del n. 1 de la DH).

Lo de AL se ha de entender como un error y punto, como dice el P. Iraburu: que ha habido algún otro caso en la historia de la Iglesia.

Lo de la conciencia lo dejo para otro momento, Dios mediante. No he hecho sino exponer la doctrina tomista. Sí que es importante. Pues decir sin más que "siempre se debe obedecer a la conciencia", sin aclarar eso, no sólo no es correcto, sino que puede abrir la puerta a un excesivo subjetivismo. Y también quise decir algo sobre la importancia y eminencia de la obediencia: pues la reacción ante un "obediencialismo" no debe llevar al otro extremo. De cualquier modo, son ámbitos distintos: la obediencia no se refiere a lo doctrinal, sino a lo práctico y contingente.

La verdad no es un fardo pesadísimo, sino que es profundamente liberadora. Y la ciencia ética, filosófica y teológica, ayuda a conocer la verdad, especialmente en circunstancias y tiempos en que se generan dudas y dilemas, a veces agudos y no poco dolorosos.
07/07/22 4:17 AM
  
Urbel
"Lo de AL se ha de entender como un error y punto, como dice el P. Iraburu: que ha habido algún otro caso en la historia de la Iglesia."

¿Y por qué "y punto"? ¿Con qué autoridad se dice "y punto"?

Iraburu mantiene que las enseñanzas de Amoris laetitia contrarias al magisterio precedente no tienen propiamente naturaleza magisterial, de ningún grado, precisamente porque son contrarias al magisterio precedente. Aunque hayan sido consideradas como pretendidamente parte del magisterio auténtico en las Actas de la Sede Apostólica, al reproducirse y aprobarse la interpretación de Amoris laetitia por el episcopado argentino.

Es la misma tesis que quienes imputan errores a las enseñanzas del Vaticano II y posconciliares llevan décadas invocando: las enseñanzas novedosas del Vaticano II y posconciliares tales como, por ejemplo, las relativas al "subsistit", la libertad religiosa (que Meinvielle intentó salvar, en vano, como intentaba salvar sus propios escritos anteriores al Vaticano II) y el valor salvífico de las demás religiones, no tienen propiamente naturaleza magisterial, de ningún grado, precisamente porque son contrarias al magisterio precedente.

Claro está que Iraburu niega que exista contradicción entre esas enseñanzas novedosas y las del magisterio precedente. Este es el punto crucial (¡y punto!) del desacuerdo, sobre el cual la literatura es muy abundante.

A juicio de Iraburu, por ejemplo, el "subsistit" del Vaticano II dice lo mismo que el "est" de las encíclicas Mystici Corporis y Humani generis de Pío XII, y la declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa dice lo mismo que siglo y medio de magisterio antiliberal (Mirari vos, Quanta cura, Syllabus, Quas primas, Ci riesce etc.).

Pero al menos existe un punto de acuerdo entre Iraburu y quienes imputan errores al Vaticano II y las enseñanzas posconciliares: que, si existiera semejante contradicción (que Iraburu niega pero muchos otros afirman), las novedades del Vaticano II y posconciliares no tendrían autoridad magisterial de ningún grado.
13/07/22 12:57 PM
  
Urbel
Y para quienes siguen repitiendo la falsedad enorme de que la FSSPX y sus miembros y fieles son cismáticos o sus obispos siguen excomulgados (ni sus sacerdotes ni fieles lo estuvieron nunca), recomiendo la lectura de un artículo recientemente publicado en la Revista Española de Derecho Canónico (por cierto, de la Universidad Pontificia de Salamanca) por un canonista francés (por cierto, sacerdote de la FSSPX):

Pierre-Marie Berthe, "Las diócesis de Francia y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X: la celebración de los matrimonios en el marco de la carta romana del 27 de marzo de 2017" (REDC 78 (2021) 21-52).
13/07/22 3:58 PM
  
Federico Ma.
“No puede usted afirmar, sin embargo, la incompatibilidad de los textos conciliares, que son textos magisteriales, con el Magisterio y la Tradición. Puede decir que, personalmente, no ve esa compatibilidad y pedir, por lo tanto, a la Sede Apostólica que la explique. En cambio, si, por el contrario, usted afirma la imposibilidad de dicha explicación, se opone profundamente a la estructura fundamental de la fe católica, a la obediencia y humildad de la fe eclesial…” (Carta del Card. Ratzinger a M. Lefebvre, 20/7/1983).
17/07/22 11:38 PM
  
Federico Ma.
“En las presentes circunstancias, deseo sobre todo dirigir una llamada a la vez solemne y ferviente, paterna y fraterna, a todos los que hasta ahora han estado vinculados de diversos modos con las actividades del arzobispo Lefebvre, para que cumplan el grave deber de permanecer unidos al Vicario de Cristo en la unidad de la Iglesia católica y dejen de sostener de cualquier forma que sea esa reprobable forma de actuar. Todos deben saber que la adhesión formal al cisma constituye una grave ofensa a Dios y lleva consigo la excomunión debidamente establecida por la ley de la Iglesia” (Ecclesia Dei, n. 5).
17/07/22 11:39 PM
  
Federico Ma.
“El hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la institución. Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia” (Benedicto XVI, Carta sobre la remisión de la excomunión, 10/3/2009).
17/07/22 11:40 PM
  
Federico Ma.
¡Ah! Si lo dice un sacerdote de la FSSPX, entonces debe de ser correcto, por supuesto, sin lugar a dudas. En efecto, nadie más autorizado e imparcial para juzgar al respecto. Como cuando los protestantes dicen que ellos no son herejes, o los “ortodoxos” que ellos no son cismáticos.

Card. Burke: “los lefebvristas están en cisma con la Iglesia”.
aciprensa.com/noticias/cardenal-burke-lefebvristas-estan-en-cisma-con-la-iglesia-15315

17/07/22 11:41 PM
  
Federico Ma.
“El cisma. El cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos. El que incurre en cisma no niega ninguna verdad de fe, pero rompe el vínculo que le une al Romano Pontífice y a los demás miembros de la Iglesia. Rompe uno de los tria vincula que nos une a los católicos, el vinculum regendi, al declararse no sometido a la autoridad del Papa. No incurre en cisma quien desobedece al Santo Padre. Este hecho, aunque puede ser muy grave, en sí no constituye un cisma. Lo que es esencial al cisma es negar al Papa su autoridad sobre la Iglesia.

Como dijo el Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos en la Nota Explicativa de 24 de agosto de 1996 sobre la excomunión en que incurren los seguidores de Lefebvre en su n. 5, el cisma (y la consecuente excomunión) afecta a aquellos que se adhieren formalmente a un movimiento cismático. Aunque sobre la cuestión del alcance exacto de la noción de ‘adhesión formal al cisma’ sería competente la Congregación para la Doctrina de la Fe, parece que tal adhesión debe implicar dos elementos complementarios:

a) uno de naturaleza interna, que consiste en participar libre y conscientemente en la sustancia del cisma, esto es, en el optar por los seguidores de Lefebvre en tal modo que se ponga tal opción por encima de la obediencia al Papa;

b) otro elemento de índole externa, consistente en la exteriorización de esta opción, cuyo signo más manifiesto sería la participación exclusiva en los actos lefebrianos, sin tomar parte en los actos de la Iglesia Católica. Se trataría, sin embargo, de un signo no unívoco, puesto que existe la posibilidad de que algún fiel tome parte en las funciones litúrgicas de los seguidores de Lefebvre sin participar en su espíritu cismático”.

iuscanonicum.org
17/07/22 11:41 PM
  
Federico Ma.
Relea lo del P. Iraburu. Y entonces esa comparación que establece se viene abajo, pues es inconsistente. En efecto, el Magisterio “…se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo” (Const. dogm. Lumen Gentium, n. 25).

Es por eso que “parece evidente que el capítulo 8º de la Exhortación, y algunos otros párrafos dispersos en ella, no son propiamente Magisterio pontificio. Y esto por dos razones fundamentales: 1ª.–porque así lo indica el propio lenguaje empleado: «conviene» (293), «podrán ser valorados» (294), «ejercicio prudencial» (295), «plantear» (296), «acojo las consideraciones» (299), «es necesario, por ello, discernir» (299), «no necesariamente» (300), «actitudes» (300), «considero muy adecuado lo que quisieron sostener muchos padres sinodales» (302), «ruego encarecidamente» (304), «comprendo a quienes prefieren» (308), «pero creo sinceramente que» (308), «estas reflexiones» (309), «estas consideraciones» (311), «un marco y un clima» (312), «nos sitúa más bien en el contexto» (312), etc. Este lenguaje, obviamente, no es el propio de un documento doctrinal, sino de una reflexión personal, de la que se siguen unas orientaciones pastorales…”.
17/07/22 11:42 PM
  
Federico Ma.
¿El “valor salvífico de las demás religiones”?

“El sagrado Concilio… fija su atención en primer lugar en los fieles católicos. Y enseña, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de salvación es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. El mismo, al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el bautismo (cf. Mc 16,16; Jn 3,5), confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o a perseverar en ella” (Const. dogm. Lumen Gentium, n. 14).

Pero cuidado… Porque si se sigue leyendo, no está nada claro que los lefebvrianos estén objetivamente en camino de salvación… En efecto: “A esta sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente quienes, poseyendo el Espíritu de Cristo, aceptan la totalidad de su organización y todos los medios de salvación establecidos en ella, y en su cuerpo visible están unidos con Cristo, el cual la rige mediante el Sumo Pontífice y los Obispos, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión eclesiástica” (lo cual ya lo decía Pío IX: «Pero bien conocido es también el dogma católico, a saber, que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica, y que los contumaces contra la autoridad y definiciones de la misma Iglesia, y los pertinazmente divididos de la unidad de la misma Iglesia y del Romano Pontífice, sucesor de Pedro, “a quien fue encomendada por el Salvador la guarda de la viña”, no pueden alcanzar la eterna salvación» (Dz 2867)).
17/07/22 11:43 PM
  
Federico Ma.
«El hereje que rechaza un solo artículo de fe no tiene el hábito ni de la fe formada ni de la fe informe. Y la razón de ello está en el hecho de que la especie de cualquier hábito depende de la razón formal del objeto, y si esta desaparece, desaparece también la especie del hábito. Pues bien, el objeto formal de la fe es la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de la Iglesia. Por eso, quien no se adhiere, como regla infalible y divina, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura, no posee el hábito de la fe, sino que retiene las cosas de la fe por otro medio distinto. Como el que tiene en su mente una conclusión sin conocer el medio de demostración, es evidente que no posee la ciencia de esa conclusión, sino tan sólo opinión. Ahora bien, es evidente que quien se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible presta su asentimiento a todo cuanto enseña la Iglesia. De lo contrario, si de las cosas que enseña la Iglesia admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible, sino a su propia voluntad. Así, es del todo evidente que el hereje que de manera pertinaz rechaza un solo artículo no está preparado para seguir en su totalidad la enseñanza de la Iglesia (estaría, en realidad, en error y no sería hereje si no lo rechaza con pertinacia). Es, pues, evidente que el hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad» (S. Th., II-II, q. 5, a. 3, c.).

17/07/22 11:44 PM

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