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13.03.18

La virtud cuaresmal por excelencia

La Magdalena, Guido Reni, 1642

En este santo y bendito tiempo de Cuaresma, hemos transcrito para nuestros lectores algunos pasajes de la obra del beato Columba Marmion, “Jesucristo, ideal del monje”. Todos los pasajes pertenecen al Capítulo VIII: “La compunción del corazón”. En la tradición monástica, el tema de la compunción es no solo recurrente, sino verdaderamente esencial. Es por la contrición del alma (un corazón quebrantado y humillado, tu no lo desprecias, dice el Salmo 50) por donde caminamos retornando hacia nuestro Padre. Es, como lo dice el título de este post, la virtud cuaresmal por excelencia, algo que debemos pedir en la oración y procurar en cuanto nos sea posible, a través de la práctica de la humildad interior, el examen de conciencia y la fidelidad a la acción de la gracia en nuestras vidas. He aquí los textos del gran Abad benedictino Dom Columba, cuya lectura de sus obras recomendamos vivamente. Los destacados son nuestros.


 “El espíritu de compunción es precisamente el sentimiento de contrición, que domina de un modo permanente en el alma. Constituye al alma en un estado habitual de odio al pecado; por los movimientos interiores que provoca, es medio eficacísimo contra las tentaciones.

 La compunción, como verdadera fuente de humildad y generosidad, induce al alma a aceptar sin reserva la voluntad divina, en cualquier forma que se manifieste, y a pesar de todas las pruebas a que la someta… Por el amor tan gravemente ofendido se somete de buen grado a cualquier contrariedad por dura y penosa que sea; y en ello encuentra además una fuente inagotable de méritos.

 Este sentimiento es también origen de viva caridad para con el prójimo. Si en nuestros juicios somos severos y exigentes con los otros, si descubrimos con ligereza las faltas de nuestros hermanos, carece nuestra alma del sentimiento de compunción, porque el alma que lo posee ve en sí misma los pecados y debilidades de que adolece, se contempla tal como es delante de Dios, lo cual basta para destruir en ella el espíritu de vanagloria y hacerla indulgente y compasiva con los demás.

 Otro fruto, y de los más preciosos, del espíritu de compunción, es el fortalecernos contra las tentaciones…Las tentaciones sufridas pacientemente son fuente de méritos para el alma, y ocasión de gloria para Dios; porque el que responde con constancia a la prueba acredita la potencia de la gracia.

 No nos amilanemos, pues, en la tentación, por frecuente y violenta que sea. Es una prueba, y Dios la permite para nuestro bien. Por fuerte que sea, no es un pecado mientras no nos expongamos voluntariamente a sus instigaciones y no consintamos en ella. Sentiremos tal vez su atractivo, su deleite; pero mientras la voluntad no ceda estemos tranquilos, porque Jesucristo está con nosotros y en nosotros.

El santo Patriarca sabía, pues, por experiencia lo que era la tentación, y cómo se la resiste. Ahora bien, ¿qué nos aconseja? Empleando el lenguaje de su ascesis, diremos que nos provee de tres «instrumentos» para combatir: «Velar a todas horas sobre la propia conducta; estar firmemente persuadidos de que Dios nos está mirando en todo lugar; estrellar en Cristo, sin demora, los malos pensamientos que nos sobrevengan».

Nada hay tan peligroso para el alma como una familiaridad de mala ley en nuestras relaciones con el Señor; y la compunción nos libera de ese peligro, porque, como dice el padre Fáber, nos lleva a aprovechamos mejor de los sacramentos, porque nos mueve a recibirlos con más humildad y arrepentimiento, con más vivo sentimiento de nuestras necesidades.

No son, ciertamente, nuestras fragilidades, las flaquezas de alma y cuerpo, las que ponen óbice a la gracia… lo que paraliza la acción de Dios en nosotros es el aferrarse al propio criterio, al amor propio, la fuente más fecunda de infidelidades y faltas deliberadas.

No hemos de creer que el gozo esté ausente del alma contrita: todo al contrario. Excitando el amor, avivando la generosidad, fomentando la caridad, la compunción nos purifica más y más, nos hace menos indignos de unirnos a nuestro Señor; nos da seguridad de perdón y confirma la paz del alma. De esta manera no disminuye en nada la alegría espiritual ni el encanto de la virtud, sino que lo acrecienta.

Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje, Cap. VIII

 

 

 

 

21.05.17

En la tormenta, mirar a Cristo

Mons. Fulton Sheen

En el presente post compartimos con nuestros lectores un hermoso texto de la Vida de Cristo de Monseñor Fulton Sheen.

MONSEÑOR FULTON SHEEN (1885-1979), fue obispo de Estados Unidos, gran predicador y maestro de la fe católica. Fue pionero del uso de la TV y de la radio para predicar, destacando en sus programas “The Catholic Hour” (La Hora Católica) y “Life is Worth Living” (La Vida vale Vivirla)

El 3 de octubre de 1979 fue un momento muy especial para Mons. Sheen. El Papa Juan Pablo II lo abrazó en la Catedral de San Patricio, Nueva York, y le dijo: “¡Has escrito y hablado bien de nuestro Señor Jesucristo! ¡Eres un hijo leal de la Iglesia!". Tres meses más tarde, el 9 de diciembre, el Señor se llevó al buen obispo al cielo.

El 14 de septiembre, La Congregación para la Causa de los Santos oficialmente abrió la causa del Arzobispo Sheen y le confirió el título de “Siervo de Dios".

Aquí el texto, propicio para meditar en los tiempos de prueba y turbulencia, en las tentaciones y desconcierto, donde más que nunca debemos mantener la mirada interior fija en Cristo y en la victoria y fuerza de su gracia:

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23.03.17

San Benito: buscar a Dios, buscar la verdad, escuchar

San Benito y Santa Escolástica

Al mirar los frutos que ha dado en la historia la figura de San Benito, a través de sus hijos, entre los que se cuentan numerosos santos, Papas, cardenales, obispos, y cómo él ha llegado a inspirar un modelo católico de reinado de Cristo que influyó poderosamente en la constitución de la Cristiandad Medieval, interesa poder encontrar un primer principio que pueda dar razón de esta obra grandiosa en la vida eclesial y humana.

La Regla de San Benito comienza con las palabras:

«Ausculta, o fili, praecepta magistri» (ESCUCHA, oh hijo, los preceptos del maestro) [RB Prol].

Ausculta: no es lo mismo escuchar que oír. Se puede oír algo sin abrirle el corazón. Oír algo sin que me interpele. Oír sin escuchar puede transformarse en una “sordera del corazón” o “sordera de espíritu”, que incluso puede llegar a ser, en casos extremos, un rechazo de la voz del Espíritu Santo.

Nada más ajeno al espíritu que deba animar a un hijo de San Benito que esta sordera espiritual. En cierto sentido, el monje debe ser todo oídos, porque busca a Dios y Dios habla de mil maneras: habla a través de la Sagrada Liturgia, habla a través de la Palabra de Dios y la Sagrada Tradición, habla a través de los Hermanos de comunidad, habla a través de los Superiores y habla a través de lo que la Providencia nos regala en esta vida cada día…

En este sentido, aquella condición que San Benito prevé para un candidato a la vida monástica: «si revera quaerit Deum» (si verdaderamente busca a Dios), de alguna manera presupone el Ausculta, la actitud interior de escuchar. La fe entra por el oído. Y esta búsqueda de Dios, en definitiva, es lo mismo que la búsqueda de la verdad, no sólo porque Dios es la Verdad con mayúscula, sino porque esta Verdad se participa de mil maneras en lo que podríamos llamar la verdad con minúscula y que el hombre puede conocer.

Buscar a Dios, buscar la verdad, escuchar: He aquí un programa profundamente contemplativo que nuestro carisma de Schola Veritatis nos propone para la unión con Dios.

 

14.06.16

No hay conocimiento de Dios en la tierra

San Pio X

En este post, compartimos con nuestros lectores algunos importantes fragmentos de la carta encíclica Acerbo nimis, sobre la enseñanza del Catecismo, del Papa Pio X (del 15 de abril de 1905).


Los secretos designios de Dios Nos han levantado de Nuestra pequeñez al cargo de Supremo Pastor de toda la grey de Cristo en días bien críticos y amargos , pues el enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con tan pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquella profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Éfeso: “Sé que… os han asaltado lobos voraces que destrozan el rebaño” (Hc 20,29).

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23.02.16

Tener misericordia de la Iglesia en este año de la misericordia

Desde la época de la Cristiandad medieval o quizá antes , el día en que se lee el Evangelio del Anuncio del Arcángel Gabriel a María Santísima, durante el Adviento, es tradición que el Padre Abad da a sus monjes un Sermón Capitular llamado “Super Missus est". El que ahora presentamos es de un Padre Abad benedictino de un Monasterio europeo de clara orientación contemplativa. Él nos ha permitido de buen grado reproducirlo en nuestro blog, pero que ha querido mantener el anonimato.

En este post publicamos la segunda parte de este sermón, del cual la primera parte ya fue publicada dos post atrás bajo el nombre: “La misericordia de Dios en la donación del acto de ser en la creación”.

La traducción, los destacados en negrita y cursiva son nuestros.


Pero nosotros, con esta alusión a la humildad, vamos más allá de la obra de la creación como solo manifestación de la misericordia divina . Y los dos personajes que miramos a través de la página del Evangelio de la Anunciación –María y el ángel- tienen clara consciencia de estar comprometidos en una obra más grande aún de la Divina Misericordia: la obra de la salvación del mundo. Es una superabundancia de la misericordia en relación a su derramamiento en la creación. Se está en el mirabilius reformasti, se está en el sexto mes después de la concepción milagrosa del Precursor, y en la continuación del sexto día, la creación del hombre. Es el Hombre Nuevo que pide ser recibido sobre la tierra; es Dios mismo que solicita el consentimiento de la humanidad, que se somete a su aceptación para volver a la tierra de donde había sido expulsado por la insumisión del hombre. ¡Abismo de misericordia! Ante este espectáculo cantan nuestros corazones las más bellas fórmulas del Exsultet: “O mira circa nos tuae pietatis dignatio! O inaestimabilis dilectio caritatis!”. ¡Oh, maravillosa condescendencia de vuestra bondad para nosotros; oh, inestimable dilección de amor! Y se desea adjuntar en este año jubilar, para recalcar el carácter misericordioso de esta divina condescendencia : O interminabilis altitudo misericordiae Trinitatis! ¡Oh, profundidad sin límites de la misericordia de la Trinidad!… Si nosotros nos diéramos el tiempo de permanecer algunos instantes delante de esta escena de la Anunciación, pensando seriamente en lo que está en trance de suceder: el cielo, representado por un ángel, esperando el consentimiento de la humanidad para arrancarla de la condenación, ¡qué divina locura! nosotros no podríamos sino extasiarnos delante de esta obra de la misericordia divina. Cuando un niño se está ahogando, no se le pide su consejo: se le arranca de la corriente que le lleva. Pero justamente la obra de la misericordia es más grande aún, más admirable, más respetuosa de la dignidad de los náufragos, de los salvados, si ella les deja una parte en la realización de su salvación. O altitudo divitiarum sapientiae et scientiae Dei! La petición a la Virgen y su consentimiento, son, en el interior mismo de la obra inenarrable de misericordia, que es la Encarnación redentora, un suplemento de manifestación de la divina misericordia.

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