InfoCatólica / Reforma o apostasía / Categoría: Santos

20.02.17

(420) Levantemos el corazón. –Lo tenemos levantado hacia el Señor

S. Gregorio de Nisa

–Perdone, pero lo que dice al principio ya lo dijo en el comienzo del artículo anterior (419).

–Cierto. Pero piense que, aunque sea muy improbable, puede darse el caso de que alguien no lo leyó… o lo leyó sin enterarse bien de lo que dije.

 

La Iglesia es una y única, aunque existe en tres estados diferentes: cielo, purgatorio y tierra. El concilio Vaticano II así lo enseña (LG 49).

Los cristianos imperfectos tendemos a pensar principalmente en la Iglesia de la tierra, que es la única visible para nosotros, y no la conocemos suficientemente en su relación con la Iglesia del cielo y la del purgatorio. Nos falta la visión espiritual de un San Pablo: «nosotros no ponemos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son temporales; las invisibles, eternas» (2Cor 4,18). Y esta miopía espiritual tiene no pocas consecuencias negativas. Señalo dos:

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5.01.17

(414) El P. Arnaiz, S.J. y las Misioneras de las Doctrinas Rurales

P. Arnaiz, S. J.

–¿Algún santo?

–De momento, Venerable. Pero Dios quiera que pronto Beato y Santo.

 Las Misioneras de las Doctrinas Rurales son conocidas mías muy apreciadas desde hace bastantes años. Con ocasión sobre todo de su relación con la Fundación GRATIS DATE (1988-) y la Fundación InfoCatólica (2009-) he tratado con ellas bastantes veces, alegrándome siempre su bondad, sencillez y espíritu apostólico. Una vez al año, por el tiempo de Navidad, nos envían a sus amigos y bienhechores «el periodiquito», un boletín de 8 páginas muy simpático, en el que nos comunican su vida y milagros. En el último que me llegó, hace unos días, nos comunicaban:

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29.12.16

(413) Santo Tomás Becket: el martirio es malo para la salud

Santo Tomás Becket +1170

–¿Pero qué está usted diciendo?

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 Hoy, 29 de diciembre, en su memoria litúrgica, el santo Obispo-mártir Becket nos conforte con su ejemplo y con su intercesión.

–Biografía

Tomás Becket nace de unos padres burgueses en Londres (1118) y muere en Canterbury (1170). Un amigo de su padre, que se sentía atraído por las hermanas de Tomás, le enseñó las buenas maneras, y lo inició en la equitación y la caza, lo que le permitió participar en justas y torneos. Hizo en la abadía de Merton estudios jurídicos civiles y canónicos, y estudió teología en París y Bolonia. Al regresar a Inglaterra, el arzobispo de Canterbury, apreciando sus cualidades, lo tomó a su servicio, encomendándole varias veces gestiones en la Santa Sede. En 1154 fue nombrado Arcediano de Canterbury y en 1155 Enrique II de Inglaterra lo nombró Canciller del reino, teniendo Tomás 37 años.

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24.10.16

(401) San Antonio María Claret, apóstol de Jesucristo (24-X)

–Un misionero a la antigua usanza, que predicaba el Evangelio para glorificar a Cristo y para la salvación de los hombres.

–Bien lo describe usted. Pero eso de «la antigua usanza» no sé si me convence del todo. Así evangelizó Jesucristo, y así entendieron la «misión apostólica» todos los santos misioneros en la historia de la Iglesia.

Hoy, 24 de octubre, celebramos la memoria litúrgica de San Antonio María Claret, uno de los más grandes misioneros del siglo XIX. Y esto es mucho decir, porque fue un siglo de la Iglesia muy fuertemente misionero. En la Liturgia de las Horas se nos da esta síntesis biográfica:

Nació en Sallent (España) el año 1807. Ordenado sacerdote, recorrió Cataluña durante varios años predicando al pueblo. Fundó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, usualmente llamados claretianos. Fue nombrado arzobispo de Santiago de Cuba, cargo en el que se entregó de lleno al bien de las almas. Habiendo regresado a España, sus trabajos por el bien de la Iglesia le proporcionaron aún muchos sufrimientos. Murió en Fontfroide (Francia) el año 1870.

Y en el Oficio de lectura se nos da un precioso texto, tomado de sus escritos, en el que el mismo Santo expresa cómo él entiende y vive la acción misionera, prolongando fielmente el espíritu evangelizador de Jesucristo, e incluso sus modos concretos: total entrega personal, parresía de fuego en su palabra, testimonio de vida, caridad y fortaleza para gastarse y desgastarse por la gloria de Dios y la salvación de los hombres, humildad, abnegación, pobreza.

* * *

«Inflamados por el fuego del Espíritu Santo, los misioneros apostólicos han llegado, llegan y llegarán hasta los confines del mundo, desde uno y otro polo, para anunciar la palabra divina; de modo que pueden decirse con razón a sí mismos las palabras del apóstol san Pablo: Nos apremia el amor de Cristo.

«El amor de Cristo nos estimula y apremia a correr y volar con las alas del santo celo. El verdadero amante ama a Dios y a su prójimo; el verdadero celador es el mismo amante, pero en grado superior, según los grados de amor; de modo que, cuanto más amor tiene, por tanto mayor celo es compelido. Y, si uno no tiene celo, es señal cierta que tiene apagado en su corazón el fuego del amor, la caridad. Aquel que tiene celo desea y procura, por todos los medios posibles, que Dios sea siempre más conocido, amado y servido en esta vida y en la otra, puesto que este sagrado amor no tiene ningún límite.

«Lo mismo practica con su prójimo, deseando y procurando que todos estén contentos en este mundo y sean felices y bienaventurados en el otro; que todos se salven, que ninguno se pierda eternamente, que nadie ofenda a Dios y que ninguno, finalmente, se encuentre un solo momento en pecado. Así como lo vemos en los santos apóstoles y en cualquiera que esté dotado de espíritu apostólico.

«Yo me digo a mí mismo: Un hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y procura, por todos los medios, encender a todo el mundo en el fuego del divino amor. Nada le arredra, se goza en las privaciones, aborda los trabajos, abraza los sacrificios, se complace en las calumnias y se alegra en los tormentos. No piensa sino cómo seguirá e imitará a Jesucristo en trabajar, sufrir y en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.

* * *

Las mejores vidas de santos son las autobiográficas o las escritas por otros santos. Con frecuencia quienes escriben la vida de un santo no están a la altura espiritual del biografiado. Trazan de él un retrato que no se ajusta tanto a la realidad del santo, sino a los criterios y gustos de la época. No hay hagiografía de San Agustín mejor que «Las confesiones»por él escritas. Ni mejor «Vida» de Santa Teresa de Jesús, que la escrita por ella misma. No tenemos vidas de San Antonio abad comparables con la compuesta por San Atanasio. Ni vida de San Benito comparable con la compuesta por San Gregorio Magno, en el libro II de los «Diálogos».  Ni hay hagiografía de Santa Catalina de Siena que pueda mejorar la que escribió su director espiritual, el dominico Beato Raimundo de Capua…

Lo mismo se demuestra en la «Autobiografía» de San Antonio María Claret (Ed. Claret, Barcelona 1985, 530 pgs.). La escribió en la plenitud de su vida: la inició a los 54 años, la terminó a los 58 y murió a la edad de 63 años. La obra, en la edición citada, está dividida en 349 números Transcribo algunos textos, a modo de muestra, para alentar a buscarla y leerla completa. Así como pedimos al Padre celestial qu nos dé «el pan de cada día», también hemos de pedirle que nos conceda «las lecturas» que más bien nos pueden hacer en cada tiempo de nuestra vida.

* * *

–Recibí de Dios un buen natural o índole, por puro efecto de su bondad (18). ¡Oh Dios mío, qué bueno sois!… ¡Si a otro hubiérais hecho las gracias que a mí, cómo habría correspondido mejor que yo! (21).

–Madre mía, os suplico y pido la destrucción de todas las herejías, que están devorando el rebaño de vuestro santísimo Hijo (155)… ¿Cómo tendré caridad si, sabiendo que los carnívoros lobos están degollando a las ovejas de mi Amo, callo? (158). No, no callaré, aunque supiese que de mí han de hacer pedazos. No quiero callar; llamaré, gritaré, daré voces al cielo y a la tierra a fin de que se remedie tan gran mal (159). ¡Qué sabio el que se holgó que le tuviesen por loco, pues lo llamaron a la misma Sabiduría! ¡Que pocos hay ahora por nuestros pecados!… ¡Oh mundo, mundo, cómo vas ganando honra por haber pocos que te conozcan! (244).

–[En aquel viaje que]  no era de recreo, sino para trabajar y sufrir por Jesucristo, consideré que debía buscar el lugar más humilde, más pobre  y en que más tuviese oportunidad de sufrir. Al efecto, pagué el flete de andar sobre cubierta… que es el lugar más pobre y barato de la embarcación (130).

–No sólo tuve que sufrir los calores, fríos, nieves y lodos, lluvias y vientos, ríos y mares… sino también los demonios, que me perseguían muchísimo (462). Si era grande la persecución que me hacía el infierno, era muchísimo mayor la protección del cielo (463).

–[Una religiosa] me dijo: ¿Le gustaría a usted ir a predicar a aquellas Islas? Yo le contesté que no tenía gusto ni voluntad; que únicamente me gustaba de ir a donde mi Prelado de Vich me mandase» (478). El fin de mi predicaciónes la gloria de Dios y bien de las almas. Predico el Santo Evangelio, me valgo de sus semejanzas y uso su estilo… No admito limosna alguna para la predicación… De los [muy numerosos] libritos y papeles que he dado a luz no he reportado interés alguno,por esto no me he reservado la propiedad, y en cuanto a mí el mundo los puede reimprimir y vender (Apéndice III). Con el tiempo saldrán más almas de América que de Europa (Apéndice XX, 4).

–[Plan de vida] 1. Jesús y María son todo mi amparo y guía y los modelos que me propongo seguir e imitar… 2. Meacordaré de las palabras del Apóstol (Tim 1-4,16): Attende tibi et doctrina… 3. Cada año haré los santos ejercicios espirituales. 4. Cada mes tendré un día de retiro espiritual. 5. Cada semana, a lo menos una vez, me reconciliaré. 6. Tres días a la semana tomaré disciplina y otros días me pondré el cilicio… 7. Todos los viernes del año y vigilias de las fiestas del Señor y de la Santísima Virgen ayunaré (644). 8. Cada día me levantaré a las tres… y me recogeré a las diez…  (645)… Etc.

–Si algo bueno hay en mí, es todo de Dios; yo no soy más que un puro nada (796). Bendito sea el Señor, que se dignó valerse de esta miserable criatura para hacer cosas grandes… Él me ha dado salud, fuerzas, palabras y todo lo demás. Siempre he conocido que el Señor en mí siempre se hacía el gasto (703).

–Había algunos días que me hallaba muy fervoroso y deseoso de morir por Jesucristo. No sabía ni atinaba a hablar sino del divino amor con los familiares y con los de afuera que me venían a ver. Tenía hambre y sed de padecer trabajos y de derramar la sangre por Jesús y María… (573) El burrico es un animal muy paciente; lleva las gentes y las cargas y sufre los golpes sin quejarse. Yo también debo ser muy paciente en llevar las cargas de mis obligaciones y sufrir con resignación y mansedumbre las penas, trabajos, persecuciones y calumnias (667).

–La oración vocal a mí me va quizá mejor que la pura mental… En la oración mental también me concede el Señor, por su bondad y misericordia, muchas gracias; pero en la vocal lo conozco más (766).

–Delante del Santísimo Sacramento siento una fe tan viva, que no lo puedo explicar. Casi se me hace sensible, y estoy  continuamente besando sus llagas y quedo, finalmente, abrazado con él. Siempre tengo que separarme y arrancarme con violencia de su divina presencia cuando llega la hora (767).

Et sic de caeteris. Si quieren saber más del Santo, compren su Autobiografía.

Ya.

* * *

Oración

Oh Dios, que concediste a tu obispo san Antonio María Claret una caridad y un valor admirables para anunciar el Evangelio a los pueblos, concédenos, por su intercesión, que, buscando siempre tu voluntad en todas las cosas, trabajemos generosamente por ganar nuevos hermanos para Cristo. Por nuestro Señor Jesucristo.

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

 

4.09.16

(394) Santa Teresa de Calcuta: amor a Cristo en la Eucaristía y en los pobres

Santa Teresa de Calcuta

La devoción de Santa Teresa de Calcuta a Cristo en la Eucaristía es sin duda en ella, y también en sus hijas, las Misioneras de la Caridad, uno de los rasgos principales de su fisonomía espiritual. El padre Edward Le Joly, que las atendió durante muchos años, lo testimonia con fuerza en su biografía, de la que reproduzco algunos fragmentos (La Madre Teresa, Palabra, Madrid 1994, 4ª ed., 141-143).

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