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11.11.21

(665) Noviembre, el mes de los difuntos

 

–¿Noviembre es el mes de los difuntos porque el día 2 se conmemoran?

–En esta ocasión acierta usted, cosa rara.

–La Sagrada Escritura

Dios no hizo la muerte, pues lo hizo todo bueno (Sab 1,13-16; Gen 1,31). Por el pecado entró la muerte en el mundo, cuando Adán y Eva cedieron a la tentación del diablo (Gen 3; Rm 5,12.17; 1Cor 15,21). La naturaleza humana queda entonces en sí misma  herida por el pecado: «pecador me concibió mi madre» (Sal 50,7). Y «el espíritu que actúa en los hijos rebeldes» (Ef 3,2), el diablo, procura que pequen los hombres, para que sigan bajo su influjo y se pierdan eternamente.

«Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros pecados, nos dio vida por Cristo –de gracia habéis sido salvados–, y nos resucitó y nos sentó en los cielos por Cristo Jesús» (Ef 2,4-5). 

+ Antiguo Testamento

Israel no recibe de Yahvé una clara revelación acerca del misterio de la muerte y de la realidad de una vida eterna. Le habían sido revelados con claridad muy altos misterios sobre la unicidad omnipotente de Dios, la Creación, la Providencia, el pecado como origen de la muerte, etc. Pero la realidad de la muerte y de una posible vida posterior permanecía en la oscuridad. Y no sólo en Israel, sino en todas las religiones, que a lo más llegaban a unos atisbos sin fundamentos ciertos, o como algunos filósofos griegos, que alcanzaron a conocer la inmortalidad del alma (Platón en el Fedon; Aristóteles, menos claramente), pero de ningún modo la del cuerpo. Cuando San Pablo les habló de la resurrección a los atenienses, «se rieron de él» y lo despidieron cortesmente (Hch 17,32)… Volviendo a considerar el A.T.:

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8.08.17

(446) La muerte cristiana, 16: –en Napoleón Bonaparte

Vernet - Muerte de Napoleón

–Como suelen decir algunos conferenciantes al iniciar su perorata, «el señor N. N., no necesita presentación, pues todos ustedes lo conocen».

–Así es. Haré una presentación mínima de Napoleón.

 

Napoleón Bonaparte

Nace en Ajaccio, capital de Córcega (1769) y muere exilado en la isla de Elba (1821). Desde muy niño vivió en Francia, formándose como militar. Ya general, después de notables victorias, fue elegido Primer Cónsul de la república de Francia. En 1804 se auto-coronó en París como emperador de los franceses. Según las ideas de la reciente Revolución Francesa, reformó internamente el antiguo Reino, y consiguió con su potentísimo ejército controlar gran parte del centro y del occidente de Europa.

Después de la desastrosa campaña contra Rusia, abdica como emperador y se exila en la isla de Elba (1814). Escapa de ella a Francia y recupera el poder durante unos meses (1815). Pero es definitivamente vencido en Waterloo, lugar de la actual Bélgica (18-VI-1815), por una gran coalición de seis naciones –Reino Unido, Rusia, Prusia, Suecia, Austria, con algunos estados germánicos–. Desterrado a la isla de Santa Elena, enclave pobre y lejanísimo de soberanía británica, vive sus últimos seis años en condiciones más bien precarias. Muere (5-V-1821), según parece, de cáncer de estómago, a los 51 años de edad (+Émil Ludwig, Napoleón, Juventud, Barcelona 1957, 18 ed.).

En el texto que sigue vengo a resumir un folleto de 16 páginas, «Napoleón habla de Jesucristo», elaborado por el rector del Seminario de Pamplona para sus seminaristas Si alguno se interesa por el texto completo, puede pedirlo a [email protected].

 

Un naturalista incrédulo e ilustrado

Las vidas escritas sobre Napoleón, que fueron y son muchas, han dado normalmente de él la fisonomía de un hombre que en lo religioso era un ilustrado, más bien escéptico, que no iba más allá del deísmo filosófico.

«De niño, se negaba a ir a misa y nunca aceptó para sí mismo ninguna religión revelada. El hombre que, en su propia vida, no admitía la intervención del milagro y atribuía todo resultado feliz a causas puramente humanas, fuera razón, espíritu de organización, audacia, conocimiento de los hombres o imaginación, no podía, lógicamente, aceptar los milagros de la Biblia […]. La idea del juicio final le es más extraña aún. […] Cinco años antes de su muerte, dice que espera morir sin confesar.

«Se expresaba como un perfecto naturalista, un materialista [… El hombre] no es sino un ser más perfecto que los seres o los árboles y que vive mejor… Pero lo mismo unos que otros no somos más que materia… La planta es el primer eslabón de una cadena en la que el hombre es el último.

«¿Qué es la electricidad, el galvanismo, el magnetismo? He aquí donde reside el gran secreto de la Naturaleza. El galvanismo trabaja en silencio. Yo creo que el hombre es el producto de esos fluidos y de la atmósfera, que el cerebro aspira esos fluidos y da la vida, que el alma está compuesta por esos fluidos y que, después de la muerte, regresan al éter, de donde son aspirados por otros cerebros… Lo repito, creo que el hombre nació de la atmósfera calentada por el sol y que al cabo de cierto tiempo esta facultad dejó de producirse».

Este naturalismo, sin embargo, fue haciéndose en él compatible con un cierto deísmo de resonancias estoicas: «Todos los hombres creen en un Dios, porque todo en la Naturaleza atestigua ante sus ojos su existencia. […] Jamás he dudado de Dios, pues aunque mi razón sea incapaz de comprenderlo, mi intuición me convence de su existencia» (Ludwig 445-447)

Político pragmático en lo religioso

Napoleón «usaba» como político de la religión solamente como de un elemento valioso al servicio de la paz y del recto orden de los pueblos:

«Mi política es gobernar a los hombres como la mayor parte quiere serlo. Ahí está, creo, la manera de reconocer la soberanía del pueblo. Ha sido haciéndome católico como he ganado la guerra de la Vendée, haciéndome musulmán como me he asentado en Egipto, haciéndome ultramontano como he ganado los espíritus en Italia. Si gobernara un pueblo judío, restablecería el templo de Salomón» (Javier Paredes, Pío VII, Diccionario de los Papas y Concilios, Ariel, Barcelona 1998, 407). Él, personalmente, «no ruega al Dios de los Ejércitos en la víspera de las batallas, pero sí impone una presencia religiosa en los actos públicos como garantía suplementaria de orden y sumisión» (Frédéric Masson, Napoléon était-il croyant?, Jadis, París 1910, II).

 

En el retiro forzado de Santa Elena

 Acompañaron a Napoleón en su exilio unas cuarenta personas, entre familiares, oficiales, criados, que en aquellos seis años fue reduciéndose a la mitad.número fue disminuyendo con el tiempo. Tres criados se mantuvieron fielmente: el ayuda de cámara Marchand y dos corsos, Cipriani y Santini. También el conde de Montholon y el general Bertrand lo acompañaron hasta el final. A pesar de que el culto católico estaba prohibido en todo el imperio británico, el papa Pío VII consiguió de las autoridades británicas que un sacerdote católico asistiera a aquel exilado que, por cierto, cuando era Emperador, desterró de Roma en 1799 al papa Pío VI (Florencia, Parma, Turín, Briançon, y Valence sucesivamente, donde murió). Los sacerdotes corsos Antonio Buonavita y Angelo Paulo Vignali, fueron capellanes de Bonaparte a petición expresa suya (Ludwig 457).

Al parecer, viendo Napoleón morir a Cipriani sin asistencia religiosa católica, ya que solo había un ministro anglicano en la isla, tomó conciencia de que su fallecimiento podría ocurrir en circunstancias semejantes. Y 1818 solicitó a su tío el cardenal Fesch un capellán para Santa Elena. Como ya hemos señalado, fueron enviados con él los sacerdotes Buonavita y Vignali.

Conversión al cristianismo

La gracia de Dios llegó al corazón de Napoleón sirviéndose de muchos factores providenciales: el exilio, la soledad, el sufrimiento, el brusco paso de la gloria a la miseria, las lecturas, las conversaciones con los capellanes y con los oficiales que aún le acompañaban, también con el escéptico general Bertrand, que le reprochaba su «debilidad» religiosa. En realidad, a pesar de su adhesión a la filosofía de la Ilustración, nunca rechazó totalmente la fe cristiana de su bautismo. Exilado en Santa Elena, dijo en una ocasión:

«Sin duda estoy lejos de ser ateo, pero no puedo creer en todo lo que se me enseñe en detrimento de mi razón, so pena de ser un falso y un hipócrita. En tiempos del Imperio [el suyo] y, sobre todo, después de mi boda con María Luisa [de Austria], se me quiso llevar, a la usanza de nuestros reyes, a Notre Dame a comulgar con toda solemnidad. Siempre me opuse totalmente. No creía tanto en ello como para que me pudiera resultar beneficioso, y creía demasiado aún como para exponerme fríamente a un sacrilegio» (Conde de Las Cases, Mémorial de Sainte-Hélèna, Bourdin, París 1842, I, 668).

 

Un escritor converso, Robert-Antoine de Beauterne (1803-1846), ateniéndose a los testimonios de quienes habían permanecido con Napoleón hasta su muerte, publicó en Francia la obra Sentiment de Napoléon sur le christianisme (1840). El texto tuvo un gran éxito, y ya en 1912 se hizo de ella la decimosegunda edición. Ha vuelto a estar de actualidad al editarse recientemente en Francia, y también en Italia, con un prólogo del  cardenal Giacomo Biffi. Sin embargo, esta faceta de Napoleón –la más importante de su vida, por supuesto– tiende a ser ignorada, o si se quiere, ocultada, por los medios de comunicación. El propio general Bertrand, en Santa Elena, en sus amistosas discusiones con Napoleón, le aconsejaba resistir a la «tentación» de la fe en Cristo, o al menos a ocultarla. Pero el ex-Emperador rechazaba sus argumentos con firmeza.

«Usted, general Bertrand, habla de Confucio, Zoroastro, Júpiter y Mahoma. Y sin embargo, la diferencia entre ellos y Cristo es que todo lo que tiene que ver con Cristo muestra la naturaleza divina, mientras que todo lo que tiene que ver con todos los demás muestra la naturaleza terrena.

«Conozco a los hombres, y puedo decirles que Jesucristo no es meramente un hombre. Las mentes superficiales ven un parecido entre Cristo y los fundadores de imperios o los dioses de algunas religiones. Éste no es el caso puesto que tal parecido no existe. Entre el cristianismo y cualquier otra filosofía existe una distancia infinita.

«Todo lo referente a Cristo me asombra, su espíritu me anonada, su voluntad me confunde; entre El y cualquier otro personaje de la historia del mundo no hay un solo término posible de comparación. Ciertamente Alejandro, César, Carlomagno y yo hemos fundado imperios pero… ¿sobre qué descansan las creaciones de nuestro genio?… Sobre la fuerza. Sin embargo Jesucristo fundó su imperio sobre el Amor y estoy seguro de que aun en esta misma hora millones de personas (de todas clases sociales y edades; voluntaria y gustosamente) darían su vida hasta la muerte por El en el día de hoy.

«Solamente Cristo ha llegado a tener tal éxito.., ante las barreras del tiempo y del espacio, a través del intervalo abismal de mil ochocientos años. Jesucristo solicita lo que la filosofía puede a menudo buscar en vano: el corazón del hombre; e incondicionalmente su demanda es satisfecha sin tardanza. Todo aquel que cree sinceramente en El experimenta ese Amor sobrenatural hacia El. Éste fenómeno es indescriptible, pues está más allá de la comprensión del hombre. El tiempo, que es el gran destructor, no puede (no ha podido, ni podrá) agotar su fuerza ni tampoco poner un límite a su alcance.

«La naturaleza de la existencia de Cristo es misteriosa, debo admitirlo, pero este misterio satisface las necesidades más íntimas del hombre. Por lo tanto, si se le rechaza, el mundo es un enigma inexplicable; peto si se le cree, la historia de la raza humana en el mundo es explicada satisfactoriamente.

«El ciertamente es un ser único, sus ideas y sentimientos, la verdad que anuncia y su manera de convencer no pueden ser explicadas por alguna organización humana, ni por la naturaleza de las cosas. Su mensaje es la revelación de una inteligencia que ciertamente no es la de un hombre mortal, y en ninguna otra parte puede uno hallar (excepto en El) tal ejemplo de vida. Escudriño en vano en la historia para hallar alguien parecido a Jesucristo o algo que se pueda aproximar al Evangelio, pero ni la historia, ni la humanidad, ni las edades, ni la naturaleza me ofrecen algo con lo cual yo pueda compararlo o explicarlo. ¡Aquí todo es extraordinario!» (Beauterne, La muerte de un impíos, 164-166).

Y también veía en la Iglesia una realidad que participaba de esa misteriosa condición de su Fundador: «Los pueblos pasan, los tronos se derrumban, pero la Iglesia permanece. Entonces, ¿cuál es la fuerza que mantiene en pie esta Iglesia asaltada por el océano furioso de la cólera y del desprecio del mundo?»  

 

Muerte cristiana del emperador

Aproximándose su muerte, Napoleón pidió y recibió los sacramentos de manos del sacerdote Vignali –Buonavita había regresado a Córcega–, y a él le pidió celebrar la misa en los días de su agonía, así como las exequias y sufragios para después de su muerte. El conde de Montholon, que permaneción con él hasta el final, dió el siguiente testimonio:

«Sí, el emperador era cristiano. La fe era para él un principio natural y fundamental […] Yo lo he visto, sí, yo he presenciado todo eso, y yo, militar, que, lo confieso, había descuidado mi religión y no la practicaba, me admiraba al principio […].He visto al emperador religioso, y me he dicho a mí mismo: ha muerto en la religión, en el santo temor de Dios. No se me oculta que me vuelvo viejo, que la muerte me alcanzará también y quisiera morir como murió el emperador» (Beauterne 56-57).

 

El sepulcro de Les Invalides

Napoleón fue enterrado (1821) en Santa Elena. En 1840 el rey Luis Felipe ordenó trasladar sus restos a la Capilla Real de Los Inválidos, en París, donde años más tarde (1861) se le construyó un gran monumento. El sarcófago, al centro de una especie de capilla circular, está situado sobre un pedestal de granito verde, es de pórfido rojo, y está rodeado por una gran corona de laurel. Diez bajorrelieves evocan las principales gestas del difunto. En el conjunto del lugar no hay signo cristiano alguno. Se oculta que Napoleón Bonaparte murió en el seno de la Santa Iglesia Católica. Dios, que lo venció con la misericordia de su gracia, lo tenga en su gloria.

José María Iraburu, sacerdote  

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2.06.17

(436) La muerte cristiana, 15. –en San Francisco de Asís

Giotto, 1319 -Muerte de S. Francisco

–El San Francisco que nos pinta usted no se parece nada al que nos cuentan.

–Pocos santos han sido tan desfigurados por el mundo como él. Quizá San Juan XXIII…

 

–El amor que sentía San Francisco por todas las criaturas de Dios, no sólo por los hombres, es uno de los rasgos más conocidos de su espiritualidad. Su Himno al Hermano Sol lo expresa con gran elocuencia. Cito alguno de sus versos en la excelente traducción del poeta León Felipe (+1968), la que leemos en la Liturgia:

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24.04.17

(430) La muerte cristiana, 14. –en San Luis Gonzaga, S. J.

Guercini (+1666) - San Luis Gonzaga

–En el siglo XVI España vivía un nivel de cristiandad tan alto, que tenía santos incluso entre los ricos.

–Ahi tiene usted, por ejemplo, a San Francisco de Borja, S. J. (1510-1572), III General de la Compañía de Jesús, que había sido Duque de Gandía, Grande de España y Virrey de Cataluña.

San Luis Gonzaga, S. J. (1568-1591)

Don Ferrante Gonzaga, marqués de Castiglione, contrajo en Madrid matrimonio con doña Marta Tana de Santena, dama de honor de la reina Isabel de Valois. Luis fue el mayor de los siete hijos que tuvieron, y nació cerca de Mantua, en Lombardía. Doña Marta cuidó mucho de su educación cristiana. Don Ferrante, en cambio, pretendía ante todo para su primogénito más que grandes alturas de la gracia, las mayores glorias mundanas, que honrasen su casa y su linaje. Luis, que de niño y adolescente mostró un carácter más bien atrevido y turbulento, recibió a los 12 años la primera comunión de manos de San Carlos Borromeo (1538-1584), obispo de Milán. Asistido por gracias muy especiales, se destacó Luis por la castidad más firme y por las más duras penitencias, decidiéndose cada vez más claramente por la vida religiosa.

Su padre, desde que conoció el propósito de Luis, hizo todo lo posible por impedirlo; unas veces por medio de la indignación amenazante y colérica; otra veces intentando seducirlo con la vida mundana más festiva y prometedora de glorias y honores. Siempre, en cambio, encontró Luis el apoyo de su madre. Finalmente, renunció en favor de su hermano Rodolfo al título de príncipe, que le correspondía por derecho de primogenitura, e ingresó en la Compañía de Jesús, en Roma, donde recibió dirección espiritual de San Roberto Belarmino  (1542-1621). Cuidando enfermos en los hospitales, con ocasión de una peste, contrajo él mismo la enfermedad y murió el año 1591. Doña Marta viajó a Roma cuando el papa Paulo V beatificó a su hijo en 1605. Benedicto XIII canonizó a San Luis Gonzaga en 1726, declarándolo patrono de la juventud, título confirmado por Pío XI en 1926.

* * *

San Luis Gonzaga ante la muerte

De una carta dirigida a su madre

Pido para ti, ilustre señora, que goces siempre de la gracia y del consuelo del Espíritu Santo. Al llegar tu carta, me encuentro todavía en esta región de los muertos. Pero un día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios eterno en la tierra de los que viven. Yo esperaba poco ha que habría realizado ya este viaje antes de ahora. Si la caridad consiste, como dice san Pablo, en estar alegres con los que ríen y llorar con que lloran [Rm 12,15]ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás.

Te he de confesar que, al sumergir mi pensamiento en la consideración de la divina bondad, que es como un mar sin fondo ni litoral, no me siento digno de su inmensidad, ya que él, a cambio de un trabajo tan breve y exiguo, me invita al descanso eterno y me llama desde el cielo a la suprema felicidad, que con tanta negligencia he buscado, y me promete el premio de unas lágrimas, que tan parcamente he derramado.

Considéralo una y otra vez, y guárdate de menospreciar esta infinita benignidad de Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia de Dios y que, con su intercesión, puede ayudarte en tus asuntos mucho más que cuando vivía en este mundo. Esta separación no será muy larga; volveremos a encontrarnos en el cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una felicidad sin fin. Al morir, nos quita lo que antes nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más inmune y seguro, y para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros deseos.

Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú, ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida de este mundo como un motivo de gozo, y para que no me falte tu bendición materna en el momento de atravesar este mar hasta llegar a la orilla en donde tengo puestas todas mis esperanzas. Así te escribo, porque estoy convencido de que ésta es la mejor manera de demostrarte el amor y respeto que te debo como hijo.

* * *

Oración

Señor Dios, dispensador de los dones celestiales, que has querido juntar en san Luis Gonzaga una admirable inocencia de vida y un austero espíritu de penitencia, concédenos, por su intercesión, que, si no hemos sabido imitarle en su vida inocente, sigamos fielmente sus ejemplos en la penitencia. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

José María Iraburu, sacerdote

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13.04.17

(428) La muerte cristiana, 13. –en San Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo–No sabía yo que Siria hubiera sido tanto en la Iglesia desde su comienzo.

–Eso le confirma una vez más que los confines de su ignorancia son prácticamente ilimitados.

–Obispo y doctor de la Iglesia

Nació San Juan Crisóstomo en Antioquía hacia el año 349. Después de recibir una excelente formación, comenzó por dedicarse a la vida monástica. Más tarde, fue ordenado sacerdote y ejerció, con gran provecho, el ministerio de la predicación. El año 397 fue elegido obispo patriarca de Constantinopla, cargo en el que se comportó como un pastor ejemplar, esforzándose por llevar a cabo una estricta reforma de las costumbres del clero y de los fieles, llamando a todos –también a los laicos– a la perfección evangélica, es decir, a la santidad. 

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