(705) Combate defensivo de la Iglesia contra Satanás (1)

Ary Scheffer

La Iglesia tiene su mayor enemigo en el Demonio (1)

Nota previa

A los comienzos de InfoCatólica, en julio de 2009, escribí yo ordenadamente sobre El demonio cuatro artículos, del (16) al (18) El demonio –I, El demonio –IIEl demonio –y III y un (19) sobre La batalla final.

Ahora, con menos orden, escribo unas Notas obligadas por la situación presente. En estos 15 años, aunque la Iglesia ha crecido en ciertas naciones, sin embargo, en regiones enteras de Occidente de antigua filiación cristiana un buen número de Iglesias locales han sufrido un gran deterioro y ruina, aproximándose algunas a quedar reducidas a un Resto del Señor. Y hay signos claros de que los más poderosos Organismos Internacionales pretenden imponer paso a paso una globalización de su imperio contra-natura y anticristiano. Pues bien, fundamentado ya en los artículos antes citados, añado ahora un conjunto de Notas sobre la guerra defensiva que la Iglesia tiene que mantener contra el Diablo siempre, y más cuando el mundo ateizante acrecienta gravemente la sujeción a su influjo.

Deus me adjuvet!

Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix,Virgo gloriosa et benedicta

* * *

–Introducción

Revisando yo hace años un nuevo manual de Espiritualidad de más de doscientas páginas, busqué en él cómo trataba del combate contra el Demonio, ya que éste es el más fuerte de los tres enemigos de la salvación de los hombres: demonio, mundo y carne. Los textos de espiritualidad suelen dedicar al tema un capítulo propio. Y pude comprobar que no trataba del Demonio ni del combate contra él en ninguna parte. Sólo hallé una breve Nota a pie de página. Y pensé que el libro, ciertamente, no servía para la enseñanza de la espiritualidad cristiana. El enemigo principal de la Iglesia y de la humanidad es Satanás. Una Espiritualidad que ignora al Demonio no es una espiritualidad católica.

Si exploramos un grueso manual sobre la Guerra, y vemos que el Autor, de las tres armas de un ejército –tierra, mar y aire–, dedica a la aviación y a los varios tipos de misiles sólo unas pocas líneas a pie de página, siendo ellos, con gran diferencia, las armas más fuertes de los ejércitos actuales, concluiremos sin dudas que ese manual para formar a los militares debe haber sido elaborado por el Enemigo, porque los militares con él formados serían machacados en pocos años. Exagerando un poco, es como si ese Manual de Guerra enviara soldados al combate armados con un palo, una navaja y un tirachinas. Carne de cañón. Carne de misiles, drones y torpedos potentísimos.

En una guerra es inevitable que los combatientes que desconocen las armas más potentes del Adversario sean simplemente masacrados. Y en éstas se encuentra hoy gran parte de la Iglesia, que en el combate de la fe ignora o incluso niega al Diablo. Así le va.

 

–Sin embargo, la existencia del Demonio y de su acción maléfica contra los hombres, especialmente sobre la Iglesia, es una verdad de fe. Antiguas profecías (Is 14,12-14) aluden a Lucifer (el Luminoso, iluminador, brillante), que aspira en su soberbia a elevarse como igual a Dios. Pero que, con el poder de Dios, es vencido por el arcángel Miguel con sus ángeles, y cae de su altura hasta lo profundo del abismo. Es el ángel caído, Satanás (el Adversario), el que por su soberbia ya no es ángel del cielo, sino demonio del infierno. Y con él, caen  igualmente sus cómplices.

Prosiguiendo ésta y otras profecías antiguas, Cristo revela por medio de San Juan evangelista en el Apocalipsis:

«Hubo un combate en el cielo. Miguel y sus ángeles combatieron contra el Dragón, y el Dragón combatió, él y sus ángeles. Y no prevaleció y no quedó lugar para ellos en el cielo. Y fue precipitado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero. Fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron precipitados con él… Oí una gran voz del cielo: “Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo… Por eso, estad alegres, cielos”… ¡Ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado a vosotros, rebosando furor, sabiendo que le queda ya poco tiempo» (Apoc 12,7-12).


Cristo nos enseñó a orar en el Padrenuestro, y en él rogamos «líbranos del Mal». El sentido original de esa petición era, y sigue siendo, la liberación del Maligno. Pero ya no es costumbre rezar el Padrenuestro pidiendo a Dios que nos defienda del Maligno, del Demonio, porque apenas se cree en la realidad personal de Diablo. A ello contribuyó el retiro de la oración de León XIII (1886), compuesta e imperada para añadirla al final de todas las Misas. Había sido impulsada por una revelación privada en la que el Señor le había manifestado su urgente necesidad.

«Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio, contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra las maldades y asechanzas del diablo. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la celestial milicia, lanza al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos, que rondan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

Hoy, sin creer en el Diablo en muchas Iglesias locales es grande la mayoría de cristianos que no van a Misa, no se confiesan, no rezan, son anticonceptivos; apenas se trata de la salvación eterna; no hay vocaciones sacerdotales y religiosas; se cierran, se clausuran o incluso se venden cientos y miles de conventos, monasterios e iglesias; se tolera o se recomienda la comunión de los adúlteros impenitentes, la bendición de las parejas homosexuales; abunda la droga, la pornografía… Etcétera…

Y entre tanto, las grandes Comisiones y Reuniones que se organizan muy laboriosa y largamente para la reforma de la Iglesia, se centran en temas como la reforma de la Curia, la comunión de los adúlteros, la bendición de las parejas homosexuales, la institución del diaconado y del sacerdocio femenino, etc… Palo, navaja y tirachinas contra el potentísimo ejército de Satán.

Hasta  tal punto ha llegado la negación o el ninguneo sistemático del Demonio, que en no pocas Iglesias locales se han suprimido los exorcismos.

  –Ataques diabólicos y los exorcismos  

«Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién devorar» (1P 5,8)… Puede intentarlo en formas de asedio, obsesión, influjos en los sentidos, repugnancias insuperables, miedos, pensaciones falsas (sensaciones que operan como si fueran pensamientos), conductas compulsivas, incluso suicidas, etc. Pero puede incluso llegar a formas más graves, como es la posesión diabólica, por la que el demonio entra en la víctima, invadiendo su cuerpo, aunque no su alma.   

Para las asechanzas pueden ser ayuda suficiente la oración, la Eucaristía, los sacramentales, entre los cuales sobresale la fuerza sanante y liberadora del agua bendita, de la que Santa Teresa –muy experimentada en combates contra el Demonio–, decía que «no hay cosa que [los demonios]  huyan más para no volver. De la cruz también huyen, mas vuelven» (Vida 31,4; +31,1-11).

En los casos más graves, el demonio entra por la posesión en la víctima y la mueve despóticamente desde dentro. Pero adviértase que aunque el diablo haya invadido el cuerpo de una persona, y obre en ella como en propiedad suya, no puede dominarla como principio intrínseco de sus acciones y movimientos, sino por un dominio violento, que es ajeno a la sustancia del acto. La posesión diabólica afecta al cuerpo. Pero el alma no es invadida, conserva la libertad y, si se mantiene unida a Dios, puede estar en gracia durante la misma posesión (cf. Juan Pablo II, 13-8-1986). Contra estos casos más graves obra la fuerza del Salvador por los exorcismos. (Amplié más el estudio del tema en otro artículo).

 

–Los exorcismos

Jesucristo realizó su misión evangelizadora por la palabra y los milagros, por las sanaciones y los exorcismos. Realizó éstos con gran frecuencia (Mc 3,7-12). Y quiso que su ministerio de salvación y liberación siguiera vivo en sus discípulos, especialmente en algunos, confortados por Dios, especialmente con el sacramento del Orden sagrado, para obrar en el nombre y poder de Jesús. Y efectivamente, Cristo «designó a doce para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar a los demonios» (Mc 3,13-15; +6,7-13). Y los Apóstoles permanecieron con Jesús como compañeros elegidos, ejercitando la misión recibida, ante todo, en lo activo, como predicadores y exorcistas. Ésa fue la fisonomía fundamental de los Apóstoles.

La primera evangelización fue la de los Apóstoles en Jerusalén. Predicaron con ímpetu arrollador la luz de Cristo, a pesar de las prohibiciones, a pesar de que fueran asesinados el Obispo y el diácono Esteban. Y con predicación y milagros,realizaron poderosamente los exorcismos: «de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría» (Hch 8,7-8).

Predicación y exorcismos forman parte esencial de la misión propia de Obispos y presbíteros. Por el sacramento del Orden, por obra del Espíritu Santo, son constituidos sucesores de los Apóstoles. Ellos logran así que perdure a través de los siglos la misma misión realizada por Jesucristo y por sus Discípulos, que predicaron y expulsaron demonios.  Así lo enseña el Catecismo de la Iglesia:

«Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del Maligno y sustraído a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó, y de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar» (1673).

Consiguientemente, los Obispos y sacerdotes han de ejercitar el ministerio de exorcistas, tan poderoso para suscitar la fe de nuevos creyentes, y para sanar, purificar y liberar a quienes sufren bajo el yugo dominador del Demonio. En algunas Iglesias locales este gran ministerio se realiza con gran mérito de los exorcistas, fieles, caritativos y pacientes. Pero en otras, sobre todo en las del Occidente rico y prepotente, no; o muy escasamente. Son muchas las diócesis e incluso las Iglesias locales que hace tiempo no realizan exorcismos, sea por error teológico o sea por falta de un clero idóneo para tan arduo ministerio. Y este hundimiento de un apostolado tan necesario explica suficientemente el deterioro y derrumbe de sus Iglesias, vencidas por Satanás.

 

–Hoy aumentan los asedios y posesiones del Diablo. Ya advertía Juan Pablo II que «las impresionantes palabras del Apóstol San Juan, “el mundo entero está bajo el Maligno” (1Jn 5,19) aluden a la presencia de Satanás en la historia de la humanidad, una presencia que se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios» (13-8-1886; cf. 20ss). En esa medida, disminuyen o se suprimen los exorcismos. Causae ad invicem causae sunt.

Es hoy muy doloroso que actualmente haya cristianos asediados o poseídos por el diablo, que se vean en graves peligros espirituales y en grandes sufrimientos sin la ayuda de aquellos Pastores apostólicos, negados a ejercitar los poderes exorcistas que por el Orden sagrado recibieron de Cristo. Resisten así su voluntad salvadora: «en mi nombre expulsarán los demonios» (Mc 16,17).

Donde el cristianismo disminuye, crece el poder efectivo del diablo entre los hombres. Es lógico. Muchos de los pocos hombres de Iglesia que hoy se ocupan en esta gravísima cuestión afirman que la acción diabólica está creciendo mucho en los últimos decenios. Espiritismo, adivinación, esoterismo, tabla ouija, asociaciones y cultos satánicos, drogas, santería, macumba, ritos Nueva Era, espectáculos perversos, leyes contra natura obligadas a todos y con pretensiones de globalidad universal, idolatría de las riquezas y del cuerpo, promiscuidad sexual, matrimonios profanados por la anticoncepción habitual… Todas esas miserias y tantas otras son puertas abiertas para la acción del diablo.

 

–Y al mismo tiempo que los exorcismos disminuyen o desaparecen, lo mismo sucede con las oraciones contra Satanás, que fueron enseñadas por Cristo como parte integrante de la oración cristiana, el Padrenuestro: «líbranos del Maligno». Como veremos, a través de la historia de la Iglesia, muchas de las oraciones tradicionales invocaban de Dios la defensa del Demonio. El Alma de Cristo, por ejemplo: «del maligno Enemigo defiéndeme»: sigue fielmente el modelo de oración enseñado por Cristo.

Por el contrario, los Oracionales y Cantorales modernos ignoran al Demonio, no piden suplicando a Dios que nos guarde de su poder. Guardan silencio sus Autores, no vayan a parecer devotos carcas. Como si el Demonio no existiera ni atacara. O como si no necesitáramos que el Padre nuestro «nos libre del Maligno». Y esto es muy grave, porque denota un ambiente espiritual de corte pelagiano o semipelagiano.

He revisado hace poco un Cantoral católico de más de doscientos cantos populares, en el que las súplicas a Dios en relación a la protección del Demonio venían a suponer un 0,01%.

 

–La causa principal de los males morales en el hombre y en el mundo es Satanás. El Enemigo de la naturaleza humana, dice Jesús, es «homicida y padre de la mentira» (Jn 8,44). La definición es muy exacta, y se ve confirmada, por ejemplo, en «el derecho al aborto», que algunas naciones quieren hoy que sea derecho universal. Primero es la mentira: «el feto no es un ser humano»; que facilita el homicidio: «hagamos el aborto». Así el aborto es netamente diabólico. Y en ello, como en todo, la realidad debe ser conocida, reconocida y expresada. Sólo la verdad es capaz de matar la mentira y el homicidio.

Satanás suele actuar en complicidad con la carne y el mundo. Cuando éstos, bajo su influjo, se bastan para estimular al pecado, él solo actúa indirectamente, sirviéndose de ellos. Por ejemplo, pensemos en el caso de un adolescente que el día de su primera comunión –que probablemente será la última– recibe de sus padres un móvil con internet. Es bastante en muchos casos la carne y el mundo para iniciar a ese niño o adolescente como pornófilo («Todos mis amigos lo tienen… Todos lo hacen… Todos saben ya “eso” que yo no sé todavía»…), Ya se comprende que carne y mundo, en tal caso, hacen innecesaria la acción directa del Diablo, aunque carne y mundo presionen bajo su influjo. Pero cuando un cristiano ha vencido carne y mundo en cierto grado, es entonces cuando el demonio se ve obligado a tentarle directamente, como Satán a Cristo en el desierto.

Y por otra parte, nótese aquí que, en principio, son captables las tentaciones de carne y mundo, aunque muchos no las advierten como tales, porque se dan camufladas por falsas razones («todos lo hacen»…), que muchos darán por válidas, por falta de fe, por debilidad, acostumbramiento, presión del mundo. En cambio, las tentaciones directas del demonio son de suyo ocultas, insidiosas, falsas, engañosas, siempre disfrazadas de bondad. Y si no se reconoce siquiera la existencia y la acción del Maligno –engañar, mentir, matar–, menos posible será la captación y defensa de sus tentaciones e insidias, engaños y ataques.

–La mayoría de los fieles bautizados, creo que por primera vez en la historia de la Iglesia, no practican ni conocen a veces la oración de petición enseñada por Cristo, líbranos del Maligno. Y esta deficiencia es una realidad gravísima. Los que rezan el Padrenuestro conocen y pronuncian sus frases, pero ignoran de hecho la verdad que revela su última frase: «líbranos de Maligno». La ignoran porque la existencia y acción del Diablo es una verdad de fe habitualmente ausente en predicaciones, catequesis, colegios católicos, escritos de espiritualidad, piedad personal y comunitaria, oraciones y cantos cristianos, y también silenciada por la ausencia de confesiones y agua bendita, bendiciones y exorcismos.Hoy es tan general esa ignorancia que incluso afecta la espiritualidad de «buenos» cristianos.

Alertar hoy del poder maléfico del Demonio es algo socialmente prohibido. El hombre moderno, con la ayuda de Dios providente, ha llegado tan lejos en el «dominio de la tierra» (Gen 1,28-31), que sumando en sí mismo la prepotencia humana y un voluntarismo pelagiano o semipelagiano, sin saberlo muchas veces, está viviendo más o menos el «seréis como Dios» de Satán (3,5), que por su acción directa o indirecta lo sujeta más o menos bajo su influjo y engaño. No piensa, y menos aún siente, la verdad sencilla que nos dice Cristo: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

 Con todo esto, debemos reconocer que hoy –hace ya bastante tiempo–, con falsas pretensiones psicoanalíticas, y verdaderas mentalidades pelagianas o semipelagianas, nunca se ha predicado menos de Satanás, a pesar de que sea «un personaje principal del Evangelio». Nunca han sido los cristianos tan ignorantes del Demonio y tan vulnerables a él. Y en consecuencia, nunca ha sido tan extenso su poder en el mundo. Trataré, Dios mediante, de este punto en el próximo artículo.

La catequesis y la predicación son las claves para iluminar con verdad la tiniebla de tan gravísimo error e ignorancia.

–La vida cristiana implica un combate diario contra los poderes infernales de Satanás, «el Dragón, la Serpiente antigua, que es el Diablo, Satanás» (Ap 20,2). No es posible vencer en este «buen combate» (2Tim 4,6) de la fe y la caridad, si no nos revestimos con las armas propias de la armadura de Dios: «embrazad en todo momento el escudo de la fe, con el que podáis hacer inútiles los encendidos dardos del Maligno» (Ef 6,16).

–El Concilio Vaticano II no tiene la culpa de que se ignore al Demonio.

+El concilio Vaticano II, en algunos puntos –no muchos–, muestra un buenismo optimista falso. A veces dice cosas increíbles, porque evidentemente contrarían la experiencia del hombre y la enseñanza revelada por Dios en Cristo. Esa ignorancia se manifiesta, por ejemplo, en esta perla conciliar:

«El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación crecientes de sus derechos» (Gaudium et spes 41a)… ¿El hombre actual?… ¿En dónde eso es verdad?

Esa frase que tan bien suena, es pura literatura, ridículamente falsa –me figuro que no se la creían ni los que la escribían–: parole, paroleEl mundo presente en gran medida camina alejándose más y más de Cristo –en cuanto camino, verdad y vida (Jn 14,6)–. Si los grandes poderes del «mundo» actual, consiguen la globalización de grandes maldades, es decir, por ejemplo, si logran que anticoncepción, aborto, eutanasia, homosexualidad activa y otros crímenes brutales, muy eficaces para la suma reducción de la humanidad, sean permitidos, promovidos e incluso exigidos por las leyes  y duramente penalizados (acciones de pro-vida, por ejemplo, han sido a veces penadas con años de cárcel), eso indica claramente que se pretende la extinción total del cristianismo, o reducirlo a unos grupúsculos martiriales mínimos, porque los cristianos no pueden obedecer esas leyes perversas contra natura, contra Dios.

Pero por otro lado, si la Providencia divina permite que se realice esa diabólica pretensión, el Resto cristiano será en el mundo un foco de luz casi único, y tendrá en medio de las tinieblas una fuerza significante máxima, en contra de los principios y leyes perversos imperantes. Es Dios quien por su providencia gobierna las naciones, y hace que hasta los peores males colaboren al bien de los que Le aman (Rm 8,28).

+El sagrado concilio ecuménico Vaticano II afirma que la vida cristiana exige «una dura batalla contra el poder de las tinieblas». Esa frase estúpida, esa “perla” del Concilio que antes he citado  –y no es la única en él–, no expresa su verdadera enseñanza, pues en todos los Documentos conciliares, votados favorablemente en forma casi unánime, también por Mons. Lefebvre, se mantiene siempre fiel a la Biblia, a la Tradición católica y al Magisterio apostólico.

La Iglesia está en permanente combate con el Demonio, Padre de la Mentira. Y así lo confiesa el Concilio:

«A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas [Satanás y sus demonios], que iniciada en los orígenes del mundo [el pecado original, conseguido por el Diablo]. durará, como dice el Señor, hasta el día final (cf, Mt 24,13; 13,24-30)» (GS 37b; +13b).

Será éste, Dios mediante, el tema del próximo artículo. 

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

PostPost.-En InfoCatólica reciente un post y un video de calidad sobre el tema: -Eudaldo FormentLIII. Liberación del poder del diablo. La esclavitud del demonio  (1.04.24); -Javier Olivera Ravasi, “Inspirados por Satanás": la persecución religiosa en España (19.04.24).

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