(591) Coronavirus-V. Somos templos de Dios -La Inhabitación

–Con motivo del coronavirus y de las limitaciones o prohibiciones del culto público se han ocasionado, creo yo, algunas quejas que me suenan mal.

–Suelen hacerlas buenos cristianos. Pero que al estar muy dolidos, dicen a veces disparates, que probablemente ni ellos mismos los creen.

«Nos han privado de la Eucaristía. Nos han quitado a Cristo, cuando más lo necesitábamos»… «Han perdido todas las ovejas. Las han abandonado como perros, sin comida ni bebida, las han dejado “desconectadas” de Dios al desconectarlas de los Sacramentos»… «Y todo por cobardía, por salvar el pellejo».

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Danos, Señor, tu luz y tu verdad. Concédenos conocer y vivir el misterio glorioso de tu Presencia real en el corazón de tus fieles. No, no nos han quitado a Cristo. Este artículo pretende confortar la fe de aquellos fieles que se ven angustiados por las limitaciones legales impuestas al culto cristiano en el combate contra el coronavirus.

El Real Decreto, del 14 de marzo 2020, por el que se declaró en España el estado de alarma «para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19», no suspendió la libertad de culto, sino que en su artículo 11 condicionó la «asistencia a los lugares de culto y a las ceremonias civiles y religiosas» a que se adoptaran ciertas «medidas organizativas» que enumeraba. No obstante, el artículo 7, relativo a la «limitación de la libertad de personas», al enumerar a quienes podían desplazarse, «no contempla expresamente las relacionadas con el culto religioso». Podría éste incluirse en la «situación de necesidad» o en su «análoga naturaleza» con las autorizaciones permitidas (letras g y h).

Las normas dadas por los distintos Obispos diocesanos, antes y después del Real Decreto, además de unas someras orientaciones dadas por la Conferencia Episcopal (9 y 13 de marzo), no fueron todas iguales respecto a la celebración de la Misa con público o al cierre de los templos, siendo tan diferentes las situaciones de más de cincuenta diócesis. Los sacerdotes han continuado celebrando la Eucaristía en privado o ante algunos fieles. Muchos, no pocos, han podido confesar y dar la unción a los enfermos, así como acompañar a los difuntos con el rito breve de las exequias. En todo caso, la expansión de la epidemia, ha apremiado el confinamiento domiciliar, limitando la movilidad a supuestos expresamente permitidos por la Autoridad sanitaria. Con ello ha quedado prácticamente impedida la celebración pública de los sacramentos, en especial de la Eucaristía.

Hace un par de días supimos que la Conferencia Episcopal Española quiere tratar con el Gobierno central y el de las Autonomías para adoptar medidas en orden al culto público, en especial de la Eucaristía, en condiciones claras de seguridad jurídica para sacerdotes y fieles.

Oremos, oremos, oremos. Y reforcemos nuestra fe en la Presencia real del Señor en su Iglesia y en cada cristiano en gracia.

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Divina presencia creacional y presencia de gracia

A pesar del pecado de los hombres, Dios siempre ha mantenido su presencia creacional en las criaturas. Sin ese contacto entitativo, ontológico, permanente, las criaturas hubieran recaído en la nada. León XIII, citando a Santo Tomás, recuerda esta clásica doctrina:

«Dios se halla presente a todas las cosas, y está en ellas “por potencia, en cuanto se hallan sujetas a su potestad; por presencia, en cuanto todas están abiertas y patentes a sus ojos; por esencia, porque en todas ellas se halla él como causa del ser”» (enc. Divinum illud munus: STh I,8,3).

Pero la Historia de la Salvación nos descubre otro modo por el que Dios está presente a los hombres, la presencia de gracia, por la que establece con ellos una profunda amistad deificante. Toda la obra misericordiosa del Padre celestial, es decir, toda la obra de Jesucristo, se consuma en la comunicación del Espíritu Santo a los creyentes, consagrándolos como un templo.

 

Primeros acercamientos de Dios

La historia de la presencia amistosa de Dios entre los hombres comienza enAbraham: «Yo soy El Sadai; anda tú en mi presencia y sé perfecto» (Gen 17,1). En los tiempos de Moisés la presencia de Dios se hace más intensa; incluso se dice que habla con el Señor «cara a cara, como habla un hombre a su amigo» (Gen 33,11). Pero todavía Yavé permanece distante y misterioso para el pueblo, que no puede acercársele, ni hacer representaciones suyas (19,21s; 20,4s).

Todo esto, para un pueblo acostumbrado a la idolatría, torpe para la religiosidad, resulta muy espiritual., y reclama «un dios que vaya delante de nosotros» (32,1). Y Yavé condesciende: «Que me hagan un santuario y habitaré en medio de ellos. Habitaré en medio de los hijos de Israel y seré su Dios» (25,8; 29,45). Y a este pueblo nómada, Yavé le concede ciertas imágenes móviles de su Presencia gloriosa y fuerte.

 La Nube, etérea y luminosa, cercana e inaccesible, guía al pueblo de Israel por el desierto (Ex 13,21). La Tienda es un templo portátil, una sacralidad de distancia y separación (25,8-9). El Arca: «Allí me revelaré a ti, y de sobre el propiciatorio, de en medio de los dos querubines, te comunicaré yo todo cuanto te mandare para los hijos de Israel» (2Sam 7,6-7). Salomón entronizará solemnemente el Arca en el Templo (1Re 8).

En la veneración de Israel por estos signos sagrados no hay idolatría, como la había entre los vecinos pueblos paganos. Los profetas judíos enseñaron a distinguir entre el Santo y las sacralidades que le significan. Ellos siempre despreciaron los ídolos y se rieron de ellos.

La devoción al Templo es grande entre los piadosos judíos (Sal 2,4). Allí habita la gloria del Señor, allí peregrinan con amor profundo (83; 121), allí van «a contemplar el rostro de Dios» (41,3). También los profetas judíos aman al Templo, y anuncian un Templo nuevo, universal, construido por Dios para todos los pueblos (Is 2,2-3; 56,3-7; Ez 37,21-28). Ese Templo será Jesucristo, Señor y Salvador nuestro.

 

La presencia espiritual

En la espiritualidad del Antiguo Testamento la presencia del Señor, como maestro, guía y protector, es captada con una lucidez sorprendente, pues «aún no había sido dado el Espíritu» (Jn 7,39). Los salmos cantaron y siguen cantando maravillosamente esa gloriosa Presencia divina.

El justo camina en la presencia del Señor (Sal 114,9), vive en su casa (22,6), al amparo del Altísimo (90,1). «Cerca está el Señor de los que lo invocan sinceramente. Satisface los deseos de sus fieles, escucha sus gritos y los salva. El Señor guarda a los que lo aman» (144,18-20; +72,23-25). Ninguna cosa puede hacer vacilar al justo, pues tiene a Yavé a su derecha (15,8). Nada teme, pues, aunque tenga que pasar por un valle de tinieblas, ya que el Señor va con él (22,4).

También la Escritura sagrada revela que el Espíritu divino está especialmente sobre algunos hombres elegidos para ciertas misiones: «Vino sobre él el Espíritu de Yavé» (Núm 11,25). «Yo estaré contigo» (Gen 26,24). Más aún: se anuncia para la plenitud de los tiempos un Mesías lleno del Espíritu –los «siete» dones de la plenitud (Is 11,2)–: «He aquí a mi Siervo, a quien yo sostengo, mi Elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él» (42,1). De la plenitud espiritual de este Mesías derivará al pueblo una deificante presencia del Espíritu Santo, tantas veces pedida en oración (Sal 50,12). «Yo os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo. Yo pondré en vosotros mi Espíritu. Seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez 36,24-28).

 

–Jesucristo, fuente del Espíritu Santo

 Cumplida la misión de Cristo en la Encarrnación, la Evangelización y en la Cruz, asciende al Padre, y en su nombre nos comunica el Espíritu Santo.  «En Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9). El es el «Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Y todos nosotros hemos recibido de su plenitud gracia sobre gracia» (Jn 1,14.16).

 Jesucristo sabe que él es el Templo-fuente de aguas vivas, tal como lo anunciaron los profetas (Ez 47,1-12). «Gritó diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Quien cree en mí, como dijo la Escritura, ríos de agua viva manarán de su seno”. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (7,37-39). Finalmente, Jesucristo en la cruz, al ser destrozada su humanidad sagrada –como un frasco que, al ser roto, derrama su perfume–, «entregó el espíritu [el Espíritu]» (19,30).

Se cumplieron así las antiguas profecías: «Aquel día derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí; y a Aquel a quien traspasaron, le llorarán como se llora al unigénito. Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavar el pecado y la impureza» (Zac 12,10; 13,1).

 

–Jesucristo, Templo de Dios

Jesús venera el Templo antiguo, a él peregrina, lo considera Casa de Dios, Casa de Oración, paga el tributo del Templo, frecuenta sus atrios con sus discípulos (Mt 12,4; 17,24-27; 21,13; Lc 2,22-39. 42-43; Jn 7,10). Pero Jesús sabe que él es el nuevo Templo. Destruido por la muerte, en tres días será levantado (Jn 2,19). El se sabe «la piedra angular» del Templo nuevo y definitivo (Mc 12,10). En efecto, «la piedra angular es el mismo Cristo Jesús, en quien todo el edificio [de la Iglesia], armónicamente trabado, se alza hasta ser Templo santo en el Señor; en el cual también vosotros sois juntamente edificados para ser morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,20-22).

Entremos, pues, en Cristo-Templo, que en la resurrección, la ascensión, y pentecostés, ha sido abierto e inaugurado para todos los hombres que crean en él. «Acercáos a él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, y vosotros también edificáos como piedras vivas, como Casa espiritual, para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por Jesucristo» (1Pe 2,4-5).

La consumación del Templo nuevo será en la parusía, al fin de los tiempos, cuando venga Cristo con sus ángeles y santos. «Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén… Oí una voz potente, que del trono decía: “He aquí el Tabernáculo de Dios entre los hombres”» (Ap 21,2-5).

 

La Trinidad divina en los cristianos

Los primeros cristianos todavía frecuentaron el Templo (Hch 2,46), pero en seguida comprendieron que el nuevo Templo eran ellos mismos. En efecto, Dios habita en la Iglesia y en cada uno de los cristianos. No sólo la Iglesia es templo de Dios, como cuerpo que es de Cristo (1Cor 3,10-17), sino cada uno de los cristianos es personalmente «templo del Espíritu Santo» (1Cor 6,15.19; 12,27). Y ambos aspectos de la inhabitación, el comunitario y el personal, van necesariamente unidos. No se puede ser cristiano sino en cuanto piedra viva del Templo de la Iglesia. Ahora las tres Personas divinas viven en los cristianos. El mismo Espíritu Santo es el principio vital de una nueva humanidad. Esta es la enseñanza de Jesús y de sus Apóstoles.

El «Espíritu vivificante» (1Cor 15,45), habita en nosotros, recibido como don del Padre y del Hijo. Y nosotros nos vamos configurando a la imagen de Cristo «a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor» (3,18; +Gál 4,6).

Sobre el misterio de la Inhabitación: –León XIII, enc. Divinum illud munus 9-V-1897; –San Juan Pablo II, enc. Dominum et vivificantem 18-V-1986: –Catecismo edic. 1997, 683-741.

 

–Toda la vida cristiana es «por obra del Espíritu Santo»

Todas las dimensiones de la vida cristiana están movidas por obra del Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. «Vosotros no vivís ya según la carne, sino según el Espíritu, si es que de verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8,9).

Él transciende en su obrar santificante cualquier condición del hombre: salud, enfermedad, pobreza, riqueza, monasterio, destierro, fábrica, familia, soledad, campo de concentración, leyes anticristianas, etc. Él es Dios.

Es el Espíritu Santo, nuestra alma, es el Espíritu de Jesús, nuestra cabeza, el que nos mueve internamente a toda obra buena (Rm 8,14). Es Él, quien por el agua, el fuego nos purifica del pecado y nos da participar como hijos de la naturaleza divina(Mt 3,11; Jn 3,5-9; Tit 3,5-7). Es él quien enciende en nosotros la lucidez de la fe(1Cor 2,10-16). El levanta nuestros corazones a la esperanza(Rm 15,13). El nos mueve a amar al Padre y a los hombres como Cristo los amó; para nosotros esto sería imposible, pero «la caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por la fuerza del Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5). El llena de gozo y alegría nuestras almas (Rm 14,17; Gál 5,22; 2Tes 1,6). Él está presente donde dos o tres se reúnen en el nombre de Jesús (Mt 18,20). El nos da fuerza para testimoniar a Cristo y convertir hombres y naciones, pues la evangelización «no es sólo en palabras, sino en poder y en el Espíritu Santo» (1Cor 2,4; +Hch 1,8). El nos concede ser libres del mundo que nos rodea (2Cor 3,17). El viene en ayuda de nuestra impotencia yora en nosotros con palabras inefables (Rm 8,15. 26-27).

        

La inhabitación en la Tradición cristiana

La vivencia del misterio de la inhabitación ha sido siempre, ya desde el comienzo de la Iglesia, la clave principal de la espiritualidad cristiana. San Ignacio de Antioquía, hacia el año 107, se da el nombre de Teóforos, portador de Dios, y nombres semejantes da a los fieles cristianos, teóforoi, cristóforoi, agióforoi (Efesios 9,2; saludos de sus cartas). Y claramente nos enseña: «Obremos siempre viviendo conscientemente Su inhabitación en nosotros, siendo nosotros su templo, siendo él nuestro Dios dentro de nosotros; como realmente es y se nos manifestará, si le amamos como es debido» (Efesios 15,3). Es la experiencia y enseñanza de todos los santos.

San Agustín

Uno de los más altos maestros de la inhabitación es sin duda San Agustín. El buscó a Dios en las criaturas, y ellas le dieron algunas referencias muy valiosas (Confesiones IX,10,25; X,6,9); pero por fin lo encontró en sí mismo: «Él está donde se gusta la verdad, en lo más íntimo del corazón» (IV,12,18).

«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no tendrían ser» (X,27,38). «Tú estabas dentro de mí, más interior a mí que lo más íntimo mío y más elevado que lo más alto mío (interior intimo meo et superior summo meo)» (III,6,11).

Santa Teresa de Jesús

Ella alcanza las más altas experiencias de la inhabitación en el culmen de su vida, cuando llega a la mística unión transformante:

 «Estando con esta presencia de las tres Personas que traigo en el alma, era con tanta luz que no se puede dudar el estar allí Dios vivo y verdadero» (Cuenta conciencia 42;+41). Antes creía ella en esta presencia, pero no la sentía. Ahora Dios «quiere dar a sentir esta presencia, y trae tantos bienes, que no se pueden decir, en especial, que no es menester andar a buscar consideraciones para conocer que está allí Dios» (66,10). Ni trabajos ni negocios le hacen perder la conciencia de esa divina Presencia (7 Moradas 1,11).

¡Captar en fe y caridad la Presencia divina en el alma!…: «Me mostró el Señor, por una extraña manera de visión intelectual [esto es, sin imágenes], cómo estaba el alma que está en gracia, en cuya compañía vi la Santísima Trinidad por visión intelectual, de cuya compañía venía al alma un poder que señoreaba toda la tierra» (Cuenta conciencia 21). Captar en la propia alma esa gloriosa Presencia trae inmensos bienes: gozo indecible de verse hecha una sola cosa con Dios (7 Moradas 2,4), completo olvido de sí (3,2), ardiente celo apostólico (3,4), paz y gran silencio interior (3,11-12), aunque no falta cruz (3,2; 4,2-9). En fin, «no me parece que vivo yo, ni hablo, ni tengo querer, sino que está en mí quien me gobierna y da fuerza, y ando como fuera de mí» (ib.).

San Juan de la Cruz          

La inhabitación de Dios en el alma es «lo más a que en esta vida se puede llegar» (Llama 1,14). «El Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser del alma» (Cántico 1,6). ¿Puede haber algo mayor?

 «Dios mora secretamente en el seno del alma, porque en el fondo de la sustancia del alma es hecho este dulce abrazo. Mora secretamente, porque a este abrazo no puede llegar el demonio, ni el entendimiento del hombre alcanza a saber cómo es. Pero al alma misma, [que por la alta vida de la gracia ha sido introducida ya] en esta perfección, no le está secreto, pues siente en sí misma este íntimo abrazo… ¡Oh, qué dichosa es esta alma que siempre siente estar Dios descansando y reposando en su seno!… En otras almas que no han llegado a esta unión, aunque no está [el Esposo] desagradado, porque al fin están en gracia, pero, por cuanto aún no están bien dispuestas, aunque mora en ellas, mora secreto para ellas, porque no le sienten de ordinario, sino cuando él les hace algunos recuerdos sabrosos» (Llama 4,14-16).

Es el amor sobrenatural de la caridad la causa de la inhabitación: «Si alguno me ama, mi Padre le amará, vendremos a él, y en él haremos morada» (Jn 14,23).

San Juan de la Cruz: «Mediante el amor se une el alma con Dios; y así, cuantos más grados de amor tuviere, tanto más profundamente entra en Dios y se concentra en El. De donde podemos decir que cuantos grados de amor de Dios puede tener el alma, tantos centros puede tener en Dios, uno más adentro que otro, porque el amor más fuerte es el más unitivo. Y si llegare hasta el último grado del amor, llegará a herir el amor de Dios hasta el último centro y más profundo del alma, lo cual será transformarla y esclarecerla según todo el ser y potencia y virtud de ella, según es capaz de recibir, hasta ponerla que parezca Dios» (Llama 1,13). Entonces «el alma se ve hecha como un inmenso fuego de amor que nace de aquel punto encendido del corazón del espíritu» (2,11).

El misterio de la Trinidad divina tal cual es –el Padre increado genera al Hijo, y espiran al Espíritu– se da en el alma, que recibe

«la comunicación del Espíritu Santo, para que ella espire en Dios la misma espiración de amor que el Padre espira en elHijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo… Porque eso es estar [el alma] transformada en las tres Personas en potencia [Padre] y sabiduría [Hijo] y amor [Espíritu Santo], y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la creó a su imagen y semejanza» (Cántico39,3-4).

Ese «abrazo abismal de su dulzura» que el Padre ha dado al hombre, se lo ha dado en Cristo Esposo, que así celebra sus bodas con la humanidad «con cierta consumación de unión de amor» (Cántico 22,3; +Llama 4,3).

 

–Síntesis teológica

La inhabitación es una presencia real, física, de las tres Personas divinas, que se da en los justos, en las personas que están en gracia, en amistad con Dios. Las tres Personas divinas habitan en el hombre como en un templo, no sólo el Espíritu Santo. Y son las mismas Personas de la Trinidad las que se hacen presentes, no sólo meros dones santificantes. Ahora bien, para que la Presencia divina se dé, es necesaria la producción divina de la gracia creada en el hombre. Por tanto, la gracia increada, esto es, la inhabita-ción, y la gracia creada, son inseparables.

Por la inhabitación, los cristianos somos «sellados con el sello del Espíritu Santo» (Ef 1,13), sello personal, vivo y vivificante. La imagen de Diosse reproduce en nosotros por la presencia real e inmediata de las Personas divinas en nosotros. Y de este modo, como dice el concilio Vaticano II, de tal modo el Espíritu Santo vivifica a los cristianos, al Cuerpo místico de Cristo, «que su oficio pudo ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o alma en el cuerpo humano» (LG 7g).

En fe y caridad

La inhabitación de Dios en el hombre ha de explicarse en clave de conocimiento (Jn 17,3) y de amor(14,23), y es así una amistad. Santo Tomás:

«La caridad es una amistad, y la amistad importa unión, porque el amor es una fuerza unitiva» (STh II-II,25,4). «La amistad añade al amor que en ella el amor es mutuo y que da lugar a cierta intercomunicación. Esta sociedad del hombre con Dios, este trato familiar con él, comienza por la gracia en la vida presente, y se perfecciona por la gloria en la futura. Y no puede el hombre tener con Dios esa amistad que es la caridad, si no tiene fe, una fe por la que crea que es posible ese modo de asociación y trato del hombre con Dios, y si no tiene también esperanza de llegar a esa amistad. Por eso la caridad [y consecuentemente la inhabitación de Dios en el hombre] es imposible sin la fe y la esperanza» que fundamentan la caridad (I-II,65,5).

Inhabitación, amistad inefable. «El especial modo de la presencia divina propio del alma racional consiste precisamente en que Dios esté en ella como lo conocido está en aquel que lo conoce y como lo amado en el amante. Y porque, conociendo y amando, el alma racional aplica su operación al mismo Dios, por eso, según este modo especial, se dice que Dios no sólo es en la criatura racional, sino que habita en ella como en su templo» (I,43,3).

El cristiano carnal, aunque esté en gracia, apenas es consciente de la Presencia de Dios en él. Es el cristiano espiritual el que capta habitual y claramente la inhabitación de la Trinidad. «Los limpios de corazón verán a Dios» en sí mismos (Mt 5,8). Cuando el ejercicio ascético de las virtudes se perfecciona en la vida mística de los dones del Espíritu Santo, es entonces cuando el cristiano vive habitualmente la Presencia divina. Así lo explica Juan de Santo Tomás:

«Supuesto ya el contacto y la íntima existencia de Dios dentro del alma, Dios se hace presente de un modo nuevo por la gracia como objeto experimentalmente cognoscible y gozable en ella misma. Y es que a Dios no se le conoce solamente por la fe, que es común a los creyentes, justos o pecadores, sino también por el don de sabiduría, que da un gustar y un experimentar íntimamente» a Dios (Tract. de s. Trinit. mysterio d.17,a.3,10-12).

Eucaristía e inhabitación

 Jesucristo en la eucaristía causa en las fieles la inhabitación de la Trinidad. «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Así como vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí» (Jn 6,51-57). Por tanto, la eucaristía es para la inhabitación. La presencia real de Cristo en la eucaristía tiene como fin confirmar la presencia real de Cristo en los justos por la inhabitación, y acrecentar su unión con ellos, dándose El como alimento y bebida.

La presencia del Señor en los cristianos y su presencia en la eucaristía sunt causae ad invicem, se causan mutuamente, por varias razones.

1ª.–Solo puede comulgar el cristiano que está en gracia de Dios, es decir, quien vive la inhabitación como templo vivo del Señor. Sin la presencia real de Cristo en los cristianos, separados de él por el pecado, no es posible la comunión, no pueden gozar de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En este sentido, la eucaristía está finalizada en la inhabitación. El Señor se hace realmente presente en el pan para hacerse realmente presente en los fieles. Y a su vez la inhabitación hace al cristiano idóneo para la comunión eucarística. Sin aquélla, no es lícito acercarse a ésta.

2ª.–En la eucaristía el pan pierde su autonomía ontológica propia, para convertirse en el cuerpo de Cristo: ya no hay pan, ya no hay vino, sólo quedan sus apariencias sensibles. Pero en la inhabitación el prodigio de amor de Dios se une al hombre tan profundamente que éste conserva su propia ontología, sus facultades y potencias humanas. La inhabitación no hace que el cristiano deje de existir como hombre, pero la eucaristía hace que deje de existir el pan.

3ª.–La eucaristía cesará, como todas las sacralidades de la liturgia, cuando «pase la apariencia de este mundo» y llegue a «ser Dios todo en todas las cosas» (1Cor 7,31; 15,28); pero la presencia de Dios en el cristiano, la inhabitación, no cesará nunca; por el contrario consumará su perfección en la vida eterna. Ni siquiera la muerte, ni siquiera en el purgatorio cesa la inhabitación, porque Cristo sigue unido a «las benditas almas del purgatorio».

4ª.–Corrompidas las especies eucarísticas por el tiempo o por accidente, cesa la presencia del Señor; en cambio, muerto el cristiano, corrompido su cuerpo en el sepulcro, no cesa en él la amorosa presencia del Cristo glorioso y bendito. Sólo el pecado puede destruir la Presencia trinitaria de la inhabitación. Ni siquiera la muerte «podrá arrancarnos al amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,35-39).

 

–Espiritualidad de la inhabitación

Toda la vida cristiana ha de vivirse y explicarse como una íntima amistad del hombre con las Personas divinas que habitan y actúan en él. La oración, la caridad al prójimo, el trabajo, la vida litúrgica, todos las variedades de la gracia creada, han de vivirse y explicarse partiendo de la gracia increada, esto es, de la presencia de Dios en el hombre, presencia constante, activa, benéfica, por la que la misma Trinidad santísima se constituye en el hombre como principio ontológico y dinámico de una vida nueva, divina, sobrenatural, eterna.

Ignorar o negar la realidad de la Inhabitacion trinitaria en el cristiano es una gran deficiencia y un gran error. Trae consigo inevitablemente una espiritualidad pelagiana o semipelagiana. Pero «es Dios quien actúa en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,12). Su presencia en el cristiano en gracia es una presencia real, que sólo por el pecado puede ser ausentada.

Es una presencia «real» la del Señor en lo más íntimo de sus miembros. El Vaticano II, en la constitución de la Liturgia, enumera los distintos modos de presencia del Señor en la Iglesia, en la Liturgia, en la Eucaristía, en su ministro, en las especies consagradas, en la oración, en cada uno de los sacramentos, etc. Es doctrina muy traidicional: «cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza» (SC 7). Y Pablo VI, en la encíclica Mysterium fidei (1965), haciendo una enumeración semejante.

«Estas varias maneras de Presencia llenan el espíritu de estupor y dan a contemplar el misterio de la Iglesia… Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los demás sacramentos, “el más dulce por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido” [Egidio Romano], ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos [STh. STlg III, 73,3].

«Tal presencia se llama real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y substancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro» (5). El Señor está realmente presente en la predicación («a mí me oye», Lc 10,16), donde dos o tres se reúnen en su nombre (Mt 18,20), cuando alguien socorre en caridad a su hermano necesitado (Mt 25,40), cuando hace oración (Rm 8,26), etc. Son presencias reales de Cristo, inherentes a la vida de gracia, a la inhabitación de la Santísima Trinidad. Presencias reales de Cristo, que nadie puede quitarnos, como no sea un pecado mortal nuestro.

 –La espiritualidad de la Inhabitación es central en Cristo, en los Apóstoles, en la tradición católica. San Juan evangelista: «Si alguno me ama, mi Padre lo amará, vendremos a él y en él haremos morada» (14,13).  «El Espíritu de la Verdad permanece con vosotros y está en vosotros» (Jn 14,17). También San Pablo predica la Presencia de Dios en el cristiano con gran frecuencia.

-La inhabitación nos da la conciencia de nuestra dignidad de cristianos. Y quiere Dios que la reconozcamos, pues nosotros hemos «recibido el Espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido» (1Cor 2,12). Y el don mayor recibido en la vida cristiana de la gracia es la donación personal que la Trinidad divina ha hecho de sí misma a la persona humana, consagrándola así como un templo vivo suyo. En efecto, «el Padre… os conceda ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu, para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones» (Ef 3,14-17).

-Impulsa la santidad y retrae del pecado: «¿No reconocéis que Jesucristo está en vosotros?» (2Cor 13,5) . «¿No sabeis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… ¿No sabeis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios?» (1Cor 6,15-19). «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno profana el templo de Dios, Dios lo destruirá. Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros» (1Cor 3,16-17).

-Paz inalterable, alegría permanente. Difícil vivirlas siempre sin conciencia de la inhabitación. «El mismo Cristo presente en vosotros es la esperanza de la gloria» (Col 1,17). «Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo, alegraos» (Flp 4,4). «¿Quién nos arrebatará al amor de Cristo?» (Rm 8,35). 

Un caso: una mujer cristiana queda viuda. Sus hijos, ya crecidos, no viven con ella. Se siente sola. Misa diaria. Toma una empleada, pero apenas le sirve de compañía, pues es muy callada. Adquiere un perro, muy vivaracho, que suaviza su soledad… A esta mujer «cristiana», por lo visto, un perro le hace más compañía que la Trinidad divina.

-La conciencia de la Inhabitación acrecienta en el cristiano la interioridad personal, librándole de un exteriorismo consumista, trivial y alienante. «El reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21).  «Atención a lo interior», dice San Juan de la Cruz (Letrilla 2). No quiere este gran maestro que el hombre se vacíe de sí mismo, proyectándose siempre hacia fuera. Eso es lo que quiere el diablo, en complicidad con el mundo.

-Vivir en la Presencia de Dios, en oración continua. «Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Cor 10,31). Como templos de Dios, hemos de vivir en la presencia del Señor, en adoración perpetua, en oración continua.

-Mantenerse en absoluta humildad. El Espíritu de Jesús es el alma de nuestra alma, es el autor principal de toda obra buena. Bien sabemos la necesidad de que muera en nosotros el hombre viejo y carnal, cada vez más conscientes de que estamos llamados a pensar, querer, sentir, hablar y obrar desde la Trinidad divina que habita en nosotros, y no desde la precariedad miserable de nuestro yo carnal.

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Cedo la última palabra a San Juan de la Cruz, gran doctor de la Presencia de Dios en el cristiano:

«Todavía dices: “Y si está en mí el que ama mi alma ¿cómo no le hallo ni le siento?” La causa es porque está escondido y tú no te escondes también para hallarle y sentirle… Tu Esposo amado es “el tesoro escondido en el campo” de tu alma» (Cántico 1,9).

Para el místico Doctor la «disipación» crónica de los cristianos es un verdadero espanto, una tragedia, algo indeciblemente lamentable. No viven su vocación de templos de Dios, desconocen la Inhabitación, no les predican de ella, la desprecian, la olvidan…

«Oh, almas creadas para estas grandezas y para ellas llamadas ¿qué hacéis, en qué os entretenéis? vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y glorias, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!» (39,7).

«Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones» (Ef 3,17).

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

 

 

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