Origen y desarrollo histórico del socialismo

El socialismo apareció en Europa durante el siglo XIX en respuesta a las desigualdades y la explotación laboral de la Revolución Industrial. Es posible dividir su historia en cuatro etapas fundamentales.
El “socialismo utópico”
A principios del siglo XIX varios pensadores que rechazaban el individualismo del capitalismo liberal propusieron diversos tipos de sociedades ideales basadas en la creación voluntaria de comunidades que reemplazarían el rol de las empresas privadas. Marx calificó de forma peyorativa a esos predecesores suyos como “socialistas utópicos”, acusándolos de carecer de rigor científico y de basarse en fantasías morales, por su oposición a la revolución y su rechazo a la lucha de clases. La expresión “socialismo utópico” se impuso pese a su matiz peyorativo.
El primer socialista utópico fue el conde y filósofo francés Henri de Saint-Simon (1760-1825). El término “socialismo” fue acuñado hacia 1832 por seguidores suyos. Saint-Simon propuso una sociedad gobernada por científicos, ingenieros, banqueros e industriales, con una planificación central de la economía. Su objetivo era mejorar las condiciones materiales de los pobres con base en la ciencia y la tecnología. El “sansimonismo” fue un precursor de la tecnocracia debido a su sustitución de la política por la administración. También influyó mucho en el positivismo, ya que su fundador, Auguste Comte, fue secretario personal de Saint-Simon.
Otro destacado socialista utópico fue el empresario británico Robert Owen (1771-1858), fundador del movimiento cooperativo y del socialismo inglés. Intentó crear comunidades ideales en varios lugares de los Estados Unidos y de Inglaterra para reformar moralmente al ser humano por medio de un cambio de las estructuras sociales. Todos sus proyectos utópicos fracasaron, pero tuvo éxito en la promoción de cooperativas de producción o distribución y de mejoras en las condiciones laborales. Pese a su racionalismo ilustrado, Owen estaba muy influenciado por el mesmerismo, la doctrina del “magnetismo animal”.
Además de Saint-Simon y Owen, el socialista utópico más destacado fue otro francés: Charles Fourier (1772-1837). Abogó por la creación de comunidades llamadas “falansterios” que serían tanto cooperativas económicas autosuficientes como espacios de absoluta “liberación sexual”. Fourier propuso abolir el matrimonio natural y la familia basada en él y aceptar la poligamia y la homosexualidad, entre otras cosas. Los fourieristas fundaron decenas de falansterios en Europa y en América, pero todos sus proyectos fracasaron al cabo de poco tiempo.
El “socialismo científico” o marxismo
También la calificación del marxismo como “socialismo científico” proviene de Marx, que quería señalar así que su propia ideología era una teoría científica de análisis histórico, a diferencia de las de los socialistas que él llamó “utópicos”. En realidad, el marxismo es pseudocientífico y no es menos utópico que el sansimonismo y el fourierismo.
Se podría decir que la historia del marxismo comienza con la publicación del Manifiesto Comunista en 1848 por parte de Karl Marx y Friedrich Engels. La Asociación Internacional de Trabajadores (llamada más adelante informalmente “Primera Internacional Socialista”) fue fundada en Londres en 1864 por líderes sindicales británicos y franceses para unificar el movimiento obrero en Europa. Marx participó de la asamblea fundacional de la Asociación Internacional de Trabajadores en representación de los trabajadores alemanes, y rápidamente se convirtió en el líder ideológico de la asociación y en el redactor de sus documentos clave.
La Primera Internacional apoyó la Comuna de París, el primer gobierno obrero de la historia (1871), y sufrió una grave crisis en su Congreso de La Haya de 1872, cuando Marx y sus aliados expulsaron al revolucionario ruso Mijail Bakunin (1814-1876), líder de los anarquistas, y trasladaron la sede de la Internacional a Nueva York, para diluir en ella la influencia de los anarquistas europeos. Bakunin pensaba que cualquier Estado es inherentemente opresor, por lo que había que destruir el Estado desde el primer día de la revolución. En cambio Marx pensaba que el proletariado debía tomar el poder del Estado tras la revolución para usarlo como herramienta de transición hacia el comunismo (dictadura del proletariado).
Debido a la expulsión de Bakunin, pocos días después los anarquistas renunciaron a la asociación liderada por Marx y fundaron la Internacional Anarquista. Después de eso la Primera Internacional perdió fuerza y fue disuelta en 1876. Además, en el Congreso de Gotha de 1875 los marxistas y los lassallistas alemanes se unieron para fundar el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Marx se opuso a esta unificación, acusando al nuevo partido de hacer concesiones teóricas inaceptables y caer en un socialismo democrático burgués. En 1878 el Canciller Bismarck aprobó las Leyes Antisocialistas, que ilegalizaron al SPD.
A pesar de estos reveses, el marxismo se siguió difundiendo en Europa. Tras la muerte de Marx en 1883, Engels se convirtió en el líder indiscutido del marxismo internacional hasta su propia muerte, ocurrida en 1895. Además, Engels fue el principal divulgador de la obra de Marx.
La Segunda Internacional Socialista fue fundada en París en 1889, reuniendo a partidos socialistas, laboristas y socialdemócratas, y excluyendo a los anarquistas. Poco después de la muerte de Engels, el marxismo se dividió en tres corrientes:
1) el revisionismo, liderado por Eduard Bernstein, que proponía reformas pacíficas dentro de la democracia burguesa; con el tiempo esta corriente dio lugar al socialismo democrático y la socialdemocracia, dos corrientes muy relacionadas entre sí.
2) la ortodoxia centrista, liderada por Karl Kautsky, que se presentaba como fiel intérprete de Marx y seguía defendiendo la necesidad de la revolución, pero sostenía que no había que apresurarse a hacer la revolución, sino que había que esperar que se dieran las condiciones materiales que harían posible su triunfo; en la práctica esta corriente siguió una estrategia centrada en las elecciones y la acción parlamentaria.
3) la izquierda radical, liderada por Rosa Luxemburgo, sostenía que en la práctica la estrategia de la ortodoxia centrista era una espera pasiva que estaba burocratizando y adormeciendo el espíritu revolucionario de los trabajadores. Proponía que las masas obreras utilizaran la acción directa y la huelga general para desarrollar su conciencia y prepararse para tomar el poder.
Dentro de la Segunda Internacional predominó la línea de Kautsky. En 1914, al inicio de la Primera Guerra Mundial, el SPD de Kautsky votó en el Parlamento alemán a favor de los créditos de guerra de su gobierno, lo que otros marxistas vieron como una traición al internacionalismo proletario. Debido a esto la Segunda Internacional colapsó y se disolvió en 1916. Después de la Primera Guerra Mundial el centrismo ortodoxo de Kautsky prácticamente se desvaneció y fue absorbido por la socialdemocracia de Bernstein. En cambio la izquierda radical se separó del SPD y fundó el Partido Comunista de Alemania (KPD) en 1918-1919. La separación entre la socialdemocracia y el socialismo democrático, por una parte, y el comunismo, por otra, ocurrió de forma casi simultánea en todo el mundo entre 1917 y 1921 a partir de la Revolución Rusa.
El “socialismo real”
La Revolución Rusa (1917), liderada por el comunista ruso Vladimir Lenin, derrocó al zarismo y fundó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el primer Estado socialista del mundo. Esto marcó el paso de la teoría a la conformación de Estados regidos por un partido único y con economías totalmente planificadas por el Estado.
La Tercera Internacional o Komintern fue fundada en Moscú por Lenin en 1919 tras el triunfo de la Revolución Rusa para agrupar a los partidos comunistas del mundo bajo el liderazgo soviético y promover la revolución comunista en todo el mundo. Para unirse a esta Internacional, los partidos debían aceptar 21 condiciones que incluían admitir el control de Moscú, romper con los socialistas moderados y adoptar el “centralismo democrático”, que en la práctica implicaba el control absoluto del Partido Comunista por parte de su Comité Central. En los años 30, la Komintern promovió los “frentes populares”, alianzas antifascistas entre comunistas, socialistas y liberales. Stalin disolvió la Komintern en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, como un gesto de buena voluntad hacia sus aliados capitalistas Estados Unidos y Reino Unido.
Tras la muerte de Lenin (1924), se produjo en la URSS una gran lucha por el poder entre Iósif Stalin, partidario del “socialismo en un solo país” (que implicaba consolidar el socialismo en la URSS antes de exportarlo a otros países), y León Trotsky, partidario de la “revolución permanente” (que implicaba extender rápidamente el socialismo a otros países para evitar el aislamiento de la URSS). Stalin se impuso en esta lucha, expulsando a Trotsky del Partido Comunista en 1927 y enviándolo al destierro en 1929.
La Cuarta Internacional fue fundada en 1938 en Francia por León Trotsky y sus seguidores, quienes habían sido perseguidos y exiliados por el régimen de Stalin. Su objetivo era combatir en todo el mundo tanto al capitalismo como a la “burocracia estalinista” que, según Trotsky, había traicionado a la revolución en la URSS. Esta Internacional se basó en la teoría de la “revolución permanente” de Trotsky. Tras el asesinato de Trotsky por parte de un agente de Stalin en México (1940), la Cuarta Internacional sufrió múltiples divisiones en facciones competidoras que persisten hasta hoy en pequeños partidos trotskistas.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el modelo soviético se expandió por la fuerza en Europa del Este. Más adelante hubo una expansión global del comunismo. Los principales triunfos revolucionarios ocurrieron en China (1949) bajo Mao Zedong y en Cuba (1959) bajo Fidel Castro.
En paralelo, en la socialdemocracia de Europa Occidental, las corrientes reformistas abandonaron la vía armada para adoptar la democracia representativa y el “Estado del Bienestar". En 1951, tras la Segunda Guerra Mundial, los partidos herederos de la Segunda Internacional se reorganizaron en Fráncfort para refundar la Internacional Socialista. Esta abandonó el marxismo clásico y la vía revolucionaria, adoptando la socialdemocracia y la economía mixta dentro de sistemas democráticos. Se mantiene activa hasta hoy como una asociación global de partidos políticos socialdemócratas, socialistas democráticos y laboristas de todo el mundo.
La situación actual
Las ineficiencias de la planificación centralizada y la falta de libertades democráticas precipitaron la caída del “socialismo real” a finales del siglo XX.
La caída del Muro de Berlín (1989) fue un símbolo del colapso del bloque soviético y de la posterior disolución de la URSS en 1991. La URSS se dividió en 15 países independientes: Rusia, Ucrania y otros. En un período muy breve cayeron los regímenes comunistas en toda la ex URSS y toda Europa Oriental.
Otros países comunistas como China y Vietnam mantuvieron el control político unipartidista pero realizaron reformas de mercado, abriendo sus economías al capital privado para subsistir y crecer.
Durante un tiempo se habló mucho del “socialismo del siglo XXI”, impulsado en Iberoamérica por el Presidente de Venezuela Hugo Chávez a inicios de los años 2000. Esta corriente fue un populismo de izquierda basado en la estatización de recursos económicos. A la fecha esa corriente parece estar inmersa en una crisis terminal.
Daniel Iglesias Grèzes
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2 comentarios
"El Fenómeno Socialista" de Igor Shafarevich y "Socialismo, calculo economico y funcion empresarial" de Jesus Huerta de Soto.
Un saludo.
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