La concentración de la riqueza

Resumen del Capítulo 6 de mi libro “Cinco problemas globales”
El día 31/01/2026 publiqué aquí un post anunciando la publicación de mi libro Cinco problemas globales: Una mirada a contracorriente, que quedó disponible para su descarga gratuita en formato PDF. Hasta ahora dicho libro ha tenido más de 900 descargas.
Algunos amigos me han dicho que, aunque los temas tratados en ese libro les interesan, no disponen de tiempo suficiente para leerlo, por lo que me recomendaron producir una serie de pequeños videos con un contenido igual o reducido.
Como primer paso en esa dirección, estoy produciendo presentaciones con resúmenes de cada capítulo de ese libro. Espero que sean de utilidad para quienes disponen de menos tiempo para la lectura. Si Dios quiere, más adelante podré transformar esas presentaciones en videos.
Ya compartí las presentaciones de los Capítulos:
1. El mito de la superpoblación
2. El colapso demográfico
3. El mito de la crisis climática
4. La descarbonización de la economía
5. El crecimiento de la deuda
Ahora comparto la presentación del Capítulo 6, que trata sobre la concentración de la riqueza.
Daniel Iglesias Grèzes
3 comentarios
A veces me asalta la sospecha —dicha con toda la retranca que puedo permitirme— de que hay cuerpos que funcionan casi como alegorías involuntarias de su tiempo. No ya metáforas delicadas, sino ilustraciones en relieve: ese vientre adelantado, casi de ocho meses y medio, que convierte al propio sujeto en una especie de “hombre embarazado” de sí mismo, gestando no vida, sino exceso.
Y entonces pienso que quizá no hace falta ir muy lejos para entender ciertas desproporciones del mundo: el plato que rebosa, la repetición sistemática, el “un poco más” convertido en principio rector… todo eso tiene una elocuencia que ningún tratado iguala. Como si la concentración de la riqueza, tan denunciada en abstracto, encontrara en algunos cuerpos una versión doméstica, visible, casi pedagógica.
Incluso me atrevo a una idea más incómoda: si existen cosas como la grasa visceral —tan silenciosa como implacable— y las enfermedades que nacen del exceso reiterado, tal vez no sean solo accidentes biológicos, sino también advertencias inscritas en la carne. Señales duras, sí, pero difíciles de ignorar… salvo, claro, para quien ha decidido normalizar el vicio hasta hacerlo costumbre.
Porque ahí está lo verdaderamente grave: no tanto el exceso puntual, sino la capacidad de trivializarlo, de convertirlo en derecho adquirido, de minimizar sus consecuencias como si fueran detalles sin importancia (= escándalo hacia los niños!!). Y mientras tanto, el cuerpo —siempre más honesto que el discurso— sigue acumulando, recordando, señalando.
Yo lo miro y no puedo evitar pensar que hay en todo esto una lección que muchos prefieren no aprender: que el desorden, cuando se instala, acaba manifestándose de forma visible. Y que quizá lo más inquietante no es la barriga en sí, sino la tranquila convicción con la que algunos la llevan, como si no estuviera diciendo absolutamente nada.
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DIG: Es cierto que la gula es, como la avaricia, un pecado capital. Pero la obesidad no es causada necesariamente por la gula. Ojo con tratar a todas las enfermedades como vicios morales.
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No hablo de enfermedad en general ni de quienes arrastran problemas endocrinos, metabólicos o situaciones que escapan en gran medida a su control. Eso existe, y sería injusto —y bastante simplista— reducirlo a un vicio moral.
Yo me refiero a otra cosa mucho más concreta y, por desgracia, bastante visible: a la persona sana que ha ido construyendo, poco a poco, una barriga “pegada”, constante, mantenida en el tiempo —como esa caricatura tan precisa de Francisco de Quevedo con su nariz, pero trasladada al vientre— fruto no de una patología inevitable, sino de hábitos reiterados.
Ahí ya no estamos hablando de una enfermedad que sobreviene, sino de un patrón de vida que se consolida. No de un cuerpo que falla sin permiso, sino de una voluntad que, día tras día, se concede más de lo que necesita. Y en ese caso concreto —no en todos, insisto— sí tiene sentido hablar de algo más que biología.
Porque si uno es capaz de gobernar otras áreas de su vida pero, sin embargo, convierte el exceso en norma cotidiana, entonces la cuestión deja de ser médica para tener también una dimensión moral, aunque incomode decirlo. No es condenar a nadie, es simplemente llamar a las cosas por su nombre cuando no hay una causa externa que lo explique.
A veces pienso que la parábola del rico Epulón es menos parábola y más crónica de sucesos. Ese hombre no pegaba un gran banquete al año: vivía instalado en el festín diario, en la mesa que cruje, en el plato que se repite, en la siesta digestiva como si fuera un derecho natural… mientras Lázaro está literalmente a la puerta, pero fuera del radar.
Lo realmente duro y terrible —o más bien inquietante— es lo reconocible que resulta: el tenedor que no descansa, la camisa que tira en los botones, el “un poquito más” convertido en sistema. Y luego uno enciende las noticias y ve lo mismo en versión macro: unos acumulando sin medida, otros sin lo básico, y una tranquilidad general que da hasta vértigo.
Erase un hombre a una barriga pegado que tranquiliza su conciencia con el euro dominical!!
Lo cierto es que hoy día la obesidad es más propia de los que menos tienen y no se pueden permitir el lujo de comer comida sana o dedicar tiempo libre al deporte, además de carecer a veces de una buena formación Es mucho más caro tomar fruta, verdura y pescado a la plancha que tomar comida basura.
Los acaparadores pueden tener un aspecto de lo más sano y estar podridos por dentro. No es cuestión de "gente guapa"
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