InfoCatólica / Razones para nuestra esperanza / Archivos para: Febrero 2011

28.02.11

Nota sobre dos errores opuestos (C. S. Lewis)

La idea de que toda la raza humana es, en un sentido, una misma cosa –un inmenso organismo, como un árbol– no debe ser confundida con la idea de que las diferencias individuales no importan o que las personas reales como Tom, Nobby y Kate son de algún modo menos importantes que las cosas colectivas como las clases, las razas, etcétera. De hecho ambas ideas son opuestas. Cosas que forman parte de un mismo organismo pueden ser muy diferentes unas de otras; cosas que no lo hacen pueden ser muy parecidas. Seis peniques son cosas separadas y muy parecidas; mi nariz y mis pulmones son muy diferentes, pero sólo están vivos porque forman parte de mi cuerpo y comparten su vida común. El cristianismo piensa en los individuos humanos no como en meros miembros de un grupo o componentes de una lista, sino como en órganos de un cuerpo: diferentes unos de otros y cada uno de ellos contribuyendo con lo que ningún otro podría. Cuando os encontréis queriendo convertir a vuestros hijos, o a vuestros alumnos, o incluso a vuestros vecinos, en personas exactamente iguales a vosotros mismos, recordad que probablemente Dios jamás pretendió que fueran eso. Vosotros y ellos sois órganos diferentes, y vuestro cometido es hacer cosas diferentes. Por otro lado, cuando os sentís tentados a no dejar que los problemas de otro os afecten porque no son “asunto vuestro”, recordad que, aunque él es diferente de vosotros, forma parte del mismo organismo. Si olvidáis que pertenece al mismo organismo os convertiréis en individualistas. Si olvidáis que es un órgano distinto que vosotros, si queréis suprimir las diferencias y hacer que toda la gente sea igual, os convertiréis en totalitarios. Pero un cristiano no debe ser ni un totalitario ni un individualista.

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20.02.11

Ocho verdades de fe

El 6 de agosto de 2000, la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), con la aprobación del Papa Juan Pablo II, emitió la Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (en adelante citada como DI). Éste fue uno de los documentos doctrinales más importantes del largo pontificado de Juan Pablo II.

La forma solemne en que se expresa dicha aprobación subraya la importancia de este documento del Magisterio: “El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la Audiencia del día 16 de junio de 2000, concedida al infrascrito Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con ciencia cierta y con su autoridad apostólica, ha ratificado y confirmado esta Declaración decidida en la Sesión Plenaria, y ha ordenado su publicación.” (énfasis agregado por mí).

La declaración DI consta de una introducción, seis capítulos o secciones y una conclusión.

La introducción expone de forma clara y concisa el objetivo de la declaración. En el contexto del diálogo interreligioso impulsado por el Concilio Vaticano II han surgido o prosperado algunas teorías teológicas relativistas, que han puesto en peligro el perenne anuncio misionero de la Iglesia. La DI pretende volver a exponer la doctrina de la fe católica sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Cristo y de la Iglesia y refutar los errores que se le oponen (cf. DI, nn. 1-4).

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13.02.11

Navegar en la nave de Dios (Albino Luciani)

Dulcísimo santo [Francisco de Sales]:

[…] ¡Si te oyeran los políticos! Éstos miden las acciones por su éxito. “¿Tiene éxito? Entonces, vale”. Tú, en cambio, dices: “La acción, incluso si no tiene éxito, vale con tal que esté hecha por amor de Dios. El mérito de llevar la cruz no está en el peso de ésta, sino en el modo de llevarla. Puede haber más mérito en llevar una pequeña cruz de paja que una grande de hierro. El comer, el beber, el pasear, si se hacen por amor de Dios, pueden valer más que el ayuno y los golpes de disciplina”.

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7.02.11

Correr, pero ¿a dónde? (Vittorio Messori)

Veinte siglos de cristianismo no han transcurrido sin más como agua que resbala en la roca. Han impregnado a fondo la tierra sometida ahora a sus nuevos maestros, mientras aquella fuente ha sido desviada y declarada no potable. Lo que ha quedado agrava aún más la angustia.

Dice Oliver Clément, un escritor que se sitúa en la tradición de la ortodoxia eslava: “El cristianismo ha enseñado al hombre que es un ser único y que tiene que resucitar. Del mensaje cristiano, las culturas seculares sólo han conservado la convicción de que el hombre es un ser único, olvidando o rechazando la resurrección. Por eso la muerte nunca se ha presentado tan desnuda y terrible como ahora. Si el hombre es único, percibe con inaudita fuerza la angustia del morir. Tras la caída de las ideologías de la especie y el progreso, queda tan sólo la persona, el cada uno, inerme ante su fin”.

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4.02.11

Los milagros de Jesús (5)

10. Visión cristocéntrica de los milagros

Lo que caracteriza al estudio de los milagros de Jesús en la teología actual es la preocupación por vincularlos a la persona de Cristo. Del siglo XIX al siglo XX se pasó de una perspectiva de objeto a una perspectiva de sujeto, de persona. Antes del Concilio Vaticano II, los milagros y las profecías de Cristo, los profetas y los apóstoles eran considerados como pruebas externas aptas para establecer sólidamente el origen divino de la religión cristiana (cf. Pío IX, encíclica Qui Pluribus, DS 2779, FIC 18; Concilio Vaticano I, DS 3009.3033-3034, FIC 46.54-55; Juramento antimodernista, DS 3539, FIC 78; Pío XII, encíclica Humani Generis, DS 3876, FIC 92).

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