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12.03.18

La guerra contra la mujer y el marxismo cultural. Sermón

Va el sermón del día de ayer, por si sirve, sobre la guerra contra la mujer.

Dios los bendiga

P. Javier Olivera Ravasi

Post-post: un alma caritativa lo transcribió.

Acá va:

El Apóstol San Pablo narra en la Carta a los Gálatas la alegoría de mujeres: una mujer del Antiguo Testamento que él la compara, la asimila, a la sinagoga, a la antigua ley y la mujer del Nuevo Testamento, esa nueva Jerusalén, esa nueva alianza. En la Edad Media era muy común pintar o esculpir esta alegoría de la sinagoga, una mujer vendada, ciega con el cetro destruido, con las tablas de la ley que se caen de la mano y al lado la alegoría de la Iglesia: otra mujer coronada, con un cetro, con el cáliz. Dos mujeres, la mujer del Antiguo Testamento, la esclava, y la mujer del Nuevo Testamento, la Iglesia, la libre.

¿Por qué traigo a colación este tema? El jueves de la semana pasada (8 de Marzo de 2018) hemos tenido “el día de la mujer” y aprovechando este tema quería hacer una reflexión muy breve que seguramente todos conocemos pero que vale la pena a veces recordarlo.

El marxismo, la ideología marxista, una ideología es un sistema cerrado, un sistema irracional, maniqueo, que no admite grises sino sólo blancos o negros, cuando nace con su fundador Karl Marx (1818-1883) plantea que el motor de la historia es la dialéctica, es decir, permanentemente generar crisis, problemas porque a través de la violencia, surgiría lo mejor. El planteo de Marx y sus seguidores es que todo lo que viene después es mejor que lo que estaba antes y como el motor del progreso es este choque, esta dialéctica, cuando no existe este problema en la sociedad hay que generarlo. En el tiempo de Marx fue la dialéctica entre el trabajador y el patrón; posteriormente, cuando vieron que eso ya no funcionaba del todo, comenzaron a crearse distintas y nuevas dialécticas. A partir del siglo XX comenzaron a crearse, por ejemplo, las dialécticas de hijos contra padres, de estudiantes contra profesores (movimiento estudiantil, movimiento hippie, el mayo francés) y ahora el marxismo cultural que ha trocado, que ha cambiado pero sigue con la dialéctica, está intentando crear una dialéctica entre hombres y mujeres, esta es la nueva dialéctica, es decir, intentan tocar quizás lo más sagrado que existe a nivel humano que es justamente la mujer. ¿Por qué digo quizás lo más sagrado que haya a nivel humano? Porque solamente a la mujer Dios le dió esa potencia, esa capacidad, de ser co-creadora junto con El. No es el hombre el que lleva en su seno nueve meses a un niño, es la mujer.

Y es por eso que cuando empieza esta historia con el pecado original, leemos:

Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar.” (Gen 3, 15)

Hay una enemistad permanente entre el demonio y la mujer, desde el principio de los tiempos, desde el principio de la historia del pecado. Es por esto que como San Pablo dice: como por una mujer vino el pecado, era necesario que por una mujer viniera la redención, la Santísima Virgen. La mujer fue la primera que pecó entonces es la primera en haber sido redimida en María Santísima, fue por una mujer por quien llegó la redención. Y quizás son las mujeres en el Evangelio las que han sacado las frases más hermosas acerca de Nuestro Señor Jesucristo.

Dijo una mujer “¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que Tú mamaste!” (Lucas 11,27), no un hombre. Dijo una mujer “Sí, Señor, pero los perritos también comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños”(Mateo 15, 27). Y dijo también otra mujer “Señor, dame esa agua, para que no tenga más sed, ni tenga más que venir a sacar agua” (Jn 4, 15).

Y fueron las mujeres las que principalmente estuvieron en la Cruz. De los doce apóstoles uno se había suicidado, Judas; el más joven, el más puro, san Juan, sólo estaba mirando desde lejos, y el resto eran mujeres y fueron mujeres también las testigos de la resurrección.

Es por eso que el demonio intenta luchar contra este bastión que es la mujer. La caricatura que nos quiere imponer es la de una mujer independiente, ¿Pero independiente de qué? En primer lugar, independiente incluso de la propia naturaleza femenina, basta con esto para ver este movimiento que se viene gestando año tras año en nuestro país que viene ya como importado donde la principal consigna es una mujer emancipada, emancipación significa esterilidad, significa aborto, significa abandonar la familia, es decir, se es más libre cuanto menos hijos se tiene, justamente es lo contrario lo que Dios nos pide: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; y dominad sobre los peces del mar y las aves del cielo, y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra” (Gen 1, 27). Antiguamente en la historia de Roma, en el derecho romano, era el papá, era el varón, el que colocaba unas estatuitas, quizás sobre la chimenea, de los antepasados, iba al foro y de allí traía el fuego sagrado para alimentar las pequeñas velas que se hacían con aceite para iluminar a los antepasados. Era el padre, en el derecho romano, el que alimentaba el fuego. Esto lo explica muy hermosamente un autor francés Fustel de Coulanges en su libro “La ciudad antigua”, muy recomendable. Era el padre el encargado de alimentar el fuego.

Pero cuando Dios irrumpe agresivamente en nuestra historia, año 0 de nuestra era, Dios se hace hombre y de allí en adelante va a tener el misterioso y fundamental papel de mantener y avivar la fe no el hombre sino la mujer.

Fue quizás ella la que nos enseñó quizás a balbucear la primer Ave Maria, fue ella la que nos llevaba a la Santa Misa los domingos, fue por ella, por la mujer, por la que quizás muchos de nosotros conservamos la fe.

Hoy a la mujer se la quiere cosificar, se la quiere dialectizar, se la quiere aprovechar justamente para que sea como un motor, un nuevo motor de la historia, que va hacia el declive, hacia una catástrofe. Todo lo contrario nos dice el Señor: “Una mujer fuerte, ¿quién podrá hallarla? Mucho mayor que de perlas es su precio” (Prov 31, 10) “Engañosa es la belleza, y un soplo la hermosura. La mujer que teme a Yahvé, ésa es digna de alabanza” (Prov 31,30).

Ese es el gran tesoro que tiene la Iglesia y no es solamente una adulación, es una realidad. Hay que saber discernir los signos de los tiempos, se ataca a la familia, y si bien la cabeza de la familia es el hombre, el corazón es la mujer y sabemos que puede estar muerta la cabeza pero si el corazón todavía late es porque el cuerpo está vivo.

Por eso vosotros maridos, vivid con ellas sabiamente dando honor a la mujer  como un vaso frágil, defendiéndola como un ser casi extraordinario. Eva ha sido madre  de los vivientes y en Eva hoy la mujer sigue siendo atacada y tentada. El tentador sabe que aunque pecadora desde el principio, ha sido redimida enormemente y siendo casi una especie de co-creadora con El. Dicen que Dios tiene nombre de varón pero corazón de mujer. Lo mismo la Iglesia y la Virgen Santísima. Sepamos cuidar, discernir y pensar porque hay muchos conceptos que a fuerza de golpear, y golpear, y golpetear, se nos pueden ir metiendo.

Pidamos mucho a Dios por las mujeres, para que sean santas realmente y para que ellas nos ayuden a mantener el fuego sagrado que les ha sido encomendado.

¡Ave María Purísima!

 

 


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13.12.17

La Misa tridentina en tres minutos

Un video sencillo y femonemal

Subtitulación castellana del video “Tridentine Mass Promo” producido por Two Sense Films y para uso exclusivo de NSC.
Producción personal bajo el permiso expreso de Two Sense Films: “This can be posted on church websites, blogs, Facebooks, etc., to help promote the Tridentine Mass. It was filmed at Incarnation Catholic Church in Tampa, FL.”

Executive Producer: Father Philip Clement

vimeo.com/58589884


 

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31.10.17

Sermón: "Y el Verbo se hizo Rey. De catolicismo vegetante a catolicismo militante"

Para oír el sermón hacer clic aquí

La Iglesia celebra hoy, según el calendario de la “forma extraordinaria”, la solemnidad de Cristo Rey. No se trata de una fiesta litúrgica más, de una devoción más, sino de un misterio crucial queintegra el conjunto de la doctrina católica.

Cristo es Rey; más aún es Rey de reyes y Señor de señores; en esto creemos los católicos, en esto cree la Iglesia. Y lo es no por voto democrático, por plebiscito o por mayoría absoluta, sino por eterno designio del Padre que, desde todos los siglos, quiso darle esta prerrogativa.

No es siquiera un rey electivo, ni ha recibido la corona por medio de la ley sálica. No: su realeza “no es de este mundo”, como respondió claramente a Pilato (cfr. Jn 18,36):

- «¿Luego tú eres Rey?» - preguntó el procurador romano preocupado.

«Tú lo has dicho. Yo soy Rey: para esto he nacido y para esto he venido al mundo»” (cfr. Jn 18,37).

La conversación no transcurre en un lugar cualquiera. No está platicando el Señor en parábolas ni en metáforas; no está hablando frente a las turbas o ante los pobres y enfermos, sino ante el mismo procurador romano, la encarnación imperial en Judea. Su declaración, pues, se trata de una confesión solemne, jurídica, hasta provocadora: “Yo soy rey. Para esto he venido al mundo”.

Desde entonces existirán dos gritos antagónicos que entrecrucen la historia a favor y en contra de este Verbo hecho Rey:

El “no queremos que este reine sobre nosotros” (Lc 19,15) y el de San Pablo: “es necesario que Cristo reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies” (1 Cor 15,25).

Dos gritos y dos cosmovisiones que resuenan en las cronologías. Pero, ¿hasta dónde llega Su realeza?¿hasta dónde Su poder?

Y aquí comienzan las dificultades y se dividen las aguas.

Algunos, errados, dirían que el Verbo eterno quiso encarnarse para reinar sólo dentro de nuestros corazones, en la esfera personal, doméstica y familiar, de allí que dijera: “Mi reino está dentro de vosotros” (Lc 7,21).

Y es verdad; esto es el principio, pero nada más: Cristo quiere reinar en nuestras inteligencias, voluntades, afectos y criterios; y estando nuestras almas en gracia poseemos una participación en la vida divina. Pero no es el único ambiente donde el Verbo quiso reinar. El Señor no fue un hippie vagabundo que se enfrentó a los fariseos sólo para que las almas se hicieran devotas. Había recibido“todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18) y no sólo en las almas…, de allí que su reinado debía -¡debe!- extenderse también al ámbito político, social y público. Pues “no porque los hombres estén en la sociedad se independizan de ese Cristo al cual están sujetos en su vida individual”, según decía bellamente Pío XI (Quas primas).

Esta lucha, la lucha del Verbo hecho Rey del alma o de las sociedades, se ha dado siempre a lo largo de la historia. Cuando el Señor reina sólo en el interior del hombre, puede ser que haya cristianismo (que es la base y el inicio) pero sólo eso; solamente cuando reina en las sociedades hay Cristiandad¸ por mal que les pese a los verbicidas modernos.

 

*          *          *

 

Así sucedió al principio: había cristianos pero no había aún Cristiandad. Fue poco a poco que, la fuerza de Evangelio, fue impregnando el orden social hasta llegar a la Edad Media, ese tiempo en que –al decir de León XIII- “la filosofía del Evangelio gobernaba los estados” (Immortale Dei). Sin embargo, con el transcurrir de la historia, la ruptura protestante y las crisis de la Iglesia llevaron a los católicos a abandonar la esfera pública para comenzar a vivir un catolicismo privado, un “catolicismo de sacristía”; algo reservado a las “acciones privadas de los hombres que no ofendan a la moral o al orden público”, como dice nuestra Constitución Nacional.

Y así, del grito de San Pablo (“¡es necesario que Cristo reine!”) de un catolicismo militante, se pasó a un catolicismo vegetante, que sólo cuida su jardín –en el mejor de los casos. Este es el gran mal que nos aqueja en el presente; es el catolicismo liberal, que hace de las componendas, los encuentros, el caminar juntos, nuevos dogmas que, transgredidos, son penados en la hoguera de la inquisición de lo eclesialmente correcto.

Es lo mismo que sucedió con los judíos y el profeta Elías en el Monte Carmelo quien, luego de llamar a quienes adoraban a Yahvé pero en privado, dijo:

“¿Hasta cuándo van a andar rengueando de las dos piernas? Si el Señor es Dios, síganlo; si es Baal, síganlo a él”. Pero el pueblo no le respondió ni una palabra…  (1 Reyes 18,21).

 

Porque la tibieza es la temperatura que nos hizo vomitar a Cristo incluso de nuestro interior. Destronado de la política, de la economía, del arte, de las familias, fue también luego, destronado de nuestras almas:

“En estos últimos siglos…quisieron la naturaleza sin la gracia: ‘Cristo sí y la Iglesia no’ (Revolución protestante)… Después Dios sí y Cristo no (Revolución liberal)… Al fin, el grito impío: Dios ha muerto (Revolución comunista)” (Pío XII, 12/10/1952):

Y, finalmente, como en la Revolución Francesa, Cristo fue destronado.

 

*          *          *

 

Nos encontramos en el marco de las primeras comuniones de un colegio. Y es nuestro deber recordar estas cosas, no sólo para educar a los niños, ni siquiera para recordar esto a sus padres, sino para que estas verdades que ahora oímos, se hagan fuego en las almas de estos pequeños al punto que, los hijos de estos niños, intenten darle a Jesucristo el lugar que es debido.

Es esta la idea que tenemos aquí; porque éste intenta ser un colegio católico; no un colegio católico “sociedad anónima” que lucra con su nombre. Por eso no debemos buscar tener un colegio con Misa, sino al revés, una Misa con colegio, donde lo más importante sea Dios y todo el resto, añadidura. Porque aquí, como decía Santa Juana de Arco, Dios debe ser “le premier servi”, el primero servido.

Y esto es imposible sin la ayuda de los padres. Por eso, para que Cristo reine en las almas de estos niños y para que luego ellos o sus hijos puedan seguir siendo un eslabón en una cadena que implica resistir y avanzar, hace falta recordar que, “sin exasperar”, eduquemos niños para el Cielo.

Que los padres vayan a Misa y frecuenten los sacramentos, que recen el Rosario y den testimonio público de su Fe. Que sus hijos los vean confesar y comulgar; que los vean convertirse, pero sobre todo, que los vean como católicos militantes.

Pidamos entonces cambiar nuestro catolicismo de vegetante en militante, venciendo el respeto humano y trabajando y educando hasta que Cristo reine de nuevo en nuestra sociedad, haciendo nuestras las palabras de la gran Isabel la católica, que, ante el temor de las batallas interiores y exteriores, repetía:

“Tengo miedo, Señor,
de tener miedo
y no saber luchar.
Tengo miedo, Señor,
de tener miedo
y poderte negar.

Yo te pido, Señor,

que en Tu grandeza

no te olvides de mí;

y me des con Tu amor

la fortaleza

para morir por Ti”.

 

P. Javier Olivera Ravasi

29/10/2017

 

 


 

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14.10.17

Matrimonio clásico y amistad católica. Sermón de una misa de esponsales

 

Sermón   

 

Decía Charles Peguy que “Homero es nuevo cada mañana y el diario de hoy ha envejecido ya”. Eso es lo que sucede con los clásicos: no pasan de moda; no envejecen.

Esto mismo es lo que pensó la civilización occidental, hoy casi desaparecida y sólo languideciente en algunos “bolsones del autoritarismo” que se empecinan por proclamar a Jesucristo. Herederos como somos de la tradición greco-romana y católica, es imposible no guardar reminiscencia de aquellos textos, de aquellas ideas que acuñaron la cultura cristiana y hasta le dieron forma.

Nos encontramos dentro del marco de un matrimonio católico, coronación del noviazgo cristiano y promesa de futuras gracias para los contrayentes, si se mantienen fieles. Se trata de un antiguo rito –hoy casi en desuso– que crucifica a los esposos convirtiéndolos en amigos bajo el mismo yugo de la cruz, esa que es “escándalo para los judíos y necedad para los gentiles” (1Cor 1,23).

Esos amigos que por amor a Dios y por amor al otro se están crucificando se aman con amor de amistad, es decir, poseen ya esa virtud indispensable para todo hombre, pues, como decía Aristóteles, “la soledad, o es para los dioses o para las bestias, pero no para los hombres”. Es que es parte de su naturaleza política el querer tener amigos; pues uno se realiza en la pólis. Y como es virtud, es imposible alcanzar la santidad sin ella, es decir, sin amigos, de allí que “no hay ninguna persona normal que –aunque tuviese todos los bienes– no quisiese tener amigos”.

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27.09.17

Sermón sobre la superficialidad

Para oír el sermón, hacer clic AQUÍ.

Hay un mal argentino que, no por ser argentino resulta exclusivo de nuestra nacionalidad. Y es la superficialidad. Por eso, al menos cada tanto, conviene predicar sobre el tema.

Pero: ¿a qué nos referimos? A ese vicio tan contrario a la humildad que, en vez de poner sus raíces en lo esencial, en el humus del espíritu se vuelve hacia la terra, hacia lo terreno e insignificante de la planicie.

Estamos hablando acecra de ese error habitual que nos impide ir a la esencia de las cosas para quedarnos en las apariencias, tanto de lo humano como de lo divino.

La superficialidad es ese hábito de quedarse en el fenómeno, en lo que brilla o reluce, dirían los griegos, tan típico de la cultura moderna, carente de interioridad y -por eso mismo- amiga de los budismos y orientalismos de moda que muestran una pseudo profundidad.

El superficial percibe sólo lo aparente, no nutriéndose de la realidad, sino de su cáscara.

Algunos dicen que, al igual que el sanguíneo, el superficial

 

no penetra hasta lo profundo, ni ve el todo. Más bien se contenta con la superficie o con una parte del todo. Amigo de trabajos fáciles, vistosos, que no exigen demasiada labor, resulta casi imposible de convencer de este defecto suyo: de que es superficial”.

 

Porque el superficial todo lo juzga superficialmente: incluso cuando le dicen que es superficial…

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