Un Rey que viene a pelear con sus hombres
Celebramos hoy la Misa de las primeras comuniones de nuestro establecimiento educativo “Sedes Sapientiae”. Y no se trata de un día más, sino de uno de los días más importantes de nuestras vidas: el día en que el siervo, recibe al Rey, el día en que Dios baja a la tierra para estar junto a sus soldados, para ser alimento de nuestras vidas.
El Rey va en ayuda del combatiente. El Señor se da a sí mismo como fuerza del que lucha.
Es que Cristo es Rey; más aún es Rey de reyes y Señor de señores; en esto creemos los católicos, en esto cree la Iglesia. Y lo es no por voto democrático, por plebiscito o por mayoría absoluta, sino por eterno designio del Padre que, desde todos los siglos, quiso darle esta prerrogativa.
No es siquiera un rey electivo, ni ha recibido la corona por medio de la ley sálica. No: su realeza “no es de este mundo”, como respondió claramente a Pilato (cfr. Jn 18,36):
- «¿Luego tú eres Rey?» - preguntó el procurador romano preocupado.
- «Tú lo has dicho. Yo soy Rey: para esto he nacido y para esto he venido al mundo»” (cfr. Jn 18,37).

Hay un mal argentino que, no por ser argentino resulta exclusivo de nuestra nacionalidad. Y es la superficialidad. Por eso, al menos cada tanto, conviene predicar sobre el tema.
Nos han hecho llegar recientemente estos textos acerca de la obra de María Valtorta (1897-1961), la poeta, filósofa, escritora y mística italiana que afirmaba recibir dictados y tener visiones acerca de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Muy particularmente acerca del Poema del hombre-Dios, editado también con el título de El evangelio como me fue revelado.
