19.05.21

(472) Perecer por falta de doctrina

«3.- ¿Quién es verdadero cristiano? - Verdadero cristiano es el que está bautizado, cree y profesa la doctrina cristiana y obedece a los legítimos Pastores de la Iglesia.
4.- ¿Qué es la doctrina cristiana? - Doctrina Cristiana es la doctrina que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo para mostrarnos el camino de la salvación.
5.- ¿Es necesario aprender la doctrina enseñada por Jesucristo? - Es necesario aprender la doctrina enseñada por Jesucristo, y faltan gravemente los que descuidan aprenderla.» (Catecismo de San Pío X)

 

«[…] por no haber recibido el amor de la verdad que los salvaría. Por eso Dios les envía un poder engañoso, para que crean en la mentira y sean condenados cuantos, no creyendo en la verdad, se complacieron en la iniquidad». (2 Tes, 10-12)

«Perece mi pueblo por falta de conocimiento» (Oseas 4, 6)

«somos justificados por la fe, en cuanto esta es principio de la salvación del hombre, fundamento y raíz de toda justificación, y sin la cual es imposible hacerse agradables a Dios, ni llegar a participar de la suerte de hijos suyos» (Trento ses. VI, cap. VIII)

«864. ¿Qué es Fe? - Fe es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma, y por la cual, apoyados en la autoridad del mismo Dios, creemos ser verdad cuanto Él ha revelado y por medio de la Iglesia nos propone para creerlo». (Catecismo de San Pío X, n. 864)

Los errores doctrinales producen falsas experiencias religiosas.

Dios permite que se difundan los errores y las heterodoxias, las ambigüedades y los disimulos conceptuales, para que queden al descubierto las malas intenciones de muchos corazones.

Los afectos religiosos están ciegos sin la guía de la fe y de la razón bajo el auxilio de la gracia. Porque el hombre está caído, y la experiencia espiritual es un obstáculo si no procede de la fe católica.

Jesucristo nos dio una doctrina para a través de ella tutelar y educar nuestra experiencia.

Dios revela una doctrina que trae la gracia, cuyo conocimiento es principio de salvación.

La fe es asentimiento a la doctrina ya revelada por Dios, doctrina que su Iglesia enseña y explicita a través del Magisterio, y que nos mereció Nuestro Señor en la cruz.

 

La fe se puede perder por culpa de malos libros. Y malos libros son los que enseñan mala doctrina.

La fe es el principio de la justificación.

La fe se sustenta en la autoridad de Dios, que no engaña.

Ser cristiano es nacer de nuevo para poder profesar la doctrina de Nuestro Señor, doctrina cuya luz es vida eterna.

 

La doctrina incluye verdades necesariamente conectadas con los datos revelados por Dios. Y esa conexión puede ser infaliblemente explicitada por la Iglesia jerárquica.

La doctrina conforma verdaderamente nuestra inteligencia con la realidad ontológica.

No hay mística verdadera que no haya sido preparada actual o potencialmente por la recta doctrina

Dios revela una doctrina que es luz y salvación de los hombres.

El hombre necesita conocer verdades morales y religiosas, naturales y sobrenaturales, para alcanzar su fin último que es Dios.

 

13.05.21

(471) No mendigar errores ajenos

Delenda est Carthago. El maritainismo mental que nos acucia debe ser destruido.

 

Introdujeron a Maritain con calzador de autoridades. Pero no somos personalistas, como los griegos no eran persas.

 

El espiritualismo decadente de principios del XX, redivivo hoy, no es según nuestro Siglo de Oro, sino según el numen francoalemán; tan extraño a la sensibilidad católica hispánica como el realismo a Kant.

 
Nuestro corazón lazarillo no entiende de fenomenológicas ni de estómagos delicados. Prefiere los santos de carne y hueso a las evanescencias bergsonianas.
 

No es delicado ni artificial, ni sofisticado ni se deshace en vanas lágrimas. Es ascético, natural y sobrenatural, romano, clásico y barroco si hace falta. Es, sencillamente, de esencial Hispanidad.

La santa picaresca hispánica significa hacerse todo a todos y tener la cara de querer ser perfecto, si Dios lo concede.
 
El senequismo hispánico da a las cosas de este mundo una importancia relativa, por eso se distancia un poco de Aristóteles sospechando de la ira, cuando es frecuente o injustificada. Y prefiere siempre plantar rostro y ser flexible en lo accesorio.
 
Tener por gracia una mente ascética, esencial y romana, que para ser cristiana no necesita piadosismo humanitario sino catolicismo y valor, santa picaresca y cervantina claridad.
 
Los hispanos moderamos el aristotelismo con una dosis de Séneca, porque sabemos que aquí se viene a sufrir, y saber sufrir es el crisol de la ética.
 

4.05.21

(470) ¿Gnosticismo actual?

Paráfrasis 1

«El gnosticismo supone “una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan"» (Gaudete et exsultate, n.36)

Este parágrafo 36 preludia una serie de diez pasajes (36-46) que pretenden denunciar el «gnosticismo actual». Podría imaginarse que se va a tratar del pensamiento moderno, de la mentalidad protestante, del sincretismo epistemológico que perturba la mente de la Posmodernidad. Y empieza bien, mencionando el mal de «una fe encerrada en el subjetivismo».

Sin embargo, a continuación arroja una sombra de duda, porque atribuye a este subjetivismo —que sin dudarlo existe en el gnosticismo posmoderno— «una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan».

Y decimos una sombra de duda, o de perplejidad, que nos hace prever que en realidad en los puntos 36 a 46 no va a ocuparse del gnosticismo actual. Porque, si algo tiene el gnosticismo posmoderno, es que ni quiere razonar bien, ni quiere alcanzar un verdadero conocimiento, ¡por eso es, precisamente, subjetivista! Y es que si uno razona rectamente, y alcanza conocimiento, esta rectitud y este saber alcanzados en verdad reconfortan y en verdad iluminan, y por tanto no son gnosticismo, sino verdadera sabiduría. 

Por eso, como reconoce en el n. 39, con lo de gnósticos no se refiere «a los racionalistas enemigos de la fe cristiana», es decir, a los que verdaderamente son los gnósticos modernos; sino a un gnosticismo que supuestamente estaría «dentro de la Iglesia, tanto en los laicos de las parroquias como en quienes enseñan filosofía o teología en centros de formación»; es decir, el supuesto gnosticismo de los defensores de una doctrina «perfectamente comprensible» (n. 39), de «lógica fría» (n.39), dadora de «supuestas certezas» (n. 42); se refiere, por tanto, con lo de gnósticos, no a los gnósticos anticristianos del mundo moderno, sino a los defensores católicos de una «doctrina monolítica defendida por todos sin matices» (n. 43), carentes de «dinámicas capaces de generar interrogantes, dudas, cuestionamientos» (n.44), propia de «un falso profeta» (n. 41). (Se pretende, además, que el equilibrio intelectual de esta doctrina inequívoca y antipluralista es «un equilibrio gnóstico […] formal y supuestamente aséptico» (n. 38). 

Esta descalificación, que coincide con los tópicos antiintelectualistas, antiescolásticos y antitomistas del personalismo y la Nueva Teología, concluye en una afirmación que cuadra muy bien con las tesis de Amoris laetitia: se puede pecar y estar en gracia, se puede pecar y no perder la inhabitación trinitaria, por más que la fe cerrada de los falsos profetas diga lo contrario.

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27.04.21

(469) Iglesias locales sin pulso

1

La Beata Ana Catalina Emmerick, en julio de 1821, hablaba del Iluminismo que contamina la mente de muchos estudiantes —vale también decir seminaristas—, con esas tóxicas ideas que son como «manojos de serpientes en las manos»; ideas ilustradas que «les entraban por la boca y les sorbían los sesos»; y que no son sino «serpientes filosóficas”»[1]. Sí, esas serpientes que, desde hace tiempo, están de moda en tantos púlpitos y centros docentes eclesiásticos.

Más adelante continúa:

«me vi con espanto en una tabla medio podrida y tuve que pedir a mi guía [su Ángel Custodio] que me socorriera. Mi guía me tranquilizó y me puso en lugar seguro. Habiéndole yo preguntado qué significaba aquella cajita negra [que poseían los discutidores y polémicos maestros de los que había hablado antes] me respondió: “Es la presunción y la sofistería; y aquella mujer [que dominaba aquel lugar de discusión y polémica] es la filosofía, o, como dice, LA RAZÓN PURA, que todo lo quiere según su forma. A ella se atienen estos maestros; no a la verdad de oro de la tradición pura”»[2].

 

2

La Iglesia no podrá combatir estas serpientes filosóficas de la razón pura, (esto es, de Kant, Hegel, etc., y sus herederos católicos, neoteólogos y personalistas), si renuncia a su auctoritas, o si la ejerce al modo liberal, ni si sucumbe a la presión de las oligarquías intelectuales. No podrá configurarse como una emboscadura —que diría Ernst Jünger— en medio del mundo moderno; no podrá conformarse como sobrenatural refugio y roca de verdad si no se opone a los venenosos principios esenciales del siglo. Si la Iglesia piensa con la razón pura en lugar de con la tradición pura, ¿cómo salvará al mundo del veneno anfisbeno de la Modernidad? Porque, como bien dice Dalmacio Negro:

«la Iglesia —las iglesias—, sumida también en el proceso de decadencia, no es hoy un contramundo en el mundo, pues, más o menos enfeudada a los gobiernos temporales, ha renunciado a ejercer su auctoritas»[3].

No creemos que haya renunciado de modo absoluto, porque entonces dejaría de ser la Iglesia; pero sí de manera generalizada; y alarmante, sin duda, en numerosas iglesias locales descristianizadas.

3

La Modernidad es la Era del Estado, no tanto el tiempo del estatismo, como diría Hoppe[4], sino ante todo la Era del subjetivismo institucional, cuyo ego absoluto se llama Estado.  En la Era del subjetivismo institucional, aquellas iglesias locales institucionalmente subjetivistas, copiando el estatismo hodierno, sucumbirán al ego absoluto del Estado y sufrirán un daño irreparable, se descristianizarán. Porque una diócesis subjetivizada no es otra cosa que una diócesis descatolizada, una comunidad con serpientes en las manos.

 

4

Siempre hay una oligarquía detrás de las formas contemporáneas de gobierno. «Al ser la oligarquía inmanente a cualquier forma de gobierno, Gonzalo Fernández de la Mora decía que las trasciende a todas»[5]. La oligarquía teológica, en la Iglesia, son los neoteólogos y los docentes personalistas, sobre todo parte del clero, también seglares comprometidos con la neoteología. Conforman una especie de élite ideológica que “trasciende” al gobierno de las Iglesias locales descristianizadas, cuando éste es ejercido al modo liberal, esto es, dejando gobernar, en realidad, a los especialistas que engañan al pueblo, pretendiendo ser voceros de su sensus fidei.

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20.04.21

(468) Escepticismo ¿católico?

La Sagrada Escritura lo advierte claramente«Vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado» (Jn 15, 3). Nuestro Señor es la Palabra que dice palabras que limpian, esto es, que salvan; palabras que son una doctrina que purifica y eleva el entendimiento.

¿Cómo es, entonces, que el católico neomoderno pretende que, para el cristianismo, no importan tanto las palabras salvíficas de Nuestro Señor Jesucristo, como nuestros sentimientos?

Sin embargo, como dice el P. José María Iraburu:

«El valor de la palabra es máximo en el Cristianismo (cf. Jn 1,1). En la palabra, hablada o escrita, está la verdad o la mentira, está por tanto la salvación o la perdición de los hombres» (24) Lenguaje católico oscuro y débil.

Por contra, el neomodernista no da importancia a las palabras reveladas por Dios, no considera relevante la doctrina. Y es así porque el catolicismo modernizado, haciendo suyos los presupuestos de la Nueva Teología y del personalismo, desconfía de la eficacia de las palabras: es kantiano, es escéptico, es humanista, es filoluterano.

Sí, el humanismo católico es escéptico, le parece poco respetuoso con la libertad de conciencia del hombre moderno proclamar a los cuatro vientos que hay una verdad, una doctrina que obliga, porque inequívocamente la expresa; un sólo sentido en que ésta puede interpretarse. Y de este escepticismo, del que bebemos desde hace décadas, manan muchas toxinas emotivas y surgen muchas experiencias efímeras, pocas verdades y muchos errores.

¿Cómo pretende el católico de hoy, embriagado de fenómenos, limpiarse por la palabra que Cristo ha comunicado, esto es por la doctrina revelada, si no cree en la eficacia de la doctrina? Pretende salvarse por emociones, por la voluntad, por la autodeterminación, pero no por la doctrina. Prefiere, con Hans Urs von Balthasar, un pluralismo doctrinal moderado, donde quepan diversas expresiones de la verdad, pero no formulaciones incontestables, precisas. Importa el hecho religioso, dicen con cara fenomenológica, pero no la verdad religiosa.

 

Es un grave fenómeno que remite a Kant, y aun más, a Ockham, a Escoto, a Pico de la Mirandola, al antropocentrismo de los renacentistas, a los modernos… Creen que la realidad en sí misma es incognoscible, que la doctrina no sirve para conocerla. Desconocen, o no quieren saber, que nuestra razón, y nuestra fe, pueden penetrar natural y sobrenaturalmente esa realidad misteriosa que nos supera, y mediante una serie de proposiciones salvíficas purificarnos, iluminarnos, restaurarnos. 

Es conformados a las palabras divinas que dice el Verbo, dador de gracia y de verdad (Cf. Jn1, 17), que remontamos las tinieblas y superamos al hombre viejo, sobrevolando el Mundo Caído hacia la Jerusalén Celestial. Pues, como enseña insistentemente la escuela española, como San Juan de la Cruz, aunque la doctrina no es proporcionada respecto de lo misterioso en sí mismo, sí es proporcionada a nuestro numen, se ajusta a la estructura de nuestro conocer, según la medida del don divino. Por eso la fe, que consiste en creer, sí es modo proporcionado de unión con Dios.

Nuestros ancestros lo tenían muy claro. El entendimiento, la doctrina, ha de tener la primacía sobre la voluntad, y sobre el afecto, y esto no impide la excelencia de la caridad, antes bien la amplifica, porque la orienta.

Bien lo explica nuestra tradición hispánica, por don Francisco de Quevedo, que en su Política de Dios precisa: 

«El entendimiento bien informado guía a la voluntad, si le sigue. La voluntad, ciega e imperiosa, arrastra al entendimiento cuando sin razón le precede. Es la razón, que el entendimiento es la vista de la voluntad; y si no preceden sus ajustados decretos en toda obra, a tiento y a oscuras caminan las potencias del alma. Ásperamente reprende Cristo este modo de hablar.»

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