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28.11.20

(449) Comentarios a Amoris laetitia, II: sí importa profesar falsas religiones

Comentario 3

«Podemos decir que “toda persona que quiera traer a este mundo una familia, que enseñe a los niños a alegrarse por cada acción que tenga como propósito vencer el mal —una familia que muestra que el Espíritu está vivo y actuante— encontrará gratitud y estima, no importando el pueblo, o la religión o la región a la que pertenezca”» (Amoris laetitia, n. 77).

 

La teología posconciliar, cuando se refiere a Dios Espíritu Santo, habla a menudo de el Espíritu, a secas. Creemos que, por regla general, esta reducción no es intranscendente, sino que responde al espíritu de vaguedad con que el pensamiento moderno desdibuja los conceptos católicos para darle una mayor imprecisión pluralista.

Al hombre moderno no le disgusta hablar del Espíritu, pero le desagrada hablar de Dios Espíritu Santo. Es católico hablar del Espíritu, pero no lo es contraponerlo a Espiritu Santo, como se hace frecuentemente. Con el abuso de la primera expresión  se pretende hablar de forma imprecisa, de manera que no se sepa con claridad si se refiere al espíritu humano, al espíritu absoluto, o a un espíritu divino en general latente en todas las religiones y no sólo en la católica. Por eso, en un contexto interreligioso de sabor indiferentista, como el de este pasaje, dejar al Espíritu Santo en sólo el Espíritu es efectivo, porque descatoliza a Dios.

El mensaje pretende reconocer la labor por la familia, el bien y la verdad de toda persona sea cual su religión, pero no por motivos de razón natural, sino espirituales, porque el Espíritu que supuestamente soplaría en todas las religiones sería el motor de dicha labor encomiable

Sin embargo, hay que rechazar que el Espíritu Santo sople eficazmente en las religiones falsas; hay que rechazar la idea de que no importa la religión que profese una persona o un pueblo en orden a la lucha contra el mal. Porque Dios Espíritu Santo sopla habitualmente en la Iglesia de Cristo, que es la católica; es en ella donde se reciben sus luces, junto con la gracia santificante y la luz de la Revelación divina, principalmente por la acción del Magisterio, que debe enseñar con precisión salvífica la doctrina revelada y nunca novedades. Y es que entre la religión revelada y las falsas religiones hay una brecha absolutamente insalvable, que es el orden sobrenatural, la gracia y luz de los siete sacramentos y la divina Revelación.

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22.11.20

(448) Comentarios a Amoris laetitia, I: la fe sí, pero la razón también

Comentario 1

«Asumiendo la enseñanza bíblica, según la cual todo fue creado por Cristo y para Cristo (cf. Col 1,16), los Padres sinodales recordaron que “el orden de la redención ilumina y cumple el de la creación”» (Amoris laetitia n. 77).

 

Es claro que el orden de la redención, que es sobrenatural, ilumina el orden de la creación caída por el pecado, con las luces de la Revelación y el auxilio de la gracia. Pero también es cierto que con la razón natural puede iluminarse el orden creado, y esto es omitido. Y es que muchas verdades morales y religiosas son accesibles a la razón. Para que ésta pueda conocerlas sin error, con facilidad, y plenamente, Dios las re-expuso mediante su revelación, moralmente necesaria debida al pecado y a la dificultad intrínsecas de estas cuestiones. Hay que insistir en ello, no sea que alguien suponga que sólo con luces sobrenaturales puede explicarse el orden natural, con lo cual podría caerse en fideísmo.

Lo que no está claro, y hay que distinguir, es en qué sentido se dice que “cumple” el orden de la creación. Porque si por cumplir entendemos perfeccionar, es correcto, pues es verdad que la gracia perfecciona la naturaleza. Pero si por cumplir entendemos que el orden de la redención completa el orden creado, porque le da algo que constitutivamente le falta, es falso. La gracia no completa la naturaleza como algo que le es constitutivamente debido. Por esto, para advertir de este error de la Nueva Teología y el Personalismo, es decir, del neomodernismo, Humani generis lo explicita con la debida claridad: «Otros desvirtúan el concepto del carácter gratuito del orden sobrenatural, pues defienden que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llevarlos a la visión beatífica» (PÍO XII, Humani generis, 12 de agosto de 1950, n. 20).

Si Dios podría haber creado al hombre sin elevarlo al orden sobrenatural, no se puede, entonces, afirmar que es incomprensible el hombre sin el orden sobrenatural, como si éste le fuera debido para cumplirlo.

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17.11.20

(447) Dios revela una doctrina

Dios, que se revela a Sí mismo, revela también una doctrina divina que es Palabra de salvación.

Su doctrina revelada es como un depósito, como un legado, una herencia divina entregada por Nuestro Señor Jesucristo a la Iglesia para que el Magisterio la custodie, defienda y enseñe.

«Ni, pues, la doctrina de la fe que Dios ha revelado se propuso como un invento filosófico para que la perfeccionasen los ingenios humanos, sino como un depósito divino se entregó a la Esposa de Cristo, a fin de que la custodiara fielmente e infaliblemente la declarase. De aquí que se han de retener también los dogmas sagrados en el sentido perpetuo que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, ni jamás hay que apartarse de él con color y nombre de más alta inteligencia» (Concilio Vaticano I, Const. Dei Filius c.4)

«En efecto, constando, según el testimonio de los Padres de Trento, que la Iglesia recibió su doctrina de Cristo Jesús y de sus Apóstoles, que es enseñada por el Espíritu Santo» (Gregorio XVI, encíclica Mirari vos, n.6, 15 agosto 1832)

 

Dios ha entregado su doctrina revelada a la Iglesia para que la declarase infaliblemente. Para ello, promete la asistencia del Espíritu Santo. Esta asistencia no es para enseñar novedades, sino para enseñar las verdades reveladas, el Traditum.

«pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe.» (Concilio Vaticano I, Cont. Pastor aeternus, c.4)

 
La doctrina revelada custodiada y declarada es Palabra de Dios recibida y contenida en la Escritura y en la Tradición, como sus dos fuentes.

«apoyados en la Palabra de Dios como la hemos recibido en la Escritura y la Tradición, religiosamente preservada y auténticamente expuesta por la Iglesia Católica» (Concilio Vaticano I, Const. Dei Filius c.4)

«Esta revelación sobrenatural, conforme a la fe de la Iglesia universal declarada por el sagrado concilio de Trento, “está contenida en libros escritos y en tradiciones no escritas, que fueron recibidos por los apóstoles de la boca del mismo Cristo, o que, transmitidos como de mano en mano desde los apóstoles bajo el dictado del Espíritu Santo, han llegado hasta nosotros” [Concilio de Trento, sesión IV, dec. I.]» (Concilio Vaticano I, Const. Dei Filius c.2)

«Toda la verdad católica que debe enseñarse a los fieles está contenida en las fuentes de la Revelación: la Sagrada Escritura y la Tradición» (Catecismo Romano, Prólogo, II, C)

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2.11.20

(446) La confusión es lo peor

La confusión voluntaria de la mente es de lo peor, en estos momentos. Ni las prisas del Maelstrom, ni los nervios de punta eclesiales, ni siquiera la inestabilidad tan propia de la crisis. Lo peor es la confusión, los muebles revueltos, tomar el bien por mal, no ver lo que se tiene delante de los ojos. Mentirse uno mismo, por falsa obediencia, y caerse de la gracia, como diría Bloy.

Los males del mundo moderno, doblemente acelerado, conducen al desorden. Pero lo peor no es eso. Lo peor es la confusión.

Ya lo decía, tan expresivamente, Castellani, en sus Domingueras prédicas:

 «Tenemos los nervios de punta: la velocidad, el ruido, los apurones, el smog o smoke fog; el desorden, las deficiencias, el mal regimiento de las ciudades; la inflación, los impuestos, los ladronzuelos que hay por todos lados, los choques, las peleas, la inestabilidad política, la indisciplina de las costumbres … todas cosas propias de nuestro tiempo. ¿Es eso? HAY ESO; pero no ES ESO.

Peor es la confusión, la inquietud y la falta de asiento y seguridad en las mentes: los falsos profetas, los sembradores de cizaña, los demagogos y sofistas; servidos por los medios de difusión y publicidad más estupendos.»

 

El mal propiamente moderno es el absolutismo de la acción, el totalitarismo de la praxis, el hegelianismo en la vida religiosa, la apoteosis del devenir que impide la contemplación, porque la pulveriza en pastoral.

Es un impedimento de tinieblas, no lo dudemos, que causa espantable confusión. La oscuridad contemporánea, la que se filtró, sin darnos cuenta, por una rendijilla de la Iglesia, toma forma de Anillo único y su dueño lo reclama. Lo peor es el pecado. Por eso la confusión voluntaria es de lo peor, porque al pecado conduce, a sistematizarlo, a convertirlo en estructura, en mecanismo de turbación, en quiebra de toda vida civilizada. La confusión voluntaria hace imposible la sabiduría, que es el alma de la contemplación.

El humo del Leviatán sofoca la contemplación, que es lo más perfecto, porque incluye, también, la caridad. No hay fuente más grande de dicha y de fecundidad de espíritu. Contemplar, contemplar entendiendo o sin entender, mirar lo que no se ve, pero se sabe con certeza sobrenatural. Contemplar a oscuras, pero no la oscuridad. Y darlo, no al cerdaje, como el que ofrece margaritas. Sino a La Comunión de los Santos. Contemplata aliis tradere.

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25.09.20

(442) Defensa de lo justo

La escuela hispánica, de honda raigambre aristotélico tomista, es rica en doctrina jurídica. Desde hace mucho tiempo defiende el derecho natural como un derecho vivo. Porque, como señala Juan Vallet de Goytisolo, «no fue ni pretendió ser un orden de normas autónomas, separado del derecho positivo, como un modelo ideal, sino algo vivo que existía enlazado con el derecho positivo; y aún hoy sigue siendo, como vamos a ver, algo operante en cuanto no se le impida aflorar» (Qué es derecho natural, Speiro, Madrid, pág. 17).

 

El derecho natural no consiste sólo en aplicar la ley natural al caso, como si fuera una derivación jurídica de la teología moral, sino en deducir las relaciones de justicia que emanan de la naturaleza misma de las cosas.

 

El derecho natural lee lo justo en los primeros principios y no en las ideas ni los valores, y por eso es teorético y no teórico.

 

El derecho es lo justo.

 

La libertad consiste en la elección voluntaria de un orden de justicia que no es opcional, sino debido. Porque la justicia es necesaria. La opción radica en los medios y en los fines.

 

El derecho natural crea necesidad, porque dimana de la naturaleza de las cosas, y las cosas son lo que son.

 

El derecho natural no está necesitado de voluntad política alguna para ser necesitante.

 

El derecho es el objeto de la virtud de la justicia.

 

Rahner considera mero triunfalismo la defensa del derecho natural; Ratzinger, en su debate con Habermas, prefiere no utilizarlo por estimarlo ineficaz, tras el triunfo teórico del evolucionismo; los católicos de hoy en día, sin embargo, contra la perspectiva positivista de los derechos humanos en la era liberal y globalista, debemos dar la cara por el derecho natural. Porque es la determinación de lo justo en lo concreto y esencial. Y no hay renovación posible del pensamiento católico sobre la base del personalismo jurídico.

 

El reinado social de Cristo es también de derecho natural.

 

Por su necesidad social, la potestad civil es de derecho natural.

 

Sólo Dios puede ser causa eficiente de la potestad civil. Y como el Padre lo ha delegado en su Hijo, sólo Cristo es causa eficiente de la potestad civil, porque toda autoridad viene de Dios.