25.07.21

(481) Pecado y situación irregular

Paráfrasis 1

«Para entender de manera adecuada por qué es posible y necesario un discernimiento especial en algunas situaciones llamadas “irregulares"» (Amoris laetitia, n. 301)

Es habitual en la teología moral contemporánea sustituir el concepto de pecado por el término más convencional de situación irregular. La nueva expresión, sin embargo, no es neutra. Es un término de procedencia administrativista, que añade la semántica del convencionalismo a los conceptos morales.

De esta manera, una norma es convencional cuando es independiente del orden moral, y está fundamentada en un convenio consensuado o pacto local o costumbre mayoritaria, o incluso en la sola voluntad del legislador.

Su infracción, por regla general, no supone culpa moral sino mera sanción administrativa. La infracción de la “norma” de no adulterar, por ejemplo, bajo este punto de vista, no constituiría pecado, sino sólo situación irregular en el ordenamiento administrativo. 

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19.07.21

(480) Que el Reino de Dios no es el mundo moderno


«Es imposible que en alguno reine la gloria de Dios sin que primero haya reinado en él su gracia» (Catecismo Romano, Parte IV, cap. XI, n.11)

1

La expresión Reino de Dios o de los Cielos tiene varias acepciones. El Catecismo Romano nos informa de varias (Parte IV, cap. XI):

la soberanía y providencia de Dios (n. 7), el reino de la gracia —reinado de Cristo sobre los justos (ns.8-9), que ha de preceder necesariamente al reino de la gloria (ns.10-11), y sobre todo, «el Reino de Cristo, que es la Iglesia» (n. 12).

Lo que se pide, entonces, al decir Venga a nosotros tu Reino, es que la Iglesia, Reino de Cristo, se expanda e ingresen en ella, para poder salvarse, los que están fuera u opinadamente en contra, —infieles, cismáticos y herejes—; para que, como explica el Catecismo Romano, n.12, «vuelvan a la sanidad y a la comunión de la Iglesia, de la que se apartaron».

Pedimos, también, que vuelvan los pecadores a la gracia de Dios (n. 13), cuyo reino es la Iglesia de Cristo, que ES la Iglesia católica.

Para los heterodoxos, que muestran una «fe desfigurada» (n. 13), en quienes habita el demonio como en su propio domicilio (Cf., n. 13) pedimos que venga el Reino de Dios, es decir, que se arrepientan y vuelvan al redil de la doctrina de Cristo. 

 

2

La exposición del catecismo de San Pío X es muy precisa: «294.- ¿Qué entendemos por REINO DE DIOS? - Por reino de Dios entendemos un triple reino espiritual: el reino de Dios en nosotros, que es la gracia; el reino de Dios en la tierra, que es la Iglesia Católica, y el reino de Dios en el cielo, que es la bienaventuranza».

Esta precisión, desde los tiempos de la Pascendi, es piedra de tropiezo para los modernistas. Porque éstos, cegados por el pensamiento moderno, aborrecen incluso el grado de exactitud que Dios concede a nuestra inteligencia, y optan por un pensamiento vago e indefinido donde nada sea lo que es sino una cosa y también la contraria.

 

3

Un modelo de teólogo neomodernista, como de Lubac, dirá al respecto, en un contexto de reflexión eclesiológica: «Esta forma de “pensar” según la disyuntiva “o esto o aquello” es un procedimiento simplista y sectario, que deforma la realidad y engendra polémicas sin solución»(Henri DE LUBAC, Diálogo sobre el Vaticano II, BAC Popular, 1985, pág. 49). Y es que los neoteólogos rechazan el pensamiento exacto y preciso. No quieren una doctrina que signifique una cosa y no otra, sino que sea misteriosa o paradójica o contrastante o sinfónica, es decir, lo suficientemente indefinida o amplia como para poder incluir en ella conceptos contradictorios, siempre y cuando no sean cacofónicos, como pide Hans Urs von Balthasar a lo largo de las vagas y confusas páginas de La verdad es sinfónica.

En este caso es Henri de Lubac el que apuesta por una doctrina equívoca, en que no se afirme explícitamente que una cosa es esto y no aquello. Le parece simplista y sectario, como al pensamiento moderno le parece simplista y sectaria la escolástica tomista. Y como los neoteólogos tienen un concepto misteriosista y antiintelectualista de la realidad, los conceptos perfilados y lógicamente claros les resultan irreales, racionalistas y en exceso beligerantes. Para muchos neocatólicos modernizantes, San Agustín y Platón son buenos, Santo Tomás y Aristóteles son malos. Bah.

En verdad, la Nueva Teología no admite definiciones precisas porque lo preciso les parece insolidario y antiecuménico. Prefieren diluir el principio de contradicción para sostener posturas contradictorias, que denominan paradojas, o contrastes, como quiere Guardini. Hoy vale una cosa y mañana la contraria y no hay problema en ello, todo lo traga una voluntad disciplinada y dispuesta.

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4.07.21

(479) La Gran Sombra

DRAMATIS PERSONAE

EL MUNDO MODERNO, monstruo de tres ojos y dos cabezas.

LUCIUS

GEORG WILHELM FRIEDRICH, neoteólogo famoso docente en Tubinga.

CONSTANTIN-FRANÇOIS, filósofo de la escuela personalista.

LA GRAN SOMBRA

* * *

(Constantin-françois, en su escritorio, escribe un libro. A su lado, sentado en el sofá, su admirado amigo Georg Wilhelm Friedrich le hace algunos comentarios patrísticos muy interesantes, a los que el personalista asiente entusiasmado. Por la ventana, se observa la Gran Sombra, colándose poco a poco en el despacho del profesor personalista a través de una rendija. Acaba de llegar Lucius, que se sienta enfrente del neoteólogo).

CONSTANTIN-FRANÇOIS.— Creo que en breve podré terminar esta obra. Será sin duda mi mejor título.

GEORG WILHELM FRIEDRICH.—  ¿Cómo la llamarás, finalmente?

CONSTANTIN-FRANÇOIS. — “Hasta dónde debe llegar la autodeterminación. Manual de antropología personalista para fenomenólogos tomistas”.

LUCIUS (con ironía).—  Es un título prometedor.

LA GRAN SOMBRA (Que sigue saliendo de una grietecilla de la ventana).— Es una contribución importante al pensamiento católico poder discernir hasta dónde se puede comer del Árbol del bien y del mal, o cuántos pequeños bocados (no me refiero a un mordisco, eso no) se le pueden dar a la manzana original sin que sea talmente pecado.

(Llaman a la puerta. El profesor de Tubinga se levanta a abrir. Es el Mundo Moderno, que entra dando zapatazos y riendo a carcajadas. Lanza una mirada cómplice a la Gran Sombra, da un manotazo en la espalda al filosofo personalista, y mira de reojo a Lucius, con desconfianza).

MUNDO MODERNO (A los eruditos).— Gracias, amigos filósofo y teólogo, por invitarme a esta velada. Demostráis con ello una gran amplitud de miras y una admirable actitud evangelizadora no proselitista.

GEORG WILHELM FRIEDRICH.— Nuestro amigo personalista va a terminar en breves momentos su mejor libro, y quería compartir con nosotros este magno acontecimiento del espíritu.

EL MUNDO MODERNO.— ¿El de la autodeterminación? ¡Lo celebro! Qué gran alegría.

LA GRAN SOMBRA.— Es una gran noticia, desde luego, que los seres humanos sepan ya, por fin, la diferencia entre un bocadito inocente y un mordisco a la manzana.

LUCIUS (incisivo).— ¿El Mundo Moderno celebra que se le pongan límites a la autodeterminacion?

EL MUNDO MODERNO (Con su cara más atrevida, mirando a Lucius con el primer y segundo ojo, no sin desagrado).— El Mundo Moderno celebra cualquier fundamento filosófico que pueda dársele a la autodeterminación. Que se pongan aquí o allá los límites es secundario, no importa dónde se ponga la marca. Lo necesario es comenzar, abrir la puerta, prender la llama, encender el mechero. Es el hecho en sí lo que me interesa. (Mirando a Lucius con su segunda cara, más comedida y amable) Toda defensa de la libertad nos complace.

GEORG WILHELM FRIEDRICH.— La libertad es lo principal en el cristianismo. Primero, la libertad soberana de Dios, que puede hacer el bien o el mal como le venga en gana. Segundo, la libertad humana, que, a imagen de la divina, consiste en poder hacer el bien o el mal sin coacción alguna, por elección propia. Lo explico en mi libro “Ontoepisteme de la metarealidad no programática“.

LUCIUS.— ¿Es Ud. nominalista?

GEORG WILHELM FRIEDRICH.— Je, claro, los nominalistas en esto tenían razón. La libertad es potencia absoluta.

LA GRAN SOMBRA.— La libertad es poder decir non serviam.

EL MUNDO MODERNO.— Exactamente, en eso consiste la libertad que tan exitosa y eficazmente reivindiqué en 1789, frente a los carcamales del Antiguo Régimen.

CONSTANTIN-FRANÇOIS. — Bueno, bueno, no tan rápido, a esa idea hay que hacerle algunos ajustes, para que no se nos vaya de las manos. Hay que corregir los parámetros en torno a la biología, y entonces no hay problema.

LUCIUS (Al personalista).— Veo que ha leído Ud. a Pico de la Mirandola.

CONSTANTIN-FRANÇOIS.— Ah gran autor. Como Ud. sabe, mi querido amigo aquí presente (señalando al profesor de Tubinga) ha escrito un libro interesantísimo sobre tan eximia figura.

LA GRAN SOMBRA (Terminando de colarse por la ventana).— El hombre puede llegar a ser lo que quiera.

 

23.06.21

(478) Error, concupiscencia y engaño

«Y sabéis también que nuestras exhortaciones no procedían de error, ni de concupiscencia, ni de engaño, sino de que, probados por Dios, se nos había encomendado la misión de evangelizar; y así hablamos, no como quien busca agradar a los hombres, sino sólo a Dios, que prueba nuestros corazones». (1 Tes 2, 3-4)

Parece que la tónica general del catolicismo en crisis de hoy, liberaloide y retraído, es no dar importancia a hablar o actuar desde el error, ni desde la concupiscencia, ni desde el engaño.

Y así, el discurso hodierno de los fieles, y sobre todo de muchos pastores, se ha vuelto escéptico, porque no cree en la verdad; vicioso, porque no le importa caer en la tentación; y doloso, porque no le afecta la ilicitud de los medios, sino alcanzar el fin.

(Se dice, incluso, como un tópico ya, que se puede comulgar en adulterio manifiesto y permanente, y no perder el estado de gracia; porque la cosa es muy subjetiva, al parecer).

Doctrina, moral, recta pastoral. Son tres aspectos profundamente heridos de las situación actual, cuya salud reclama, primero, la gloria de Dios, a quien debemos la fe; segundo, el bien de nuestro prójimo y de la sociedad, necesitados de un camino verdadero, bueno y sensato para alcanzar la virtud.

Y así, el tiempo pasa, los errores se van enquistando, los vicios prosiguen enfermando el cuerpo eclesial; la mala praxis continúa sembrando de minas la vida cristiana, aproximándola al siglo, confundiéndola con él, poniendo en peligro las almas y turbando los pueblos y sus intituciones. 

 

Los remedios pasan, entre otros, por revalorizar la doctrina de la Iglesia, restaurar la teología moral clásica, volver a enlazar pastoral y verdad. Abandonar la Nueva Teología, desechar la ilusión personalista, pulverizar la quimera de un hombre pecador siempre digno, sean cuales sean sus delitos. (Sí, existe la dignidad moral. Y el pecado atenta contra ella).

Y orar sin descanso, hacer penitencia sin descanso, pedir perdón sin descanso, sobre todo por habernos contaminado con los errores de la Modernidad.

No tiene sentido descuajar al cristiano de la realidad. Denunciar los males del mundo adámico no es profetizar calamidades, sino irse al desierto, vestirse de piel de camello y vivir de langostas y miel silvestre. Que se nos quede grabado en la mente la advertencia de San Jerónimo: dada la mucha gracia que recibimos, día tras día, ser voluntariamente imperfecto es delinquir. Vendrá el crujir de dientes, pero no para el que pida gracia, y gracia y gracia, unido a Nuestra Madre y a todos los santos.

Sumergirse en las aguas territoriales del Maelstrom significa ahogar al hombre nuevo, y revivir al hombre carnal, irredento, caído de la gracia, como diría León Bloy. No debemos ocultarnos que serán precisos muchos sufrimientos, una grave ascesis emocional e intelectual para subir a los últimos árboles, y divisar Erebor.

Pero no es imposible, porque la Iglesia sigue siendo columna y fundamento de la verdad (Cf. 1 Tim 3, 15). 

13.06.21

(477) Adoradores del hombre

Parece que, hoy día, son legión aquellos católicos que, como dice el P. Castellani en sus Domingueras prédicas, «sabiendo o no sabiendo, se encaminan a la peor herejía que existe, la adoración del hombre; bajo palabras o imágenes cristianas» (Ediciones Jauja, p.112).

Dar culto a la persona humana pareciendo que se da culto a Dios. He aquí el engaño colosal que acosa a los más. Forma parte de la gran impostura del mundo moderno, que con tanta exactitud expresa el Conde de Volney: el hombre, ser supremo para el hombre. Es otra religión, como explicaba certeramente hace poco Pedro L. Llera.

Marx incorporó la máxima ilustrada, y de tal manera, que progres y conservadores adoran lo mismo, cada uno a su manera: unos quieren un orden nuevo para los Hijos caídos de Adán, y no dudan ni dudarán en destruirlo todo para dárselo. Otros quieren lo mismo pero sin pasarse, a cámara lenta y sin quebrar el orden público, que es mejor, les parece, revolucionar las cosas pero estando tranquilos. Pero es la misma idolatría.

 

Afirma Nuestro Señor que sin Él no podemos hacer nada (Cf. Jn 15, 5). Y recalcando nada nos anuncia una verdad que a muchos, hoy día, no puede sino dejar patidifusos: que ni en singular ni en plural, ni en lo personal ni en lo social, ni en lo privado ni en lo público, puede el hombre alcanzar una vida digna, decente y virtuosa rechazando la cruz de Cristo.

Y como se está con Cristo o contra Él, pretender hacerlo todo sin estar con Él, en Él y por Él,  es una herejía de las peores que existen. Porque consiste, esencialmente, en adorar al hombre caído y otorgarle unas facultades autorredentivas que no tiene. Y lo que es peor aún, como distingue Castellani, bajo palabras e imágenes cristianas.

Esta vana presunción es como una Caja de Pandora que lo deshabilita todo, primero el culto; luego la teología moral, la oración, la vida en sociedad, todo. Hasta el mundo de los afectos queda alterado. Porque lo primero que se siente, entonces, es que no hace falta redención, que el hombre es ser supremo para el hombre, que todo consiste en soñar y tener valores.

Y así, a golpe de batacazos, el piadoso cultor del hombre adámico se vuelve más y más ciego a su necesidad, desconfía de los profetas de calamidades, esos que le avisan de que depende absolutamente de Dios, (tanto de sus mociones creaturales como de su gracia). Y se vuelve alérgico a la gracia y acreedor egoísta de todos los dones, como si Dios se lo debiera todo.

Pero como fe, esperanza y caridad son virtudes teologales, que vienen de Dios por la Iglesia, el cultor del hombre las naturaliza, para poder alcanzarlas por sí solo, y por eso la fe se convierte en experiencia de subjetividad; la esperanza, en vana temeridad fiducial, y la caridad, en un afecto caído, globalista y sincrético.

El culto del hombre es suicida. Abandona la sociedad a los demonios del siglo. Impermeabiliza la voluntad a los influjos de la gracia. Vuelve duro el corazón. Por eso hay que quemar, cuanto antes, este Caballo de Troya, y echar sus cenizas fuera de la Ciudad de Dios. Porque no hay enemigo peor que este humanismo con pinta de piadoso que todo lo pretende hacer sin Cristo.