Lo ocurrido con Teresa Forcades representa un desafío para toda la Iglesia

El revuelo que se ha creado con las declaraciones de la monja benedictina Teresa Forcades a un programa de entrevistas de TV3, en las que se muestra favorable a que las mujeres tengan acceso a la píldora del día después y plantea la cuestión del aborto de forma radicalmente contraria a la fe de la Iglesia, ha sido importante. Pero aunque las mismas pueden haber sorprendido a todos aquellos fieles que no conozcan la trayectoria de esa religiosa, a mí no. Es más, conociendo la trayectoria de esta religiosa de clausura -lo de la clausura parece un chiste pero no lo es-, lo verdaderamente sorprendente es que hubiera defendido las tesis de la Iglesia a la que pertenece.

La propia Forcades despeja toda duda sobre su propia actuación al decir que no habla en nombre de la Iglesia sino en el suyo propio. Es decir, ella sabe perfectamente que sus palabras son contrarias a la doctrina de la Iglesia a la que pertenece. Pero como bien han señalado otros articulistas, sor Teresa es presentada como monja católica y como tal habla. La pregunta es obligada: ¿puede una monja católica aparecer en un programa de televisión pública a expresar opiniones contrarias a la doctrina de la Iglesia en asuntos tan delicados y de tanta actualidad como es el aborto y la píldora abortiva?

Cualquiera que tenga dos dedos de frente responderá con un no rotundo a esa pregunta. Es decir, la ciudadana Teresa Forcades puede opinar lo que le venga en gana sobre el aborto, la píldora, la moral sexual y hasta el sacerdocio femenino. Sor Teresa Forcades NO puede hacer tal cosa sin dejar de ser “sor". Porque si después de lo que hemos visto y escuchado con nuestros ojos y oídos, esta monja no es conminada ipso facto a rectificar públicamente bajo apercibimiento de ser apartada de la condición de religiosa en caso de negarse a ello, entonces es que la autoridad de la Iglesia es una entelequia, una farsa.

He sabido que las declaraciones de la hermana Teresa Forcades están ya sobre la mesa de despacho de monseñor Agustín Cortés Soriano, obispo de Sant Feliú de Llobregat, diócesis en la que está el monasterio de San Benet de Montserrat, al que pertenece esta benedictina. Le corresponde a él, en primera instancia, tomar alguna medida. Creo que como mínimo, debería pronunciarse públicamente sobre algo que está causando escándalo a los fieles católicos y regocijo a los “infieles". Pero eso no sería suficiente. Si la superiora de Forcades no toma alguna medida radical que a menos impida que esto se vuelva a repetir, monseñor Cortés debe elevar este caso a Roma, a la Congregación para la Doctrina de la Fe y a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

De hecho, los fieles podemos dirigirnos por email a este último dicasterio. Yo lo pienso hacer ahora mismo. Tenemos dos direcciones para ello. El del Prefecto del mismo, el cardenal Rodé: [email protected]; y el del Secretario, monseñor Gianfranco Gardin: [email protected]. Porque desde luego, lo que no podemos consentir es que desde dentro de la propia Iglesia nadie haga un discurso como el de la hermana Teresa Forcades. Es intolerable. Basta ya de impunidad con quienes usan su condición de sacerdotes, religiosos o teólogos católicos para predicar algo contrario a la fe de la Iglesia. Lo he dicho otras veces y lo vuelvo a decir. Si la jerarquía de la Iglesia se tiene respeto a sí misma, debe poner fin a estos escándalos. Quizás no sean tan mediáticos como otros, pero hacen tanto daño o más a los fieles que esos otros.

Luis Fernando Pérez Bustamante